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Ante una nueva generación de desafíos globales
Mitt Romney
De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2008

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Resumen: Hoy Washington está más dividido en materia de política exterior que en ningún otro momento de los últimos 50 años. Como lo hizo la "generación más grande" antes que nosotros, debemos superar las diferencias políticas para unirnos en torno a acciones valientes que permitan construir un Estados Unidos fuerte y un mundo más seguro. Debemos fortalecer nuestro ejército y nuestra economía; lograr la independencia energética; revitalizar las capacidades civiles y de coordinación entre las distintas agencias gubernamentales e inyectar nuevos bríos a nuestras alianzas.

Mitt Romney, gobernador de Massachusetts de 2003 a 2007, fue aspirante a la nominación presidencial del Partido Republicano.

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Temas:
Estados Unidos

Ex Mex: From Migrants to Immigrants
Jorge G. Castañeda. : New Press, 2007.

Mongrels, Bastards, Orphans, and Vagabonds: Mexican Immigration and the Future of Race in America
Gregory Rodriguez. : Pantheon, 2007.

My USA: Views on American National Security and Foreign Policy
Mireille Radoi (ed.). Bucarest: Tritonic Publishing Group, 2007.

México en un mundo unipolar... y diverso
Ana Covarrubias. México: El Colegio de México, 2007.

Estados peligrosos. Oriente Medio y la política exterior estadounidense
Noam Chomsky y Gilbert Achcar (trad. Miguel Martínez). Barcelona: Paidós Estado y Sociedad, 2007.
[continúa...]

Sin embargo, la jihad es mucho más amplia que cualquier nación o incluso que varias naciones. Es más amplia que los conflictos en Afganistán e Irak, o el que existe entre israelíes y palestinos. El Islam radical tiene un objetivo: remplazar todos los Estados islámicos modernos con un califato mundial, destruir a Estados Unidos y convertir a todos los infieles, si es necesario por la fuerza, al Islam. Este plan parece irracional, y lo es. Pero no es más irracional que las políticas seguidas por la Alemania nazi en las décadas de 1930 y 1940 y por la Unión Soviética de Stalin durante la Guerra Fría. Y la amenaza es igual de cierta.

En el conflicto actual, el equilibrio de fuerzas no es ni de lejos tan cerrado como durante los primeros días de la Segunda Guerra Mundial y en momentos críticos de la Guerra Fría. No existe comparación entre los recursos económicos, diplomáticos, tecnológicos y militares del mundo civilizado de hoy y los de las organizaciones y Estados terroristas que lo amenazan. Tal vez lo más importante es la increíble imaginación del pueblo estadounidense y sus inauditos conocimientos, inventiva y dedicación. Pero las amenazas de hoy difieren en lo esencial de las que nos acostumbramos a enfrentar durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Nuestros enemigos de hoy tienen células clandestinas infiltradas en vez de ejércitos. Se valen del terrorismo indiscriminado en vez de tanques. Entre sus soldados, al igual que entre sus víctimas, hay niños. Entre sus generales se cuentan clérigos radicales. Se comunican por internet. Reclutan combatientes en escuelas, casas de culto y prisiones. Buscan tener armas nucleares, no para la disuasión estratégica, sino como instrumento ofensivo de terror.

La amenaza jihadista es el desafío distintivo de nuestra generación y sintomático de una gama de nuevas realidades globales. Es casi un lugar común hablar de lo mucho que el mundo ha cambiado desde el 11-S. Nuestro presidente encabezó una espectacular respuesta a los sucesos de ese día y ha emprendido medidas para proteger la patria. Sin embargo, si uno mira nuestros instrumentos de poder nacional, lo sorprendente no es cuánto ha cambiado desde entonces, sino cuán poco. Mientras libramos guerras en Afganistán e Irak, el número de soldados y nuestra inversión en las fuerzas armadas en proporción al PIB se mantienen más bajo que en cualquier época de gran conflicto desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días. Décadas después de que los impactos petroleros de la década de 1970 destacaran la vulnerabilidad estadounidense, seguimos siendo peligrosamente dependientes del petróleo extranjero. Muchos de nuestros instrumentos de seguridad nacional fueron creados no sólo antes de que la mayoría de los estadounidenses tuvieran acceso a internet y los teléfonos celulares, sino incluso antes de que contaran con televisores. Son bien conocidas nuestras dificultades en Irak y Afganistán, junto con las inquietantes carencias en nuestros servicios de inteligencia. Un número cada vez mayor de expertos se preguntan si tenemos las capacidades necesarias para enfrentar diversos desafíos transnacionales, que van desde enfermedades pandémicas hasta el terrorismo internacional. Y mientras la ONU se ha quedado impotente de cara al genocidio en Sudán y ha sido incapaz de enfrentar la precipitada carrera de Irán para construir peligrosas capacidades nucleares, hemos hecho poco más que rebuscar alianzas internacionales e instituciones anticuadas.

