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Reconsiderar la revaluación
David D. Hale y Lyric Hughes Hale
De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2008

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Resumen: Los políticos en Washington están pidiendo vehementemente una revaluación del yuan para revertir el superávit comercial de China con Estados Unidos. Pero el desequilibrio comercial no es realmente la amenaza que ellos describen, y un yuan más fuerte no es la solución. En su lugar, todos deberían concentrarse en integrar adecuadamente a China a la economía global.

David D. Hale es economista y presidente de Hale Advisers LLC. Lyric Hughes Hale es fundadora y editora del sitio www.chinaonline.com.

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Clyde V. Prestowitz. : Basic Books, 2005.

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Alyssa Ayres y Philip K. Oldenburg (comps.). : M.E. Sharpe, 2005.

The Regional Roots of Development Politics in India: A Divided Leviathan
Aseema Sinha. : Indiana University Press, 2005.

En la última década, la economía de China ha crecido de manera extraordinaria: actualmente, es dos veces mayor que hace diez años. Este crecimiento espectacular implica que Beijing puede influir hoy en la economía global en formas que hubieran sido inimaginables en los años noventa -- un acontecimiento que ha generado inquietud en Estados Unidos -- . Muchos funcionarios de Washington y algunas pequeñas empresas estadounidenses de manufactura aducen que Beijing ha subvaluado deliberadamente su moneda y que ha manipulado los mercados para promover el crecimiento de sus exportaciones.

En consecuencia, muchos políticos estadounidenses claman por que se lleven a cabo acciones para remediar el creciente superávit comercial anual de China con Estados Unidos, que actualmente es de 250 000 millones de dólares. Asumen que aumentar el valor del yuan con respecto al dólar disminuirá las exportaciones chinas a Estados Unidos, ya que se volverían más caras, y, al mismo tiempo, estimulará las importaciones de productos estadounidenses en China, al abaratarlos. Conforme se acercan las elecciones presidenciales de 2008, el Congreso de Estados Unidos discute activamente una legislación proteccionista y la instauración de nuevos aranceles que castigarían a China si su moneda no se revalúa a una tasa superior a la actual (5%).

Pero la revaluación -- sin importar qué tan vehementemente se abogue por ella -- difícilmente conseguirá el resultado deseado de reducir el desequilibrio comercial entre Estados Unidos y China. La reforma fiscal, la reestructuración de los sectores bancario y corporativo, la apertura gradual de las cuentas de capital y el fomento del consumo interno tendrían, incluso por separado, un efecto más mensurable y duradero sobre el superávit de la cuenta corriente de China. Asimismo, hay pocas razones para creer que Beijing aceptará la revaluación a gran escala de 20% o más que quieren algunos miembros del Congreso de Estados Unidos. Dicha política podría tener como resultado la disminución de las exportaciones, la pérdida de empleos y la fuga de capitales hacia otros mercados emergentes con mano de obra más barata, sin mencionar el aumento en la especulación monetaria y las pérdidas por la modificación del tipo de cambio sobre cientos de miles de millones de dólares de deuda en bonos del Tesoro de Estados Unidos que tiene en sus manos el gobierno chino.

Además, el desequilibrio comercial que la revaluación del yuan supuestamente remediaría no es la amenaza extrema que muchos en el Congreso han querido hacer de ella. El creciente superávit comercial chino ha generado, en realidad, numerosos beneficios para la economía mundial, así como para las empresas y para los consumidores estadounidenses. Ha recompensado generosamente a compañías estadounidenses, como Wal-Mart, las cuales han obtenido una rentabilidad sin precedente como resultado de la mano de obra barata y de los bajos costos de producción en China. Los críticos se olvidan de que el banco central chino, el Banco Popular de China, utiliza el superávit para comprar bonos de deuda estadounidenses, lo que beneficia a la economía de Estados Unidos. Más aún, cerca de 27% de las exportaciones chinas en realidad lo generan empresas estadounidenses que, a su vez, transfieren sus ahorros a los consumidores en Estados Unidos.

