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L'entente infernale Walter Russell Mead De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2007 That Sweet Enemy: The French and the British From the Sun King to the Present. Robert Tombs e Isabelle Tombs, Knopf, 2007, 816 pp. US$40.00
Resumen: La magnífica crónica de Robert e Isabelle Tombs de los 300 años de rivalidad anglo-francesa revela cómo la relación de amor-odio entre Francia y el Reino Unido ha dejado una marca indeleble en el mundo actual. Walter Russell Mead es titular del cargo de investigación Henry A. Kissinger sobre Política Exterior estadounidense en el Council on Foreign Relations.
¿Por qué leer un extenso libro sobre las relaciones anglo-francesas? Sea lo que sea que hayan podido ser el Reino Unido y Francia en el pasado, hoy son potencias secundarias: actores de reparto más que protagonistas en el escenario de la historia mundial. Y pueden hacerse buenos argumentos de que incluso la limitada preponderancia de que gozan los dos países actualmente en los asuntos mundiales es transitoria. Hasta ahora, el fracaso de la Unión Europea para desarrollar una política exterior común y efectiva da a París y a Londres y a su relación más prominencia de la que tendrán cuando (si es que ocurre) los europeos comiencen a hablar con una sola voz. Con los soviéticos desparecidos, los europeos desunidos y con China e India aún en un estadio inicial en el camino al poder mundial, el Reino Unido y Francia hoy parecen más importantes de lo que son en realidad y de lo que probablemente serán en el futuro. Así que ¿escribir y leer That Sweet Enemy, con todo lo ameno y bien documentado que sea el libro, es más un gesto de indulgencia que un proyecto serio? En vez de leer sobre los aristócratas franceses afectadamente anglófilos del siglo XVIII o sobre la mala cocina inglesa del siglo XIX, ¿no deberíamos estar leyendo acerca de la producción de carbón en China, de las reformas del mercado laboral en India y de los progresos burocráticos, o la falta de ellos, en la Bruselas de hoy? La respuesta es no. Si bien es verdad que es improbable que termine el declive absoluto en el largo plazo tanto del Reino Unido como de Francia como potencias mundiales, sus pasados siguen modelando el mundo de hoy. La relación anglo-francesa -- o, más precisamente, la relación entre Francia y las principales potencias anglófonas de los tres últimos siglos -- sigue siendo un tema esencial para el estudioso serio de los asuntos mundiales. Durante esos tres siglos las potencias anglófonas, o, como todavía dicen los franceses, las potencias anglosajonas, han construido hegemonías globales sucesivas basadas en los principios del liberalismo económico. Infructuosamente, Francia rivalizó por el poder mundial contra los británicos desde el ascenso de Guillermo III al trono inglés, en 1689, hasta la derrota final de Napoleón en Waterloo, en 1815. Desde entonces, los franceses han procurado defender sus intereses, identidad, cultura y valores económicos en un mundo anglosajón de liberalismo económico y globalización acelerada. La influencia mutua entre estas dos sociedades ha hecho más por conformar la geopolítica, la economía y la cultura del mundo de hoy que la relación entre cualquier otro par de sociedades sobre la faz de la Tierra. No se trata sólo de que Estados Unidos en el presente esté a cargo de la gestión (o mala gestión) de un orden mundial estrechamente relacionado con el que los británicos construyeron durante la llamada Segunda Guerra de los Cien Años con Francia, de 1688 a 1815. No se trata sólo de que los defensores de la postura antiestadounidense y antiliberal de hoy sigan empleando un vocabulario y un conjunto de ideas creados primero por los opositores franceses del poder anglosajón hace siglos. Se trata de que las dos fuerzas que continúan dominando el mundo -- la expansión de un orden político y económico internacional basado en el poderío del mundo de habla inglesa y los complejos procesos de adaptación, imitación, resistencia y cooperación mediante los cuales el resto del mundo trata de emparejarse y sacar provecho de tal orden -- están fuertemente arraigadas en la dinámica anglo-francesa. Entender la historia de esa dinámica ofrece una profunda comprensión de la política mundial contemporánea. Idealmente, este libro debería leerse junto con The American Enemy, la sorprendente historia de Philippe Roger de más de dos siglos de discurso antiestadounidense en Francia. Como señalan los Tombs, la anglofobia y el sentimiento antiestadounidense están profundamente enlazados, y en ningún otro lado más que en Francia. Y no se trata tan sólo de una "fobia a lo wasp" [White Anglo-Saxon Protestant: blanco anglosajón y protestante], un temor excesivo al mundo anglosajón; el conjunto de la complicada mezcla de las actitudes francesas hacia el mundo anglosajón se ha dirigido durante