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Democracia sin Estados Unidos
Michael Mandelbaum
De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2008

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Resumen: Pese al fracaso de Estados Unidos en promover la democracia, el libre mercado la impulsa en todos lados. Si bien el mundo árabe, China y Rusia son desafíos, la presión por la gobernanza democrática sólo crecerá conforme las economías se liberalicen.

Michael Mandelbaum es profesor de la cátedra Christian A. Herter de Política Exterior Estadounidense en la Johns Hopkins School of Advanced International Studies. Este ensayo es una adaptación de su nuevo libro, Democracy's Good Name: The Rise and Risks of the World's Most Popular Form of Government. Es directivo y titular de la cátedra sobre Seguridad Europea en la RAND Corporation.

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Temas:
Sistemas Políticos

Summits: Six Meetings That Changed the Twentieth Century
David Reynolds. : Basic Books, 2007.

Where Nation-States Come From: Institutional Change in the Age of Nationalism
Philip G. Roeder. : Princeton University Press, 2007.

El acertijo de la legitimidad. Por una democracia eficaz en un entorno de legalidad y desarrollo
Luis Rubio y Edna Jaime. México: Fondo de Cultura Económica, 2007.

Historia del mundo y salvación: Los presupuestos teológicos de la filosofía de la historia
Karl Löwith. México: Katz Editores, 2007.

Vox Populi. Populismo y democracia en Latinoamérica
Julio Aibar (coord.). México: FLACSO, 2007.
[continúa...]

Los sistemas políticos y económicos comunistas han desaparecido de Rusia y no se restaurarán. El país también está libre en gran medida de la percepción de raigambre histórica de que tenía un destino cultural y político diferente del de otros. Su población ya no está formada, como ocurrió hasta la industrialización y la urbanización de la era comunista, por una mayoría de campesinos analfabetos y trabajadores agrícolas sin tierra. Hoy el ruso común sabe leer y escribir, es culto y vive en una ciudad; es, en suma, la clase de persona que probablemente llegará a encontrar atractiva la democracia y considerará inaceptable la dictadura.

Las revoluciones en las comunicaciones y los transportes han hecho mucho más difícil a los gobernantes rusos cerrar el país al mundo exterior. En particular, los rusos de hoy son mucho más conscientes de las ideas e instituciones de las democracias del mundo de lo que fueron durante los siglos en que estuvieron gobernados por monarcas absolutos y durante el periodo comunista. Por último, en el siglo XXI Rusia enfrenta mucho menos peligro que nunca de ser atacada por sus vecinos. Desde el siglo XVI hasta casi finales del XX, los monarcas y los comisarios justificaban la acumulación y el ejercicio del poder ilimitado sobre la base de que era necesario para proteger al país de sus enemigos. Esa lógica ha perdido hoy gran parte de su fuerza. Sin embargo, se debe establecer una fuerza que compense esos malos augurios respecto de un futuro más democrático para Rusia. Las grandes reservas de recursos energéticos del país amenazan con inclinarlo en dirección del gobierno autocrático. La Rusia postsoviética tiene el desafortunado potencial de convertirse en un petroestado. Por lo tanto, se puede decir, con sólo un poco de exageración, que las perspectivas democráticas de Rusia van en proporción inversa al precio del petróleo.

De todos los países no democráticos del mundo, en ninguno importan más las perspectivas de la democracia que en China: el país más poblado y el que está en camino de tener, en algún momento del siglo XXI, la economía más grande del planeta. El panorama para la democracia en el país asiático es incierto. A partir de los últimos años de la década de 1970, una serie de reformas que llevaron muchos de los rasgos del libre mercado a lo que había sido una economía de corte comunista puso en movimiento una formidable racha de crecimiento económico de dos dígitos durante un cuarto de siglo. Aunque la institución central de la economía de mercado, la propiedad privada, no se ha instaurado totalmente en China, el ritmo galopante del crecimiento económico ha creado una clase media. Es pequeña en proporción a la enorme población del país, pero sus números se incrementan con rapidez. Cada vez más chinos viven en ciudades, son cultos y se ganan la vida en formas que les brindan cierta independencia en el trabajo, así como ingresos y tiempo libre suficientes para tener otros intereses aparte del trabajo.

