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Destino, España: tribulaciones de una joven potencia migratoria José Antonio Alonso De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2008 Resumen: En el pasado, España había sido un país exportador de recursos humanos; en la actualidad, es uno de los países de la Unión Europea con más población inmigrante. El poco tiempo en el que se produjo semejante mutación convierte a España en un auténtico laboratorio para el análisis de las consecuencias del fenómeno migratorio actual y de las respuestas que las instituciones y la sociedad han tratado de darle. José Antonio Alonso es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid y director del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI). Entre sus últimos libros figuran Cooperación con países de renta media (Editorial Complutense, Madrid, 2007) y Comercio y desigualdad internacional (Editorial Catarata, Madrid, 2005). Sobre la emigración, además de diversos artículos, ha publicado el libro Emigración, pobreza y desarrollo (Editorial Catarata, Madrid, 2004).
Pocos países como España han cambiado, con tal intensidad y en tan poco tiempo, su posición en las corrientes migratorias internacionales. En el pasado, España había sido un país tradicionalmente exportador de recursos humanos; en la actualidad, sin embargo, se está convirtiendo en uno de los países de la Unión Europea (UE) con mayor proporción de población inmigrante. El limitado plazo en el que se produjo semejante mutación convierte a España en un auténtico laboratorio para el análisis de las consecuencias del fenómeno y de las respuestas que las instituciones y la sociedad han tratado de darle. Debe reconocerse que el hecho de que buena parte del colectivo de inmigrantes en España proceda de Latinoamérica ha facilitado el proceso de adaptación a esa nueva realidad emergente, pues la comunidad de lengua y de cultura simplificó los procesos de integración social de los recién llegados. A este resultado también ha contribuido el largo ciclo de crecimiento del que ha disfrutado la economía española a lo largo de estos últimos diez años, un proceso que difícilmente hubiera tenido lugar sin el concurso productivo de esa población inmigrante. La celeridad y la intensidad del proceso de cambio, en todo caso, ayudan a explicar lo errático de la respuesta normativa inicial de las autoridades políticas en España y de algunas de las resistencias observadas en ciertos sectores de la opinión pública, por suerte minoritarios. De cara al futuro, el cambio de ciclo en el que parece encontrarse la economía española (y la economía internacional, en general) siembra dudas acerca de la perdurabilidad de una senda tan activa de generación de empleo como la que sostuvo el proceso inmigratorio en el pasado más reciente. De hecho, los primeros datos de este nuevo año 2008 confirman la contención en el crecimiento económico y en la capacidad de generación de empleo de la economía española. Esto ha de tener efecto no sólo sobre la magnitud de la corriente futura de inmigrantes, sino también sobre la perdurabilidad del empleo de algunos de los ya instalados, especialmente si se tiene en cuenta que los sectores con alto porcentaje de inmigrantes (como la construcción y algunos servicios) son los principales afectados por el cambio de ciclo económico. No parece factible, en todo caso, que este cambio de ciclo anule o revierta las presiones migratorias que responden a fenómenos más estructurales, pero sí puede tornar más difícil su gestión al reducir la capacidad de absorción de los mercados de destino. Al análisis de estos aspectos se dedican las páginas que siguen. CAMBIO DE PAPEL Como se ha señalado, España ha sido tradicionalmente un país de emigración, un emisor neto de recursos humanos al exterior. Aunque de forma tardía, contribuyó de manera activa a la gran oleada migratoria de la segunda mitad del siglo XIX mediante una corriente humana dirigida, preferentemente, a los países latinoamericanos. Si bien las cifras no son precisas, se calcula que algo más de 2 millones de personas abandonaron España entre 1880 y 1913, para dirigirse hacia los principales mercados de América Latina. El fracaso de la Segunda República y los oscuros primeros años del franquismo generaron una segunda oleada migratoria, en la que se combinaron motivaciones económicas con otras de tono político. Esa nueva corriente emigratoria se hizo especialmente intensa en el final de los años cincuenta y a lo largo de la década de los sesenta del pasado siglo. En este caso, además, se compatibilizaron los destinos tradicionales al otro lado del océano con los más recientes que ofrecían las vecinas y altamente expansivas economías europeas. En cualquiera de los dos períodos mencionados, las corrientes humanas tenían un inequívoco signo emisor. En correspondencia, y al igual que cualquier país exportador de recursos humanos, las remesas de ahorros enviadas por los emigrantes a sus familias se convirtieron en un componente relevante de la financiación internacional. De hecho, esas transferencias -- que llegaron a suponer, entre 1965 y 1975, algo más del 1.5% del PIB -- se comportaron como una de las partidas compensadoras de la balanza de pagos y ayudaron a financiar el crónico déficit comercial español. El progreso de la economía propia y el menor dinamismo de los mercados ajenos, a partir de las crisis energéticas de los años setenta, pusieron fin a este flujo, al tiempo que alentaron el progresivo retorno de algunos de los emigrantes radicados en el exterior. Si España tuvo experiencia como país emisor, nunca la había tenido, hasta muy recientemente, como receptor de migración. En concreto, a finales de los años noventa, España ocupaba uno de los puestos postreros en Europa por la cuota de su población inmigrante. Valga como prueba que, en 1998, la población no nacida en España (algo más de 600 000 personas) suponía apenas el 2% del total de la población española, una cuota que estaba muy por debajo de la propia de países como Austria, Alemania o Bélgica (con cuotas cercanas al 9%), de Francia, Suecia o Dinamarca (en torno al 5%) o de Holanda, Noruega o Reino Unido (próximas al 4%). A partir de aquel año, España comenzó a experimentar un proceso acelerado de entrada de migrantes, que hizo que el colectivo de la población extranjera registrada en el país pasara a ser de 4.5 millones en 2007 (de acuerdo con los datos del Padrón Municipal). Esto quiere decir que la tasa de inmigrantes, con respecto al total de la población española, ha ascendido del 2% a algo más del 9% en apenas ocho años. Dicho de otro modo, el colectivo de inmigrantes se multiplicó por siete en el período, lo que supone que el stock creció a una tasa media de algo más del 24% en cada año. La cifra ofrecida habría que corregirla ligeramente a la baja (cerca de 4 millones de personas) si el dato, en lugar de referirse a los empadronados, aludiese a aquellos no nacionales con tarjeta de residencia. Pues bien, del colectivo de población no nacida en España registrada en 2007, un 21% (958 000 individuos) son personas que difícilmente podrían ser consideradas como inmigrantes en sentido genuino, ya que proceden de los países ricos de la Unión Europea (la UE 15). En parte se trata de población jubilada que reside de forma temporal o permanente en España, aprovechando su mejor clima o sus soleadas costas. Sin embargo, sí cabe considerar a otras 750 000 personas como inmigrantes, ya que, aunque proceden de Europa -- muy especialmente de los nuevos miembros de la UE -- , su origen está en países de menor desarrollo relativo, y la motivación básica de su desplazamiento es la búsqueda de oportunidades de empleo y de progreso personal. En este colectivo destacan los inmigrantes procedentes de Rumania, que suman cerca de 527 000 personas.
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