mucho tiempo a los elementos que unen la política, la cultura y las ambiciones internacionales de británicos y estadounidenses. Los Tombs abordan el cómo los franceses critican a Estados Unidos hoy, empleando algunas de las mismas categorías e ideas que ellos establecieron durante su competencia con el Reino Unido. Pero aún queda por explorar una explicación más sistemática de la relación entre la anglofobia y el sentimiento antiestadounidense franceses. Entre ambos, That Sweet Enemy y The American Enemy perfilan un importante libro que aún no se ha escrito: un examen acucioso de la respuesta francesa a lo largo de la historia ante la creación del orden mundial anglosajón. Tal libro estudiaría las corrientes simultáneas de "fobia a lo wasp" y "afición a lo wasp" que recorren Francia; las formas en que los desarrollos económico, político y cultural franceses fueron modelados por la necesidad de combinarse con los anglosajones en el mundo anglófono, y cómo los franceses hicieron un ajuste relativamente cómodo con un mundo que de un modo eminente desilusionaba sus esperanzas. Los Tombs estarían bien calificados para emprender este proyecto: Robert es un reputado historiador británico; Isabelle es francesa y tiene títulos de universidades británicas y galas. Son esposos y tienen doble ciudadanía (británica y francesa). Entre los dos, combinan una inusual amplitud y profundidad de conocimientos históricos con una aún más inusual capacidad de encontrar y seleccionar la anécdota amena o el ejemplo que ilumina un punto clave. Pero hasta que no amplíen su foco de la pareja infernal de John Bull y Marianne a un ménage à trois que incluya al Tío Sam, That Sweet Enemy tendrá que bastar como una extraordinaria introducción a los cimientos del mundo en que vivimos. MITOS DEL CANAL Mucho de los que los lectores puedan pensar que saben acerca de la relación anglo-francesa resulta equivocado. La comida inglesa, por ejemplo, no ha sido considerada como un desastre por los franceses. En el siglo XVIII, la cocina campirana inglesa era a menudo considerada tan buena como la que comían los franceses, y los veredictos franceses sobre la comida inglesa eran más diversos de los que serían tiempo después. Incluso hay indicios de influencia inglesa en la cocina francesa. Lo que el mismísimo Roland Barthes ha descrito como "el signo alimentario de lo francés", le steak-frites, fue llevado a París por el ejército victorioso de Wellington. Las "papas a la francesa" de hecho podrían llamarse "papas de la libertad" sin violentar los registros históricos. El fundador de la moderna moda parisina, que igualmente popularizó el término chic y fue en gran medida responsable de que París se convirtiera en el centro mundial de la industria de modas, fue el inglés Charles Frederick Worth. Había menos represión en el Reino Unido, y Francia era menos tolerante en lo sexual de lo que la gente de ambos países ha supuesto. Arthur Rimbaud y Paul Verlaine corrieron a Londres cuando su relación sexual junto con sus posturas políticas les hicieron recomendable escapar de París; Rimbaud, para hablar de un caso, pensaba que el libertinaje británico hacía parecer provinciano a París. Antes de la Revolución Francesa, los franceses estaban asombrados por el igualitarismo de la vida británica; un pasmado observador francés escribió que con frecuencia había visto a "milores" y "artesanos" charlando amigablemente sobre política sentados a la mesa en las tabernas. Los dos países también han tenido una inmensa influencia entre sí. Fue ante el poder francés que el Reino Unido introdujo el sistema de la deuda nacional financiada, conocida como finanzas holandesas, a finales del siglo XVII y forjó un duradero consenso en torno a la resolución de la Revolución Gloriosa de 1688-1689. De manera similar, los franceses deben agradecer a los británicos por su revolución; la crisis financiera que forzó a Luis XVI a convocar a los Estados Generales en 1789 se debió a la participación francesa en la Revolución Americana [Guerra de Independencia de Estados Unidos]. La popularidad actual del deconstruccionismo y otras formas refinadas del pensamiento francés es sólo el último episodio del prolongado flujo de ideas sobre el Canal de la Mancha. Voltaire llevó las ideas de la Ilustración británica a Francia, y los políticos y financieros franceses buscaron continuamente inspiración en el Reino Unido. A su vez, generaciones de escritores y artistas británicos encontraron su musa en París. Matthew Arnold fue orgullosamente francófilo, y novelistas y poetas como George Eliot y William Butler Yeats fueron profundamente influidos por la literatura francesa. Cuando Virginia Woolf, en una famosa ocasión, escribió que: "En diciembre de 1910, o cerca de esa fecha, el carácter humano cambió", se estaba refiriendo a los efectos de la apertura de una exhibición de arte francés postimpresionista en Londres