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México en América Latina. El difícil juego del equilibrista Guadalupe González González De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2007 Resumen: A pesar de su capacidad de proyección y liderazgo regional, México ha sido una potencia media ambivalente y errática en América Latina. Históricamente, no ha tenido una política latinoamericana consistente, integral y de largo plazo, y ha oscilado entre la indiferencia relativa o el franco abandono y una fuerte actividad diplomática concentrada en pocos países y en temas específicos. Guadalupe González González es secretaria de la Junta Directiva del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi) y profesora-investigadora de la División de Estudios Internacionales del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).
LA VOCACIÓN LATINOAMERICANA DE MÉXICO: ¿MITO O REALIDAD? A pesar de su capacidad de proyección y liderazgo regional, México, a diferencia de Brasil, ha sido en América Latina una potencia media ambivalente y errática. Históricamente, no ha mantenido una política latinoamericana consistente, integral y de largo plazo, y ha oscilado entre largos periodos de indiferencia relativa o franco abandono y ciclos de fuerte actividad diplomática centrada en escasos países y en temas específicos. Aun en estas ocasiones han sido políticas de carácter defensivo o reactivo más que estrategias proactivas orientadas hacia la proyección de poder regional o a la exportación del "modelo mexicano" de desarrollo político, económico y cultural. Desde México, a América Latina se le ha percibido como punto de equilibrio frente a la relación con Estados Unidos o como fuente de inseguridad, y no como zona de influencia o plataforma para anclar su inserción internacional y su crecimiento económico. En general, la presencia de México en la región se ha sustentado en la acción diplomática y el diálogo político sin un despliegue significativo de instrumentos económicos (comercio, inversión, petróleo) o de carácter militar y estratégico. Por último, la política exterior hacia América Latina ha estado siempre triangulada por los vínculos de ambos actores con Estados Unidos. La posición geopolítica dual de México como el sur de América del Norte y el norte de América Latina le ha significado en todo momento dificultades para ubicarse en el marco del juego latinoamericano y para integrar una visión de conjunto de los dos vértices del triángulo. En el panorama actual de un espacio latinoamericano cada vez más fragmentado y de falta de acuerdos hemisféricos, las dificultades que enfrenta para definir con claridad un papel activo en la región son mucho mayores que en cualquier otro momento posterior a la Guerra Fría. Frente a las nuevas circunstancias, México se encuentra en un estado de confusión estratégica que amplía la percepción de distanciamiento con respecto a América Latina que se generó en los años noventa, cuando el país optó por la integración económica con el norte a partir de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Desde entonces, y a pesar de su consolidación como primera o segunda economía del continente y como primer exportador de América Latina, México no ha logrado articular una estrategia integral y coherente de inserción dual, anclada en el acercamiento y el acomodo con Estados Unidos y capaz de sustituir al modelo diplomático anterior del nacionalismo defensivo, contrapeso diseñado por los gobiernos posrevolucionarios desde los años veinte. Este modelo entró en crisis en los noventa a consecuencia de la interrelación de dos factores: primero, la asociación económica formal con Estados Unidos y, segundo, la transición política interna desde un régimen autoritario de partido hegemónico hacia un régimen pluripartidista con competencia electoral y alternancia en el poder. La situación actual de confusión e indefinición estratégica de México no sólo ha generado dificultades diplomáticas con algunos países latinoamericanos con los que tradicionalmente existía una relación especial (Cuba, Venezuela, Chile), sino que, además, se ha convertido en un factor de incertidumbre que obstaculiza la concertación de políticas en el ámbito regional. A pesar de todo, América Latina ha sido una obsesión recurrente y una constante en el imaginario discursivo de la diplomacia y la identidad nacional mexicanas. Si Estados Unidos ha sido el factótum y el centro de gravedad de la política exterior de México, América Latina bien podría caracterizarse como su centro simbólico, en el que las aspiraciones mexicanas de independencia, diversificación y prestigio internacional han encontrado su espacio natural de proyección. México nació como Estado independiente con un proyecto político explícito de potencia regional en América Latina frente a los otros dos polos de poder emergentes a principios del siglo XIX: Estados Unidos y la Gran Colombia. El sueño imperial de Iturbide no duró más de tres años y se derrumbó con la separación de América Central, la situación de inestabilidad y guerra civil, la pérdida de territorio a manos de Estados Unidos y las recurrentes intervenciones extranjeras. Después siguieron varias décadas de abandono, indiferencia y falta de presencia mexicana en América Latina. Con el arribo de la estabilidad política y el progreso económico del porfiriato a finales del siglo XIX, México tampoco articuló una política hacia la región y miró principalmente hacia Europa para contrarrestar y equilibrar la relación con Estados Unidos y así financiar su amplio proyecto de despegue económico y modernización. La Revolución Mexicana marcó un hito y, por primera vez, América Latina adquirió un lugar central en la política exterior mexicana. En un intento de neutralizar los esfuerzos estadounidenses de contener y revertir las reformas nacionalistas económicas, sociales y políticas en su vecino inmediato, en los años veinte y treinta México inició un ciclo de acercamiento y activismo diplomático en América Latina encaminado a despertar lazos de solidaridad y apoyo al proyecto de la Revolución Mexicana. A partir de ese momento, América Latina se convirtió, en el imaginario político mexicano, en el espacio natural de proyección del nacionalismo revolucionario. Fue la época de oro de la diplomacia cultural de México en la región. