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Rojo de ira. Por qué fracasó realmente el comunismo
Donald Sassoon
De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2007

Comrades! A History of World Communism. Robert Service, Harvard University Press, 2007, 592 pp. US$35.00

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Resumen: Comrades!, de Robert Service, relata la historia del comunismo mundial. Pero no da al lector explicaciones suficientes de por qué el movimiento duró tanto tiempo y qué logró, si algo logró.

Donald Sassoon es profesor de Historia Europea Comparada en la Queen Mary University, de Londres, y autor de One Hundred Years of Socialism: The West European Left in the Twentieth Century.

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La historia tiene diferentes niveles, como escribió el gran historiador francés Fernand Braudel. Es célebre la longue durée, concepto que acuñó: el movimiento lento y casi imperceptible del tiempo a lo largo de varios siglos. La geografía y el clima son factores dominantes en ello, y las ideas cambian lenta y gradualmente. La Revolución Francesa fue sólo un momento en la larga tradición occidental de luchas violentas, y Jean-Jacques Rousseau un mero cometa en la galaxia de la teoría democrática. Braudel contrastó este tiempo histórico (que llamó Nivel C) con el tema tradicional de la escritura de historia (Nivel A), en el cual los hechos brutos siguen a los hechos brutos. Los mejores modelos de la historia de Nivel A representan a los seres humanos galopando sin aliento, como en una novela: con prisa y agitación, de un acontecimiento al siguiente hasta el inevitable desenlace. Incluso la elegante prosa de Braudel apenas pudo ocultar su desdén por el género. Ésta es la clase de historia que produjo Robert Service. Su estudio de la historia del comunismo internacional resulta legible. Su veredicto -- que el sistema fue terrible y mereció su desplome -- no es discutible. Comrades! será popular. Sin embargo, pronto será olvidado porque deja al lector con su deseo original de explicaciones sobre las causas y los efectos, los ciclos y las conexiones.

El comunismo mundial merecía una mejor explicación: estuvo hecho a la medida para el Nivel B de Braudel, el recuento analítico de grandes bloques de la historia, sea que se extendieran una década o dos o cinco. Braudel dedicó sólo unas cuantas páginas superficiales al comunismo en Grammaire des civilisations [Gramática de las civilizaciones], su libro de texto preuniversitario de principios de la década de 1960. Consideró al comunismo como una nueva "civilización" (término que usó sin implicaciones normativas) ya que, como muchos de sus contemporáneos, no podía sino quedar impresionado por la formidable industrialización que acarreó y la posibilidad que permitiría a la Unión Soviética emparejarse con Occidente. Por supuesto, los historiadores de hoy saben más del asunto ya que el estudio retrospectivo permite aclarar más las cosas. A diferencia de Braudel, saben que el grandioso experimento comunista falló. Pero tienen que recurrir a un planteamiento de Nivel B para explicar correctamente el itinerario del movimiento, prestando la atención debida a las diferencias entre varias formas del comunismo y sus evoluciones contrastantes. Desde luego, un relato de Nivel B del comunismo debe comenzar con los hechos básicos, pero también debe conceptualizar los procesos que subrayan el desarrollo del comunismo.

ASCENSO Y CAÍDA

El movimiento comunista nació el 7 de noviembre de 1917, cuando los bolcheviques se apoderaron del Palacio de Invierno, y murió entre el 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín, y el 25 de diciembre de 1991, cuando quedó abolida la Unión Soviética. Los bolcheviques reivindicaban el comunismo como su ideología rectora, pero las consignas que les atrajeron respaldo, que les ayudaron a ganar la Guerra Civil Rusa y que les permitieron culminar su revolución -- paz, tierra, pan -- no eran comunistas. Los bolcheviques se encumbraron cuando hubo un vacío de poder que ellos no habían causado; cuando el zar abdicó en marzo de 1917, eran un grupo diminuto dentro del grande y diverso movimiento socialista ruso. Las complejas explicaciones de Lenin de las posturas de los comunistas -- incluida su justificación no pacifista de la oposición bolchevique a la Primera Guerra Mundial -- fueron irrelevantes. Lo que importó fue lo que hicieron, no por qué lo hicieron.

A diferencia de sus homólogas en una Europa Occidental relativamente democrática, todas las tendencias principales del movimiento socialista ruso se opusieron a la guerra. El destino de los socialistas occidentales se había entrelazado con el del "Estado burgués" que pretendían despreciar, ya fuese la Alemania imperial o la Francia republicana. Considerando todo lo anterior, se trataba de un Estado con el cual podían coexistir: sus instituciones los protegían hasta cierto punto y su prosperidad había empezado a diseminarse lentamente a las clases obreras. Esto se convirtió en la base para la drástica fisura entre socialistas y comunistas en Occidente: el objetivo de los primeros de reformar el capitalismo no podía reconciliarse con la meta de los últimos de modernizar el Estado sin él.