preparada por el pintor británico Roger Fry. (Los Tombs no pueden dejar de admirarse ante la "extraña mezcla de cosmopolitismo e insularidad" que transpira esta afirmación.) Los estereotipos nacionales cobran mucha importancia en el libro, y en las mentes de los ciudadanos de ambos países. Durante siglos, los franceses han tendido a ver al Reino Unido como "culturalmente apartado, excéntrico, tosco y por ende el origen de lo nuevo y lo inusual, a menudo divertido, siempre perturbador". Durante un periodo igual de prolongado, los británicos han visto a los franceses como "altamente civilizados, el sello del gusto y las maneras sofisticadas sea en el vestido, la comida o el arte". Los franceses por largo tiempo creyeron que a los caballeros ingleses no les gustan las mujeres, se aburren o espantan en su presencia, y se vuelcan a la bebida como sustituto de la compañía femenina. Sospechan que la costumbre de educar a los niños británicos en escuelas públicas de un solo sexo tiene algo que ver con esto y encuentran cierto sadismo en varios aspectos de la vida británica (el boxeo, la cacería de zorros y, en siglos pasados, la pelea de gallos) que apunta a vicios más oscuros. Los británicos han sentido que a los franceses les gustan demasiado las mujeres, incluso del modo equivocado, y creen que los franceses se involucran constantemente en aventuras extramaritales. El inglés es un rústico, el francés es un fatuo. Desde el siglo XVIII, los británicos han viajado a Francia por placer, y los franceses han ido al Reino Unido para aprender o hacer dinero. Este patrón persiste a la fecha: los franceses van a Londres en números inusitados a estudiar e iniciar carreras, y los británicos están comprando cada vez más sus domicilios secundarios en la campiña francesa. El antagonismo entre los dos países también ha persistido, aunque hay resultados de encuestas que hoy indican que a los franceses les desagradan los británicos más de lo que a éstos les desagradan aquéllos. La permanencia de estos estereotipos y el persistente desagrado mutuo de los vecinos debería desalentar a los entusiastas de la globalización que creen que una comunicación más estrecha conducirá a unas mejores comprensión y armonía globales. Los franceses y los británicos han contado con una comunicación más o menos instantánea desde que los primeros cables y líneas telegráficas conectaron París y Londres en 1850. Y ello no parece haber ayudado. That Sweet Enemy es también un libro sobre la memoria histórica. Si el Reino Unido y Estados Unidos son dos países divididos por un idioma común, Francia y el Reino Unido son dos países divididos por una historia común. Cada cultura nacional ha construido su propia versión del pasado, y los franceses y los británicos han escogido diferentes momentos de su historia común para recordarlos y olvidarlos. No ha de sorprender que el ataque británico a la flota francesa en Mers el-Kébir en 1940, después de la rendición de Francia ante Alemania, forme una parte mayor de la memoria nacional de Francia que del Reino Unido. La confrontación en Fashoda en 1898, donde fuerzas coloniales británicas impidieron el intento francés de establecer su presencia en el Alto Nilo, es algo casi olvidado en Londres pero que aún causa encono al otro lado del Canal de la Mancha. Remontándonos más atrás, los británicos recuerdan Agincourt, a la francesa Juana de Arco. Los británicos recuerdan el triunfo del general James Wolfe sobre el marqués de Montcalm en la Batalla de los Llanos de Abraham, en 1759; los franceses recuerdan "le grand dérangement" [la gran expulsión], la deportación forzada de miles de acadianos francoparlantes de lo que hoy es Nueva Escocia. Los británicos recuerdan la evacuación de Dunkerque en 1940 como un triunfo; muchos francoparlantes la recuerdan como otro caso de la disposición de la pérfida Albión a abandonar a Francia para encarar al enemigo alemán por sí sola y, como Cleopatra en Accio, a desertar de su aliado y hacerse a la vela al primer signo de problemas. Hasta la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido podía en gran medida considerar su historia moderna como un relato de éxitos. Francia no sólo tuvo que encarar una larga historia de frustradas ambiciones y derrota militar; tenía que vivir con las consecuencias en un mundo que cada vez más era modelado por las preferencias y políticas del aborrecido rival británico. Aun cuando ambos países se quedaron en el segundo rango de las grandes potencias tras la Segunda Guerra Mundial, esta situación persistió. El predominio mundial alcanzado por Estados Unidos fue mucho más fácil de aceptar para los británicos que para los franceses; el ascenso de Estados Unidos fue simplemente otro episodio en la larga saga del poderío anglosajón. ENCORE La más notoria omisión en That Sweet Enemy es el relativo olvido del papel de las finanzas anglo-francesas, en especial