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Turquía redescubre Medio Oriente F. Stephen Larrabee De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2008 Resumen: Apartándose de su política exterior tradicional, Turquía se está transformando ahora en un actor importante en Medio Oriente. La preocupación cada vez mayor de Turquía por el nacionalismo kurdo ha acercado a Ankara a los gobiernos de Irán y Siria. Pese a ser preocupante, este giro podría significar una oportunidad para que Washington y sus aliados se valgan de Turquía como un puente hacia Medio Oriente. F. Stephen Larrabee es directivo y titular de la cátedra sobre Seguridad Europea en la RAND Corporation.
Aunque no sin riesgos, la decisión de Erdogan de contribuir con tropas a la misión de pacificación de la ONU en Líbano tuvo varios beneficios importantes. Puso de relieve las credenciales europeas de Turquía y mostró que Ankara es un destacado actor regional. Esto le valió elogios a Erdogan en Washington, lo cual ayudó a reducir las tensiones con Estados Unidos. Y junto con la crítica de Erdogan a la acción militar de Israel, ello permitió que Turquía demostrara su solidaridad con importantes gobiernos árabes en la región, que apoyaban la misión de mantenimiento de la paz. En particular, las relaciones con Arabia Saudita se han fortalecido recientemente, como se puso de manifiesto con el viaje del rey Abdullah a Turquía en agosto de 2006: la primera visita de este tipo en 40 años. Los dos países han colaborado para vigorizar el proceso de paz árabe-israelí así como para contener el poder en ascenso de Irán. Los vínculos de Turquía con Egipto, otra potencia regional, se han incrementado. Durante una visita a Ankara en marzo de 2007, el presidente egipcio Hosni Mubarak y las autoridades turcas decidieron establecer un nuevo diálogo estratégico y una alianza en materia de cooperación energética y de seguridad regional. MANOS A LA OBRA El nuevo activismo de Turquía en Medio Oriente -- en especial sus lazos más estrechos con Irán y Siria -- ha causado preocupación en ciertos círculos en Washington. Algunos funcionarios estadounidenses temen que ello podría debilitar los vínculos de Turquía con Occidente o conducir a la "islamización" de la política exterior de Ankara. Pero estos temores son infundados. El mayor compromiso de Turquía en Medio Oriente es parte de la diversificación gradual de la política exterior turca desde el final de la Guerra Fría. En efecto, Turquía está redescubriendo la región de la cual ha formado parte integral históricamente. En especial bajo los otomanos, Turquía fue la potencia dominante en Medio Oriente; el periodo republicano -- con su énfasis en no involucrarse en los asuntos medioorientales -- fue una anomalía. El actual activismo de Turquía es un regreso a un patrón más tradicional. Sin embargo, los responsables políticos estadounidenses tendrán que acostumbrarse a tratar con una Turquía con mentalidad más independiente y firme. Como resultado de sus cada vez mayores intereses en Medio Oriente, es probable, por ejemplo, que sea sumamente cautelosa con permitir que Estados Unidos utilice sus instalaciones militares para operaciones en Medio Oriente y el Golfo Pérsico cuando no sirvan claramente a sus intereses o a los de la OTAN. Al mismo tiempo, Estados Unidos tiene que construir una alianza estratégica más fuerte con Turquía. El tan anunciado documento "Visión compartida" que emitieron en julio de 2006 la secretaria de Estado Condoleezza Rice y el ministro de Relaciones Exteriores turco Abdullah Gul, que identifica áreas concretas en las que podría incrementarse la cooperación, proporciona un marco útil para construir esa nueva alianza estratégica. Pero Estados Unidos y Turquía tendrán que hacer ajustes importantes en sus políticas actuales si las ambiciosas metas del plan han de realizarse. Tanto Ankara como Washington tienen que aceptar que la guerra en Irak ha creado nuevas realidades y desatado nuevas fuerzas a las que hay que adaptarse. Por más que lo deseen, no se puede retroceder en el tiempo. Es preciso aceptar, en particular, dos nuevas realidades. Primero, las posibilidades de que surja un fuerte gobierno central en Irak -- el resultado que prefieren tanto Ankara como Washington -- son casi nulas. Las diferencias entre las diversas fuerzas políticas son demasiado intensas, y de todos modos los kurdos iraquíes no aceptarían una fuerte autoridad central. En el mejor de los casos, surgirá un gobierno central débil; en el peor, Irak se fragmentará en varias entidades. Segundo, el norte de Irak ya es un cuasi-Estado de facto. Tiene un gobierno en funcionamiento que la población considera legítimo, su propio ejército y una bandera nacional, así como un fuerte sentido de identidad nacional. Ankara también tiene que aceptar que fuerzas externas no pueden imponer una solución duradera; ésta sólo puede darse como resultado de un acuerdo satisfactorio entre Turquía y los kurdos iraquíes. Esto no significa que Ankara deba reconocer o aceptar un Estado kurdo independiente en Irak, pero tendrá que iniciar un diálogo con la dirigencia kurda iraquí. Al parecer, el gobierno de Erdogan lo reconoce. El año pasado, dio varios pequeños pasos en la dirección correcta. Autorizó vuelos chárter a dos ciudades kurdas y reabrió el consulado turco en Mosul. Hay un intenso comercio transfronterizo con los kurdos en el norte de Irak, sobre todo de petróleo crudo y gasolina, una fuente vital de apoyo económico para el gobierno regional kurdo en el norte de Irak. Sin embargo, las fuerzas armadas turcas se oponen a tal diálogo: afirman que los dos principales grupos kurdos en Irak, el Partido Democrático de Kurdistán, encabezado por Massoud Barzani, y la Unión Patriótica de Kurdistán, dirigida por el presidente iraquí Jalal Talabani, dan apoyo militar y material al PKK. Dada la importancia de las fuerzas armadas en la política turca, sobre todo en asuntos de seguridad nacional, el gobierno necesitará su apoyo -- o al menos su consentimiento -- si se espera que cualquier clase de diálogo con los kurdos iraqués tenga éxito.
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