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Cada día mejor James Surowiecki De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2007 The Improving State of the World: Why We're Living Longer, Healthier, More Comfortable Lives on a Cleaner Planet. Indur M. Goklany, Cato Institute, 2007, 516 pp. US$29.95
Resumen: The Improving State of the World, de Indur Golkany, propone un sano correctivo a la idea predominante de que todo está empeorando. Pero su insinuación simplista de que sea inevitable que haya avances adicionales es una mala lectura de las verdaderas causas del progreso. James Surowiecki es redactor en The New Yorker y autor de The Wisdom of Crowds.
"Día tras día, en todo sentido, me va cada vez mejor." Este mantra, concebido por el psicólogo autodidacta Émile Coué en el siglo XIX, me daba vueltas en la cabeza cuando leía el nuevo libro de Indur Goklany sobre la relación entre crecimiento económico y progreso humano y ambiental, The Improving State of the World. Así como Coué decía a sus pacientes que la repetición incesante de su mantra haría que éste se volviera realidad, Goklany parece creer que pronunciar con la suficiente frecuencia, y en suficientes formas diferentes, que hoy la vida es mejor que nunca tendrá el mismo efecto. Goklany describe una economía global en la que casi todos los signos son positivos. En la que los problemas que sí existen, como el estancamiento o los atrasos en el África subsahariana y la ex Unión Soviética, se resolverán si se permite que el crecimiento económico y las mejoras tecnológicas tengan sus efectos deseados. Tampoco es éste, según la exposición de Goklany, un fenómeno nuevo. Presenta una impresionante serie de datos históricos para afirmar que la trayectoria del siglo XX fue en general hacia arriba y hacia adelante. En conjunto, señala Goklany, en realidad la humanidad ha estado cada vez mejor día tras día, de modo que hoy, como lo indica su subtítulo, "tenemos vidas más largas, más sanas y más cómodas en un planeta más limpio". Desde una amplia perspectiva histórica, esta descripción es, para la mayoría de la gente, bastante exacta. Buena parte de todos los que viven hoy son los beneficiarios de lo que casi con seguridad puede llamarse el desarrollo singular con más consecuencias en la historia humana, a saber, el inicio de la industrialización. Como ha enseñado el historiador de la economía Angus Maddison en una serie de estudios sobre el desarrollo económico en los dos milenios pasados, la economía humana creció muy poco, si lo hizo, durante la mayor parte de la historia humana. Entre el año 1000 y 1820, más o menos, calcula Maddison, el crecimiento económico anual estaba en torno a 0.05% anual -- lo que significó que los niveles de vida mejoraron increíblemente despacio y que la gente que vivió en 1800 estaba apenas un poco mejor que la que vivió en el año 1000 -- . Pero en algún momento cercano a 1820, todo ello empezó a cambiar. Entre 1820 y el día de hoy, el ingreso mundial real per cápita creció 20 veces más rápido que en los ocho siglos anteriores. En Occidente, sobre todo, los efectos de esta transformación han sido tan enormes que resultan prácticamente inconmensurables. Los índices de ingreso real, expectativa de vida, alfabetización y educación, así como el consumo de alimentos, se han disparado, mientras que la mortalidad infantil, las horas de trabajo y los precios de los alimentos han caído en picada. Y aunque Occidente haya sido el mayor beneficiario de estos cambios, la difusión de la tecnología, la ciencia médica y las técnicas agrícolas han significado que los países en vías de desarrollo han disfrutado de espectaculares mejoras en lo que las Naciones Unidas llama "indicadores de desarrollo humano", aun si la mayoría de sus ciudadanos sigue en la pobreza. Una consecuencia de ello es que hoy personas de un determinado nivel de ingresos sean probablemente más sanas y vivan más años que personas del mismo nivel de ingresos de hace 40 o 50 años. En un sentido, todo esto debería ser obvio, ya que pensar por un momento -- o leer rápido una novela decimonónica -- debería