El solo hecho de fortalecer el yuan no corregirá el desequilibrio comercial entre Estados Unidos y China, ni mucho menos llevará a la dinámica economía de China a alcanzar un equilibrio duradero; en el mejor de los casos, es una solución imperfecta para un problema secundario. El desafío más grande -- y también el más crítico -- consiste en concluir adecuadamente la integración plena de China a la economía global. China no es más que un engrane, y la revaluación es sólo una palanca en la compleja maquinaria del comercio internacional. Desafortunadamente, muchos políticos estadounidenses con escasos conocimientos de teoría económica, flujos comerciales o patrones de inversión no han entendido las complicaciones de la economía china y su lugar en el mercado global. Por eso, buscan una solución jingoísta y políticamente popular para un problema complejo y multifacético.

LOS PELIGROS DE LA REVALUACIÓN

Ésta no es la primera vez que Washington ha buscado intervenir en los asuntos monetarios de Beijing. Al principio de la década de los treinta, el gobierno del presidente Franklin Roosevelt apoyó la legislación para elevar el precio de la plata, y así obtener el respaldo de los senadores de los estados productores de plata en el oeste para el Nuevo Trato (New Deal ) e incrementar las exportaciones de Estados Unidos a China. Pero esto probó ser un desastre para China, quien utilizaba el patrón plata y no el patrón oro. A diferencia del resto del mundo, China había experimentado un crecimiento económico durante los primeros años de la Gran Depresión debido a los bajos precios de la plata y a una rápida industrialización. La Ley de Compra de Plata (Silver Purchase Act) de 1934 obligó a China a revaluar su moneda, disminuyó sus exportaciones en casi 60%, y sumió a la economía china en el caos, pero fracasó en su intento de aumentar las exportaciones de Estados Unidos a China. En el mundo del siglo XXI, caracterizado por la gran movilidad de capital, de información, de talento y de tecnología, políticas similares de contención económica, como las que ahora circulan en el Congreso, tienen aún más posibilidades de fracasar.

No obstante, Washington sigue obsesionado con la política cambiaria china. Los sindicatos y las empresas manufactureras de segundo nivel insisten en que China ha mantenido su tipo de cambio subvaluado artificialmente para mejorar su posición competitiva en el ámbito internacional. Señalan que China tiene un superávit comercial con Estados Unidos cercano al 2% de su PIB, en comparación con el máximo de 1.2% que alcanzó Japón en la década de los ochenta, cuando el gobierno estadounidense fue presa del pánico por última vez con respecto a los desequilibrios comerciales con Asia.

Washington ya ha emprendido acciones punitivas. El 30 de marzo de 2006, el Departamento de Comercio de Estados Unidos causó conmoción en los mercados financieros cuando anunció nuevas medidas comerciales contra la industria papelera china, lo que abrió potencialmente la puerta para que otras empresas estadounidenses intentaran repetidamente frenar las importaciones chinas. Estas medidas fijaron aranceles a las importaciones de papel chino, con el argumento de que la industria china papelera se beneficiaba de subsidios injustos, tales como bajas tasas impositivas y préstamos de bajo costo. Este anuncio acabó con la política hacia China que había llevado Estados Unidos durante 23 años, en la que no la trataba como economía de mercado y, por lo tanto, no era sujeto de medidas compensatorias. Antes de este cambio, las empresas estadounidenses sólo podían demandar a las compañías chinas por casos de antidumping. La decisión del gobierno de Bush de imponer estas sanciones refleja el nuevo ambiente político en los círculos de poder de Washington.

Puede que Washington haya olvidado cómo afectó su política de la plata a China en la década de los treinta, pero los formuladores de políticas públicas en China sí lo recuerdan, y no quieren llevar a cabo otra revaluación masiva que pudiera producir una deflación interna y perjudicar sus exportaciones, lo que conduciría a la pérdida masiva de empleos. Esta prudencia es especialmente comprensible dada la experiencia de otros países asiáticos que hicieron caso a los consejos de las instituciones internacionales. Cuando los vecinos de China siguieron la prescripción del Fondo Monetario Internacional de liberalizar su sistema financiero durante la década de los noventa, experimentaron una gran crisis debido a sus grandes déficits en la cuenta corriente y sus enormes deudas en dólares. De hecho, China ya estaba en camino de instaurar un régimen de tipo de cambio de flotación libre y la plena convertibilidad justo antes de la crisis financiera de Asia del Este en 1998. Pero después de la debacle en la región, Beijing se convenció de que, en un mundo de fondos de cobertura (hedge funds) y de especulación rampante, era mucho más seguro proteger su propia moneda.




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