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La migración masiva, ayer y hoy C. P. Kindleberger De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2008 Resumen: La migración masiva a Europa durante la década de los sesenta presentó muchas similitudes con la migración europea a Estados Unidos hacia finales del siglo xix. En los dos casos se dio un cambio en la composición de la población inmigrante de acuerdo con su país de origen; incluso se puede decir que en ambos la migración era temporal. No obstante, también hay claras diferencias entre los dos períodos. C. P. Kindleberger fue Ford International Professor of Economics del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Trabajó como economista en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York y en la Junta de Gobernadores del Sistema de la Reserva Federal. Fue, además, uno de los arquitectos del Plan Marshall y de la teoría de la estabilidad hegemónica.
Dice el cliché que la historia se repite. Al ya fallecido Per Jacobson le gustaba decir que aquellos que ignoran la historia están condenados a repetirla. Esta idea se puede refutar de dos formas: (1) Encontrar gente con un recuerdo vívido de la historia que, sin embargo, tiene una conducta repetitiva. Un ejemplo puede ser el de los franceses, quienes provocaron la devaluación de la libra esterlina, en 1930, lo que trajo graves consecuencias para el mundo, y que hoy parecen estar interesados en minar al dólar. O (2), descubrir una analogía histórica que haya escapado del interés público y ver si la misma historia vuelve a ocurrir después. La segunda vía es la que se sigue aquí. La migración masiva que ahora tiene lugar del sur al norte y occidente de Europa -- desde Portugal, España, Italia, Grecia y Turquía a Suiza, Francia, Alemania y Bélgica -- puede compararse, tanto en sus similitudes como en sus diferencias, con el movimiento masivo del sur y del este europeos hacia Estados Unidos, entre 1880 y 1913. Es particularmente ilustrativo observar si se han evitado las dificultades previas y, si ése es el caso, si ha sido por accidente, por las circunstancias o porque hay una mayor conciencia social de la raza humana. Es difícil exagerar la importancia económica, social y política de los dos movimientos. En ambos casos, la mano de obra barata propició el crecimiento económico al mantener los salarios bajos, por lo menos en términos relativos, y conservar altos los márgenes de ganancia, inversión y expansión. Los migrantes constituyeron los "ejércitos de reserva de los desempleados", que Marx creía necesarios para alimentar el capitalismo. El modelo marxista no es, de ninguna manera, el único camino al crecimiento del ingreso nacional, ni tampoco, nótese, al crecimiento del ingreso per cápita. En algunas situaciones, es posible que la migración masiva estimule el crecimiento económico: elimina la duplicación de empleos, o el desempleo disfrazado, estimula la economía al aumentar el regreso a la utilización eficiente de recursos y, en particular, fomenta la adopción de maquinaria que ahorra recursos totales al igual que mano de obra. Así como Irlanda se benefició de la emigración en el siglo XIX, el sur de Italia, España y Grecia gozan de altos índices de crecimiento económico hoy en día, mientras sus ciudadanos contribuyen al crecimiento en el norte de Europa. Las obvias similitudes entre los dos movimientos masivos van más allá de su contribución al crecimiento. La inmigración en Estados Unidos en el último siglo fue inconexa; así es la de Europa actualmente. En Estados Unidos, la primera oleada llegó de Inglaterra, de Alemania, de los países escandinavos y de Irlanda, y alcanzó su apogeo en 1882. A partir de entonces, el lugar de origen de los inmigrantes cambió al sur y este de Europa, especialmente Italia, Austria-Hungría y Rusia. Hasta 1961, la inmigración que llegaba a Europa venía, principalmente, de fuentes con algún tipo de afiliación política -- de Alemania Occidental a Alemania Oriental, de Argelia a Francia y de las Indias Occidentales, Pakistán y Malta a Gran Bretaña. Esta inmigración se ha interrumpido, sea por el muro entre Alemania Oriental y Alemania Occidental, o por la regulación en los casos de Gran Bretaña y de Francia, y la nueva inmigración ha provenido de los países mediterráneos. Algunos nuevos inmigrantes se mudaron