bastar para recordarnos cuánto mejor, al menos en términos materiales, es hoy la vida de lo que fue hace un siglo, por no hablar del siglo XVII. Pero como han ilustrado de modo persuasivo los economistas conductistas, los seres humanos se adaptan rápidamente a sus entornos y llegan a pensar que su actual estado de cosas es algo normal. En otras palabras, es difícil, incluso después de que la vida de uno ha mejorado significativamente, permanecer consciente de cuán mejor es, y todavía es más difícil valorar verdaderamente cuán mejor es para uno de lo que fue para nuestros bisabuelos. Así, parte del proyecto de Goklany que aquí se presenta -- y es una parte valiosa -- es dejar en claro cuánto progreso humano real ha habido durante los dos siglos pasados e incluso (en muchos sitios) en las últimas dos décadas en la vida del ser humano promedio. EL ANTI-MALTHUS El objetivo de Goklany no es sólo la tendencia natural de los seres humanos a dar las cosas por sentadas. Los verdaderos antagonistas de sus ideas son lo que él llama los "neo-malthusianos" -- los convencidos de que existen límites naturales al crecimiento y de que la humanidad ha estado tratando de derribarlos por ya largo tiempo -- . Los neo-malthusianos tuvieron su auge en la década de 1960 y a principios de la de 1970, con obras como La bomba poblacional, de Paul Ehrlich, y el atinadamente titulado Los límites del crecimiento, del Club de Roma. Aunque su catastrofismo sobre el crecimiento demográfico y la industrialización ya no es noticia de primera plana, su arraigado escepticismo sobre las virtudes del crecimiento económico y su convicción de que, cuanto más rica se vuelve la gente peores se ponen las cosas para el planeta, sigue siendo una fuerte tendencia del ambientalismo moderno. Mientras Goklany ve progresos por todas partes donde mira, los neo-malthusianos ven desastres inminentes: la contaminación del aire, la desaparición de los hábitats, el vaciamiento de acuíferos, la destrucción de la capa forestal y la proliferación de nuevas enfermedades. En otras palabras, día tras día, en todo sentido, cada vez estamos peor. El problema del neo-malthusianismo, como bien lo indica Goklany, es que ha subestimado consistentemente los efectos beneficiosos del cambio tecnológico. El E = mc2 de los neo-malthusianos fue introducido hace tres décadas, cuando Paul Ehrlich y John Holdren concibieron la ecuación I = PAT. Se decía que el impacto ambiental (I) era el producto del tamaño de la población (P) por el nivel de riqueza (A) y la eficiencia tecnológica (T). Según esta lógica, no sólo el crecimiento demográfico y el crecimiento económico son malos para el planeta, sino que también lo es el cambio tecnológico, ya que éste tiene un efecto multiplicador en los otros dos factores. La única manera de salvar al planeta, desde la perspectiva neo-malthusiana, es poner límites estrictos a la conducta humana, haciendo todo lo posible para refrenar los negocios y a los consumidores. La fórmula I = PAT no salió de la nada: algo tiene de verdad. Conforme las sociedades se enriquecen y su densidad demográfica es mayor, consumen más recursos, y, sobre todo en las fases tempranas de crecimiento económico, lo hacen con un buen grado de indiferencia hacia las consecuencias generales en el medio ambiente. Pero lo que falta en la ecuación, y en lo que Goklany ocupa una parte sustancial de su libro en demostrar, es que la tecnología puede reducir realmente el impacto ambiental, disminuyendo así las demandas hechas por la riqueza y el crecimiento demográfico. Un ejemplo clásico de este efecto es la extensión masiva de la eficiencia en la productividad agrícola durante los últimos 40 años. Los incrementos de productividad han reducido drásticamente la carga ambiental de los cultivos (al menos en la tierra, pues no ha habido avances similares en el uso eficiente del agua) y han disminuido la cantidad de tierra necesaria para alimentar al mundo. Más recientemente, los adelantos tecnológicos en el deshollinamiento de las chimeneas de centrales eléctricas han causado una fuerte reducción en la cantidad de dióxido de