Si bien la difícil lucha en Irak domina el debate político, no podemos dejar que las encuestas y la dinámica política de la actualidad nos lleven a repetir errores cometidos en momentos críticos de duda e incertidumbre sobre nuestro papel en el mundo. Dos veces en las últimas décadas, después de nuestra participación militar en Vietnam y al final de la Guerra Fría, en la década de 1990, Estados Unidos, peligrosamente, no estaba preparado. Hoy, entre nuestros retos principales figuran un régimen iraní y una red de Al Qaeda que se desarrollaron cuando estábamos con la guardia baja. Independientemente de que el actual "incremento" en el número de soldados en Irak tenga o no éxito, es necesario que Estados Unidos y nuestros aliados estén preparados para hacer frente no sólo a la lucha contra los jihadistas, sino a una nueva generación de desafíos que se extienden mucho más allá de un solo país o de un solo conflicto.

Necesitamos un debate sincero sobre qué políticas y qué sacrificios garantizarán un Estados Unidos más fuerte y un mundo más seguro. Siendo presidente, Ronald Reagan alguna vez observó: "Durante mi vida ha habido cuatro guerras. Ninguna ocurrió porque Estados Unidos fuera demasiado fuerte". Un Estados Unidos fuerte requiere fortaleza militar y económica. Y necesitamos adoptar mayores medidas para conservar nuestra fuerza y construir un mundo seguro, con paz, prosperidad, libertad y dignidad. Hacerlo será controvertido, y habrá resistencia porque requerirá cambios notables en las instituciones y enfoques de la Guerra Fría. La Guerra Fría terminó, y ya no existe el mundo para el cual se crearon muchas de nuestras capacidades y alianzas actuales. No podemos permanecer anclados en el pasado.

El cambio es difícil en sí y por sí. Y sobre todo es difícil hacer acopio de la voluntad necesaria para tomar un nuevo rumbo en ausencia de una crisis clara y convincente. Miremos cuánto tiempo le llevó al gobierno estadounidense enfrentar la realidad del jihadismo. Los extremistas atacaron con bombas a nuestros infantes de Marina en Líbano. Lanzaron bombas a nuestras embajadas en África Oriental. Bombardearon al U.S.S. Cole. Incluso detonaron una bomba en el sótano del World Trade Center antes de que en verdad viéramos la amenaza que representaban.

El cambio requerirá los sacrificios del pueblo estadounidense. Pero creo que el país está listo para el reto. Para enfrentarlo, necesitamos concentrarnos en cuatro pilares fundamentales de acción.

CONSTRUIR LA FORTALEZA MILITAR Y ECONÓMICA ESTADOUNIDENSE

En primer lugar, necesitamos incrementar nuestra inversión en defensa nacional. Esto significa añadir al menos 100,000 soldados y hacer la tan aplazada inversión en equipo, armamento, sistemas de armas y defensa estratégica. La necesidad de apoyar a nuestras tropas se repite en Washington como un mantra. Sin embargo, poco se ha dicho de la asignación de recursos necesarios para que signifique algo más que una frase hueca.

Después de que el ex presidente George H.W. Bush salió del cargo, en 1993, el gobierno de Clinton comenzó a desmantelar las fuerzas armadas, aprovechando lo que se ha llamado un "dividendo de paz" derivado del final de la Guerra Fría. Tomó el dividendo, pero no logramos la paz. Parece que nuestros gobernantes habían llegado a creer que la guerra y las amenazas a la seguridad se habían ido para siempre; como observó Charles Krauthammer, tomamos vacaciones de la historia. Entre tanto, perdimos unos 500,000 elementos militares y alrededor de 50,000 millones de dólares anuales en gasto militar. El ejército estadounidense perdió cuatro divisiones activas y dos de reserva. La armada perdió casi 80 buques. La fuerza aérea vio disminuir en 30% su personal activo. El personal de infantería de Marina se redujo en 22,000 efectivos.




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