Junto con el crecimiento de la economía, en China han proliferado los grupos independientes que constituyen la sociedad civil. En 2005 se registraron oficialmente 285,000 grupos no gubernamentales -- número minúsculo en un país cuya población es de 1,300 millones -- , pero las estimaciones de grupos no oficiales llegan hasta ocho millones. Además, la China del siglo XXI satisface categóricamente una de las condiciones históricas para la democracia: está abierta al mundo. El líder fundador de la China comunista, Mao Zedong, buscó aislarla de otros países. Sus sucesores han abierto las puertas del país y han recibido con beneplácito lo que Mao intentó mantener al margen.

Por consiguiente, el cambio vertiginoso que un cuarto de siglo de reforma económica y sus consecuencias ha llevado a China ha instalado, en un periodo relativamente breve, muchos de los componentes básicos de la democracia política. A medida que el crecimiento económico siga adelante, y las filas de la clase media se expandan y la sociedad civil se extienda, sin duda aumentará la presión por el cambio democrático. Sin embargo, mientras eso ocurre, es igual de seguro que los impulsores de la democracia encuentren una resistencia formidable del gobernante Partido Comunista Chino (PCC).

Aunque ha abandonado el proyecto maoísta de ejercer control sobre todos los aspectos de la vida social y política, el partido sigue resuelto a retener su monopolio del poder político. Silencia cualquier signo de oposición política organizada a su gobierno y practica la censura selectiva. Están prohibidas las expresiones explícitas de disenso político y cualquier cuestionamiento a la función del PCC. Sus esfuerzos para retener el poder no necesariamente están destinados al fracaso. El partido tiene mayor resistencia que la que tenían los partidos comunistas de Europa y la Unión Soviética antes de que fueran aplastados en 1989 y 1991. Como ha presidido una economía mucho más exitosa que sus homólogos europeos y soviético, el PCC puede contar con el apoyo tácito de muchos chinos que no tienen ningún aprecio particular por él ni necesariamente creen que tenga derecho de gobernar el país a perpetuidad sin límites a su autoridad.

La indulgencia popular hacia el gobierno comunista en China tiene otra fuente: el miedo de algo peor. La historia de China en el siglo XX estuvo marcada por recurrentes periodos de violencia. Sin duda el pueblo chino desea evitar nuevos brotes de asesinato y destrucción en gran escala, y si el precio de la estabilidad es la continuación del dominio dictatorial del PCC, quizá les parezca que el precio vale la pena. Los millones que han prosperado en el cuarto de siglo de reformas -- muchos instruidos, cosmopolitas y pobladores de las ciudades de las provincias costeras del país -- tienen razones para desconfiar del resentimiento de los residentes del interior, sobre todo del ámbito rural, que son mucho más numerosos y cuyo bienestar no se ha elevado con el auge económico. Los beneficiarios pueden calcular que el gobierno del PCC los protege a ellos y a sus ganancias. Por último, el régimen puede apelar a un generalizado y potente sentimiento popular para reforzar su posición: el nacionalismo. Por ejemplo, difunde con frecuencia su aspiración a controlar Taiwán, la cual parece disfrutar de amplia popularidad en el continente.

Que China llegue a ser una democracia, cuándo y cómo, son preguntas a las cuales sólo la historia del siglo XXI puede dar respuesta. Sin embargo, es posible aventurar dos pronósticos con cierta confianza. Uno es que cuando la democracia llegue a China, si es que llega -- así como al mundo árabe y a Rusia -- , no será por esfuerzos deliberados y directos de promoción por parte de Estados Unidos. El otro es que la presión por la gobernanza democrática crecerá en el siglo XXI, al margen de lo que Estados Unidos haga o deje de hacer. Crecerá dondequiera que los gobiernos no democráticos adopten el sistema de libre mercado de organización económica. Tales regímenes adoptarán este sistema como parte de sus propios esfuerzos por promover el crecimiento económico, objetivo que los gobiernos de todo el mundo perseguirán en el futuro hasta donde la vista alcanza.




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