azufre en el aire. Las mejoras en la eficiencia de la energía eólica y solar han reducido (aunque sólo un poco) la demanda de combustibles fósiles. Y si bien el impacto de estas innovaciones se ha sentido con más intensidad en el mundo desarrollado, también han mejorado las condiciones en el mundo en vías de desarrollo, al menos en lo que respecta al acceso a agua limpia y a algunos tipos de emisiones aéreas. Puede que Goklany exagere un poco cuando dice que el planeta entero -- a diferencia de sólo el mundo desarrollado -- está más limpio; pero, de hecho, no es ésta una afirmación exagerada. En este punto, la paradoja consiste en que el cambio tecnológico suele estar asociado con el aumento de la riqueza (o en realidad es resultado de él), lo que hace probable que una economía sea más limpia aunque sea más rica. En el plano empírico, parece que esto es lo que sucede. Después de todo, los países desarrollados suelen tener un aire más limpio, un agua más limpia, una más extensa capa forestal y menos tierra de labrantía dedicada a la producción de alimentos que los países en desarrollo, aun cuando estos últimos son mucho más pobres. La excepción obvia e importante son las emisiones de CO2 y el problema más amplio del cambio climático. Pero Goklany -- quien utiliza demasiado espacio de su libro para presentar una crítica bastante trillada de la acción excesiva en respuesta al calentamiento global -- sostiene que, ahora que los estadounidenses están cada vez más preocupados por el cambio climático, la tecnología pronto ayudará a mitigar el problema. Nada de esto significa que Estados Unidos esté menos contaminado de lo que estaba en 1787, por no hablar de lo que lo estaba cuando sólo era habitado por los nativos americanos. Pero sí significa que Estados Unidos esté posiblemente menos contaminado hoy que en cualquier momento durante los últimos 100 años, y que más o menos en los pasados 40 años; en particular, se ha visto una impresionante mejora en la calidad del aire y el agua. Y lo mismo es cierto, en menor y mayor medida, en el resto del mundo desarrollado. Una hipótesis de por qué ha ocurrido esto históricamente queda ilustrada con lo que se llama la Curva Ambiental de Kuznets (EKC, por sus siglas en inglés). Cuando se traza su gráfica, la relación entre prosperidad y degradación ambiental parece una U invertida. Al principio, conforme los países crecen, intercambian el bienestar ambiental por el crecimiento económico; es decir que, conforme se hacen más ricos, también se contaminan más. En algún punto, sin embargo, se vuelven tan prósperos que cambian sus prioridades y empiezan a buscar formas para crecer de manera más limpia. Goklany sugiere una variación a la EKC, la "hipótesis de la transición ambiental", que intenta dar cuenta de las variables temporales y tecnológicas, así como las de la riqueza. La invención y propagación de nuevas tecnologías, señala él, hacen más fácil y más probable que los países entren rápidamente en el lado derecho de la curva U, incluso antes de que se hayan vuelto ricos; la "revolución verde", por ejemplo, permitió que los países pobres redujeran la carga ambiental de la explotación agrícola. LIBRE MERCADO, GENTE LIBRE La hipótesis de la transición ambiental es una forma razonable de pensar sobre la relación entre prosperidad, tecnología y las expectativas de la gente respecto al medio ambiente. Y la refutación de Goklany a los catastrofistas ambientales es tanto bien acogida como convincente. Así, ¿por qué entonces la percepción general sobre el mundo es algo insatisfactorio desde el punto de vista de Coué? Y, en particular, ¿cómo llegamos al punto en que estamos y qué necesitamos hacer para conservar las cosas en la dirección correcta? La respuesta simple es que la descripción de Goklany deja fuera muchas cosas importantes y pretende que fenómenos increíblemente complejos puedan explicarse con unas cuantas atractivas frases publicitarias. En su versión demasiado optimista y simplista sobre la globalización, la regulación y el papel del Estado y el poder económico, The Improving State of the World es sintomático