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Ante una nueva generación de desafíos globales Mitt Romney De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2008 Resumen: Hoy Washington está más dividido en materia de política exterior que en ningún otro momento de los últimos 50 años. Como lo hizo la "generación más grande" antes que nosotros, debemos superar las diferencias políticas para unirnos en torno a acciones valientes que permitan construir un Estados Unidos fuerte y un mundo más seguro. Debemos fortalecer nuestro ejército y nuestra economía; lograr la independencia energética; revitalizar las capacidades civiles y de coordinación entre las distintas agencias gubernamentales e inyectar nuevos bríos a nuestras alianzas. Mitt Romney, gobernador de Massachusetts de 2003 a 2007, fue aspirante a la nominación presidencial del Partido Republicano.
Y adquirimos sólo una pequeña fracción del equipo necesario para mantener nuestra fuerza, agotando los activos comprados en décadas anteriores. El desfase en equipo y armamento continúa hasta hoy. Aun cuando hemos incrementado el gasto en defensa para enfrentar los desafíos en Irak y Afganistán, nuestros presupuestos para suministro y modernización se han rezagado. Es un escenario problemático para el futuro, y pone en peligro al país y a las tropas -- presentes y futuras -- mientras agotamos el equipo viejo e inadecuado. El gobierno de Bush ha propuesto un aumento en el gasto de defensa para el año próximo. Es un primer paso importante, pero vamos a necesitar por lo menos entre 30,000 y 40,000 millones de dólares adicionales cada año durante varios de los próximos años para modernizar nuestras fuerzas armadas, llenar los vacíos en número de soldados, aligerar la carga de nuestra Guardia Nacional y las Reservas, y apoyar a nuestros soldados heridos. Al observar el gasto militar en el tiempo, en proporción al PIB, se obtiene una perspectiva interesante. Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos hizo enormes sacrificios, invirtiendo más de la tercera parte de su actividad económica en librar la guerra. A medida que enfrentamos a diferentes enemigos, como en Corea, nuestra inversión en defensa respondió en consecuencia. Desde entonces, de manera lenta pero segura, ésta ha disminuido en forma significativa. El aumento en tiempos del ex presidente Reagan permitió alcanzar 6% del PIB en 1986 y contribuyó a restaurar nuestra posición contra la Unión Soviética. En cambio, en los años de Clinton el gasto en defensa se redujo peligrosamente. En fechas más recientes, si bien se ha incrementado, menos de 4% de nuestro PIB se ha dedicado al gasto básico en defensa. Estas altas y bajas derivadas de la dinámica política han aumentado los costos y la incertidumbre de que nuestras fuerzas armadas estén en condiciones de responder a los desafíos. El próximo presidente debe comprometerse a gastar un mínimo de 4% del PIB en la defensa nacional. Sin embargo, aumento del gasto no significa aumento del dispendio. Un equipo de dirigentes del sector privado y expertos en defensa debe llevar a cabo un análisis de las adquisiciones militares, rubro por rubro. Es necesario escrutar a fondo las cuentas para eliminar los cargos excesivos de contratistas y proveedores y prevenir tratos sobre equipo y programas que contribuyen más a la popularidad de los políticos en sus distritos de origen que a la protección de la nación. El Congreso necesita fijar reglas de cabildeo más estrictas y mantener una mayor supervisión sobre los políticos tanto del presente como del pasado que sólo ven por sus intereses en estos asuntos. La fortaleza de Estados Unidos va más allá de su capacidad militar. De hecho, una nación no puede mantenerse como superpotencia militar con una economía de segunda. La debilidad de la economía soviética era una vulnerabilidad que explotó el ex presidente Reagan. Nuestra capacidad de influir en el mundo también depende vitalmente de nuestra capacidad para mantener nuestro liderazgo económico mediante políticas como un gobierno más reducido, menores impuestos, mejores escuelas y atención a la salud, mayor inversión en tecnología y promoción del libre comercio, y a la vez mantener la fortaleza de las familias, los valores y el liderazgo moral de Estados Unidos. INDEPENDENCIA ENERGÉTICA En segundo lugar, Estados Unidos debe alcanzar la independencia energética. Esto no significa dejar de importar o usar petróleo. Significa garantizar que el futuro de nuestro país esté siempre en nuestras manos. Nuestras decisiones y nuestro destino no se pueden atar a los caprichos de los Estados productores de petróleo. Usamos alrededor de 25% de la oferta mundial de petróleo para impulsar nuestra economía, pero según el Departamento de Energía poseemos sólo 1.7% de las reservas mundiales de crudo. Nuestra fortaleza militar y económica depende de que alcancemos la independencia energética, dejando atrás las medidas simbólicas para producir en verdad tanta energía como la que consumimos. Esto puede llevar 20 años o más, y, desde luego, continuaríamos comprando combustible después de ese plazo. Sin embargo, pondríamos fin a nuestra vulnerabilidad estratégica ante cortes de suministro petrolero de parte de naciones como Irán, Rusia y Venezuela, y dejaríamos de enviar casi 1,000 millones de dólares al día a otros países productores de petróleo, algunos de los cuales usan el dinero en contra nuestra. (Al mismo tiempo, bien podríamos ser capaces de controlar nuestras emisiones de gases de invernadero.) La independencia energética requerirá tecnología que nos permita utilizar la energía con mayor eficiencia en nuestros automóviles, casas y negocios. También significará incrementar nuestra producción nacional de energía con mayor perforación en la zona costera y en el Refugio Nacional de la Vida Silvestre del Ártico, más energía nuclear, más fuentes de energía renovables, más etanol, más biodiesel, más energía eólica y solar, y una explotación más plena del carbón. Es probable que se necesiten inversiones conjuntas o incentivos para desarrollar fuentes de energía adicionales y alternativas. Necesitamos emprender una iniciativa de investigación audaz y de largo alcance -- una revolución energética -- que sea el equivalente en nuestra generación al Proyecto Manhattan o la misión a la Luna. Será una misión para crear nuevas fuentes económicas de energía limpia y formas limpias de usar los recursos con los que hoy contamos. Otorgaremos licencias a otros países sobre nuestra tecnología y, desde luego, la emplearemos en el país. Será bueno para nuestra defensa nacional, para nuestra política exterior y para nuestra economía. Además, aunque los científicos continúen debatiendo sobre cuánto afecta la actividad humana al medio ambiente, todos podemos coincidir en que las fuentes alternativas de energía resultarán buenas para el planeta. Por todas y cada una de estas razones, ha llegado la hora de la independencia energética. REPLANTEAMIENTO Y REACTIVACIÓN DE CAPACIDADES CIVILES
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