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El regreso de las grandes potencias autoritarias
Azar Gat
De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2007

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Resumen: La democracia liberal, encabezada por Estados Unidos, salió triunfante de las grandes luchas del siglo XX. Pero en la Posguerra Fría el ascenso de las económicamente exitosas -- y no democráticas -- China y Rusia puede representar un camino alternativo viable a la modernidad que pone en duda la victoria definitiva y el predominio futuro de la democracia liberal.

Azar Gat es profesor de la Cátedra Ezer Weizman sobre Seguridad Nacional en la Universidad de Tel Aviv y autor de War in Human Civilization.

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Temas:
Sistemas Políticos

Summits: Six Meetings That Changed the Twentieth Century
David Reynolds. : Basic Books, 2007.

Where Nation-States Come From: Institutional Change in the Age of Nationalism
Philip G. Roeder. : Princeton University Press, 2007.

El acertijo de la legitimidad. Por una democracia eficaz en un entorno de legalidad y desarrollo
Luis Rubio y Edna Jaime. México: Fondo de Cultura Económica, 2007.

Historia del mundo y salvación: Los presupuestos teológicos de la filosofía de la historia
Karl Löwith. México: Katz Editores, 2007.

Vox Populi. Populismo y democracia en Latinoamérica
Julio Aibar (coord.). México: FLACSO, 2007.

EL FINAL DEL FIN DE LA HISTORIA

El orden democrático liberal global de hoy enfrenta dos desafíos. El primero es el Islam radical, y es el menor de los dos desafíos. Si bien los defensores del Islam radical encuentran repugnante la democracia liberal, y a menudo al movimiento se le describe como la nueva amenaza fascista, las sociedades de las que emana son por lo general pobres y estancadas. No representan ninguna alternativa viable a la modernidad ni plantean ninguna amenaza militar significativa para el mundo desarrollado. Es sobre todo el uso potencial de armas de destrucción masiva -- en especial por parte de actores no estatales -- lo que hace peligroso al Islam militante.

El segundo desafío, mucho más importante, procede del ascenso de grandes potencias no democráticas: los antiguos rivales de Occidente durante la Guerra Fría, China y Rusia, que ahora operan bajo regímenes capitalistas autoritarios, y ya no comunistas. Las grandes potencias capitalistas autoritarias desempeñaron un importante papel en el sistema internacional hasta 1945. Desde entonces han estado ausentes. Pero en la actualidad parecen estar dispuestas a regresar.

La supremacía del capitalismo parece estar profundamente afianzada, pero el predominio actual de la democracia podría ser mucho más incierto. El capitalismo se ha expandido inexorablemente desde que empezó la modernidad; sus mercancías con precios más bajos y su superior poder económico han desgastado y transformado a todos los demás regímenes socioeconómicos, proceso éste que describió de manera memorable Karl Marx en El manifiesto comunista. Al contrario de lo que esperaba Marx, el capitalismo tuvo el mismo efecto sobre el comunismo, "enterrándolo", al cabo, sin lanzar el disparo proverbial. El triunfo del mercado, que precipitó y fortaleció la revolución tecnológico-industrial, condujo al ascenso de la clase media, la urbanización intensiva, la expansión de la educación, el surgimiento de la sociedad de masas y una riqueza siempre mayor. En la era de la Posguerra Fría (como en el siglo XIX y las décadas de 1950 y 1960), existe la creencia generalizada de que la democracia liberal surgió naturalmente de estos acontecimientos: noción a la que, bien se sabe, se adhiere Francis Fukuyama. En la actualidad, más de la mitad de los Estados del mundo tienen gobiernos elegidos mediante las urnas, y cerca de la mitad tienen derechos liberales suficientemente afianzados como para ser considerados completamente libres.

Pero las razones del triunfo de la democracia, en especial sobre sus rivales capitalistas no democráticos de las dos guerras mundiales, Alemania y Japón, fueron más contingentes de lo que suele suponerse. Los Estados capitalistas autoritarios, hoy ejemplificados por China y Rusia, pueden representar un camino alternativo viable a la modernidad, lo que a su vez indica que no hay nada de inevitable acerca de la victoria definitiva de la democracia liberal, o de su predominio futuro.

CRÓNICA DE UNA DERROTA NO ANUNCIADA

El campo democrático liberal derrotó a sus rivales autoritarios, fascistas y comunistas por igual, en las tres mayores luchas de poder del siglo XX: las dos guerras mundiales y la Guerra Fría. Al tratar de determinar con exactitud qué justificó este resultado decisivo, es tentador examinar los rasgos especiales y las ventajas intrínsecas de la democracia liberal.

