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Democracia sin Estados Unidos Michael Mandelbaum De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2008 Resumen: Pese al fracaso de Estados Unidos en promover la democracia, el libre mercado la impulsa en todos lados. Si bien el mundo árabe, China y Rusia son desafíos, la presión por la gobernanza democrática sólo crecerá conforme las economías se liberalicen. Michael Mandelbaum es profesor de la cátedra Christian A. Herter de Política Exterior Estadounidense en la Johns Hopkins School of Advanced International Studies. Este ensayo es una adaptación de su nuevo libro, Democracy's Good Name: The Rise and Risks of the World's Most Popular Form of Government. Es directivo y titular de la cátedra sobre Seguridad Europea en la RAND Corporation.
El gobierno de George W. Bush ha hecho de la promoción de la democracia un objetivo central de la política exterior estadounidense. El presidente dedicó a ese tema el discurso inaugural de su segundo periodo en el poder; la Estrategia de Seguridad Nacional de 2006 se concentró en la propagación de la democracia en el extranjero, y la Casa Blanca ha emprendido una serie de iniciativas concebidas para promoverla en todo el mundo, sobre todo las iniciativas militares en Afganistán e Irak. Sin embargo, en esos dos países y en otras partes del mundo árabe donde en otro tiempo las perspectivas de la democracia parecían prometedoras -- Líbano, los territorios palestinos y Egipto -- , los esfuerzos estadounidenses no han prosperado. Ahora que el gobierno de Bush entra en sus 12 meses finales, en ninguno de esos lugares la democracia está más cerca de consolidarse con firmeza. Es un patrón conocido: desde la fundación de la república, casi todos los presidentes han abrazado la idea de propagar la forma estadounidense de gobierno fuera de sus fronteras. El gobierno de Clinton emprendió varias intervenciones militares con el objetivo manifiesto de instaurar la democracia. En donde lo hizo -- Somalia, Haití, Bosnia y Kosovo -- , el modelo fracasó en su intento de echar raíces. Sin embargo, el fracaso de Washington en la promoción de la democracia no ha significado el fracaso de la democracia misma. Al contrario, en el último cuarto del siglo XX esta forma de gobierno experimentó un notable ascenso. Confinada en otros tiempos a un puñado de naciones ricas, en un breve lapso se transformó en el sistema político más popular del mundo. En 1900 sólo 10 países eran democracias; hacia mediados de siglo el número se había incrementado a 30, y 25 años después la cifra se mantenía igual. En 2005, 119 de los 190 países del mundo habían adoptado la democracia. La combinación en apariencia paradójica del fracaso estadounidense en promover la democracia y su exitosa expansión plantea varias preguntas. ¿Por qué los esfuerzos deliberados del país más poderoso del mundo por exportar su forma de gobierno han resultado ineficaces? ¿Por qué y cómo la democracia ha disfrutado de tan extraordinario éxito mundial pese al fracaso de estos esfuerzos? ¿Y cuáles son las perspectivas de la democracia en otras zonas de gran importancia -- los países árabes, Rusia y China -- donde aún no está presente? Responder estas preguntas demanda un entendimiento apropiado del concepto de democracia en sí mismo. GENEALOGÍA DEMOCRÁTICA Lo que el mundo del siglo XXI llama democracia es en realidad la fusión de dos tradiciones políticas distintas. Una es la libertad, es decir, la libertad individual. La otra es la soberanía popular, el gobierno del pueblo. La soberanía popular hizo su debut en la escena mundial con la Revolución Francesa, cuyos arquitectos afirmaron que el derecho de gobernar no pertenecía a los monarcas hereditarios que habían gobernado en la mayoría de los lugares durante la mayor parte del tiempo desde el principio de la historia documentada, sino más bien al pueblo al que aquéllos gobernaban. La libertad tiene un linaje mucho más longevo, que se remonta a las antiguas Grecia y Roma. Consiste en una serie de ordenanzas políticas de zonificación que ponen coto a la interferencia del gobierno en sectores de la vida social, política y económica, y de ese modo los protegen. La forma más antigua de libertad es la inviolabilidad de la propiedad privada, que formó parte de la vida de la República Romana. La libertad religiosa tuvo su origen en la escisión de la cristiandad provocada por la reforma protestante del siglo XVI. La libertad política surgió después de las otras dos, pero es a ella a la que los usos de la palabra "libertad" en el siglo XXI suelen referirse. Implica la ausencia de control gubernamental sobre la expresión de las ideas, la reunión pública y la participación política. Bien entrado el siglo XIX, el término "democracia" se refería por lo regular sólo a la soberanía popular, y se consideraba indudable que un régimen basado en ella suprimiría a la libertad. Se creía que el gobierno del pueblo conduciría a la corrupción, el desorden, la violencia de la turba y, en última instancia, a la tiranía. En particular, muchos creían que quienes carecían de propiedades se movilizarían, llevados por la envidia y la codicia, para arrebatarlas a sus dueños si el pueblo tomaba el control del gobierno. A finales del siglo XIX y principios del XX, la libertad y la soberanía popular se fusionaron con éxito en unos cuantos países de Europa Occidental y América del Norte. El éxito de esta fusión se debió en no poca medida a la expansión del Estado benefactor después de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, que amplió el compromiso con la propiedad privada al dar a cada miembro de la sociedad una forma de ella y evitó la pobreza de las masas proporcionando a todos un nivel mínimo de vida. Incluso entonces, sin embargo, la forma democrática de gobierno no se extendió ni muy lejos ni a muchos lugares. La soberanía popular, o al menos una forma de ella, se volvió prácticamente universal hacia la segunda mitad del siglo XX. El procedimiento para implementar este principio político -- llevar a cabo una elección -- era y sigue siendo fácil. En los primeros tres cuartos del siglo XX, la mayoría de los países no escogía a sus gobiernos mediante elecciones libres y justas. Sin embargo, la mayoría de los gobiernos podía afirmar que eran democráticos al menos en el sentido de que diferían de las formas tradicionales de gobernación: la monarquía y el imperio. Los mandatarios no heredaban sus cargos y provenían de los mismos grupos nacionales que las personas a quienes gobernaban. Esos gobiernos encarnaban la soberanía popular en la medida en que las personas que los controlaban no eran ni monarcas hereditarios ni extranjeros. Si bien la soberanía popular es relativamente fácil de instaurar, es mucho más difícil garantizar el otro componente de la democracia: la libertad. Esto explica tanto el retraso en la propagación de la democracia en todo el mundo en el siglo XX como las continuas dificultades de instaurarla en el XXI. Poner en práctica el principio de libertad requiere instituciones: cuerpos legislativos funcionales, burocracias gubernamentales y sistemas legales plenamente consolidados, con policía, abogados, fiscales y jueces imparciales. Operar tales instituciones requiere aptitudes, algunas muy especializadas. Y las instituciones correspondientes deben estar firmemente fundadas en valores: las personas deben creer en la importancia de proteger esas zonas de la vida social y cívica de la interferencia del Estado.
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