En contraste, el movimiento socialista en Rusia -- del que los bolcheviques eran parte integral -- no debía nada al Estado. Los bolcheviques creyeron que el zarismo no merecía ningún apoyo y no proporcionó ninguno: de ahí la facilidad con la cual el águila bicéfala y con pico agudo de la dinastía Romanov fue "escupida", como dijera el poeta Vladimir Mayakovsky, "como la colilla masticada de un puro". Sin embargo, lo que los bolcheviques pronto construyeron no fue "una sociedad socialista" (como ellos la describían); al menos no en el sentido que los socialistas tradicionales suelen atribuir en todas partes al término "sociedad socialista", a saber, una sociedad en la cual la propiedad sería colectiva y el Estado comenzaría a desaparecer. De hecho, lo primero que hicieron los bolcheviques fue dar tierra a los campesinos (quienes de todos modos ya habían empezado a ocuparla), incrementando así la importancia de la propiedad privada en el nuevo Estado. Algunas de sus medidas subsecuentes -- desde la intervención estatal masiva durante la guerra civil hasta las limitadas reformas de mercado de la Nueva Política Económica en la década de 1920 y hasta la asombrosamente costosa industrialización de los años treinta -- debieron poco a la ideología y mucho al tipo de pragmatismo improvisado que tienden a mostrar las sociedades que se encuentran en medio del caos y la revolución.

Los comunistas rusos enfrentaron un problema más viejo que ellos mismos, problema que había prevalecido en su país durante casi todo el siglo XIX: la modernización. La conciencia del atraso ruso obsesionó y unió a las élites. Pero los bolcheviques estaban divididos en cuanto a qué estrategia debían adoptar a fin de dar alcance a Occidente. ¿Deberían seguir el mismo camino que habían tomado los países avanzados, pagar el mismo precio y volverse como ellos, o había una vía rusa característica? En Ana Karenina, Levin, alter ego de León Tolstoi, se pregunta por qué debería considerarse que las leyes del desarrollo son universales, ya que las europeas no son aplicables en Rusia. Reflexiona: "¿Por qué no deberíamos buscarlas nosotros mismos?". La respuesta de los comunistas victoriosos fue un híbrido entre Oriente y Occidente: forjaron su propio camino a la industrialización, pero bajo la égida de una ideología más vieja, el socialismo marxista, que se había originado en Europa Occidental. El socialismo de Marx sirvió bien a los bolcheviques, al ofrecer un objetivo mesiánico que les daba a ellos, y a la gente que arrastraron, el fervor necesario y un objetivo último -- una sociedad sin clases -- que podría justificar cualquier cosa, incluso los crímenes más atroces. En un principio, los comunistas rusos supusieron que su revolución no podía sobrevivir en el aislamiento, que necesitarían el triunfo de sus camaradas occidentales y que ellos, a su vez, necesitarían el prestigio del éxito de Rusia para suplantar a sus rivales reformistas locales. Pero desde su inicio, el movimiento comunista internacional fue rasgado por una tensión estructural irresoluble. En Oriente, los comunistas estaban a cargo de una sociedad subdesarrollada que tenía que industrializarse tan rápido como fuera posible, mientras que en Occidente, donde la industrialización no significaba ningún problema, los comunistas querían un rompimiento revolucionario con el capitalismo.

Ya en 1921 era evidente -- antes de que la mayoría de los partidos comunistas siquiera se hubiera formado -- que en Occidente la revolución había fracasado, y los bolcheviques se encontraron dirigiendo una red internacional de partidos comunistas, el Comintern [Internacional Comunista, también conocida como la Tercera Internacional], demasiado débil para hacer mucho por su nuevo Estado. En ninguna parte de la Europa de entreguerras los comunistas consiguieron establecer una posición dominante dentro del movimiento socialista más amplio. Perdieron cada batalla electoral en la que lucharon. En el mejor de los casos (en Alemania en la década de 1920 y Francia en la de 1930), eran una fuerza minoritaria de cierta importancia. En el peor (en Italia en la década de 1920 y Alemania en la siguiente), fueron pulverizados por regímenes autoritarios de derecha. Hacia finales de los años treinta, el movimiento comunista internacional se encontraba en grave peligro.

