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Lecciones chinas. Nixon, Mao y el curso de las relaciones entre Estados Unidos y China Warren I. Cohen De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2007 Nixon and Mao: The Week That Changed the World. Margaret MacMillan, Random House, 2006, 394 pp. US$27.95
Resumen: El cautivador relato histórico de Margaret MacMillan muestra cómo la visita de Nixon a Mao ayudó a poner fin a la Guerra Fría. Pero ninguno de estos gobernantes previó cuán rápido se alzaría China o cómo tal ascenso forzaría a hacer evolucionar las relaciones sino-estadounidenses. Warren I. Cohen es catedrático distinguido de Historia en la University of Maryland, Condado de Baltimore, investigador senior del Programa sobre Asia del Woodrow Wilson International Center for Scholars y autor of America's Response to China.
A mediados de la década de 1960, habiendo fracasado en su intento de ganar la presidencia o la gobernatura de California, Richard Nixon tuvo mucho tiempo para pensar sobre las relaciones internacionales, su principal interés de política. Como la mayoría de los especialistas en China, concluyó que Estados Unidos debería acabar con sus esfuerzos de aislar a China. Pocos analistas dudaban de la realidad de la división sino-soviética, y Nixon estaba entre quienes reconocían que abrir vínculos diplomáticos con Beijing podría fortalecer la postura estadounidense en la Guerra Fría. Si China ya no era una amenaza urgente que requiriera la contención, Estados Unidos sería capaz de reforzar las líneas contra la Unión Soviética y formar su poderío para una sola gran guerra. Entre tanto, Moscú tendría que preocuparse por China además de su frente occidental: según se ha documentado, los soviéticos tenían 500000 soldados estacionados en la frontera china. Cuando Nixon fue elegido presidente a finales de la década, el problema de política exterior más apremiante del momento era cómo salirse de Vietnam. Pero él y su asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, comprendieron que manejar las relaciones con la Unión Soviética y China tenía que ser su tarea principal. Quizás Moscú o Beijing, pensaban, podrían ayudar con Hanoi. Margaret MacMillan, autora del laureado París, 1919: seis meses que cambiaron el mundo, ha marcado el acercamiento sino-estadounidense de 1971-1972 como otro gran momento decisivo en la historia mundial. Su nuevo libro, Nixon and Mao: The Week That Changed the World, es una buena investigación y una historia popular sólida desde el punto de vista analítico. MacMillan puede no estar a la altura de James Mann o de la desaparecida Barbara Tuchman, pero tiene la capacidad de convertir complejos asuntos internacionales en narraciones cautivadoras. Lleva a sus lectores a través de las delicadas maniobras entre los dirigentes chinos y estadounidenses que finalmente condujeron a Kissinger, en misión secreta, a Beijing -- secreta en especial respecto del secretario de Estado William Rogers -- , y presenta un análisis reflexivo de los objetivos de ambos lados durante las negociaciones que siguieron. Las aperturas iniciales de Nixon a los dirigentes chinos obtuvieron una recepción favorable. La Gran Revolución Cultural Proletaria estaba desgastándose, y Mao Zedong y Zhou Enlai estaban intranquilos por lo que percibían como el ascenso de la amenaza soviética. La invitación que hicieron a sus homólogos de Washington indicaba que una misión de alto nivel a China sería bien acogida, siempre y cuando los estadounidenses entendieran que la resolución de las diferencias sobre Taiwán sería el precio del acercamiento. Habiendo leído las transcripciones de las conversaciones entre Kissinger y Zhou, el premier chino, MacMillan no toma en serio las memorias de Kissinger. Señala la discrepancia entre su pretensión de haber hablado poco sobre Taiwán y la centralidad verdadera del tema taiwanés en sus encuentros con Zhou. A Kissinger le era indiferente el destino del régimen del Kuomintang en la isla, y Nixon, que en el pasado había manifestado mucha simpatía hacia Chiang Kai-shek, se mostró dispuesto a sacrificar Taiwán para alcanzar sus propósitos en Beijing. Kissinger partió en su misión secreta en julio de 1971, y Nixon lo hizo después en una visita, que recibió mucha publicidad, en febrero de 1972. Al final de la visita de Nixon, un comunicado redactado con mucha cautela declaró que Estados Unidos "reconocía" que "todos" los chinos del continente y de Taiwán estaban de acuerdo en que había una sola China y que Taiwán era parte de ella. Por supuesto, como de inmediato apuntaron especialistas del Departamento de Estado, ello era un dislate: se pasaba por alto que muchos taiwaneses querían ser independientes. Pero a Kissinger y Nixon poco les importó detenerse en tales pequeñeces, aun cuando Kissinger hizo un superficial e infructuoso esfuerzo por retirar la palabra "todos". Sólo el temor de que los defensores