Foreign Affairs in Spanish Foreign Affairs in Japanese
Foreign Affairs en Español
Publicado por el ITAM
Busqueda Busqueda Avanzada

Inicio

El Último Número

Revisar Por Tema

Reseñas

Números Anteriores

Para Suscribirse

Búsqueda


Quiénes Somos
Permisos
Información Publicitaria
Ediciones Internacionales
Mapa Del Sito
Contáctenos



Japón está de regreso. Por qué el nuevo dinamismo de Tokio es bueno para Washington
Michael J. Green
De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2007

Japan Rising: The Resurgence of Japanese Power and Purpose. Kenneth B. Pyle, Public Affairs, 2007, 448 pp. US$29.95

Purchase Book from Amazon.com Imprimir este articulo Envíe este artículo a un amigo

Resumen: El nuevo libro de Kenneth Pyle sostiene que el resurgimiento del poder y la determinación de Japón ha llevado a Tokio a desempeñar un mayor papel en la escena internacional. Pyle está en lo correcto, y ello es algo bueno para Washington y para la seguridad de Asia.

Michael J. Green es profesor adjunto de Relaciones Internacionales en la Edmund A. Walsh School of Foreign Service en la Georgetown University y presidente y consejero senior en el departamento de Japón en el Center for Strategic and International Studies.

Of Related Interest

Temas:
Asia

La segunda revolución china
Eugenio Bregolat. Barcelona: Destino, 2007.

Un largo proceso
By John L. Thornton
Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2008

El ascenso de China y el futuro de Occidente
By G. John Ikenberry
Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2008

La nueva diplomacia de China hacia las dictaduras
By Stephanie Kleine-Ahlbrandt y Andrew Small
Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2008

Reconsiderar la revaluación
By David D. Hale y Lyric Hughes Hale
Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2008

En los días que corren, es probable que cualquier libro sobre Asia con las palabras "en ascenso" se refiera a China. Sin duda Kenneth Pyle tenía eso en mente cuando decidió el agudo título de Japan Rising [Japón en ascenso] para su nuevo tratado magistral sobre la cultura estratégica de Japón. En una época en que los secretarios de estado, los directores generales de grandes empresas y periodistas pasan a la carrera por Tokio en su camino a Beijing, Pyle nos recuerda que China no es el único actor que toma las decisiones estratégicas que darán forma al futuro de Asia. Como señala en su introducción, "Después de más de medio siglo de pacifismo nacional y aislacionismo, [Japón] se está preparando para convertirse en un actor protagónico en las luchas estratégicas del siglo XXI".

A menudo los observadores describen al Japón más dinámico del ex primer ministro Junichiro Koizumi y del actual primer ministro Shinzo Abe como "nacionalista" o incluso "en proceso de remilitarización". Pero más allá de señalar que los amarres del pacifismo y la pasividad japoneses parecen estar desgastándose, pocos autores han sido capaces de explicar cuál podría ser la base del actual pensamiento estratégico japonés. Pyle ayuda a llenar esa brecha al poner de relieve las persistentes cualidades de la cultura estratégica de Japón y al elucidar el duradero éxito de Tokio en ajustar sus instituciones internas y fuentes de poder relativo para sacar lo más posible del sistema internacional prevaleciente. Llevando al lector de la llegada de las naves negras del comodoro Matthew Perry a la Bahía Edo en 1853 a la Esfera de Prosperidad Común de la Gran Asia Oriental de las décadas de 1930 y 1940, y luego a la alianza de posguerra con Estados Unidos, Pyle expone cómo las élites japonesas se han concentrado en maximizar la autonomía, la posición y el honor de la nación. También muestra cómo han seguido atentos a la distribución del poder internacional y adoptado las prácticas más exitosas de las potencias hegemónicas. Al leer esta historia finamente presentada, uno llega a apreciar que Japón no está volviendo a sus raíces realistas; nunca las abandonó.

LOS MODOS TRADICIONALES

Uno de los elementos más llamativos del relato de Pyle es la forma en que Japón ha logrado consistentemente hacer más con menos. Pyle destaca que de 1860 a 1938, cuando Japón estaba empezando a afirmarse como contendiente por el predominio de la mitad del planeta, su participación del PIB global creció sólo de 2.6 a 3.8%. Bajo la bandera de "nación rica, ejército fuerte", la élite Miji adoptó las tecnologías e instituciones políticas occidentales que servían al propósito de una rápida modernización y a la meta de canalizar las tecnologías más avanzadas hacia el ejército y la armada imperiales. En 1860, la mayoría del personal militar japonés todavía portaba espadas, lanzas o alabardas; para diciembre de 1940, Japón estaba diseñando, construyendo y desplegando algunos de los navíos de guerra, así como aviones caza, más modernos del mundo.

