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Seguridad y oportunidades para el siglo XXI Hillary Rodham Clinton De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2008 Resumen: El próximo presidente de Estados Unidos tendrá un momento de oportunidad para volver a presentar al país ante el mundo y restaurar su liderazgo. Para construir un mundo seguro, próspero y justo necesitamos salir de Irak, redescubrir el valor de actuar como estadistas y vivir a la altura de los valores democráticos que son la fuente más profunda de nuestra fortaleza. Hillary Rodham Clinton es senadora por el estado de Nueva York y aspirante a la nominación presidencial del Partido Demócrata.
El liderazgo requiere una mezcla de estrategia, persuasión, inspiración y motivación. Se basa en el respeto más que en el miedo. Los fundadores del país escribieron la Declaración de Independencia para explicar nuestras acciones al mundo, impulsados por un respeto decoroso por las opiniones de la humanidad. Ganarse el respeto de otros países hoy día requiere ajustar nuestro poder a un conjunto de principios rectores. Evitar falsas alternativas impulsadas por la ideología. El gobierno de o poder a un conjunto de principios rectores. Bush ha presentado al pueblo estadounidense una serie de falsos dilemas: fuerza contra diplomacia, unilateralismo contra multilateralismo, poder duro contra poder blando. Ver estas opciones como mutuamente excluyentes refleja una visión del mundo oscurecida por la ideología, que niega a Estados Unidos los instrumentos y la flexibilidad que necesita para liderar y tener éxito. Hay un tiempo para la fuerza y otro para la diplomacia; cuando se les despliega con propiedad, pueden reforzarse entre sí. La política exterior estadounidense debe guiarse por una preferencia por el multilateralismo, con el unilateralismo como opción cuando sea absolutamente necesario para proteger nuestra seguridad o impedir una tragedia evitable. Usar las fuerzas armadas no como solución a todo problema, sino como elemento de una estrategia integral. Como presidenta, jamás vacilaré en emplear la fuerza para proteger a los estadounidenses o defender nuestro territorio y nuestros intereses vitales. No podemos negociar con terroristas individuales; deben ser perseguidos y capturados o aniquilados. Tampoco la sola diplomacia puede detener a los perpetradores de genocidio y de crímenes contra la humanidad en lugares como Darfur. Pero los soldados no son la respuesta a todos los problemas. Usar la fuerza en vez de la diplomacia obliga a hombres y mujeres jóvenes en uniforme a llevar a cabo tareas para las cuales es posible que no estén adiestrados o preparados. Y pasa por alto el valor de simplemente portar un gran garrote en vez de usarlo. Hacer que funcionen las instituciones internacionales, y trabajar a través de ellas siempre que sea posible. Contrariamente a lo que muchos en el gobierno actual parecen creer, las instituciones internacionales son instrumentos y no trampas. Estados Unidos debe estar preparado para actuar por su cuenta y defender sus intereses vitales, pero contar con instituciones internacionales eficientes vuelve mucho menos probable que tengamos que hacerlo. Durante décadas, presidentes tanto republicanos como demócratas lo han entendido así. Cuando esas instituciones funcionan bien, acentúan nuestra influencia. Cuando no, sus procedimientos sirven de pretexto para retrasos interminables, como en el caso de Darfur, o caer en la farsa, como en el caso de la elección de Sudán a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Pero en vez de menospreciar a estas instituciones por sus fracasos, debemos adecuarlas a las realidades del poder en el siglo XXI y los valores fundamentales encarnados en documentos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Asegurar que la democracia cumpla sus promesas. El hambre acuciante, la pobreza y la falta de perspectivas económicas son una receta para la desesperación. La globalización ensancha la brecha entre ricos y pobres, dentro de las sociedades y entre ellas. Hoy día más de 2000 millones de personas viven con menos de 2 dólares al día. Estas personas están en riesgo de convertirse en una vasta subclase permanente. Los llamados para expandir los derechos civiles y políticos en países asolados por la pobreza generalizada y gobernados por minúsculas élites ricas caerán en oídos sordos a menos que la democracia proporcione en verdad suficientes beneficios materiales para mejorar las vidas de las personas. La política del gobierno de Bush en Irak ha dado temporalmente un mal nombre a la democracia, pero en el largo plazo los valores de ésta continuarán inspirando al mundo. Defender nuestros valores y vivir conforme a ellos. Los valores que nuestros fundadores adoptaron como universales dieron forma a las aspiraciones de millones de personas en todo el mundo y son la fuente más profunda de nuestra fortaleza... pero sólo en la medida en que nosotros mismos vivamos conforme a ellos. Al tiempo que buscamos promover el imperio de la ley en otros países, debemos aceptarlo nosotros. Al recomendar libertad y justicia para todos, no podemos apoyar la tortura y la detención indefinida de individuos a quienes hemos declarado fuera de la ley. UN ESTADOS UNIDOS MÁS FUERTE Poner fin a la guerra en Irak es el primer paso para restaurar el liderazgo estadounidense en el mundo. La guerra socava nuestra fortaleza militar, absorbe nuestros activos estratégicos, desvía atención y recursos de Afganistán, segrega a nuestros aliados y divide a nuestro pueblo. La guerra en Irak también ha llevado al límite a nuestros combatientes. Debemos reconstruir nuestras fuerzas armadas y restaurarlas en cuerpo y alma. Debemos retirarnos de Irak actuando de una manera que permita repatriar a nuestros soldados en condiciones de seguridad, que comience a restaurar la estabilidad en la región y remplace la fuerza militar con una nueva iniciativa diplomática para comprometer a países de todo el mundo a garantizar el futuro de Irak. Con ese fin, como presidenta, convocaré al Estado Mayor Conjunto, al secretario de la Defensa y al Consejo de Seguridad Nacional y los instruiré a trazar un plan claro y viable para repatriar a nuestros soldados, que se ponga en marcha en los primeros 60 días de mi gobierno. A la vez que trabajar en estabilizar a Irak mientras nuestras tropas se retiran, enfocaré la asistencia estadounidense en ayudar a los iraquíes, y no en apuntalar al gobierno de ese país. Los recursos financieros irán sólo adonde se usen con propiedad, más que a ministerios o ministros que los acumulan, los roban o los dilapidan.
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