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La civilización americana
Charles Jones
De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2007

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Resumen: Una identidad americana, difusa por la efímera preponderancia de Estados Unidos, une las repúblicas del hemisferio occidental en el periodo moderno. Con variaciones en capacidad y circunstancia, ésta delinea sus conductas entre sí y con los demás estados. Una definición de civilización consecuente con este análisis no debe establecer la homogeneidad dentro de un territorio delimitado, sino reconocer un estilo distintivo de interacción y, sobre todo, una solución al reto de las diferencias culturales en un mismo territorio.

Charles A. Jones es profesor adjunto de Relaciones Internacionales en la University of Cambridge. Ha escrito estudios sobre las teorías internacionales de E.H. Carr y Kenneth Waltz, negocios británicos internacionales en el siglo XIX y relaciones Norte-Sur, y numerosos ensayos sobre historia argentina, religión y política y la ética de la guerra. Su último libro, American Civilization, del cual este ensayo es un resumen, saldrá en otoño de 2007 (School of Advanced Studies, University of London) y se distribuirá en el continente americano por el Brookings Institute. Su siguiente obra importante, War Within Reason, trata de la ética y la estética de la guerra.

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CIVILIZACIONES CONTRASTADAS

Poco después de la caída de la Unión Soviética, se hizo célebre el postulado de Samuel Huntington de que el choque de las ideologías que había caracterizado buena parte del siglo XX estaba en peligro de ser reemplazado por un choque de civilizaciones. En el frenesí que siguió, sólo tres de las siete civilizaciones candidatas de Huntington atrajeron la mayor atención. Éstas fueron el Islam, China y Occidente. El debate sobre América Latina como una civilización aparte no fue extenso y tendió a concentrarse en la posición de México como, en palabras de Huntington, una "nación desgarrada". Se decía que los mexicanos no podían determinar si pertenecían a Occidente o a América Latina, en forma semejante a como, al parecer, los turcos estaban suspendidos incómodamente entre Occidente y el Islam.

Una década después parecía que México no había logrado enfrentar el desafío. Por tal razón, la emigración desde México, y a través de él, hacia Estados Unidos planteaba entonces un reto grave e inédito para la identidad nacional estadounidense. El propio Estados Unidos parecía desgarrado, y Huntington aconsejó al otrora líder de Occidente contemplar su propia casa y poner resistencia a las formas liberales cosmopolitas y neoconservadoras de compromiso activo con el mundo en general.

Huntington colocó las fronteras entre civilizaciones en el lugar equivocado. Lo que es peor, tergiversó lo que es una civilización y, en consecuencia, qué representan las fronteras de las civilizaciones. Hay dos razones por las cuales lo hizo. La primera fue la incapacidad de extender, en su análisis de la territorialidad, el constructivismo social, escrupuloso si bien un tanto inflexible, con el cual había delineado la progresiva integración de valores esenciales en las instituciones estadounidenses. La segunda fue que se basó demasiado y sin sentido crítico en interpretaciones históricas que hacían agua. Después hablaremos más de esto.

El argumento presentado aquí es que no existe una civilización occidental individual o que, si la hay, existe una línea de fractura que separa a Europa Occidental del hemisferio occidental en todo tan real (o no) como la línea (trazada en gran parte por Huntington) que separa a Europa Occidental de la cristiandad ortodoxa y que se remonta hasta la división del Imperio Romano. Existe una civilización americana, sin duda, pero abarca a todo el hemisferio y se define brevemente como un proyecto distintivo de modernidad que consiste en el intento de crear repúblicas liberales en sociedades multirraciales.

Las capacidades con las que los diferentes estados americanos (y no me refiero a Colorado o Dakota del Sur) se han acercado a esta tarea y el éxito del que han gozado, por supuesto, han variado muchísimo. Está claro que Estados Unidos de América, según casi todos los criterios, ha sido de los más exitosos. Pero lo que unifica a una civilización no son sus logros, como se señala con los índices de desarrollo o de democracia, y aún menos por algún conjunto arbitrario de variables relacionadas con la urbanización, por decir, o con la productividad, que con demasiada facilidad agrupa a países con historias y valores radicalmente diferentes. El pegamento cultural de las civilizaciones no es un producto o un logro, sino el proyecto compartido y la gama típica de caminos por los cuales se intenta su realización.

La sustantiva división cultural entre América y Europa Occidental no ha pasado inadvertida. Con mucha frecuencia, sin embargo, se ha trazado un contraste entre Estados Unidos y Europa señalando diferencias que, si se miran con más cuidado, pueden ser consideradas como algo que divide a Europa del continente americano como un todo. La religiosidad, según varios criterios, es mayor en Estados Unidos que en Europa Occidental. Pero los mismos criterios indican que los niveles de religiosidad en América Latina son muy similares a los de Estados Unidos. Las tasas de homicidios en las principales ciudades son un segundo fenómeno que se ha esgrimido para diferenciar a Estados Unidos de Europa. Pero Caracas, Rio de Janeiro y Bogotá pueden sostenerse contra cualquier cifra que al respecto Estados Unidos pueda ofrecer. Las tasas de encarcelamiento y la composición étnica de los presos también apuntan a un factor de comparación en la mayor parte del hemisferio, dada la sobrerrepresentación de poblaciones afroamericanas e indígenas (que no siempre son minorías). Sólo ahora los Estados de Europa Occidental empiezan a experimentar los niveles de diversidad étnica que ya caracterizaban a los Estados americanos incluso antes de las masivas inmigraciones europeas del siglo XIX. Los Estados de América surgieron de sociedades con diversidad étnica; los de Europa Occidental, mucho menos.

Tales variables, podría objetarse, no son menos arbitrarias que las empleadas para conceptualizar a Occidente. No es así; son sintomáticas del camino característico americano a través de la modernidad.

TRES CONCEPCIONES DE LA MODERNIDAD

Solía pensarse que la modernidad era un proceso de difusión tecnológica que partía de un núcleo noratlántico vanguardista. La historiografía reciente ha puesto en entredicho este modelo al reconocer que hay múltiples modernidades, que surgieron independientemente en Asia y en Europa e interactuaron de formas complejas mediante sistemas comerciales y financieros cada vez más integrados, en especial durante la primera globalización de las postrimerías del siglo XIX. Sin embargo, conviene recordar que el alba de la modernidad no siempre se fechó en los finales del siglo XVIII, ya que esto tiene implicaciones específicas para el significado histórico de América.




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