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Perder a Rusia. Los costos de renovar el conflicto
Dimitri K. Simes
De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2008

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Resumen: Las relaciones Estados Unidos-Rusia se deterioran con rapidez. Las políticas erradas y arrogantes de Estados Unidos tras la Guerra Fría han producido resentimiento en Rusia, y la postura cada vez más desafiante de Vladimir Putin enardece a Occidente. Pero no es necesario que Washington y Moscú sean adversarios. Ambos deben actuar pronto para impedir que se renueve el conflicto.

Dimitri K. Simes es presidente del Nixon Center y editor de The National Interest.

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Daniel Levy, Max Pensky y John Torpey (comps.). : Verso, 2005.

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Tod Lindberg (comp.). : Routledge, 2004.

¿Existe una brecha transatlántica? Estados Unidos y la Unión Europea tras la crisis de Irak
Esther Barbé (coord.). Madrid: Los Libros de la Catarata, 2005.

The Atlantic Alliance Under Stress: U.S. European Relations After Iraq
David M. Andrews (comp.). : Cambridge University Press, 2005.
[continúa...]

La influencia estadounidense desempeñó un papel aún menor en provocar la desintegración de la Unión Soviética. El gobierno de George H.W. Bush apoyó la independencia de las repúblicas del Báltico e hizo saber a Gorbachov que adoptar medidas severas contra gobiernos separatistas elegidos legalmente pondría en peligro las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Pero al permitir que partidos independentistas compitieran y ganaran en elecciones relativamente libres y al negarse a utilizar las fuerzas de seguridad en forma decisiva para deponerlos, Gorbachov prácticamente aseguró que los Estados del Báltico abandonaran la Unión Soviética. La propia Rusia asestó el golpe final, al exigir una condición institucional igual al de las otras repúblicas de la unión. Gorbachov dijo al Politburó que permitir el cambio supondría "el fin del imperio". Y así fue. Luego del fallido golpe reaccionario de agosto de 1991, Gorbachov no pudo impedir que Yeltsin -- junto con los líderes de Belarús y Ucrania -- desmantelara la Unión Soviética.

Los gobiernos de Reagan y el primer Bush entendieron los peligros de la descomposición de una superpotencia y manejaron la decadencia soviética con una combinación impresionante de empatía y dureza. Trataron a Gorbachov con respeto pero sin hacer concesiones sustanciales a expensas de los intereses estadounidenses. Esto incluyó rechazar sin demora las solicitudes cada vez más desesperadas de Gorbachov para obtener asistencia económica en grandes cantidades, porque no había ninguna buena razón para que Estados Unidos lo ayudara a salvar el imperio soviético. Pero cuando el gobierno del primer Bush rechazó los llamados soviéticos para que no atacara a Saddam Hussein tras la invasión de Kuwait por parte de Irak, la Casa Blanca se esforzó por prestar la atención debida a Gorbachov sin "restregárselo en la cara", como expresó el ex secretario de Estado James Baker. Como resultado, Estados Unidos fue capaz de derrotar a Hussein y mantener una estrecha colaboración con la Unión Soviética de manera simultánea, en gran parte en los términos de Washington.

Si algo puede criticarse al gobierno de George H.W. Bush es no haber dado pronta ayuda económica al gobierno democrático de la recién independizada Rusia en 1992. El ex presidente Richard Nixon, que observaba de cerca la transición, señaló que un paquete importante de ayuda podría detener la caída libre económica y contribuir a anclar a Rusia en Occidente durante los años por venir. Bush, sin embargo, estaba en una posición débil para adoptar medidas audaces para ayudar a Rusia. A estas alturas ya libraba una batalla perdida con el candidato Bill Clinton, quien lo atacaba por preocuparse por la política exterior a costa de la economía estadounidense.

Pese al énfasis en asuntos internos durante la campaña, Clinton llegó a la presidencia con el deseo de ayudar a Rusia. El gobierno dispuso brindar a Moscú una asistencia financiera significativa, sobre todo por medio del Fondo Monetario Internacional (FMI). Todavía en 1996, Clinton anhelaba tanto elogiar a Yeltsin que incluso comparó la decisión de éste de emplear la fuerza militar contra los separatistas de Chechenia con el espíritu rector de Abraham Lincoln en la Guerra de Secesión.