Tras sufrir la catastrófica derrota de 1945, Japón se vio obligado a aceptar la ocupación estadounidense y un nuevo orden internacional dominado por Estados Unidos. Pyle explica cómo la élite conservadora operó para mantener los valores centrales de Japón a la vez que hacía los ajustes necesarios para maximizar la fuerza relativa del país. El arquitecto de esta estrategia de posguerra, el primer ministro Shigeru Yoshida, creía que la dirigencia de la preguerra no había prestado la suficiente atención a las relaciones internacionales de poder y había desaprovechado las fuentes de fuerza nacional de Japón. Yoshida alineó estrechamente a Tokio con Washington y logró que el Japón de la posguerra se concentrara en la reconstrucción económica, y no en la remilitarización, incluso después de que la administración Eisenhower empezara a lamentar la imposición del pacifista Artículo 9 de la constitución japonesa de 1947. Yoshida y la élite conservadora veían en el pacifismo un medio para maximizar la autonomía nacional de Japón hasta que el país se recuperara. Sus sucesores consiguieron que Japón institucionalizara el Artículo 9 en la legislación interna como una salida para las trampas a las que induce la estrategia de Guerra Fría de Estados Unidos. Yoshida estaba especialmente interesado en que Japón conservara una libertad relativa para buscar relaciones comerciales con China, y contaba con que a la larga ésta se sacudiría la influencia soviética. Más tarde en su vida, Yoshida expresó, lamentándolo, que el Artículo 9 se hubiera convertido en una excusa para la pasividad japonesa, en la que se implicaba la prohibición de realizar esfuerzos de defensa colectivos con Estados Unidos más allá del estrecho propósito de defender a Japón.

Con el final de la Guerra Fría, la élite de Japón se vio forzada otra vez a ajustarse a un nuevo orden internacional. Tras cinco décadas de fuerte crecimiento económico, la nación parecía poseer las herramientas necesarias para mejorar su propia posición y a la vez seguir alineada con la única superpotencia mundial. Buena parte de la élite de Japón suscribió la famosa declaración del ex viceministro de Economía Eisuke Sakakibara de que la economía japonesa había "superado el capitalismo" y que, en consecuencia, Tokio sería capaz de modelar su entorno estratégico desde una posición predominante en Asia sin tener que remilitarizarse. En cambio, en la década de 1990 Japón se vio paralizado por la inacción durante la Guerra del Golfo, privado de un modelo económico creíble después del colapso de la burbuja, incapaz de usar la interdependencia económica para ajustarse al alcance estratégico de rápida expansión de China, y amenazado por una Corea del Norte obstinada en desarrollar armas nucleares. Tan sólo después de una década a la deriva, Japón encuentra su rumbo con Koizumi y Abe, ambos vástagos de familias políticas que se oponían a Yoshida. Koizumi atacó la base de poder de la vieja guardia del gobernante Partido Democrático Liberal y fomentó la reestructuración necesaria para poner de nuevo en marcha la economía. También abrió nuevos derroteros al enviar a las Fuerzas de Defensa Nacional al Océano Índico e Irak como parte de una política de seguridad más sólida y de una asociación más cercana con Estados Unidos. Desde que llegó al cargo de primer ministro en septiembre de 2006, Abe elevó la Agencia de Defensa de Japón al nivel de ministerio y anunció su intención de revisar el Artículo 9. Ambos dirigentes habían gozado de amplio respaldo para esta nueva dirección entre la élite política, en la cual se encuentra el nieto de Yoshida, Taro Aso, quien ahora es el ministro de Asunto Exteriores de Abe.

Pyle concluye su historia con el pronóstico de que Japón seguirá recalibrando su poder nacional para adaptarse a un entorno internacional cambiante. Con razón, señala que Japón todavía no ha ajustado sus cuentas con el legado de la Segunda Guerra Mundial o decidido las duras opciones necesarias para sostener el crecimiento económico en el largo impulso (como remozar la política de inmigración y reformar el sector agrícola). Pero lo que queda al final está claro: Japón ha empezado a aprovechar nuevas fuentes de fuerza para seguir siendo un actor protagónico en Asia, como lo ha sido muchas veces antes.