de lo que se ha convertido, a los ojos de muchos, en una perspectiva estadounidense por antonomasia, perspectiva según la cual la tarea de crear un mundo mejor puede limitarse a final de cuentas al lema de la página editorial de The Wall Street Journal: "Libre mercado y gente libre". Los mercados libres y la gente libre son, quién lo duda, cosas maravillosas. Pero lo que Goklany plantea en su libro es una perspectiva del mundo fundamentalmente determinista: conforme los países se enriquecen y avanzan más en lo tecnológico, sus ciudadanos (todos, o casi todos) se vuelven naturalmente más sanos y mejor educados, comen mejor, viven más tiempo y se preocupan más por el medio ambiente. Al reconocer los deseos resultantes de la gente, el libre mercado proporciona los productos que ésta desea. La hipótesis de la transición ambiental es el ejemplo más sorprendente de esta perspectiva, ya que postula que la mejora ambiental sucede, por decirlo así, en forma natural. Por supuesto, la realidad consiste en que la lucha sobre la regulación ambiental, al menos en Estados Unidos, fue -- y sigue siendo -- feroz, y que los escépticos ambientalistas y las empresas han hecho todo lo posible para prevenir que regulaciones como las iniciativas de Ley de Aire Limpio y Ley de Agua Limpia se conviertan en leyes. También se da el caso de que, sin dichas regulaciones, el "planeta más limpio" que Goklany ve hoy no existiría. Él adelanta el argumento de que la contaminación del aire y el agua en Estados Unidos estaba disminuyendo mucho antes de que tales regulaciones entraran en vigor. Lamentablemente, sus propias pruebas muestran que las emisiones de gran cantidad de contaminantes alcanzaron su punto máximo alrededor de 1970, cuando se aprobó la Ley del Aire Limpio, o después, e innumerables estudios demuestran que hoy los ríos y lagos estadounidenses son más apropiados para la natación y la pesca hoy de lo que fueron antes de la Ley del Agua Limpia. El punto es que, lejos de ser el producto inevitable de una economía fuerte, la mejora ambiental es a menudo el resultado de luchas políticas que bien podrían haber seguido el camino contrario. También es improbable que ello ocurra sin un Estado fuerte que rinda cuentas ante sus ciudadanos. Sin embargo, en su conjunto esta obra de Goklany -- que quizás no sorprenda a nadie en el libertario Cato Institute -- está basada en la idea de que el Estado funciona en gran medida como un obstáculo para las obras benévolas del mercado. Esta suposición es especialmente extraña en el contexto del debate sobre la contaminación, ya que la teoría económica nos dice que, a falta de regulación, quienes contaminan no tienen razón alguna para tomar en cuenta los costos de sus emisiones. La contaminación es el caso paradigmático de una externalidad negativa y, en consecuencia, del fracaso del mercado: como los contaminadores no pagan por el costo de la contaminación que emiten, éstos producirán más de lo que es óptimo en términos sociales aun si pueden reducir sus emisiones como un subproducto de las mejoras en la eficiencia general. En definitiva, la única forma de reducir la contaminación es obligar a quienes contaminan a que dejen de hacerlo. En otras palabras, no son el crecimiento económico impulsado por el libre mercado y el cambio tecnológico por sí solos los que hacen que la ecuación I = PAT sea falsa; sino las cosas conectadas con los incentivos correctos, incentivos que el mercado solo no puede proporcionar. La misma suposición simplista de que el mercado sin trabas es el solvente para todos los graves problemas predomina en todo el análisis de Goklany sobre la globalización y su impacto en el bienestar global. Como señala éste correctamente, es un mito que el advenimiento de la globalización se ha acompañado con un aumento de la pobreza y la desigualdad. De hecho, el porcentaje de la población mundial que es pobre en realidad declinó en las dos últimas décadas (aunque 2.7 mil millones de personas aún viven con menos de 2 dólares por día). Además, la desigualdad -- al menos entre los individuos en términos globales -- también se ha