de Taiwán desataran una tormenta política a su regreso los conminó a no abandonar abiertamente a Chiang. Los capítulos de MacMillan sobre las negociaciones entre Kissinger y Zhou y los encuentros entre Nixon y Mao son excelentes. Capta el servilismo de Kissinger en su determinación para ganarse la confianza de Zhou en 1971, el entusiasmo de los estadounidenses en Beijing y su temeroso respeto por el délfico y desvariado Mao. MacMillan hace un magnífico trabajo cuando trata de los aspectos de relaciones públicas del viaje de Nixon: el ansia del presidente de ser visto como un gran líder mundial y la manipulación que su equipo hizo de los medios de comunicación. ASUNTOS INTERNOS ¿La semana de Nixon en China "cambió el mundo"? La respuesta corta debe ser afirmativa. La alianza tácita que surgió entre China y Estados Unidos para la década siguiente dio nueva forma al equilibrio de poder en la Guerra Fría. Mitigó la enemistad que había mantenido separados a los dos países por más de tres décadas, alivió las preocupaciones estadounidenses acerca de la expansión comunista en Asia Oriental e hizo más tolerable la derrota estadounidense en Vietnam. Beijing y Washington compartieron información de inteligencia sobre la Unión Soviética e incrementaron las presiones sobre Moscú, cosa que a la larga llevó a la caída del imperio soviético. Pero entonces, un día, la Guerra Fría llegó a su término. Mijail Gorbachov reconoció que la Unión Soviética, con su deplorable economía, no podía sostener la competencia con Estados Unidos, y en 1989 el Muro de Berlín fue derribado y los satélites europeos alcanzaron su libertad con un mínimo derramamiento de sangre, con la excepción de Rumania. (Esta serie de acontecimientos que verdaderamente transformaron el mundo bien valdría la pena que MacMillan la relatara en su próximo libro.) Por desgracia, cuando los chinos, conducidos por estudiantes e intelectuales del Partido Comunista, exigieron que acabara el régimen arbitrario en su país, fueron aplastados brutalmente por su propio gobierno en la Plaza de Tiananmen y otras partes. El cambio pacífico no llegó a China; el contraste con los sucesos en Europa en ese momento sirvieron para destacar la determinación del Partido Comunista Chino a sostener un poder sin restricciones a cualquier costo. La masacre de la Plaza de Tiananmen de junio de 1989 de repente puso en cuestión la poco convincente amistad entre China y Estados Unidos. Hubo tensiones en la relación desde finales de la década de 1970, cuando el Congreso, rebelándose contra la decisión de Jimmy Carter de extender el reconocimiento de Beijing como el gobierno de China, comprometió a Washington a conceder a Taiwán más privilegios de Estado soberano y a proporcionarle armas. La preferencia abiertamente expresada de Ronald Reagan por el régimen de Taiwán irritó igualmente a los chinos. Estas ofensas no causaron la ruptura entre Beijing y Washington, pero Deng Xiaoping se deslindó de Estados Unidos y ordenó campañas -- contra la "liberalización burguesa" y la "contaminación espiritual" -- encaminadas a disminuir la influencia estadounidense en China. Como expone MacMillan, Nixon y Kissinger habían sido indiferentes a los asuntos internos de China. De manera similar, el presidente George H. W. Bush sostuvo que la relación estratégica entre China y Estados Unidos era demasiado importante como para ponerla en riesgo por las transgresiones internas de Beijing. Él y su equipo de política exterior, considerándose "realistas" a la manera de Nixon y Kissinger, hicieron todo lo que pudieron para minimizar la acción del Congreso contra China y asegurar que Deng continuara colaborando con ellos. Pero era inevitable que los estadounidenses desconfiaran de un régimen que maltrataba tanto a su propio pueblo. Después del alborozo de ver la democracia en China, muchos estaban horrorizados por las escenas televisadas de la represión en Tiananmen. Hubo un clamor contra los "carniceros de Beijing" y se exigieron sanciones contra China. UN MUNDO NUEVO El final de la Guerra Fría, combinado con la ira por Tiananmen, inevitablemente condujo a que muchos analistas occidentales cuestionaran la importancia de mantener relaciones amistosas con China. Las exigencias de la Guerra Fría pueden haber requerido que Estados Unidos se aliara con numerosos regímenes despreciables, pero seguramente, argüían, ello no era necesario para la única superpotencia que quedaba en el mundo. China ya no era imprescindible: Estados Unidos estaba seguro sin ella, y había llegado el momento, dijeron, de que Washington defendiera los valores estadounidenses, exigiera el respeto de los derechos humanos en China y en el resto del mundo. En 1992, el candidato presidencial Clinton condenó la condescendencia de Bush hacia Beijing. En campaña con él estaba Winston Lord -- un acólito de Kissinger y el primer embajador de Bush en China -- , quien, al contrario de las