El mayor fracaso del gobierno de Clinton fue su decisión de aprovecharse de la debilidad de Rusia. El gobierno trató de obtener cuanto fuera posible para Estados Unidos en términos políticos, económicos y de seguridad en Europa y en la ex Unión Soviética antes de que Rusia se recobrara de la tumultuosa transición. El ex subsecretario de Estado Strobe Talbott también ha revelado que funcionarios estadounidenses explotaron incluso la tendencia de Yeltsin a beber en exceso durante las negociaciones cara a cara. Muchos rusos creían que el gobierno de Clinton hacía lo mismo con toda Rusia. El problema fue que con el tiempo a ese país se le pasó la borrachera, y recordó con rabia y selectivamente la noche anterior.

CÓMETE TUS ESPINACAS

Tras la fachada de amistad, los funcionarios del gobierno de Clinton esperaban que el Kremlin aceptara que Estados Unidos definiera los intereses nacionales rusos. Creían que las preferencias de Moscú podían pasarse por alto sin contratiempos si no compaginaban con los objetivos de Washington. Rusia tenía una economía en ruinas y un ejército que se desintegraba, y en muchos aspectos actuaba como un país derrotado. A diferencia de otros imperios coloniales europeos que se habían retirado de sus antiguas posesiones, Moscú, al hacerlo, no hizo ningún esfuerzo por negociar la protección de sus intereses económicos y de seguridad en Europa del Este o en los antiguos Estados soviéticos. Dentro de Rusia, mientras tanto, los reformistas radicales de Yeltsin a menudo recibían con beneplácito la presión del FMI y de Estados Unidos como justificación para las severas y sumamente impopulares políticas monetarias que habían impulsado por cuenta propia.

Pronto, sin embargo, hasta el ministro ruso de Relaciones Exteriores, Andrei Kozyrev -- conocido en Rusia como el Señor Sí por siempre complacer a Occidente -- , se sintió frustrado con el opresivo amor del gobierno de Clinton. Como dijo a Talbott, quien de 1993 a 1994 fue embajador extraordinario ante los Estados recién independizados: "Ya bastante malo es que ustedes nos digan lo que van a hacer, sin importarles si nos parece o no. Además, para colmo, nos dicen también que obedecer sus órdenes nos conviene".

Sin embargo, tales ruegos cayeron en oídos sordos en Washington, donde este planteamiento arrogante se volvía cada vez más popular. Talbott y sus aliados lo llamaban el tratamiento de las espinacas: un Tío Sam paternalista alimentaba a los gobernantes rusos con políticas que Washington consideraba saludables, por poco apetitosas que parecieran en Moscú. Como expresó Victoria Nuland, consejera de Talbott: "Mientras más se les diga que son buenas para ellos, más asco les da". Al dar a entender que Rusia no debería tener una política exterior independiente -- ni siquiera una política interna independiente -- , el gobierno de Clinton generó mucho resentimiento. Esta estrategia neocolonial iba de la mano con las recomendaciones del FMI que hoy la mayoría de los economistas coinciden en considerarlas poco adecuadas para Rusia, y tan dolorosas para la población que jamás se habrían podido poner en práctica por la vía democrática. Sin embargo, los reformistas radicales de Yeltsin se dieron el gusto de imponerlas sin la aprobación popular.

Entonces, el ex presidente Nixon, así como varios líderes empresariales prominentes de Estados Unidos y especialistas de Rusia, reconocieron lo disparatado del enfoque estadounidense e instaron a una solución negociada entre Yeltsin y la Duma, más conservadora. Nixon se inquietó cuando funcionarios rusos le dijeron que Estados Unidos había expresado su disposición a justificar la decisión del gobierno de Yeltsin de dar pasos "enérgicos" contra la Duma siempre y cuando el Kremlin acelerara las reformas económicas. Nixon advirtió que "alentar vías alternas a la democracia en un país con una tradición tan autocrática como la de Rusia es como tratar de apagar un fuego con materiales combustibles". Más aún, sostuvo que actuar con base en la "presunción fatalmente defectuosa" de Washington de que Rusia no era ni sería una potencia mundial durante algún tiempo pondría en peligro la paz y la democracia en la región.




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