a los barrios bajos que previamente ocuparon los antiguos inmigrantes. En Nueva York, a medida que los irlandeses y alemanes se mudaron a Brooklyn o al Bronx, los italianos y judíos se apoderaron de sus asentamientos en la parte baja del lado este. En Champigny-sur-Marne, los portugueses llegaron a una barriada abandonada por los argelinos que volvían a casa. Los primeros inmigrantes se dedicaron a la agricultura para reemplazar a los nativos que habían dejado atrás esa forma de vida -- se habían mudado a los territorios inhóspitos en Estados Unidos y a la industria o el comercio en Europa. La oleada subsiguiente llegó para llevar a cabo los "trabajos sucios": minería, construcción y trabajos con metales pesados, como el trabajo en los altos hornos, para los hombres; textiles y trabajos domésticos para las mujeres. El trabajo no calificado fue delegado casi en su totalidad al inmigrante, a tal grado que ahora todos los suizos tienen trabajos calificados o semicalificados. Esta situación hace eco de la frase de Isaac Hourwich, quien, en 1910, declaró que la inmigración ha provocado un "ascenso del trabajador anglófono al estatus de una aristocracia laboral, mientras que los inmigrantes han sido contratados para hacer el trabajo duro de todas las industrias". Una última similitud está apenas surgiendo en el hecho de que la capacidad de un país de absorber inmigrantes es limitada, y que después de un tiempo se esforzará para poner fin a la llegada de inmigrantes. Estos límites se alcanzan más rápidamente para los inmigrantes de razas distintas que para la gente de ascendencia similar. La Ley de Exclusión de los Chinos de 1882 es análoga a las restricciones de facto para los norafricanos y las razas de color en Francia y Gran Bretaña. La contratación alemana de marroquíes y surcoreanos en la minería es una excepción que se explica por la doctrina Hallstein, según la cual Alemania Occidental es especialmente amistosa con los países que se niegan a reconocer a Alemania Oriental. Después de las restricciones iniciales hacia los chinos y los japoneses en Estados Unidos llegó la restricción cualitativa -- prohibiciones en contra de los enfermos, de los mendigos y, de acuerdo con la Ley Foran de 1885, del trabajo por contrato. (La Ley Foran ilustra las complicaciones y los malos entendidos en este ámbito. Fue promovida por trabajadores calificados que fabricaban ventanas, aunque los inmigrantes, prácticamente en su totalidad, eran no calificados; y fracasó en su intento por reducir la inmigración, pues ésta no se basaba en contratos firmados en el extranjero). Los intentos posteriores para restringir la inmigración en un período de nacionalismo creciente, con brotes violentos como los disturbios de Haymarket, el linchamiento de italianos en Nueva Orleans en 1891 y los disturbios antijudíos, no lograron echar por tierra la suposición de que Estados Unidos era un asilo para los europeos hasta que llegaron las restricciones de 1919, 1921 y 1924. Algunos países de Europa -- Gran Bretaña, Austria, los Países Bajos y los países escandinavos -- no admiten, como regla, a los europeos del sur, pero el país que cuenta con el mayor número de inmigrantes de esa región -- Suiza -- experimenta ahora una reacción en términos políticos y sociales que ha provocado una restricción ejecutiva, un rechazo a ratificar un acuerdo con Italia para que los inmigrantes cuenten con más derechos, e incluso una petición de una enmienda constitucional para limitar el número de residentes extranjeros a 10% del total de la población nativa. Que los inmigrantes todavía reciban una cálida acogida en Bélgica, Francia y Alemania podría atribuirse a que su número es limitado, en comparación con aquellos que llegaron a Estados Unidos. Aquí, los nacidos en el exterior constituían alrededor de 20% de la fuerza laboral, en 1890 y en 1900, en comparación con las cifras actuales de 4% en Alemania, aproximadamente 9% en Francia, 10% en Bélgica y 30% en Suiza. Quizás, la relación entre inmigrantes y crecimiento puede ser una constante en Economía, pero la relación entre inmigrantes y cohesión social tiene un punto de inflexión. A modo de experimento, es posible probar la resistencia de una viga, o incluso la del lomo de un camello. Probablemente, la acción suiza de resistirse a recibir más inmigrantes por encima del 