en los siglos XIX y XX. Los Tombs son conscientes de la importancia del Banco de Inglaterra y la superioridad financiera del Reino Unido en su Segunda Guerra de los Cien Años con Francia. Pero el tema de las finanzas como una destacada fuerza que modela los destinos de los dos países en gran medida desaparece de su relato tras la Batalla de Waterloo. De hecho, mientras Francia, con renuencia y muchas miradas nostálgicas, desistió de sus ambiciones políticas globales tras la caída de Napoleón, las finanzas francesas desempeñaron y siguen desempeñando un papel internacional sustantivo. En ocasiones, las finanzas fueron protagonistas en la continua competencia anglo-francesa, como ocurrió cuando la astucia británica privó a Francia de los beneficios políticos que ésta buscaba ganar con sus inversiones en el Canal de Suez. En otras ocasiones, aquéllas modelaron las realidades globales de formas que afectaron profundamente la política exterior británica: considérese la estrecha relación financiera que surgió entre la Francia republicana y la Rusia zarista. De 1815 en adelante, muchos políticos y financieros franceses trataron conscientemente de imitar la infraestructura financiera del Reino Unido, y sus esfuerzos gozaron de un alto grado de éxito, con una inversión que crecía significativamente a uno y otro lado del Canal. That Sweet Enemy ofrecería una imagen más completa de la relación anglo-francesa si profundizara más en las formas en que los mercados financieros y las decisiones de inversión ayudaron a modelarla. Y es desafortunado que un libro tan rico en observaciones y atinadas citas haya omitido los sorprendentes informes que el joven Walter Beghot, que llegó a convertirse en el más influyente editor (de The Economist) y redactor constitucional en la Inglaterra victoriana, hizo sobre sus experiencias en París en la época en que Luis Napoleón se hizo del poder. Uno también podría acoger con beneplácito un análisis más completo del papel que tuvieron las restauraciones católicas y tomistas en Francia en modelar el pensamiento anglicano y católico inglés a partir del movimiento de Oxford. Figuras francesas como François-René de Chateaubriand y Jean-Baptiste Henri Lacordaire, en el siglo XIX, y Jacques Maritain, Étienne Gilson, Henri Bergson y Pierre Teilhard de Chardin, en el XX, han sido influencias significativas en la cultura y el pensamiento británicos. Los estereotipos de una Francia atea y mundana ("Más ingeniosos que morales son los franceses, me temo", dice el insufrible Míster Batesby en War in Heaven de Charles Williams) y un Reino Unido piadoso se han vuelto influyentes en muchos modos a ambos lados del Canal de la Mancha, y sería útil un examen más profundo sobre ellos. Más ampliamente, el relato de cómo estas dos sociedades capitalistas pioneras manejaron la relación entre sus tradicionales ideologías religiosas y la experiencia de la modernidad merece ser un tema importante de un libro como éste, y con ello ofrecería una valiosa comprensión de un mundo que encara problemas similares en la actualidad. Pero basta de críticas. Este tipo de queja es simplemente una manera poco afortunada de solicitar un encore. La verdad es que ninguna obra individual ni ningún autor individual (o incluso dual) podrían hacer justicia a un tema tan rico e importante como el que los Tombs escogieron. Los libros buenos como That Sweet Enemy dejan a los lectores con hambre de más, y los críticos -- con la mala fe endémica de esa casta -- expresan esta hambre como una crítica más que como un cumplido. Pocos libros sobre relaciones internacionales ofrecen una lectura tan divertida como esta brillante descripción de los 300 años más recientes de relaciones anglo-francesas. Con amplio conocimiento de las historias culturales y literarias de ambos países, los Tombs son capaces de presentar una rica y amplia narración de algo más que sólo las relaciones políticas entre París y Londres. Su intuición para la paradoja y sus dotes para el epigrama hacen de éste un libro extraordinario. En algunas partes, como cuando los Tombs comparan el exilio de Émile Zola en Londres con la estancia final de Oscar Wilde en París, el placer parece casi pecaminoso. ¿El lector pierde el tiempo al estar absorto en chismes frívolos en vez de ponerse a estudiar un libro serio sobre los asuntos mundiales? That Sweet Enemy es historia tal como deber ser: investigado a profundidad, escrito con elegancia, con conocimientos culturales, multidisciplinario, coherente, reflexivo y equilibrado. Logra ser todas estas cosas, y al mismo tiempo es refrescante y original, políticamente comprometido pero sin llegar a ser tendencioso. Los Tombs han producido uno de los libros más importantes y cautivadores del año; los lectores se encontrarán, como dice el viejo proverbio alemán, "tan felices como Dios en Francia".
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