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El ascenso de China y el futuro de Occidente G. John Ikenberry De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2008 Resumen: El ascenso de China inevitablemente traerá consigo el fin del momento unipolar de Estados Unidos. Pero eso no significa necesariamente que habrá una violenta lucha por el poder o que se desmantelará el sistema occidental. El orden internacional liderado por Estados Unidos puede seguir siendo dominante aun mientras se incorpora a una China más poderosa -- pero esto sólo ocurrirá si Washington se enfoca en el fortalecimiento de ese orden liberal ahora--. G. John Ikenberry es el Albert G. Milbank Professor of Politics and International Affairs de la Princeton University y el autor de After Victory: Institutions, Strategic Restraint, and the Rebuilding of Order After Major Wars.
El ascenso de China será, sin duda, uno de los más grandes dramas del siglo XXI. El extraordinario crecimiento económico de China y su activa diplomacia ya están transformando a Asia del Este, y las próximas décadas serán testigo de incrementos todavía mayores en el poder y la influencia chinos. Pero cómo se desarrollará este drama sigue siendo una pregunta sin respuesta. ¿China acabará con el orden internacional actual o formará parte de él? Y, en todo caso, ¿qué puede hacer Estados Unidos para mantener su posición mientras China sigue ascendiendo? Algunos observadores consideran que la era estadounidense está llegando a su fin, ya que el orden mundial orientado hacia Occidente está siendo reemplazado por un orden dominado cada vez más por Oriente. El historiador Niall Ferguson ha escrito que el sangriento siglo XX fue testigo del "declive de Occidente" y de una "reorientación del mundo" hacia el Oriente. Los realistas van más allá y señalan que, conforme China se vuelve más poderosa y la posición de Estados Unidos se erosiona, es probable que ocurran dos cosas: China tratará de utilizar su creciente influencia para reconfigurar las reglas y las instituciones del sistema internacional de manera que sirvan mejor a sus intereses, y otros Estados del sistema -- especialmente el hegemón en declive -- empezarán a considerar a China como una amenaza cada vez mayor para su seguridad. Según ellos, esto resultará en tensión, desconfianza y conflicto, todos rasgos típicos de una transición de poder. De acuerdo con esta visión, el drama del ascenso chino estará caracterizado por una China cada día más poderosa y un Estados Unidos en declive, enfrascados en una batalla épica por las reglas y el liderazgo del sistema internacional. Y a medida que el país más grande del mundo emerge, no desde dentro sino desde fuera del orden internacional establecido después de la Segunda Guerra Mundial, es un drama que concluirá con el gran ascenso de China y el comienzo de un orden mundial centrado en Asia. Sin embargo, este curso de los acontecimientos no es inevitable. El ascenso de China no tiene por qué desencadenar una transición hegemónica violenta. La transición del poder de Estados Unidos a China puede ser muy diferente a las del pasado, porque China tiene frente a sí un orden internacional que es esencialmente muy distinto a aquellos que tuvieron que enfrentar las potencias emergentes del pasado. China no sólo tiene frente a sí a Estados Unidos, sino a todo un sistema centrado en Occidente, con raíces políticas amplias y profundas que es abierto, está integrado y se basa en reglas. La revolución nuclear, mientras tanto, ha hecho poco probable la guerra entre grandes potencias, eliminando así la principal herramienta que las potencias emergentes han utilizado para subvertir los sistemas internacionales defendidos por Estados hegemónicos en declive. En pocas palabras, es más fácil unirse al orden occidental actual que intentar destruirlo. Este orden inusualmente duradero y expansivo es, en sí mismo, producto del liderazgo visionario de Estados Unidos. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no sólo se estableció como la principal potencia mundial. Fue un líder en la creación de instituciones universales que no sólo estaban abiertas a la membresía global, sino que también crearon vínculos más estrechos entre democracias y sociedades de mercado. Construyó un orden que facilitó la participación y la integración de las grandes potencias establecidas así como de los países recientemente independizados. (Con frecuencia se olvida que este orden de la posguerra se diseñó, en gran parte, para reintegrar a los Estados derrotados del Eje y a los atribulados Estados aliados en un sistema internacional unificado). Hoy, China puede conseguir pleno acceso a este sistema y prosperar dentro de él. Si lo hace, China ascenderá, pero el orden occidental se mantendrá, siempre y cuando se gestione adecuadamente. Al enfrentarse con una China en ascenso, Estados