30%, mientras que Estados Unidos reaccionó con una tasa de casi 20%, puede ser una diferencia, pero el experimento no es concluyente. Las diferencias en tamaño, tradición, condicionamiento inicial y perspectivas afectan dicha comparación, si se recuerda que la interrupción de la inmigración, debido a la guerra, produjo una "avalancha" potencial en los años subsiguientes. La acogida alemana a los extranjeros, llamados "trabajadores huéspedes" o trabajadores del exterior, más que trabajadores extranjeros, se basa, en parte, en los restos de la culpa hacia los desplazados o trabajadores extranjeros (fremden Arbeiter) de la Segunda Guerra Mundial. La escala, entonces, es una diferencia importante para todos excepto para Suiza. Otra diferencia evidente es que quien emigró a Estados Unidos dio la espalda al viejo mundo y buscó establecer una nueva vida, mientras que el migrante europeo de hoy está de paso, pues busca fortuna en el exterior durante algunos años y luego planea regresar a casa. Sólo el tiempo dirá si, en efecto, realmente regresa a casa. Pero la idea de que quienes emigraron a Estados Unidos le dieron la espalda a sus países de origen no tiene fundamento. Muchos de los italianos y griegos que llegaron a Estados Unidos eran trabajadores temporales, "golondrinos", que venían en la primavera y regresaban con la llegada del invierno. Cerca de 60% de los inmigrantes en Estados Unidos era de sexo masculino, lo que implica que el 40% lo era de sexo femenino, y que muchas familias enteras llegaron a Estados Unidos, cuando los orígenes de la inmigración eran Irlanda, Alemania, Inglaterra y los países escandinavos. Para 1910, la proporción de varones se había incrementado a más de 70%, en general, con la cifra para los italianos cercana al 79% y, para los provenientes del sureste de Europa, al 95%. Algunos hombres enviaron por sus mujeres -- esposas o prometidas, algunas de las cuales consiguieron mediante casamenteras. Sin embargo, muchos regresaron a casa. Las salidas de Estados Unidos entre 1897 y 1918 fueron equivalentes a casi la mitad de las llegadas (47%). Entre más tiempo se quedaban, menos probable era su regreso. De los aproximadamente dos millones de inmigrantes que regresaron a sus países después de 1908 y que respondieron un cuestionario del gobierno, 77% había vivido en Estados Unidos durante menos de cinco años. Pero si regresaron más de Estados Unidos de lo que comúnmente se cree, ocurre lo contrario en Europa. Ha pasado muy poco tiempo desde el fin de 1961 como para saber qué proporción de inmigrantes permanecerá en el extranjero, pero la experiencia de inicios de la posguerra, como se investigó en algunos estudios patrocinados por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés), aclara de qué depende la respuesta. Los hombres jóvenes que se van al extranjero regresarán, a menos que se casen con una lugareña. Los hombres mayores o aquellos que ya están casados regresarán -- a menos de que se lleven a sus esposas y se queden el tiempo suficiente para que sus hijos vayan a la escuela local, hagan amigos en ese lugar y echen raíces en el nuevo país. Los principales factores condicionantes son si viven en un gueto o si se mezclan con la población local, la rapidez con la que aprenden la lengua de ese lugar y con qué frecuencia regresan a casa durante los períodos de descanso. Esta pregunta abierta es considerablemente significativa para Europa. Francia quiere que los inmigrantes se asienten permanentemente y llenen el vacío demográfico que dejaron las bajas tasas de natalidad previas a 1946 y las pérdidas por la guerra. Por otra parte, Grecia teme que su existencia nacional se vea amenazada por la salida de sus mejores ciudadanos, ya que los empleadores extranjeros se llevan principalmente a los saludables, a los jóvenes, a los que no tienen preferencias políticas activas y a los calificados. Italia favorece la libertad de elección individual. Alemania todavía no ha comenzado a considerar el impacto en el largo plazo. España está temerosa de que los trabajadores que regresen, una vez que han respirado la libertad allende los Pirineos, encuentren sofocante el ambiente de la política interna española. Más aún, los suizos han descubierto que los beneficios económicos de la inmigración cambian con el tiempo y con el asentamiento permanente. En el corto plazo, con