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Estrategia integral para un Estados Unidos dividido
Charles A. Kupchan y Peter L. Trubowitz
De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2007

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Resumen: Son profundas las divisiones internas sobre la naturaleza del compromiso de Estados Unidos con el mundo que amenazan con baldar el liderazgo en el extranjero, y tal vez conducir al aislacionismo. Para estabilizar su poderío global y restaurar el consenso en la política exterior del país, los compromisos en el extranjero deben reducirse a una escala más sustentable en lo político.

Charles A. Kupchan es profesor de Asuntos Internacionales en la Georgetown University, miembro senior del Council on Foreign Relations y profesor de la cátedra Henry A. Kissinger en la Biblioteca del Congreso. Peter L. Trubowitz es profesor adjunto de Gobierno en la Texas University, en Austin, y miembro senior del Centro Robert S. Strauss de Seguridad y Derecho Internacionales.

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CUIDADO CON LA BRECHA

Estados Unidos se encuentra en medio de un violento y polarizado debate sobre la naturaleza y el alcance de su compromiso con el mundo. La reevaluación actual es sólo la más reciente de muchas; desde el ascenso del país como potencia global, sus dirigentes y ciudadanos han sometido a constante escrutinio los costos y beneficios de las aspiraciones en el extranjero. En 1943, Walter Lippmann ofreció una formulación clásica del tema. "En las relaciones exteriores", escribió, "como en todas las demás, sólo se ha formado una política cuando los compromisos y el poder se han puesto en equilibrio. [...] la nación debe mantener sus objetivos y su poder en equilibrio, sus propósitos dentro de sus medios y sus medios iguales a sus propósitos".

Si bien Lippmann era consciente de los costos económicos del compromiso global, su interés básico era la "solvencia política" del manejo de las relaciones exteriores estadounidenses, no la suficiencia de sus recursos materiales. Lamentaba el partidismo divisorio que tan a menudo había impedido a la nación encontrar "una política exterior establecida y de aceptación general". Ese partidismo "es un peligro para la república", advertía. "Porque cuando un pueblo está dividido en la conducción de sus relaciones con el exterior, es incapaz de llegar a acuerdos sobre la determinación de su verdadero interés. Incapaz de prepararse adecuadamente para la guerra o para salvaguardar su paz con éxito... El espectáculo de esta gran nación que no sabe lo que quiere es tan humillante como peligroso." Las preocupaciones de Lippmann resultaron infundadas; frente a la Segunda Guerra Mundial y el despuntar de la Guerra Fría, el acérrimo partidismo del pasado cedió su lugar a un amplio consenso sobre política exterior que se prolongaría durante las siguientes cinco décadas.

Hoy, en cambio, la preocupación de Lippmann por la solvencia política es más pertinente que nunca. Luego de la desaparición de la Unión Soviética, la conmoción del 11-S y los fracasos de la guerra en Irak, los republicanos y los demócratas tienen menos puntos en común sobre los objetivos fundamentales del poderío estadounidense que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial. Se ha abierto una brecha crítica entre los compromisos globales del país y su apetito político por sostenerlos. Como quedó en claro con la colisión entre el presidente George W. Bush y el Congreso dominado por los demócratas sobre lo que hay que hacer en Irak, el consenso nacional bipartidista sobre política exterior se ha desmoronado. Si no se atiende, los fundamentos políticos del poder estadounidense continuarán desintegrándose y expondrán al país a los peligros de una política exterior errática e incoherente.

El candidato presidencial que entienda la urgencia y la gravedad de lograr un nuevo equilibrio entre los objetivos estadounidenses y sus medios políticos estará en condiciones de cosechar una doble recompensa. Es probable que él o ella atraigan fuerte apoyo popular; como en las elecciones intermedias de 2006, en la presidencial de 2008 la guerra en Irak y la conducción de la política exterior serán temas decisivos. Ese candidato o candidata, de obtener el triunfo, también incrementaría la seguridad estadounidense al forjar una nueva estrategia integral que sea políticamente sustentable, y de ese modo tranquilizar a una comunidad global que continúe mirando hacia Estados Unidos en busca de liderazgo.

Formular una estrategia políticamente solvente requerirá reducir los compromisos, al tenor de recursos cada vez menores. Al mismo tiempo será necesario estabilizar la política exterior promoviendo el apoyo público para una nueva visión de las responsabilidades globales del país. La solvencia es el camino hacia la seguridad; es mucho mejor que Estados Unidos llegue a una estrategia integral más exigente, favorecida por el respaldo interno, que continuar yendo a la deriva hacia una polarización insuperable que sería tan peligrosa como humillante.

ENCONTRAR LA LÍNEA CONCILIATORIA

Para los estadounidenses que vivieron durante el consenso bipartidista de la era de la Guerra Fría, la actual pugna política sobre la política exterior parece ser una tremenda aberración. Sin duda, George Bush ha sido un presidente polarizador, no en poca medida por la polémica invasión de Irak y la complicada ocupación subsecuente. Pero, en realidad, la actual lucha partidista sobre política exterior es la norma histórica: la anomalía fue el bipartidismo de la Guerra Fría.

Poco después de la fundación de la república, se formaron partidos políticos para ayudar a superar los obstáculos que el federalismo, la separación de poderes y el regionalismo ponían en el camino de un gobierno eficaz. Con ellos llegó el partidismo. Durante las primeras décadas de la nación, la principal línea de competencia partidista se dio a lo largo de la división Norte-Sur, poniendo a los federalistas hamiltonianos del Noreste contra los republicanos jeffersonianos del Sur. Los dos partidos discrepaban en asuntos de estrategia integral -- en lo específico si Estados Unidos debía inclinarse hacia Gran Bretaña o hacia Francia -- , así como de política económica.

A los federalistas les preocupaba que la nueva república pudiera fracasar si entraba en conflicto con los británicos; por tanto, favorecían un acercamiento hacia Gran Bretaña en vez de extender la alianza con Francia que se fraguó durante la Guerra de Independencia. En asuntos económicos, defendían los intereses de los ambiciosos empresarios del Norte, que pugnaban por instaurar aranceles para proteger las incipientes industrias de la región. Los republicanos, en cambio, se inclinaban hacia Francia con la esperanza de contrarrestar el poderío británico apoyando a su principal rival europeo. Y como adalides de los intereses de los agricultores de la nación, los republicanos abogaban por el libre comercio y la expansión hacia el Oeste. A instancias de George Washington, los dos partidos encontraban puntos en común en la necesidad de evitar "alianzas complicadas", pero coincidían en muy pocas cosas más.




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