reducido de hecho. La imagen sorprendentemente persistente de la globalización como un proceso por el cual el mundo desarrollado explota y empobrece a los países en desarrollo es errónea. Sin embargo, el problema es que el número de países que ha mejorado en grado importante sus niveles de vida en la era de la globalización es sorprendentemente bajo, y la mayoría de ellos está en Asia. Así que aun si el crecimiento económico es, como parece, fundamental para "el mejoramiento del estado del mundo", no hemos hecho un buen trabajo a la hora de imaginar cómo expandir los beneficios de ese crecimiento a todo el mundo. Como reconoce Goklany, las economías del África subsahariana y la ex Unión Soviética en muchos casos no sólo han detenido el crecimiento, sino que en realidad lo han contraído durante más o menos los últimos 15 años. La mayor parte de América Latina sólo ha visto un ligero crecimiento económico en las últimas dos décadas, mientras incluso los "tigrillos" asiáticos (Indonesia, Malasia y Tailandia) -- cuyas economías han crecido rápidamente desde la década de 1970 -- han pasado la mayor parte de los siete años pasados recuperándose de los daños acarreados por la crisis financiera de Asia de la década de 1990. Es cierto que la mayoría de estos países ha visto, sin embargo, mejorar sus indicadores de desarrollo humano, gracias a la difusión de la tecnología y la asistencia médica. Pero ha sido difícil encontrar los beneficios económicos de la globalización fuera de Asia (y unos cuantos lugares como Botswana y Chile), lo cual es justamente la razón de que ahí haya habido una oposición tan seria contra lo que ha llegado a llamarse el consenso de Washington. Goklany sostiene que atacar la globalización sólo tiene sentido si existen pruebas de que los países ricos se están enriqueciendo aún más sobre las espaldas de los pobres. Pero no sorprende que la gente sea infeliz cuando ve que otros se hacen más ricos mientras ésta sigue igual o incluso más pobre. Ante esta crítica, Goklany propone una respuesta: el problema es que ha habido muy poca globalización, no demasiada, y que lo que los gobiernos necesitan hacer es no inmiscuirse y permitir que los mercados sean libres. Nadie dudará de la virtud del libre mercado como máquina de creación de riqueza, y esto es ciertamente lo que ha ocurrido en muchos países donde las malas políticas (a menudo diseñadas para proteger los intereses creados) han desanimado al empresariado y espantado al capital. Sin embargo en este punto, también, las pruebas son mucho más ambiguas de lo que implica The Improving State of the World. Consideremos a China e India que juntas, en las últimas dos décadas, son responsables de casi toda la reducción de la pobreza que se ha logrado en el mundo. Son historias de gran éxito, pero cuando se trata de comprender qué dicen acerca de cómo alcanzar el crecimiento económico, son historias complicadas más que simples. China está muy lejos de ser una verdadera economía de libre mercado, y no ha seguido casi ninguna de las reglas establecidas por el consenso de Washington. Un enorme número de sus empresas sigue siendo propiedad del Estado, la asignación del capital en el país sigue estando determinado por la política, los mercados de capitales del país no son realmente abiertos, existen limitaciones a la propiedad extranjera, la moneda no es convertible, etc. India, de manera similar aunque menos drástica, aún tiene aranceles generalizados, rigurosas restricciones legales a la propiedad extranjera y a nuevas empresas, así como un enérgico Estado regulador. El mensaje central del libro de Goklany es que el crecimiento económico y el cambio tecnológico son las claves para mejorar la vida de la gente. Pero los éxitos de China e India indican que nadie sabe realmente cómo alcanzar estos logros, lo que hace que el cándido optimismo de Goklany sobre el futuro parezca algo erróneo. EL NUEVO PRAGMATISMO A final de cuentas, lo que falta en The Improving State of the World es un juicio sobre cuán complejas son en realidad las sociedades y las economías. Paradójicamente, para un libro dedicado