un exceso de capacidad de planta pero con pleno empleo, la inmigración rinde sus frutos. Los salarios permanecen bajos, las ganancias se mantienen; es el mejor de todos los mundos económicos posibles. Sin embargo, con el tiempo, las altas ganancias estimulan la expansión de la planta, lo cual hace que sea no sólo deseable, sino también imperativo, contar con trabajadores extranjeros. Y conforme los trabajadores extranjeros se quedan en el país, requieren la expansión del capital para ellos mismos: vivienda, escuelas, hospitales. Actualmente, uno de cada cinco niños que nace en Suiza es de padres extranjeros. Se dice que los domingos por las tardes, en los corredores y en los pabellones de los hospitales de Zurich, se puede escuchar que se habla principalmente italiano, y con más vigor de lo que la sobriedad suiza considera pertinente. Las inversiones extranjeras en Suiza ya no se mantienen líquidas ni se reinvierten en el extranjero, sino que cada día se necesitan más en ese país para construir capital industrial y social con el fin de satisfacer las necesidades de los trabajadores extranjeros. Con capital y mano de obra extranjeros, los suizos están proveyendo únicamente los bienes raíces y la gestión, lo cual hace que se sientan en una posición precaria. Están condenados económicamente si los trabajadores extranjeros se van, y se verán afectados política y socialmente de manera radical si se quedan. Pero, a medida que pasa el tiempo, las posibilidades de que se queden en Suiza aumentan. El patrón de la migración y las oportunidades de quedarse se ven enormemente influenciados por las fuerzas culturales. Las mujeres españolas emigran para emplearse como domésticas en Francia, en Bélgica, en Suiza e incluso en Italia. Las mujeres italianas llevan una vida más protegida y viajan al extranjero únicamente para reunirse con sus maridos. Muchas más mujeres españolas que italianas permanecerán en el extranjero al casarse con hombres del lugar. Los griegos son particularmente hábiles en lenguas extranjeras, lo que aumenta sus posibilidades de establecerse en Alemania; por otra parte, los turcos son analfabetos en mayores proporciones que cualquier otro grupo nacional y aprenden lenguas extranjeras, en especial alemán -- más allá de las frases elementales necesarias para el trabajo -- con gran dificultad. Por consiguiente, regresarán a casa. Los italianos pueden asentarse fácilmente en Suiza, Francia o en la región valona de Bélgica, pero se sienten miserables en la región flamenca de ese país y en los Países Bajos. Una corriente indica que la predilección de los suizos por los tallarines contribuye a este factor, aunque la mayoría de las autoridades cree que el Teigwaren es un sustituto pobre de la pasta. Pero un hablante de italiano en Suiza puede ser un ciudadano de Ticino. Alemania no es un país latino, pero el sur alemán -- Fráncfort y Stuttgart -- tiene acceso a Italia cuando llega el momento de retirarse; Colonia tiene la tradición de ser una ciudad internacional, pero la región del Ruhr es la que tiene los empleos. Entonces, es probable que exista una diferencia en la permanencia de la inmigración, pero es muy pronto para decirlo con certeza. Lo más seguro es que haya otro tipo de diferencias. En Estados Unidos, el trabajador extranjero era utilizado como esquirol. En Europa, si es que consigue entrar siquiera, los sindicatos le dan la bienvenida. Es cierto que los sindicatos en Gran Bretaña, en Holanda y en los países escandinavos son los responsables, en gran parte, de la política de exclusión que aplican estos países. En Suecia, las cosas han llegado a tal grado que el gobierno ha cedido su soberanía sobre el asunto a los sindicatos. El gobierno remite las peticiones de los empleadores para tener trabajadores extranjeros al sindicato, y, si éste pone alguna objeción, la petición es denegada. En Francia, Alemania y Bélgica, los sindicatos, al menos oficialmente, ven con beneplácito la mano de obra extranjera. Esto es cierto no sólo para la Confederación Francesa de Trabajadores Cristianos (CFTC) sino también para la Fuerza Obrera, de corte socialista. Incluso la Confederación General del Trabajo (CGT), afiliada a los comunistas, no está dispuesta a asumir la línea comunista de que el empleo de la mano de obra extranjera es peculiarmente explotadora sino que se