enseñanzas del maestro, pidió el castigo de China por los sucesos de Tiananmen y la subsecuente intransigencia de Deng. La designación de Lord como subsecretario de Estado para Asuntos de Asia Oriental y el Pacífico en 1993 alentó a los activistas de los derechos humanos y a los visionarios que aún esperaban una democracia al estilo estadounidense en China. Pero la amenaza de los demócratas de negar a China el tratamiento de nación más favorecida por sus exportaciones resultó vana. La preocupación primordial de Clinton por revitalizar la economía estadounidense lo obligó a rendirse a las presiones de la clase empresarial menos interesada en los derechos humanos en China que en importar los baratos productos del trabajo chino de bajo costo o en exportar sus mercancías a los mil millones de clientes chinos potenciales. Deng estuvo en lo correcto al desenmascarar la baladronada de Washington. Antes de finales de la década de 1990, las reformas de Deng orientadas al mercado habían sido exitosas, y China inició un periodo de extraordinario crecimiento económico. Los dirigentes chinos no percibieron ninguna necesidad de reformas políticas y con orgullo proclamaron su éxito al retener el poder para el Partido Comunista y elevar los niveles de vida, en marcado contraste con el ejemplo negativo de la caída de la Unión Soviética. Al mismo tiempo, los cambios radicales en Taiwán generaron nuevas tensiones en el Estrecho de Formosa y, a la larga, también entre Beijing y Washington. El Kuomintang, para la sorpresa de la mayoría de los analistas, abrió las puertas a la democracia, ganando así el apoyo en todo el espectro político en Estados Unidos. El presidente Lee Teng-hui, un taiwanés nativo del que se sospechaba que favorecía la independencia, fue puesto en el poder por el hijo de Chiang Kai-shek, cosa que hizo sonar las alarmas en Beijing. A Lee se le otorgó una visa estadounidense, a pesar de las reservas iniciales de la administración Clinton. Fue esta violación al entendimiento existente con Beijing -- por el cual los dirigentes de Taiwán no tendrían el permiso de visitar Estados Unidos -- lo que provocó que fuera más importante el riesgo de un conflicto militar entre Estados Unidos y China en medio de una serie de incidentes en el Estrecho de Formosa. En julio de 1995 y de nuevo en marzo de 1996, el ejército chino lanzó misiles en los alrededores de Taiwán, con lo que cercaba a la isla en el segundo intento. Clinton recordó a Beijing la insistencia de Washington sobre una resolución pacífica de las diferencias de Beijing con Taipei, pero también respondió al primer episodio enviando al presidente chino su garantía personal de que Estados Unidos no respaldaría la independencia de Taiwán o su admisión a las Naciones Unidas. Sin embargo, los chinos tomaron en poco sus seguridades, recordaron a Estados Unidos que ya contaban con la capacidad de alcanzar ciudades estadounidenses con misiles nucleares y advirtieron que la intervención de Estados Unidos para defender a Taiwán podría ser muy costosa. Ajustarse a la posición de Washington no era una de las prioridades de China. En febrero de 1996, antes del segundo episodio, China inició la concentración de tropas en su lado del Estrecho de Formosa. Las advertencias de la administración Clinton de que un ataque a Taiwán tendría "graves consecuencias" fueron apoyadas con el envío de dos grupos de batalla dirigidos por portaviones a la región. El ejército chino dio marcha atrás y los navíos estadounidenses se retiraron. No hubo ningún disparo. En Beijing, la lección era clara: China tenía que desarrollar la capacidad de destruir cualquier fuerza naval que Estados Unidos enviara para defender a Taiwán. En 2000, cuando el pueblo taiwanés eligió a Chen Shui-bian, candidato del Partido Progresista Democrático proindependentista, como su nuevo presidente, Beijing ladró pero no mordió. Clinton advirtió a Chen que no emprendiera acciones provocativas. Ni los estadounidenses ni los chinos estaban dispuestos a otra confrontación por Taiwán. Hubo, sin embargo, otras fuentes de tensión. En mayo de 1999, una aeronave estadounidense que realizaba operaciones de la OTAN contra Serbia bombardeó por accidente la embajada china en Belgrado. El público chino estaba enfurecido, y el gobierno permitió una serie de manifestaciones antiestadounidenses de gran escala. Pero tras un importante debate interno en 1999, el presidente Jiang Zemin y sus colegas de la dirigencia china tomaron una calculada decisión para evitar la confrontación con Estados Unidos. Consideraron que una buena colaboración en la relación con Washington era esencial para el desarrollo económico de China y el avance de su poder. De manera similar, la administración Clinton, a pesar de los traspiés como el mal manejo del acceso de China a la Organización Mundial del Comercio, había concluido que Estados Unidos nada tenía que ganar al alentar las sospechas chinas