a celebrar los enormes progresos del mundo en las últimas dos décadas, no reconoce lo suficiente cuán milagrosos han sido los éxitos de Occidente y Japón ni cuán lejos se encuentra el resto del mundo de disfrutar algo similar. Esto no necesariamente es motivo para el pesimismo: los detractores de la globalización, y los defensores de la tesis del empobrecimiento a causa de otros países, pasan por alto las muy reales mejoras en la vida cotidiana que incluso algunos de los países más pobres han gozado como resultado de la propagación de la tecnología mediante la globalización. Pero en un sentido importante, el libro de Goklany podría haber sido escrito hace 15 años, cuando el consenso de Washington aún estaba tan en boga y cuando parecía que resolver los problemas del mundo en desarrollo consistía sólo en disminuir las barreras comerciales, privatizar industrias y permitir que los capitales fluyeran libremente. Goklany aspira a una certeza sobre el camino a la prosperidad que nadie, en este punto, puede tener. La experiencia de las dos últimas décadas ha tenido un efecto correctivo en las expectativas de muchos de los más fervientes defensores de la globalización, incluyendo a quienes están en el Fondo Monetario Internacional. Por lo visto, Goklany ha permanecido inmune. De nuevo, no se trata de volver a los malos tiempos del proteccionismo y la industrialización mediante la sustitución de importaciones. Más bien, el punto es que, sencillamente, sabemos mucho menos de lo que creíamos. Consideremos, por ejemplo, a Chile y Botswana, dos de los únicos países en desarrollo no asiáticos que gozaron de un crecimiento económico significativo y sostenido en los últimos 20 años. Chile, bajo Augusto Pinochet, implementó muchas reformas de libre mercado, y la privatización de su sistema de seguridad social ha hecho del país un favorito de los defensores del libre mercado. Pero una porción importante de la riqueza de Chile proviene en realidad de sus posesiones de cobre, que ni siquiera Pinochet privatizó. Asimismo, Chile también puso un límite al llamado flujo de capital volátil en sus mercados. ¿Es la adhesión a los mercados o las desviaciones de ellos lo que explica el éxito de Chile, o la combinación de las dos cosas? ¿O es algo completamente diferente, algo sobre la actitud de los chilenos respecto del tiempo y el trabajo y el espíritu emprendedor? Lo cierto es que nadie tiene la certeza. De manera similar, Botswana ha seguido políticas económicas ortodoxas, tiene un Estado limitado y bajos índices de corrupción, todo lo cual presuntamente tiene algo que ver con su éxito. Pero resulta que Botswana también tiene enormes reservas de diamantes, que explican alrededor de 40% de su producto anual. Han sido inteligentes políticas económicas de este país las que casi indudablemente han ayudado a cosechar mayores beneficios de sus recursos naturales (a diferencia de muchos países que son víctimas de "la maldición de los recursos primarios"). Pero es difícil presentar esto como un modelo que podrían seguir otras naciones, a menos que uno planee, también, dotarlos con enormes reservas de diamantes. El hecho de que la experiencia de cada país sea diferente no significa que no haya verdades más profundas por revelar al escarbar en la experiencia del mundo en su conjunto. Pero las verdades hasta ahora reveladas son relativamente pocas en número, y a menudo con consecuencias limitadas. De este modo, sí, el libre comercio es algo bueno, los subsidios a la agricultura y la corrupción oficial son algo malo, etc. Y quienes formulan las políticas públicas deberían actuar con ímpetu a la hora de implementar esas prácticas y políticas, ya que hay buenas razones para pensar que funcionarán. Pero también tienen que ser cautelosos al tomar como si fueran realistas los pronunciamientos teóricos, y deberían ser pragmáticos más que predicadores. Tras décadas de haber perdido la certeza, ya puede ser la hora de reconocer los límites del conocimiento de sí mismo, por lo menos si deseamos que el estado del mundo siga mejorando.
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