conforma con la agitación en favor del incremento y la mejora de las condiciones de vida para los argelinos que viven en Francia. No queda claro si la compasión de estos sindicatos hacia los trabajadores extranjeros se basa en las actitudes sociales de la hermandad del hombre, a pesar de la competencia económica, o en el sofisticado punto de vista económico de que no existe competencia real, pues el trabajador nativo asciende a empleos semicalificados, cuando la mano de obra no calificada permite un continuo crecimiento económico. Quizá es poco probable que haya mucha sofisticación económica en la actitud, pues en todos los países los sindicatos parecen caer en el vulgar error económico de que si a los trabajadores extranjeros se les paga el mismo salario que a los empleados nacionales, su presencia no afecta el nivel de salarios. (Pero los salarios se habrían incrementado, dada la expansión de la demanda, si la oferta no hubiera aumentado pari passu. Puede que los inmigrantes no hagan que los sueldos bajen en términos absolutos, según la condición sindical de igual pago por igual trabajo, pero los bajan en términos relativos donde toman el mismo tipo de trabajos que los trabajadores nativos). Actualmente, los trabajadores extranjeros no sólo no son esquiroles en Europa; puede que sean los organizadores de las huelgas. La huelga en las minas de carbón de Asturias fue apoyada con contribuciones de los mineros españoles en la región del Ruhr. Los trabajadores extranjeros dejan sus herramientas cuando los sindicatos convocan a la huelga. Donde los trabajadores son admitidos, la solidaridad reina. Pero la diferencia no debe exagerarse. En Estados Unidos, los inmigrantes eran esquiroles por ignorancia. Se hicieron arduos esfuerzos para impedir a los esquiroles involuntarios tener contacto con los trabajadores regulares. Cuando esto no fue posible, los trabajadores extranjeros dejaron la planta también, en numerosas ocasiones. Asimismo, en Europa, actualmente, es muy difícil obligar a un trabajador del sur con una pobre tradición sindical a que pague altas cuotas, asista a las reuniones o participe en las actividades cotidianas del sindicato. Se podría buscar una diferencia en los registros de los extranjeros para detectar enfermedades, actividades criminales e inmoralidad. Pero es difícil saber cuál sería el resultado. El nacionalismo en aumento trae acusaciones de que estos males de la vida moderna han aumentado, pero un escrutinio más de cerca sustituye a las preguntas por respuestas. En Estados Unidos, la atribución de índices más altos de criminalidad a los nacidos en el exterior que a la población local no se mantuvo cuando los índices para el último grupo se corrigieron con base en distribución por edad y residencia. Los trabajadores adultos extranjeros en la ciudad tuvieron el mismo índice de criminalidad que los trabajadores adultos nativos urbanos. De igual forma, las autoridades alemanas afirman que el índice de criminalidad entre los trabajadores italianos no es más alto que entre los nacidos en Alemania. II La diferencia principal entre el Estados Unidos del siglo XIX y la Europa del siglo XX está en la corrección, o por lo menos en los intentos de corrección, de los abusos y la explotación a los que pueden conducir tales movimientos masivos. En Alemania y en Francia, por ejemplo, el reclutamiento se lleva a cabo por parte del gobierno y del empleador. El sistema de contratación, tan vehementemente denunciado en Estados Unidos y prohibido en 1885, es el medio establecido de operación, dirigido por los gobiernos de ambos países, en colaboración. Los patrones, los tramitadores de empleos para los inmigrantes y los intérpretes de los jefes merodean en la periferia del sistema, pero son sistemáticamente reprimidos. Hay un movimiento privado sustancial de trabajadores de Italia que entran a Alemania y a Francia en calidad de turistas. De acuerdo con las reglas de la Comunidad Económica Europea, los ciudadanos de un país tienen derechos sobre el trabajo casi iguales a los de los trabajadores nativos. Los tramitadores de empleos portugueses introducen campesinos de manera ilegal en Francia, hacinados en barcos y haciendo la travesía de forma clandestina durante la noche, pero esto persiste exclusivamente debido a la ignorancia, ya que un acuerdo gubernamental de 1964 