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la normalización de relaciones con Estados Unidos, la institucionalización de la Revolución Mexicana y el nuevo proyecto de modernización económica, el activismo latinoamericano del país perdió su principal razón de ser y, a partir de los años cuarenta, México se replegó. No fue sino hasta los setenta y ochenta cuando México recobró el interés por América Latina y buscó ejercer cierto liderazgo sobre la base de su poder petrolero. En los años ochenta, la crisis de la deuda obligó a México a redefinir su estrategia económica y a establecer límites claros a la diplomacia de potencia regional, así como a la posibilidad de seguir avanzando en la construcción de una presencia política y económica más permanente en América Latina. ¿Qué factores explican el comportamiento inconsistente de México en América Latina? ¿Por qué no ha consolidado una posición de liderazgo en la región? ¿Cómo explicar la brecha entre el peso simbólico y real de América Latina en su política exterior? En los años sesenta el historiador Daniel Cosío Villegas planteaba ya una posible explicación de este fenómeno al señalar en forma rotunda que en América Latina los intereses de México son sobre todo sentimentales, o cuando más de prestigio, es decir, lo que menos cuenta en la Realpolitik internacional. En su opinión, la importancia de América Latina para México es meramente simbólica ante la falta de intereses materiales o estratégicos en la región, por lo que el comportamiento mexicano en América Latina puede explicarse con base en factores ideológicos y de identidad nacional y cultura política más que a partir de los datos duros de la estructura del poder internacional y los requerimientos del desarrollo económico. Las relaciones de México con América Latina son un caso de estudio clave para explorar el comportamiento de las llamadas potencias medias o poderes regionales. El análisis de la forma en la que México ha buscado resolver los dilemas que le acarrea su doble posición geopolítica como vecino inmediato de Estados Unidos y país con alto potencial de proyección y liderazgo regional arroja luz sobre el peso del poder y la geografía vis-à-vis la importancia de factores internos de carácter político, institucional y cultural. México ha ensayado distintas estrategias encaminadas a sacar ventaja de su posición internacional, y la mayoría de ellas ha tenido como escenario principal a América Latina. Las situaciones que con mayor agudeza pusieron a prueba los márgenes de acción e independencia relativa frente a Estados Unidos tuvieron lugar precisamente en el ámbito regional: el golpe de Estado contra el gobierno de Arbenz en Guatemala (1954); el triunfo de la Revolución Cubana y la ruptura de los países del hemisferio con el régimen comunista de Fidel Castro (1959-1962); la invasión estadounidense a República Dominicana (1965); el golpe militar contra el gobierno de Allende en Chile (1973); la revolución sandinista en Nicaragua (1979-1990); la guerra civil en El Salvador (1981-1992); la guerra de las Malvinas (1982); la intervención militar estadounidense en Granada (1983); la invasión de Panamá (1989), y la situación de crisis política, violencia endémica e intervención internacional en Haití (1991-2005), por mencionar las más importantes. Con respecto a la relación entre las políticas interna y exterior, la dimensión latinoamericana de la política exterior ha sido una constante histórica del discurso oficial de los distintos gobiernos mexicanos, sin importar su signo político y sesgo ideológico, incluso los de los recientes gobiernos panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón. Sin embargo, el discurso de la fuerte identidad y la vocación latinoamericanista de México contrasta con el alcance real de las acciones desplegadas en la región y de los recursos invertidos para impulsarlas. En términos generales, ha existido una importante brecha entre el discurso y la realidad en el ámbito de las relaciones con América Latina. A pesar de que México la ha visto como un área potencial para la diversificación de sus relaciones económicas y políticas con el exterior, en pocas ocasiones ha ejercido realmente en ella una política activa y consistente. Esta brecha no se ha documentado ni se ha explicado lo suficiente, por lo que es necesario revisar los argumentos que la vinculan a requerimientos de unidad, estabilidad y legitimidad política en el plano interno en contraste con quienes la explican con base en otro tipo de variables, como la asimetría de poder y la cercanía geográfica con Estados Unidos, la falta de convergencia política e ideológica con los gobiernos de la región o la reducida complementariedad económica entre los países de América Latina. Durante los cuarenta años de la Guerra Fría y, en particular, en los años setenta y ochenta prevaleció la imagen de que la política exterior de México tenía un fuerte sesgo latinoamericanista y antiestadounidense, y que el país contaba con una clara vocación de liderazgo regional, mientras que en la etapa posterior esta visión se sustituyó con otra de signo contrario que describe a México como un país alejado de América Latina, volcado hacia América del Norte, abiertamente proestadounidense y que ha perdido peso en la región. Al final, ni una ni otra reflejan con precisión la realidad: México ni estuvo tan cerca de América Latina durante los años sesenta, setenta y ochenta ni ha estado tan lejos de la región en los últimos tres lustros. Tampoco fue tan pasivo y reactivo en el ámbito multilateral regional durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta, ni tan activo y propositivo en las dos décadas posteriores.
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