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La nueva diplomacia de China hacia las dictaduras Stephanie Kleine-Ahlbrandt y Andrew Small De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2008 Resumen: Beijing se ha alejado recientemente de su posición de apoyo incondicional a Estados parias, tales como Birmania, Corea del Norte y Sudán. Esto significa que ahora puede ser más probable que China ayude a Occidente a enfrentar los problemas que representan esos Estados -- pero sólo hasta cierto punto, ya que, en el fondo, China sigue favoreciendo la no intervención como política general--. Stephanie Kleine-Ahlbrandt fue investigadora visitante de Asuntos Internacionales en el Council on Foreign Relations en 2006-2007. Andrew Small es un asociado de programa en el German Marshall Fund de Estados Unidos.
A China se le acusa con frecuencia de apoyar a una serie de déspotas, proliferadores nucleares y regímenes genocidas, protegiéndolos de las presiones internacionales y revirtiendo el avance en lo referente a los derechos humanos y los principios humanitarios. Sin embargo, durante los últimos dos años, Beijing ha estado cambiando silenciosamente su política hacia los Estados parias. En octubre de 2006, denunció firmemente las pruebas nucleares de Corea del Norte y tomó el liderazgo, junto con Estados Unidos, en el diseño de una amplia resolución en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que imponía sanciones en contra de Pyongyang. En el último año, ha votado a favor de imponer, y después endurecer, sanciones contra Irán; ha apoyado el despliegue de una fuerza combinada de Naciones Unidas y la Unión Africana (ONU-UA) en Darfur; y ha condenado la brutal represión gubernamental en Birmania (país al que la junta militar en el poder renombró como Myanmar, en 1989). Hoy, China está dispuesta a condicionar su protección diplomática hacia estos países parias, para forzarlos a que se conviertan en Estados aceptables para la comunidad internacional. Y está apoyando -- incluso, en algunos casos, ayudando a crear -- procesos que marquen el camino hacia la legitimidad para esos Estados, tales como las Conversaciones de las Seis Partes sobre Corea del Norte, minimizando así el riesgo de que se tomen medidas coercitivas contra ellos. El cálculo cambiante de China en lo que respecta a sus intereses económicos y políticos ha impulsado, en parte, este giro. Con el aumento de sus inversiones en Estados parias durante la década pasada, China ha tenido que diseñar una estrategia más sofisticada para proteger tanto a sus recursos como a sus ciudadanos en el extranjero. Ya no considera como la estrategia más efectiva brindar apoyo incondicional y sin reservas a regímenes impopulares, y en algunos casos frágiles. Una motivación aún más importante proviene de las altas expectativas de Occidente en lo que respecta al papel global de China. Frente al 17º Congreso del Partido el pasado octubre, los Juegos Olímpicos de Beijing de 2008 y las elecciones presidenciales en Taiwán también este año, los funcionarios chinos habrían preferido pensar en evitar los problemas en casa más que en el desarrollo de una nueva política exterior. Sin embargo, las crisis nucleares en Corea del Norte e Irán, así como la indignación internacional por los acontecimientos en Darfur y Birmania, los han obligado a reflexionar sobre eso: Beijing no tiene más opción que preocuparse por su imagen internacional. Los temores de China a una reacción violenta y al daño potencial en sus relaciones estratégicas y económicas con Estados Unidos y Europa han impulsado a Beijing a esforzarse mucho por demostrar que es una potencia responsable. Las relaciones de Beijing con Estados parias varían enormemente, pero el gobierno comienza a manejarlas de manera más consistente. Sería prematuro llamarle a esto una nueva doctrina de política exterior china, pero sí está surgiendo una nueva práctica en este ámbito. El cambio también trae consigo una oportunidad para tener mayor cooperación con Estados Unidos. La influencia de China sobre algunos regímenes problemáticos, así como la aparente disposición del alto liderazgo de Beijing para ejercerla, ya ha creado la posibilidad de lograr avances en una gran cantidad de asuntos que estaban estancados, tales como la proliferación nuclear en Irán y la represión política en Birmania. Además, el debate en Beijing ha pasado de discutir cómo defender el principio de no intervención a considerar las condiciones en las que la intervención se justifica. Sin embargo, hay limitaciones importantes. China no ha experimentado un cambio significativo en sus valores. Sus intereses económicos siguen siendo una prioridad, y aún no comparte la posición de Washington sobre los derechos humanos o la democracia. Sin duda, Estados Unidos tiene su propio historial de apoyo a las autocracias que le son afines, pero estos regímenes nunca se han hecho ilusiones con respecto de las preferencias reales de Estados Unidos o sobre su vulnerabilidad ante los cambios basados en cálculos de Realpolitik. Con China, no obstante, han podido establecer relaciones libres de tensiones o de molestias en asuntos tales como la democracia. Por ejemplo, aun cuando China presiona a los Estados parias para que reformen (limitadamente) sus políticas y economías, sostiene, desde su propia experiencia, que las reformas y la apertura económica no necesariamente tienen que conducir a la democracia. El respeto por la soberanía del Estado sigue siendo el fundamento principal de muchas de las alianzas clave de China, las cuales fomenta no sólo porque son importantes económicamente, sino también porque son una protección ante una posible ruptura en sus relaciones con Occidente. Por lo tanto, el reto para Estados Unidos y sus aliados será sacar el mejor provecho del cambio en la percepción de China sobre sus intereses, y al mismo tiempo percatarse de que las políticas más amplias de China hacia los regímenes autoritarios no se