hizo de este desplazamiento algo legal. Algunos alemanes manifiestan su desacuerdo con que un trabajador extranjero con un contrato de un año tenga más protección que el empleado nacido allí que no tiene contrato. Esto únicamente se aplica para los que acaban de entrar. Aquellos que han trabajado por más de un año están en la misma situación. Es obvio que ningún país en Europa se atreverá a echar el peso de la recesión exclusivamente sobre el trabajador extranjero; la opinión pública internacional no permitirá que un país repita la acción francesa de la década de 1930, cuando canceló las visas de los polacos e italianos, metiéndolos en trenes y regresándolos a casa. Las tareas de reclutamiento y colocación de los trabajadores han sido asumidas, en su mayoría, por el gobierno. Se supervisan las condiciones de trabajo. La forma de vida varía de país a país. Las ciudades industriales existen en muchos lugares, especialmente en Alemania, donde muchas de las empresas más grandes, pero no todas, han construido barracas para los trabajadores solteros. Éstas están típicamente organizadas de acuerdo con lineamientos nacionales, con una cocina para que los trabajadores extranjeros puedan preparar sus alimentos tradicionales. Sin embargo, en Francia, y en un menor grado en Suiza, las condiciones de vivienda se parecen más a los típicos internados, que por lo general están administrados por un compatriota, y que proveen las mínimas comodidades y alimentos a precios altos. El verano pasado, las autoridades francesas cerraron el local de un llamado "comerciante del sueño" en Lyon, que tenía 50 camas que se ocupaban tres veces al día, en una casa común y corriente. Igual de insalubres son los llamados hoteles parisinos donde se reúnen los inmigrantes africanos de la Communauté, principalmente de una sola tribu de inmigrantes, los saraholes, cuya tierra se encuentra en Senegal, Malí y Mauritania. Desde varios puntos de vista, la vivienda es un serio problema. Es escasa en toda Europa para la población nativa. El trabajador extranjero que cuenta con una familia en su país de origen quiere gastar lo menos posible en el extranjero. Obligarlo a tener una vivienda confortable y pagar su precio de mercado es forzarlo a acumular capital a un ritmo más lento del que desea, en contra de su rendimiento cuando quiere comprar una granja o un negocio, o pagar viejas deudas. Busca trabajar tiempo extra, deambula por la estación los fines de semana para no gastar dinero en el café y vive hacinado en barracas baratas con el fin de ahorrar. Los ciudadanos suizos están perturbados con el brote de anuncios de habitaciones que se alquilan que dicen "No disponibles para extranjeros", pero la defensa del arrendador es legítima: con frecuencia, una habitación que se alquila a un italiano termina ocupada por diez, con graves consecuencias para el deterioro de la propiedad. Compare el comentario de John R. Commons, en su obra Races and Immigrants in America (Razas e inmigrantes en América), con respecto a que la competencia entre las razas es la competencia entre los estándares de vida: "La razón por la que un chino o un italiano puede ahorrar tres días de salario es que los salarios se fijaron previamente a partir de las mayores necesidades de las razas más avanzadas." Más aún, en cada país, el Estado interviene cuando se trata de los dependientes. Sin casa no puede haber esposa; además, la casa deberá cumplir con condiciones satisfactorias para ser habitada. El sur de Bélgica tiene la ventaja de que hay viviendas disponibles -- algo deterioradas, ciertamente, pero disponibles -- . Algunas empresas alemanas están construyendo viviendas para sus trabajadores casados y las adjudican mediante un comité de trabajadores. Según los estándares normales, los cuales asignan gran importancia a la antigüedad, ningún extranjero podría calificar. Pero los directivos les piden a los comités de trabajadores que cuiden de los trabajadores extranjeros buenos y que tengan compasión en casos específicos, lo cual rompe con la estricta lista de espera. La vivienda es un asunto crítico. Actualmente, Francia está perdiendo trabajadores extranjeros que prefieren irse a Alemania cuando se vence su contrato, porque hay mejores viviendas disponibles allí. Algunos de los departamentos son construidos para los extranjeros por el Servicio