|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
Centroamérica: los territorios de la migración y la exclusión en el nuevo siglo Abelardo Morales Gamboa De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2008 Resumen: Las migraciones tienen una función central en el orden económico y sociopolítico de la posguerra centroamericana. Sin embargo, sus efectos dejan al descubierto una serie de contradicciones, de nuevas desigualdades y una exclusión social cada vez más diferenciada. Encarar los desafíos que este proceso entraña, constituye el principal reto para el fortalecimiento de la ciudadanía en sociedades polarizadas y democracias precarias. Abelardo Morales Gamboa es profesor e investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLASCO, Costa Rica). Ha investigado y publicado sobre procesos regionales e integración regional, y fronteras y migraciones laborales en América Central. Es miembro del Consejo Directivo de la Red Internacional de Migración y Desarrollo y miembro del Grupo Regional de Investigación (GRILAC) de Migraciones de FLASCO.
Si un rasgo simboliza a Centroamérica en la globalización, ése sería el de las migraciones internacionales. Los cambios en el escenario económico, en los tejidos sociales y políticos y en el entramado cultural marcan claramente esa conectividad transnacional entre familias y comunidades establecida por los migrantes. Pero, lejos de las promesas de bienestar para todos y todas, pregonadas en los discursos sobre la apertura de fronteras y mercados y el universalismo de los derechos, esta nueva práctica transnacional pone al descubierto viejas y nuevas formas de exclusión: negación de derechos, rechazo, muros y barreras físicas en los países receptores, que materializan las expresiones extremas de la desigualdad. Veinte años después de la celebración de los primeros acuerdos de paz en Centroamérica, bajo la Declaración de Esquipulas II, las migraciones internacionales desvelan las debilidades del sistema político, sus desigualdades estructurales y retrocesos en el ámbito de la justicia y de la ciudadanía que son causa de la migración, pero que, a su vez, expresan una responsabilidad política negligente del Estado en los países de origen de los flujos. La condición de puente del istmo geográfico ha facilitado flujos históricos de migración, tanto interna como extrarregional. La historia social de América Central ha estado marcada por ese recurrente contacto entre pueblos, producto de la movilidad humana durante coyunturas de cambio en las economías, crisis sociopolíticas o por la extensión misma de las redes sociales a través de fronteras demarcadas artificialmente sobre la vida de sus pueblos. Hasta mediados del siglo pasado, la región fue, primero, una zona de atracción de inmigrantes de ultramar -- llegados de manera voluntaria unos, y forzada, otros -- y, luego, de intensos flujos internos activados por procesos de diversificación agrícola, industrialización y urbanización que llenaron de pobres las ciudades. También entre los densos y porosos espacios transfronterizos que predominan en una región tan pequeña, se ha mantenido un tránsito constante, cuyos trayectos han variado entre países en distintas fases históricas, pero, muchas veces, se han vuelto invisibles o se han ignorado como expresiones de una regionalidad latente. TIERRA DE REACOMODOS: FASES DE LA MIGRACIÓN EN EL ÚLTIMO SIGLO Las migraciones forman parte de un continuo regional entre desplazamientos por razones económicas, políticas o sociales, no siempre como una decisión individual y voluntaria, sino bajo distintos patrones de dominación política, de explotación económica, de violencia social o de calamidades ambientales, que han relegado a los grupos sociales tradicionalmente excluidos a peores condiciones de desigualdad. En ese escenario, pueden reseñarse tres fases distintas asociadas al desplazamiento de personas en Centroamérica durante el último siglo. Una primera fase coincide con los flujos de migración asociados a la formación de mercados de trabajo regionales. Se podría dividir dicha fase en dos momentos: el desarrollo de la producción de agroexportación desde mediados del siglo XIX y la fase posterior de modernización rural, industrialización y urbanización a mitad del siglo XX. Con sus variantes, estos procesos migratorios estuvieron asociados con el desplazamiento de poblaciones indígenas y campesinas de sus tierras ancestrales para incorporarlas a los mercados de trabajo asalariado o semiasalariado en zonas de plantación cafetalera o de enclave bananero y, en otros tantos casos, empujarlas hacia las áreas de frontera agrícola. Por otra parte, miles de familias campesinas sin opciones en la agricultura también fueron atraídas por los trabajos en la manufactura y por el crecimiento de la urbanización en zonas metropolitanas. Tales fenómenos variaban en tiempo, según los distintos países y causas que motivaban la salida, así como las actividades que producían su atracción. Esas causas coincidían con los recurrentes enfrentamientos bélicos en los que desembocaban los antagonismos políticos. Estas migraciones, antecedidas o acompañadas por el arribo de comunidades extrarregionales -- asiáticos, africanos y afrocaribeños, y diversas generaciones de europeos -- , caracterizaron a los países centroamericanos como espacio de recepción de inmigrantes hasta mediados del siglo anterior. Esos flujos se cruzaron con migraciones