HACIA UN EQUILIBRIO CON BEIJING

La espléndida historia de Pyle ofrece un importante correctivo a quienes creen que el futuro de la seguridad de Asia puede establecerse mediante un acuerdo de poderes bipolar entre Estados Unidos y China. Aunque cada vez más se alinea con Estados Unidos debido a su creciente incertidumbre acerca de su entorno externo, Japón es una variable independiente, y la élite japonesa llegará a sus propias conclusiones sobre cómo salvaguardar los intereses de Japón. Una relación positiva entre Estados Unidos y China favorece los intereses nacionales de Japón, pero un acomodo excesivo estadounidense con el poder chino a expensas de Japón hará que Tokio se encierre y surja un entorno de seguridad asiático menos previsible. Para dar a Japón la confianza para combinar sus ya estrechos lazos económicos con China con una relación estratégica similarmente estable, Washington deberá basar su compromiso con Beijing en una estrecha alianza con Tokio. Pyle sostiene este punto de un modo más moderado, al señalar que una "coordinación exitosa de políticas de compromiso con Japón requerirá gran sensibilidad a la dinámica de las relaciones sino-japonesas".

El análisis de Pyle también ofrece un contrapunto indirecto pero poderoso a la creencia de que el desarrollo de armas nucleares por parte de Japón es inevitable a la luz del ensayo nuclear de Corea del Norte el pasado octubre. Es cierto que algunos políticos japoneses de alto rango consideran abiertamente desarrollar armas nucleares, pero los mismos políticos y sus predecesores también en lo privado -- y en ocasiones no tan en privado -- pensaron en una disuasión nuclear durante la Guerra Fría. Los dirigentes de Japón están evaluando el ensayo nuclear de Corea del Norte en el contexto del poder nacional general japonés. Los activos de poder de Japón incluyen una fuerte alianza con Estados Unidos, la extendida disuasión nuclear estadounidense, la cohesión política interna y relaciones económicas regionales; todo lo cual se pondría en riesgo con un programa de armas nucleares unilateral. Los japoneses no se inclinan por el armamento nuclear... siempre y cuando Washington permanezca atento a la credibilidad de su propio abanico nuclear y a su compromiso estratégico con Tokio.

Si bien es sólido el argumento general de Pyle sobre los elementos de continuidad en la postura estratégica actual de Japón, omite algunos aspectos importantes del nuevo estilo japonés de política exterior. Tras décadas de buscar principalmente relaciones por razones comerciales, hoy Japón busca muchas de sus relaciones internacionales con el objetivo geoestratégico de alcanzar un equilibrio con la influencia de China. Abe ha abrazado el partido de una nueva asociación con India y debate activamente para fundar un tratado formal de seguridad con Australia. Pese a la famosa advertencia a Washington del estadista de Singapur, Lee Kuan Yew, de que animar a Japón a desempeñar un papel que diera mayor seguridad es como dar a un ex alcohólico un caramelo relleno de ron, Singapur está hoy al frente de los esfuerzos de ampliar el papel político y de seguridad de Japón en el sudeste asiático; Indonesia, Vietnam y Tailandia han seguido sus pasos. Ninguna de estas naciones -- entre ellas Japón -- está interesada en "contener" el ascenso de China, pero todas están comprometidas en una curiosa mezcla de equilibrar y apegarse al lado triunfante, y Tokio está empezando a sacar ventajas de ese juego.

El acercamiento de Japón al regionalismo también está experimentando importantes cambios que merecen atención. Cuando los dirigentes japoneses estaban tratando de proteger su estructura económica interna de la presión estadounidenses tenía sentido para Tokio buscar un orden regional basado en el excepcionalismo económico asiático. Tal postura funcionaba como una suerte de amortiguación contra los dictados del Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro estadounidense. Hoy, sin embargo, la falta de transparencia y el débil estado de derecho de China presentan una amenaza mucho mayor a la economía resurgente de Japón que el llamado consenso de Washington. Mientras los dirigentes asiáticos debaten sobre la formación de nuevas instituciones multilaterales como la Comunidad Asiática Oriental, Japón está comprometido en una intensa competencia con China para determinar en qué deben basarse las nuevas instituciones: en preservar el excepcionalismo asiático, como ahora propone Beijing, o en buscar un conjunto común de valores arraigados en la democracia y el estado de derecho, como lo hace Tokio. La defensa de la democracia y el estado de derecho como piedra angular de la política exterior de Japón parece ser inconsistente con el punto de Pyle, según el cual las élites japonesas siempre han eludido las normas occidentales trascendentes. Pero es por completo consistente con su argumento de que los dirigentes de Japón se inclinan por adoptar las herramientas que mejor les ayuden a incrementar su influencia y dar forma a su entorno de seguridad en cualquier momento dado.