Alemán de Empleos (y la Agencia de Seguros de Desempleo), el cual es rico porque recibe grandes primas del seguro de desempleo y no realiza pagos a los desempleados. En ellos, se están haciendo enormes esfuerzos para evitar la segregación. Las barracas para los hombres solteros pueden estar ubicadas cerca de la planta para minimizar los costos de transporte (y un costo diferente por el aislamiento social), pero la vivienda para los trabajadores casados extranjeros se selecciona deliberadamente en forma aleatoria con el fin de fomentar la integración. El importante papel que desempeña el Estado no es tal para compensar la falta de interés privado. Las sociedades caritativas organizadas a partir de sus pertenencias religiosas y nacionales en Estados Unidos en el siglo XIX se comparan con las existentes en Europa actualmente. Cáritas, la organización humanitaria católica de asistencia, desarrollo y servicio social en Alemania, ofrece lugares de reunión, como centros comunitarios, para los trabajadores de Portugal, España e Italia. A falta de inmigrantes que provengan de países protestantes, la Iglesia evangélica ha financiado el trabajo humanitario entre los griegos ortodoxos. Los turcos musulmanes no tenían un grupo religioso que se hiciera cargo de ellos, un vacío que el movimiento sindicalista agnóstico se ha encargado de llenar. Actualmente, Alemania tiene tres mezquitas para el culto musulmán, una en Fráncfort, otra en Colonia y una más montada en un vagón con una torre que se desmonta para que pueda pasar por debajo de puentes y a través de túneles, la cual acompaña a las grandes cuadrillas de obreros de la construcción en el sector ferrioviario que provienen de Turquía. Es aquí, entonces, donde hay una gran diferencia: el enorme movimiento de población no se deja en manos del laissez-faire, sino que atrae los esfuerzos del gobierno en todos los niveles. En Estados Unidos, los estados reglamentaron los abusos (desde 1847, en Nueva York), pero el gobierno federal actuó sólo para ralentizar el movimiento y, en última instancia, para frenarlo del todo. En Europa, está bajo la vigilancia y el control continuos del gobierno. El desarrollo del Estado de bienestar bajo líneas divergentes en varios países europeos plantea problemas complejos para la burocracia a nivel nacional e internacional cuando se trata de lidiar con los migrantes de hoy. La Comunidad Económica Europea tiene un Directorado Social que se encarga de que cada miembro garantice los derechos de los ciudadanos de los demás. Los tratados de asociación con otros países, de donde proviene la mayoría de los inmigrantes, garantizan derechos virtualmente idénticos. Asimismo, fuera de la Comunidad Económica Europea, los acuerdos establecidos por separado entre los países de inmigración y los de emigración aseguran al trabajador sus derechos a tener un trabajo, beneficios de seguridad social, pensiones familiares, etc. Hay historias de un turco con cuatro esposas y 24 hijos que obtiene enormes pensiones familiares en Alemania y las cobra en Anatolia, y de italianos astutos que tienen todo resuelto, pues, trabajarán, por decir algo, 9 años en Suiza, 7 años en Alemania y 11 años en Italia y obtendrán los beneficios de la seguridad social en estos tres países. Incluso, se sugiere que, al momento de calcular el endeudamiento internacional de Suiza, se debe considerar que sus reservas de seguridad social deben verse como deuda externa que, a fin de cuentas, se les deben a la gente que probablemente pase los años tras su jubilación fuera de Suiza y a lo largo y ancho del Mediterráneo. El movimiento internacional que da trato igual a los trabajadores extranjeros presiona a Europa para que armonice las regulaciones sobre el empleo y los sistemas de seguridad social, así como sobre sueldos y salarios. Un país como Austria, que se sale de los límites establecidos y que tiene una gran proporción de salarios reales en beneficios de seguridad social y en rentas bajas, es incapaz de atraer trabajadores extranjeros, pues éstos quieren más dinero en efectivo. Los expatriados se muestran renuentes a regresar a casa hasta que la seguridad social y otros beneficios se eleven al mismo nivel al cual han estado acostumbrados en el extranjero. La movilidad lleva a la armonización por los altos costos de lidiar con las disparidades, y