internas constantes, pero también con los recorridos de una fuerza de trabajo transfronteriza que comenzaba a modelar mercados de trabajo binacionales e incluso regionales. Las fronteras de Guatemala y México, así como las de los cuatro países del polígono norte de la región (Guatemala, El Salvador, Honduras y Belice), capturaban esa movilidad entre economías transfronterizas, prácticamente soslayada en la historia de la región. La magnitud del fenómeno se puso al descubierto debido al encuentro armado entre El Salvador y Honduras, en abril de 1969. Aunque verdaderamente nunca medió una disputa deportiva, la enemistad de ambos países dio origen a la mal llamada "Guerra del Fútbol". En realidad, empujados por reclamaciones territoriales y disputas entre sus respectivas élites políticas y empresariales, los ejércitos de ambos países protagonizaron otra guerra que, aunque inútil, sirvió de pretexto para emprender una carrera armamentista, cuyas consecuencias se experimentaron en los conflictos de los años ochenta. Parte de la guerra fue la masiva expulsión, desde Honduras, de miles de familias salvadoreñas que, desde los años treinta, habían emigrado hacia el país vecino. Ese acontecimiento marcó, entonces, un viraje en la distribución de los flujos de migración que comprometían a esos dos países, y obligó a la búsqueda de nuevos destinos para la emigración desde El Salvador. En su dimensión interna, los flujos de migración, hasta la década de los setenta, estaban compuestos por grupos familiares que se movilizaban entre zonas agrícolas dentro de un mismo país o hacia las ciudades. Mientras, las migraciones transfronterizas, según Castillo y Palma, eran más selectivas: sobresalía la condición masculina, en edad activa, con baja instrucción escolar, poco calificada, de origen rural, jefes de familias de bajos ingresos y pertenecientes a grupos relegados. Las características podían variar, pero constituían la fuerza de trabajo de mercados laborales que se comenzaban a modelar como regionales, fundamentalmente agrícolas. Según los ciclos de las cosechas, se marcaba la temporalidad y la estacionalidad de los flujos, casi completamente al margen de cualquier tipo de regulación. Aquellos movimientos no llamaban la atención, debido a que se encontraban subsumidos dentro de los flujos de migración interna, especialmente de las migraciones rural-urbanas. Sin embargo, cabe reconocer en esos movimientos migratorios uno de los primeros rastros en la expansión de las contradicciones sociales del plano de las sociedades nacionales a la arena regional. Otra fase importante estuvo comprendida por los desplazamientos forzados, asociados a la crisis política y a las guerras internas en la década de los ochenta. Las convulsiones políticas de entonces dieron un nuevo momento, nuevos rumbos y nuevos perfiles a los flujos migratorios. A diferencia del patrón migratorio anterior, en estos nuevos desplazamientos participaban individuos con mayores niveles de instrucción, intelectuales, dirigentes políticos y líderes sindicales y campesinos, procedentes de ámbitos urbanos. Las salidas se producían de forma individual, con el objeto de huir de la represión y, en algunos casos, involucraba a grupos familiares. Desde finales de los setenta, la emigración se había convertido en una fuga de proporciones masivas por la agudización de las crisis políticas y la intensificación de las guerras civiles en Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Esa situación afectaba tanto a actores políticos como a colectivos de población que no estaban directamente involucrados en los conflictos, pero que sufrían por igual los efectos directos de la guerra o eran víctimas de represalias, tanto de las fuerzas armadas gubernamentales como de las insurgentes. Dichos grupos de población se dividieron en dos frentes migratorios: a) los desplazados internos, que se refugiaron dentro de sus respectivos países; b) los refugiados y desplazados externos, que se movilizaron a través de las fronteras nacionales, primero hacia los países vecinos y, luego, de manera cada vez más intensa, hacia países fuera de la región, en particular México, Canadá y Estados Unidos. El refugio de centroamericanos en países europeos y en Australia fue menos importante en términos numéricos. El número de refugiados centroamericanos, según estimaciones oficiales, sin duda la cifra más conservadora, fue de 129 000 personas; según el cálculo más exagerado, un millón y medio de personas abandonaron sus países por razones derivadas del conflicto o por la crisis económica asociada al mismo. Pese a la falta de información para caracterizar esa dinámica poblacional, es posible presumir hoy en día que las motivaciones políticas de tales desplazamientos no estaban del todo disociadas de los detonantes estructurales que explicaban después la emigración por razones económicas o laborales. La de los refugiados y desplazados no fue estrictamente una migración económica, pero se combinó con los escenarios en los cuales se afincaron posteriormente los migrantes laborales, y de esa manera contribuyeron al establecimiento de las redes migratorias que permitieron después la integración de trabajadores migrantes en mercados de trabajo transnacionalizados.
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Publicado por el ITAM. Derechos de Autor c2003 reservados para el Council on Foreign Relations. Políticas de privacidad | |