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Perder a Rusia. Los costos de renovar el conflicto Dimitri K. Simes De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2008 Resumen: Las relaciones Estados Unidos-Rusia se deterioran con rapidez. Las políticas erradas y arrogantes de Estados Unidos tras la Guerra Fría han producido resentimiento en Rusia, y la postura cada vez más desafiante de Vladimir Putin enardece a Occidente. Pero no es necesario que Washington y Moscú sean adversarios. Ambos deben actuar pronto para impedir que se renueve el conflicto. Dimitri K. Simes es presidente del Nixon Center y editor de The National Interest.
Ahora que enfrenta las amenazas de Al Qaeda e Irán y la creciente inestabilidad en Irak y Afganistán, Estados Unidos no necesita nuevos enemigos. Sin embargo, su relación con Rusia empeora cada día. El discurso en ambos lados sube de tono, los acuerdos de seguridad están en riesgo, y Washington y Moscú se miran el uno al otro cada vez más a través del viejo prisma de la Guerra Fría. Pese a que la reciente autoafirmación y la severidad de Rusia dentro y fuera del país haya sido la causa principal de esta desilusión mutua, Estados Unidos carga también con una gran responsabilidad en la lenta desintegración de la relación. Los padecimientos, errores y fechorías de Moscú no son una coartada para los responsables políticos de Estados Unidos, quienes cometieron errores fundamentales al manejar la transición de Rusia de un imperio comunista expansionista a una gran potencia más tradicional. El mal manejo estadounidense de la cuestión rusa se debe a que en Washington prevalece la idea de que el gobierno de Reagan ganó la Guerra Fría prácticamente solo. Pero no ocurrió así, y sin duda no es ésa la forma en que la mayoría de los rusos ven la caída del Estado soviético. El autocomplaciente relato histórico de Washington explica en gran medida sus fracasos posteriores en su trato con Moscú en la era de la Posguerra Fría. El error esencial de Washington se hallaba en su propensión a tratar a la Rusia postsoviética como un enemigo derrotado. Estados Unidos y Occidente ganaron la Guerra Fría, pero la victoria de un lado no significa necesariamente la derrota del otro. El dirigente soviético Mijail Gorbachov, el presidente ruso Boris Yeltsin y sus consejeros creyeron haberse unido al bando de Estados Unidos como vencedores en la Guerra Fría. Poco a poco llegaron a la conclusión de que el comunismo era malo para la Unión Soviética, y en especial para Rusia. Desde su punto de vista, no necesitaban presión externa para actuar en el mejor interés de su país. Pese a las numerosas oportunidades de cooperación estratégica que se han presentado en los últimos 16 años, la conducta diplomática de Washington ha dejado la inequívoca impresión de que hacer de Rusia un socio estratégico nunca ha sido una prioridad importante. Los gobiernos de Bill Clinton y George W. Bush dieron por sentado que cuando necesitaran la cooperación rusa podrían obtenerla sin esfuerzos o concesiones especiales. En particular, el gobierno de Clinton parecía ver a Rusia como a la Alemania o el Japón de la Posguerra, como un país al que se podía obligar a seguir las políticas estadounidenses y con el tiempo llegaría a tomarles gusto. Parecían olvidar que Rusia no había sido ocupada por soldados estadounidense ni devastada por bombas atómicas. Rusia se transformó, no fue derrotada. Ello delineó profundamente sus respuestas a Estados Unidos. Desde la caída de la Cortina de Hierro, Rusia no ha actuado como un Estado cliente, un aliado confiable o un verdadero amigo, pero tampoco como un enemigo, ni mucho menos como un enemigo con ambiciones globales y una ideología hostil y mesiánica. Sin embargo, el riesgo de que se sume a las filas de los adversarios de Estados Unidos es hoy muy real. Para evitar que ello suceda, Washington debe entender en qué se ha equivocado, y adoptar hoy medidas adecuadas para invertir la espiral descendente. LA MUERTE DE UN IMPERIO Malos entendidos y concepciones erróneas sobre el final de la Guerra Fría han sido factores significativos que han promovido políticas equivocadas de Estados Unidos hacia Rusia. Si bien Washington desempeñó un papel importante en precipitar la caída del imperio soviético, los reformadores de Moscú merecen mucho más crédito del que suelen recibir. De hecho, a finales de los ochenta estaba lejos de ser inevitable que la Unión Soviética o siquiera el bloque oriental se derrumbara. Gorbachov asumió el poder en 1985 con el objetivo de eliminar los problemas que el gobierno de Leonid Brezhnev ya había reconocido -- sobre todo, el agotamiento militar en Afganistán y África y el excesivo gasto en defensa que arruinaba a la economía soviética -- y con la aspiración de aumentar el poder y prestigio de la Unión Soviética. Su drástica reducción de los subsidios soviéticos a los Estados del bloque oriental, el cese de su apoyo a los regímenes de viejo cuño del Pacto de Varsovia y la perestroika crearon una dinámica política totalmente nueva en Europa del Este y condujeron a la desintegración, pacífica en gran parte, de varios regímenes comunistas y al debilitamiento de la influencia de Moscú en la región. Ronald Reagan contribuyó a este proceso aumentando la presión sobre el Kremlin, pero fue Gorbachov, no la Casa Blanca, quien puso fin al imperio soviético.
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