por la posibilidad de que surjan operadores astutos que se aprovechen de ellas. Pero (para pasar de lo económico y social a lo político) hay una diferencia más en la que Estados Unidos no sale tan mal librado: la ciudadanía. Cuando un hombre permanecía en el país cinco años y aprendía el idioma, era candidato para ser un ciudadano estadounidense y votar al igual que los que nacieron ahí. Ésta era la expectativa. En Europa, ésta es la excepción. El rápido acceso a la ciudadanía en Estados Unidos se explica, por supuesto, en términos de los antecedentes trasatlánticos de los primeros ciudadanos. No obstante, sus consecuencias fueron inesperadas y adversas en algunos casos en particular, especialmente con "la conquista irlandesa de las ciudades" y el surgimiento de los jefes políticos urbanos que dieron respuesta a las necesidades prácticas más que a los principios más altos del progreso político, así como el desarrollo de bloques minoritarios que buscaban modificar el interés nacional para permitir algo de actitud vestigial. Los germanoestadounidenses y los de ascendencia irlandesa no pudieron evitar que Estados Unidos fuera a la guerra contra Alemania al lado de los británicos en la Primera Guerra Mundial, y mucho menos pudieron hacerlo un cuarto de siglo más tarde, pero la existencia de grupos étnicos influye sobre las actitudes hacia numerosos temas que van del Mandato Palestino a la línea Oder-Neisse y la responsabilidad de las tropas de la S.S. en la masacre de Malmedy. Es posible que un inmigrante extranjero se convierta en ciudadano en Europa, pero es difícil. Los italianos y los españoles que viven en Suiza no se concentran en la ciudadanía, sino en el derecho de quedarse ahí de forma permanente, el cual se obtiene después de sólo tres años de residencia, aunque el tratado propuesto con Italia reduciría el tiempo a 18 meses. Los argelinos y los miembros de la Communauté que tienen la ciudadanía han perdido el derecho de entrada libre, pero los miembros del Mercado Común que tienen el derecho de entrada libre no obtienen fácilmente la ciudadanía. Esto depende de que la integración económica avance tanto que, a la larga, conduzca a la integración social y, posteriormente, política. Éste es el dilema europeo que el tiempo deberá resolver. Si los inmigrantes del Mediterráneo permanecen en el norte y en el occidente por razones económicas, deben gozar de igualdad política y social. Si regresan a casa, la pregunta es qué será de ellos. El trabajador agrícola de, por ejemplo, Noruega, que incursionó en la agricultura en Estados Unidos y después regresó a casa, era un hombre distinto: experimentado, innovador, inconforme con los métodos rutinarios de su tierra natal. Pero al campesino italiano que trabajó en la industria en Estados Unidos le costó trabajo adaptarse cuando regresó a casa. Tenía dinero, el cual había prestado en lugar de invertirlo en un nuevo negocio propio, pero no había adquirido ninguna habilidad agrícola y tenía muy pocas habilidades industriales. Estados Unidos le había cambiado su forma de vestir y su apariencia, pero sus objetivos siguieron siendo los mismos que cuando se fue: salir del campo para emigrar a la ciudad. Muchos turcos que regresan de Alemania hoy en día llevan consigo enormes autos de segunda mano hechos en Estados Unidos y establecen negocios dolmus -- mitad taxi, mitad autobús -- en Ankara o en Estambul. Algunas empresas italianas han vuelto a emplear a trabajadores italianos en ciudades alemanas, lo que conduce al fenómeno curioso de que Alemania, que recluta trabajadores en el sur de Italia para después perderlos en el norte, está dando movilidad a la fuerza laboral italiana, lo cual la misma Italia no había podido lograr. Pero aun si ellos regresan a su país, no queda claro que se les pueda emplear de inmediato. Éste es, entonces, el peligro -- que el migrante masivo de hoy se convierta en un hombre sin patria, uno que dejó una vida y se da cuenta de que no puede quedarse donde está y tampoco puede irse a casa otra vez. El problema de la pertenencia es suficientemente difícil dentro de las propias fronteras. A menos de que Europa consiga una identidad social y política, lo más probable es que desarrolle un problema de "mediterráneos móviles", espíritus incansables sin hogar. |
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