EL ALIADO QUE RESURGE

El renacimiento del poder y la determinación japonesas no se define con un mero y simple nacionalismo, aun cuando el nacionalismo caracterice el humor público de Japón en estos días (a la manera que lo hacen los temperamentos públicos de Corea del Sur y China). Y tampoco el renacimiento de Japón es un mero asunto de remilitarización, dado que el gasto en defensa de Japón sigue estando por debajo de 1% del PIB, como lo ha estado durante décadas. El más reciente ascenso de Japón tiene que ver otra vez con lograr más con menos. Por fortuna para Estados Unidos, apoyar la alianza estadounidense-japonesa tendrá un puesto alto en las prioridades de Tokio. Y ello es bueno tanto para Estados Unidos como para el mundo. La cuestión es si Washington comprende esto a cabalidad.

El libro de Pyle está repleto de ejemplos de planificadores políticos estadounidenses que no han logrado comprender el pensamiento estratégico japonés. Los ex secretarios de Estado Cordell Hull y Henry Kissinger son especialmente señalados, y Pyle hace una crítica particularmente fuerte del informe bipartidista de octubre de 2000 sobre la estrategia de Japón, dirigido por Richard Armitage y Joseph Nye (a los que este reseñista ayudó a elaborar). El informe Armitage-Nye sirvió de anteproyecto para la política hacia Japón de la administración Bush y probablemente para una administración de Al Gore si los miembros demócratas del grupo hubieran entrado en funciones en 2001. Pyle descarta el informe como un intento condescendiente de imponer el modelo de alianza estadounidense-británico a un Japón poco dispuesto. De hecho, el tema central del informe Armitage-Nye era que la época de la gaiatsu (presión extranjera) sobre Japón ha terminado. Más que defender la imposición de estrategias y luego esperar que Japón pague las cuentas, el informe recomendaba al gobierno estadounidense que consultara con Tokio, reconociera cuáles eran los intereses estratégicos de Japón y dejara a Japón asumir un papel más activo en la resolución de los desafíos internacionales, a la manera en que lo hizo Washington con Londres. Su premisa era la misma que la de Pyle: es necesario que Estados Unidos se ajuste a un Japón que entra en una nueva era de renacimiento. Pero Pyle se olvida de este punto al pasar de una excelente crónica histórica del pensamiento estratégico japonés a una crítica más superficial del "unilateralismo" estadounidense en la administración Bush. Los hechos muestran que la estrategia de Armitage-Nye fue abrazada por Tokio y formó la base de la relación más sólida de la historia entre un presidente estadounidense y un primer ministro japonés.

A fin de cuentas, Japón no es tan impenetrable, y tampoco el manejo de las relaciones entre Estados Unidos y Japón tan complicado. La élite política de Japón siempre abrigará cierta ambivalencia sobre su condición de socio menor frente a Estados Unidos, pero la generación actual de dirigentes políticos quiere claramente que la alianza Estados Unidos-Japón funcione mejor para ambas naciones. Éstas ya no se oponen a hacer más, o a pedir más a cambio. Lo importante es que Washington continúe escuchando. Al público de Japón le inquietan mucho las armas nucleares de Corea del Norte, la creciente influencia de China en Asia y la preocupación de Estados Unidos por Medio Oriente. La alianza entre Washington y Tokio sigue siendo central para la política exterior y de seguridad de Japón, pero, como señala Pyle, Japón ya no está protegido del Sturm und Drang que se da en Asia ni es pasivo en cuanto a decidir su propio camino. En consecuencia, hay menor espacio para el error a la hora de tratar de mantener la credibilidad del compromiso estadounidense con ésta, la más exitosa de las alianzas.

Al arrojar luz sobre la fuerza histórica de Japón en la redefinición de su poder y determinación nacionales, Pyle ha ofrecido una sólida razón por la cual Tokio deberá continuar siendo un tema central para el pensamiento estratégico de Washington. Puede ser que el relato de cómo Japón ha llegado a este punto no contenga todas las respuestas sobre qué hay que esperar en el futuro, pero a la fecha es la mejor explicación de por qué vale la pena prestar atención a este asunto.





Purchase Book from Amazon.com


Email Updates
Sign Up for Free Bi-Weekly News Updates