La Segunda Guerra Mundial salvó al comunismo. Aunque sus partidarios nunca ganaron un bastión duradero en la política en Europa Occidental, surgieron varios Estados comunistas en Europa Oriental -- gracias a victorias soviéticas, sin embargo, más que al apoyo local -- . Hay muchísima bibliografía y un poco de folclor sobre cómo Europa fue fraccionada en conferencias durante 1945, pero la verdad es que el continente se repartió en el campo de batalla. Con pocas excepciones -- Austria, Finlandia, Trieste y partes de Berlín -- , el alcance del comunismo coincidió con el avance del Ejército Rojo.

La guerra y la descolonización de la Posguerra también condujeron al éxito del comunismo en Asia, sobre todo en China (donde los ejércitos de Mao no habían sido eficaces antes de 1941) y las partes norte de Corea y Vietnam (éste es otro punto que Service no pone en el plano de los conceptos). En Cuba, mientras tanto, los revolucionarios se pasaron al comunismo -- resultado inédito pronto reforzado por la campaña estadounidense en contra de Castro -- . La expansión posterior del comunismo en el resto de Vietnam, Camboya y Laos fue también resultado de violentos conflictos.

Conforme se recrudecía la Guerra Fría, el movimiento comunista internacional parecía cada vez más monolítico, en parte debido a su propio discurso, pero también por la exagerada reacción de Occidente ante la amenaza que aquél realmente planteaba. Desde luego, la amenaza pareció bastante verdadera: la Unión Soviética se había convertido en una importante potencia industrial, militar y científica a un increíble costo humano. Pero el movimiento comunista también sufrió contradicciones internas debido a la resistencia local al comunismo per se o a su encarnación soviética. Algunos Estados lograron la autonomía de Moscú: Yugoslavia (en 1948), China (en 1958), Albania (en 1958) y Rumania (en la década de 1960). No así otros: Alemania Oriental (en 1953), Hungría (en 1956), Polonia (en 1956 y de nuevo durante los ochenta) y Checoslovaquia (en 1968). Sin embargo, para de la década de 1980, Hungría ya estaba en camino de convertirse en una economía mixta. Polonia tuvo sus primeras elecciones libres en junio de 1989, cinco meses antes de la caída del Muro de Berlín, con una victoria arrolladora de Solidaridad y la designación de un primer ministro no comunista: Tadeusz Mazowiecki. China ya había seguido su propio camino tras haber iniciado la transición al capitalismo en 1979, mucho antes del final formal del comunismo.

A principios de la década de 1980, incluso Moscú lo pensaba mejor. La Unión Soviética se había convertido en una superpotencia militar capaz de servir de contrapeso a Estados Unidos, y podía alardear de logros significativos en los campos de salud y educación. Pero había fracasado en lograr que sus ciudadanos alcanzaran la calidad y la cantidad de consumo que se había convertido en el sello de la modernidad en el último cuarto del siglo XX. (¿De qué sirve un exitoso programa espacial si los teléfonos no funcionan?) Y luego, por un proceso que en gran parte fue desencadenado desde dentro -- gracias a Mijail Gorbachov -- el sistema entero hizo implosión. Fue como si la vieja guardia hubiera tenido razón al obstaculizar la reforma durante tanto tiempo como lo hizo: el "socialismo con rostro humano" era un oxímoron o, como dijo alguna vez Alexandr Solzhenitsyn de la democracia socialista, un "hielo hirviente".

MAL SERVICIO

Puede ser que esta rica y trágica historia sea muy conocida, pero no debería subestimarse la dificultad de contarla de manera convincente y con el sólido apoyo de un marco analítico. Service, prestigioso biógrafo de Lenin y Stalin, cumple bien en lo narrativo pero descuida el marco. Para una biografía o para el estudio de un solo país, su opción podría haber sido defendible. Pero la mera narración no puede dar cuenta de un movimiento como el comunismo, que abarcó muchas décadas y muchos países. Una historia seria de éste debe evitar el discurso estereotipado y las groseras dicotomías de la Guerra Fría, la exagerada importancia atribuida a los personajes y la recurrente suposición de que a las masas que abrazaron sus ideales les deben haber lavado el cerebro o padecieron en silencio. El comunismo, como el capitalismo, no fue lo mismo en todas partes.