Unidos debe recordar que su liderazgo en el orden occidental le permite configurar el ambiente en el que China tomará decisiones estratégicas de gran importancia. Si quiere preservar su liderazgo, Washington debe trabajar para fortalecer las reglas y las instituciones que sostienen dicho orden, permitiendo que sea aún más fácil unirse a él y mucho más difícil destruirlo. La gran estrategia de Estados Unidos debe construirse alrededor de la divisa "el camino hacia el Oriente pasa por Occidente". Debe plantar las raíces de este orden tan profundamente como sea posible, dando a China más incentivos para que se integre que para que se oponga, e incrementando las oportunidades para que el sistema sobreviva, aun después de que disminuya el poder relativo de Estados Unidos. Inevitablemente, llegará a su fin el "momento unipolar" de Estados Unidos. Si la lucha definitoria del siglo XXI es entre Estados Unidos y China, esta última tendrá ventaja. Si la lucha es entre China y un sistema occidental renovado, el triunfo será de Occidente. LAS ANSIEDADES DE LA TRANSICIÓN China está claramente en camino de convertirse en una potencia global formidable. El tamaño de su economía se ha cuadruplicado desde que se instauraron las reformas de mercado, a fines de la década de los setenta, y, según algunos cálculos, se duplicará otra vez en el curso de la próxima década. China se ha convertido en uno de los más grandes centros manufactureros del mundo y consume aproximadamente una tercera parte del suministro mundial de hierro, acero y carbón. Ha acumulado grandes reservas de divisas con un valor que, a finales de 2006, era superior a un billón de dólares. El gasto militar de China ha aumentado a una tasa ajustada para la inflación de más de 18% anual, y su diplomacia se ha extendido no sólo en Asia, sino también en África, América Latina y el Medio Oriente. De hecho, mientras que la Unión Soviética rivalizaba con Estados Unidos exclusivamente como un competidor militar, China está surgiendo como un rival tanto económico como militar, lo que presagia un profundo cambio en la distribución de poder en el mundo. Las transiciones de poder son un problema recurrente en las relaciones internacionales. Tal como lo han descrito expertos como Paul Kennedy y Robert Gilpin, la política mundial ha estado marcada por una sucesión de Estados poderosos que surgen para organizar el sistema internacional. Un Estado poderoso puede crear y hacer cumplir las reglas y las instituciones de un orden global estable en el cual pueda alcanzar sus intereses y garantizar su seguridad. Pero nada dura para siempre: Los cambios de largo plazo en la distribución de poder hacen surgir nuevos Estados retadores, quienes detonan una lucha por las reglas del orden internacional. Los Estados emergentes quieren traducir el poder recientemente adquirido en una autoridad mayor dentro del sistema global, para reformular las reglas y las instituciones de acuerdo con sus propios intereses. Los Estados en declive, por su parte, temen perder el control y se preocupan por las implicaciones en materia de seguridad que pudiera tener su debilitada posición. Estas coyunturas están llenas de peligros. Cuando un Estado ocupa una posición de liderazgo en el sistema internacional, ni él ni Estados más débiles tienen incentivos para cambiar el orden existente. Pero cuando crece el poder de un Estado retador y se debilita el poder del Estado líder, surge una rivalidad estratégica y, en consecuencia, el conflicto -- que incluso puede convertirse en guerra -- se vuelve probable. El peligro de las transiciones de poder puede ilustrarse de manera por demás dramática con el caso de Alemania a finales del siglo XIX. En 1870, el Reino Unido tenía una ventaja de 3 a 1 sobre Alemania en términos de poder económico y también una ventaja militar significativa. Para 1903, Alemania ya iba a la cabeza tanto en términos de poder económico como de poder militar. A medida que Alemania se unificó y creció, también lo hicieron sus insatisfacciones y sus exigencias, y conforme se hizo más poderosa, comenzó a figurar cada vez más como una amenaza para otras grandes potencias en Europa. Así comenzó la competencia por la seguridad. En los realineamientos estratégicos que siguieron, Francia, Rusia y el Reino Unido, otrora enemigos, se unieron para hacerle frente a una Alemania emergente. El resultado fue una guerra europea. Muchos observadores creen que está surgiendo esta misma dinámica en las relaciones sino-estadounidenses: "Si China continúa con su impresionante crecimiento económico durante las próximas décadas, Estados Unidos y China podrían enfrascarse en una intensa competencia por la seguridad, con mucho potencial para desembocar en una guerra", escribió John Mearsheimer, un experto de la tradición realista.
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