sobre las intenciones estadounidenses. China era un "socio estratégico". George W. Bush, en forma muy parecida a lo hecho por Clinton, proclamó una línea más dura contra Beijing en su campaña presidencial. Entró a la Casa Blanca sosteniendo que China era un "competidor estratégico" e insinuando que Clinton había sobreestimado la disposición de Beijing a cooperar con Washington. En 2001, cuando un avión estadounidense que hacía revisiones ante las costas de China se enfrentó con un interceptor chino y se vio obligado a aterrizar en la isla Hainan de China, Bush exigió la entrega de la aeronave y de su tripulación. Pero su intento de amedrentar a los chinos fue infructuoso y pronto adoptó un tratamiento más conciliador -- y más exitoso -- para lidiar con Beijing. Por su parte, los dirigentes chinos resistieron la ira popular y aceptaron las "excusas" del presidente más que las disculpas que habían exigido en un principio. La crisis pasó y ambos países estaban listos para un nuevo grado de cooperación luego de los ataques del 11-S. Cuando la administración Bush concentró su atención en el terrorismo, los chinos se mostraron más dispuestos a ayudar, en especial luego de que el gobierno estadounidense tachó a la resistencia uigur en el extremo occidental de China como un "movimiento terrorista". La gran estrategia de China la condujo a ponerla como una potencia responsable en la comunidad internacional, a fin de minimizar la ansiedad en Washington y otras partes acerca de su creciente poder económico y militar. Los chinos también optaron por desempeñar un importante papel en los esfuerzos por reducir la crisis sobre las armas nucleares de Corea del Norte. Ahora, con Estados Unidos empantanado en Irak, la influencia de China en Asia Oriental ha crecido a expensas de Estados Unidos. Con razón, Corea del Sur se ha pasado a la órbita de China. La influencia de China ha crecido enormemente en Medio Oriente, al contribuir con Rusia en contrarrestar los esfuerzos estadounidenses para obligar a Irán a ceder en sus ambiciones nucleares, y en buena parte de África, donde su ambición por los recursos naturales del continente la han llevado a proteger a algunos de los regímenes más denostables del mundo, como los de Sudán y Zimbabwe. No puede ponerse en duda que China ha desempeñado, y seguirá desempañando, un activo papel también en las Naciones Unidas. ENTENDIMIENTOS MUTUOS Como pone en evidencia MacMillan, una de las suposiciones básicas de Nixon cuando visitó China era que Taiwán se rendiría ante el continente poco después de que se normalizaran las relaciones con China. Tal suposición, desde luego, resultó falaz. Si bien el Estrecho de Formosa había estado relativamente tranquilo a últimas fechas, antes del 11-S se consideraba como el sitio más probable para una confrontación entre grandes potencias. La relación entre China y Taiwán sigue siendo demasiado volátil para contar con la tranquilidad, aun cuando la mayoría de los dirigentes políticos estadounidenses encuentra incomprensible la idea de que Estados Unidos se lance al rescate si Taiwán es atacado. Mientras se mantenga la independencia de facto de Taiwán, ello seguirá siendo una amenaza a los frágiles lazos entre Estados Unidos y China. La apertura de Nixon a China fue con seguridad el movimiento correcto en ese tiempo, a pesar de la deplorable naturaleza del gobierno de Mao. Muy probablemente pudo darse sin la despiadada traición de Taiwán o los esfuerzos de Nixon o Kissinger para engañar al pueblo estadounidense en cuanto a la naturaleza del trato que habían planteado. Pero Taiwán ha sobrevivido y prosperado. Si ha de caer en el futuro próximo, será el resultado de la ineptitud de su élite política más que de los fracasos de Nixon y de Kissinger. En cualquier caso, nunca podría esperarse un arreglo negociado en medio de la Guerra Fría, en una época en que el poder soviético parecía crecer y Estados Unidos se empantanaba en Vietnam. No hay soluciones permanentes a los problemas de las relaciones internacionales. Nixon y Kissinger no pudieron prever la rapidez del ascenso de China al nivel de las mayores potencias mundiales. Ni tampoco Mao o Zhou. Las relaciones sino-estadounidenses exigen ajustes a la nueva situación de China. Por el momento, parece que Washington está más preparado para ello que Beijing. Los dirigentes estadounidenses comprenden que China se ha convertido en una gran potencia con intereses mundiales y, pese a todos los pesares, se están adaptando a esa realidad. La dirigencia china pasa menos tiempo estos días colocándose como víctimas históricas, pero siguen mostrándose reacias a aceptar las obligaciones que acompañan a una gran potencia. El mundo todavía quiere y probablemente esperará por algún tiempo que China se comporte, siguiendo las palabras del subsecretario de Estado Robert Zoellick, como un "apostador responsable".
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