Service se esfuerza por sortear estos obstáculos y a veces lo logra, pero el texto no tiene un tema integral, carece de unidad. Nunca conceptualiza, por ejemplo, la tensión entre el Partido Comunista de la Unión Soviética y otros partidos del Comintern. Afirma que estos partidos comunistas hacían lo que Stalin decía y, a la vez, que eran capaces de actuar independientemente. La Cominform, organización de amplia influencia parecida al Comintern y creada en 1947, "nunca impuso realmente un control sistemático sobre los partidos que eran sus miembros; sus funcionarios repartieron propaganda y no hicieron mucho más", escribe Service en un momento, y luego, cinco páginas más adelante: "Stalin redujo a los nuevos partidos comunistas al servilismo hacia la URSS". De vez en cuando, Service confiesa su desconcierto. ¿Cómo -- pregunta -- Tito y Mao fueron capaces de desafiar a Stalin? ¿Se debió a su lejanía de Moscú? Pero entonces se pregunta, ¿cómo es que los partidos comunistas de India y Brasil, que estaban aún más lejos, siguieron siendo "obedientes ejecutores de los deseos de la URSS"? La explicación es obvia: sencillamente Mao y Tito tenían un verdadero control sobre sus países. Toda organización global experimentará conflictos periódicos entre su centro y su periferia. Son las causas y las modalidades de estas tensiones las que necesitan explicación.

Haciendo eco de la hagiografía comunista clásica, Service a menudo atribuye los giros políticos directa y exclusivamente a Stalin. Así, al afirmar que el Partido Comunista Francés ayudó a formar el Frente Popular a mediados de la década de 1930 a instancias de Stalin, pasa por alto un debate fundamental sobre el papel que desempeñó el dirigente comunista francés Maurice Thorez en la creación del partido. (Parte de la literatura sobre este tema se enlista en la bibliografía, pero parece que no influyó mucho en el texto.) En forma similar Service escribe que el enviado del Comintern, Palmiro Togliatti, ejecutando "órdenes" de Moscú, "ordenó que el Partido Comunista de España se dedicara a purgar de anarquistas y trotskistas a las fuerzas republicanas". Pero los comunistas españoles no necesitaban ningún estímulo como ése; un memorando que Togliatti envió a Moscú en enero de 1938 revela que estaba alarmado por el sectarismo de aquéllos. La idea de que Stalin mismo habría intervenido en cómo tratar a los anarquistas de España tiene que ver con el mito de que él era el Gran Dirigente que lo sabía todo y decidía sobre todo y sin el cual Togliatti, Tito y Mao no habrían sabido qué hacer. Service pierde piso en especial cuando se ocupa de ideas y teorías. Declara que en Europa Occidental los comunistas "no introdujeron ninguna idea básica novedosa en el marxismo en sí". De hecho, los comunistas de Europa Occidental fueron los únicos que contaron con la suficiente libertad para introducir cualquier nueva idea. Y lo hicieron, como quedó demostrado por la propagación del pensamiento del teórico italiano Antonio Gramsci en círculos académicos occidentales desde la década de 1970. Según Service, el filósofo francés Louis Althusser pretendía que la superioridad analítica del marxismo podía verse en los escritos tempranos de Marx, no en los de su madurez; en realidad, Althusser sostenía exactamente lo contrario. Y en vez de respetar a Herbert Marcuse como un intelectual prominente, Service lo describe erróneamente como un "comunista veterano" cuyo "fuerte era ser filósofo".

Service afirma que en la década de 1970 el comunismo "no tenía casi ningún atractivo" para la clase obrera de Europa Occidental, "con Italia, Francia, España y Grecia como excepciones notables". Pero, como Finlandia, Islandia y Portugal eran excepciones también, debería haber explicado su generalización. Los grupos italianos de extrema izquierda vituperaron a Togliatti no "debido a su obediencia a Stalin", como afirma Service, sino porque lo consideraban un archirrevisionista. (Muchos de ellos desfilaron con banderas que glorificaban a Stalin y a Mao.) Service no presta mucha atención a la década de 1980. Estudia la perestroika con poca profundidad. Atribuye los éxitos de Gorbachov en la reforma en gran parte al hecho de que antes había "llamado la atención" del entonces director de la KGB, Yuri Andropov, "no perdió el tiempo para actuar", era más afable que los dirigentes soviéticos anteriores y engañó a sus colegas del Politburó (quienes no sospecharon qué estaba tramando). El asunto es mucho más complejo.

La lista continúa. Service ve en la forma en que los chinos utilizan la bicicleta otro signo de la pesada mano del comunismo: "Los visitantes de Beijing se quedaban atónitos al ver cómo la gente circulaba por las calles exactamente a la misma velocidad, como si obedecieran una orden central". Uno sólo necesita haber intentado moverse en bicicleta en el aglomerado tránsito de Beijing para darse cuenta de que es imposible circular de otra manera. Y en ocasiones presenta estadísticas irrelevantes. Para denunciar el historial de China sobre derechos humanos, por ejemplo, dice que entre cuatro y seis millones de chinos están en campamentos de prisioneros. Esto resulta completamente creíble, pero ¿por qué basarse en una fuente tan cuestionable como la Fundación de Investigación Laogai con sede en Washington? Además, este estimado indica que la tasa de encarcelamiento de China es, en el peor de los casos, de 375 reclusos por cada 100000 habitantes -- cerca de la mitad de la cifra estadounidense -- . Como nadie pretendería con seriedad que China tiene un mejor historial en derechos humanos que Estados Unidos, Service no debería haber usado en absoluto las cifras carcelarias. La verdadera cuestión no radica en cuánta gente está en prisión, sino en por qué.