alinean con las suyas. Aparentemente, Beijing no se convertirá en un socio consistente para Occidente cuando se trate de lidiar con las dictaduras, pero se está convirtiendo cada vez más en una parte importante de la solución de muchos casos problemáticos. MATRIMONIOS DE FORTUNA Poco después de haber tomado el poder, en 1949, el Partido Comunista de China (PCCh) instituyó una política exterior con el fin de promover la "coexistencia pacífica" que se basaba en cinco principios, incluidos la no interferencia en asuntos internos de otros Estados y el respeto a su integridad territorial y su soberanía. Sin embargo, en la práctica, estos principios frecuentemente se subordinaban a las consideraciones de la Guerra Fría y, también, posteriormente, en la década de los sesenta y setenta, al apoyo de Mao Zedong a las insurgencias revolucionarias. Mientras que Corea del Norte era un Estado cliente de China, en Birmania, Beijing apoyó la insurgencia del Partido Comunista de Birmania en contra del régimen militar que tomó el poder en 1962 (y cuyo sucesor gobierna en la actualidad). El apoyo de China a los movimientos revolucionarios en África y en el Medio Oriente colocó a Beijing del lado de Robert Mugabe, en Zimbabue. Sin embargo, en Irán, los principios no le impidieron ponerse del lado del sah* en contra del Partido Tudeh, alineado con los soviéticos y la principal fuerza de oposición, por temor a que Moscú pudiera extender su influencia en el Golfo Pérsico. Después de 1978, Deng Xiaoping puso a la política china sobre nuevas bases. Su política de "reforma y apertura" subordinó los elementos revolucionarios y antiimperialistas de la política exterior de China al imperativo dominante del desarrollo económico. Beijing suspendió su apoyo a las insurgencias maoístas en todo el mundo, y la orientación general de su diplomacia dejó de ser ideológica. Después de la represión de la Plaza de Tiananmen en 1989 y el colapso de la Unión Soviética en 1991, China temía la llegada de un orden global dominado por Estados Unidos, y, por eso, profundizó sus relaciones con Estados parias. Al final, en aquellos días, China misma había dado un viraje hacia el estatus de Estado paria. Sin embargo, las preocupaciones de los formuladores de políticas públicas de Occidente sobre las relaciones de China se restringían, en gran medida, a la proliferación nuclear y a la venta de armas. El interés de China en el crecimiento económico y, cada vez más, en rehabilitar su reputación internacional evitaron que se enfrentara abiertamente con Occidente. Rara vez utilizó su posición en el Consejo de Seguridad de la ONU para proteger a los Estados parias de la presión internacional. Terminó por ceder en los asuntos relacionados con la proliferación. A diferencia de la situación actual, sus paquetes de apoyo económico y político no eran rival para la cooperación al desarrollo de Occidente. La política exterior de China de la década de los noventa básicamente siguió la llamada estrategia de 24 caracteres de Deng: "Observar con calma; asegurar nuestra posición; afrontar los problemas de forma serena; esconder nuestras capacidades y esperar la llegada de nuestro momento; ser capaces de mantener un perfil bajo; y nunca reclamar el liderazgo". Todo esto empezó a cambiar a finales de los años noventa con la extraordinaria expansión económica de China y su correspondiente necesidad de energía y de recursos naturales. China comenzó a aprovechar sus largas relaciones de amistad con regímenes parias y la mínima competencia con las empresas occidentales (cuyas actividades estaban limitadas por sus gobiernos, las sanciones multilaterales o las presiones internas) en esos países. China se convirtió en uno de los inversionistas y socios comerciales más importantes de los Estados díscolos (rogue states). Ante la insistencia de algunos gobiernos autoritarios, ansiosos de tener a Beijing como patrocinador, China envió a sus empresas estatales para hacer enormes inversiones, endulzando los acuerdos con préstamos y ayuda militar significativos. En 1996, con la salida de las compañías petroleras occidentales de Sudán, entonces patrocinador del terrorismo, las empresas chinas adquirieron una mayoría del 40% de las acciones de la empresa Greater Nile Petroleum Operating Company. (Sus intereses en el sector petrolero en Sudán han aumentado desde entonces, lo que incluye también inversiones sustanciales en Darfur y, en años recientes, han adquirido hasta las dos terceras partes de las exportaciones petroleras de ese país). Tales actividades se han intensificado después de que Beijing anunciara una nueva estrategia de "salida" en 2001 que promovía la inversión china en el mundo en desarrollo. En 2004, Irán -- que ya era uno de los principales abastecedores de petróleo crudo de China -- acordó vender a una compañía china 20 000 millones de dólares en gas natural al año durante veinticinco años, lo que representaba entonces la compra de gas natural más grande del mundo. Ese mismo año, el descubrimiento de un nuevo yacimiento de gas cerca de la costa de Arakan, en Birmania, detonó los febriles esfuerzos de China para negociar los derechos de exploración. Para 2007, China se había convertido en el socio comercial más importante de Irán, Corea del Norte y Sudán, y el segundo más importante de Birmania y Zimbabue. A su vez, todas estas inversiones cambiaron la percepción de China de su propio interés nacional. En septiembre de 2004, Beijing amenazó con vetar las resoluciones de la ONU que impusieran sanciones a Sudán. Además, a medida que la crisis nuclear iraní empezó a escalar en el verano de 2004, China sugirió que sería inapropiado que el Consejo de Seguridad discutiera el tema. Para completar el cuadro, China (junto con Rusia) invitó a Irán como observador a la Organización de Cooperación de Shanghái, la cual promueve la cooperación militar y de seguridad entre seis Estados asiáticos.
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