Una ventaja posible es la conducta internacional de las democracias. Quizás más que compensan el que enarbolen un garrote más ligero hacia el exterior con una mayor capacidad de lograr la cooperación internacional mediante las obligaciones y la disciplina del sistema de mercado global. Esta explicación es probablemente correcta en el caso de la Guerra Fría, cuando las potencias democráticas predominaban sobre una economía global ampliamente expandida, pero no se aplica al caso de las dos guerras mundiales. Tampoco es verdad que las democracias liberales tienen éxito porque siempre permanecen unidas. De nuevo, esto fue cierto, al menos como factor contribuyente, durante la Guerra Fría, cuando el campo capitalista democrático mantuvo su unidad, mientras que un creciente antagonismo entre la Unión Soviética y China dividió al bloque comunista. Durante la Primera Guerra Mundial, sin embargo, la división ideológica entre ambos bandos era mucho menos clara. La Alianza Anglo-Francesa estuvo lejos de ser concebida de antemano; fue sobre todo una función de cálculos de equilibrio de poder que una cooperación liberal. Al concluir el siglo XIX, la política del poder había llevado al Reino Unido y a Francia, países con un antagonismo feroz, a un paso de la guerra e incitado al Reino Unido a buscar activamente una alianza con Alemania. La ruptura de la Italia liberal con la Triple Alianza y su adhesión a la Entente, pese a su rivalidad con Francia, fue una función de la Alianza Anglo-Francesa, pues la ubicación peninsular de Italia ponía en riesgo al país por estar en el lado opuesto a la principal potencia marítima de la época, el Reino Unido. En forma similar, durante la Segunda Guerra Mundial, Francia fue derrotada muy pronto y expulsada del bando aliado (que debía incluir a la Rusia soviética no democrática), mientras que las potencias totalitarias de derecha pelearon en el mismo bando. Según estudios hechos sobre la conducta de las alianzas entre las democracias, los regímenes democráticos no mostraron una tendencia mayor a permanecer unidos que otros tipos de regímenes.

Tampoco los regímenes capitalistas totalitarios perdieron la Segunda Guerra Mundial porque sus opositores democráticos sostenían una alta posición moral que inspiró un mayor esfuerzo de su gente, como han afirmado el historiador Richard Overy y otros. Durante la década de 1930 y a principios de la de 1940, el fascismo y el nazismo eran nuevas ideologías que animaron y generaron un entusiasmo popular masivo, mientras que la democracia permaneció en la defensiva ideológica, con la apariencia de ser vieja y desalentada. En cierta manera, los regímenes fascistas demostraron ser más inspiradores durante la guerra que sus adversarios democráticos, y se ha juzgado que en buena medida el desempeño de sus militares en el campo de batalla fue superior.

La supuesta ventaja económica inherente a la democracia liberal también está lejos de ser tan clara como a menudo se supone. Todos los beligerantes en las grandes luchas del siglo XX resultaron ser muy eficaces en producir para la guerra. Durante la Primera Guerra Mundial, la Alemania semiautocrática comprometió sus recursos con tanta eficacia como sus rivales democráticos. Después de las primeras victorias en la Segunda Guerra Mundial, la movilización económica y la producción militar de la Alemania nazi se descuidaron mucho durante los años críticos de 1940-1942. Bien apostada en la época para alterar fundamentalmente el equilibrio de poder global con la destrucción de la Unión Soviética y su predominio en toda Europa continental, Alemania fracasó porque sus fuerzas armadas no contaron con los suficientes suministros para esa tarea. Las razones de esta deficiencia siguen siendo objeto de debate histórico, pero uno de los problemas fue la existencia de centros de autoridad en competencia dentro del sistema nazi. En éste, la táctica de "divide y domina" de Hitler y el celo con que los funcionarios del partido guardaban sus ámbitos asignados tuvieron un efecto caótico. Además, desde la caída de Francia en junio de 1940 hasta el revés alemán ante Moscú en diciembre de 1941, en Alemania había una percepción generalizada de que prácticamente se había ganado la guerra. A pesar de todo, de 1942 en adelante (cuando ya era demasiado tarde), Alemania intensificó enormemente su movilización económica y alcanzó e incluso superó a las democracias liberales en términos de la proporción de PIB destinada a la guerra (aunque su volumen de producción permaneció mucho más bajo que el de la poderosa economía estadounidense). Asimismo, los niveles de movilización económica en el Japón imperial y la Unión Soviética superaron a los de Estados Unidos y el Reino Unido gracias a esfuerzos despiadados.




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