LAS COSAS QUE IMPORTARON

Una de las amplias preguntas que Service no aborda es cómo el movimiento logró sobrevivir durante tanto tiempo. Presenta una lista breve de sus logros: la reducida brecha de salarios entre gerentes y trabajadores, la escolaridad universal gratuita y los comienzos de un Estado benefactor. "Los comunistas", escribe, "compartían un compromiso por las reformas con los otros partidos políticos de centro-izquierda. Pero nadie las puso en práctica con la misma determinación". Incluso si ello es verdad, esto difícilmente explica cómo, dados los terribles costos de esa determinación, los comunistas consiguieron perdurar.

Sin duda, parte de la respuesta radica en el vínculo entre la expansión comunista y el conflicto armado, vínculo que Service debería haber examinado con cierto detalle. Los comunistas llegaron al poder en países tan diversos como Cuba, Hungría, Mongolia y Polonia. En todos estos casos, es de notar que el éxito político siguió a la victoria militar. La consecuencia de ello fue la profunda militarización de la vida política y económica. Parafraseando a Clausewitz, los comunistas vieron el desarrollo económico como la continuación de la guerra por otros medios. Su impulso para modernizarse estaba dirigido no tanto al mejoramiento de las vidas de los individuos como a la prolongación de la lucha contra Occidente. "Estamos de 50 a 100 años detrás de los países avanzados", dijo Stalin en 1931. "Debemos cubrir esta distancia en diez años [...] o ellos nos aplastarán." Diez años después, la Segunda Guerra Mundial se había iniciado y los comunistas se militarizaron aún más.

Sin embargo, era difícil mantener tal ritmo durante mucho tiempo. Para la década de 1960, la Unión Soviética seguía siendo una sociedad profundamente represiva (aunque nunca volvió a experimentar las espantosas pérdidas humanas de la era estalinista), pero había alcanzado un nivel suficiente de desarrollo económico. Se suavizaron los aspectos militarizados de la vida política y económica y fueron sustituidos por una actitud de desgano hacia el trabajo. Con el empleo garantizado, el ausentismo y las ineficiencias se extendieron. No había ningún mecanismo natural para forzar las transiciones de algunas industrias a otras a fin de mantenerse al día con los cambios tecnológicos. No había ninguna razón para cerrar empresas poco rentables, ya que las metas de su producción habían sido establecidas por tecnócratas. Además, la Unión Soviética y, en menor grado, los países de Europa Oriental habían puesto un excesivo acento en la industrialización. No desarrollaron un sólido sector de servicios ni la red de pequeñas y medianas empresas dispuestas a asumir riesgos como los que impulsaron el crecimiento en Occidente. Estas características fueron típicas del periodo de estancamiento durante la gestión de Leonid Brezhnev. Puede ser que el comunismo haya tenido éxito en construir una sociedad industrial, pero había fallado en transformar a los trabajadores en consumidores. Tenía poco que ofrecer en una era postindustrial. Y esto plantea otra pregunta que Service no aborda suficientemente: ¿Qué logró el comunismo, si acaso logró algo? Algunos sostendrían que creó la infraestructura básica de la industrialización, proveyendo a países en vías de desarrollo una ruta despiadada pero acelerada hacia la modernidad. Esa ruta no era la única posible, y tampoco llevaba siempre al lugar correcto. El desastre completo que aconteció en Camboya es un ejemplo pertinente. Pero habría sido difícil que China lograra sus recientes tasas de crecimiento sin el considerable capital humano y social que desarrolló bajo el comunismo. Los neoliberales, por supuesto, alegarían contra una perspectiva tan favorable y sostendrían que el comunismo no aceleró el progreso hacia una moderna sociedad de mercado, sino que, más bien, lo retrasó y obstruyó.

Estas preguntas son justamente las que los historiadores del comunismo deberían ayudar a contestar. Pero hacerlo requeriría ir más allá de la ingenua historia narrativa que Service escribió y examinar los procesos de largo plazo, prestando especial atención a la relación entre las instituciones estatales y la economía. Sólo nos queda esperar.





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