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El reto de la salud global
Laurie Garrett
De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2007

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Resumen: Ahora, gracias al extraordinario incremento de las donaciones públicas y privadas se destinan más fondos que antes a los pobres y enfermos del mundo. Pero a menos que estos esfuerzos comiencen a abordar la salud pública en general, en vez de problemas de enfermedades específicas -- y a no ser que se detenga la fuga de cerebros del mundo en desarrollo--, los países pobres podrían verse en mayores problemas: una anécdota más de una bien intencionada intromisión extranjera que sale mal.

Laurie Garret es miembro senior del Programa de Salud Global del Council on Foreign Relations y autora de Betrayal of Trust: The Collapse of Global Public Health

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CUIDADO CON LO QUE SE DESEA

Hace menos de una década, la falta de recursos para combatir los múltiples flagelos que asolan a los pobres y enfermos del mundo parecía ser el mayor problema de salud global. Ahora, gracias al extraordinario incremento de las donaciones públicas y privadas, se destinan más fondos que antes a los apremiantes retos de salud. Sin embargo, los esfuerzos subvencionados con este dinero están mal coordinados y se aplican sobre todo a enfermedades específicas de alto perfil -- más que a la salud pública en general -- , por lo que está presente el grave riesgo de que la actual era de generosidad no sólo no logre sus expectativas, sino en realidad empeore las cosas.

Este peligro existe a pesar de que hoy, por primera vez en la historia, el mundo está preparado para invertir enormes recursos en la conquista de las enfermedades que atacan a los pobres. Por diversos motivos, enfrentar los padecimientos del mundo en desarrollo se convirtió en programa clave de la política exterior de muchas naciones durante los últimos cinco años. Unas consideran que detener la expansión del VIH, la tuberculosis (TB), la malaria, la gripe aviar y otros grandes asesinos es un deber moral. Otras ven en ello una forma de diplomacia pública. Y unas más lo perciben como una inversión en su propia protección, ya que los microbios no reconocen fronteras. Se ha unido a los gobiernos una larga lista de donantes privados, encabezados por Bill y Melinda Gates y Warren Buffett, cuyas contribuciones a la actual guerra contra la enfermedad son monumentales.

Gracias a sus esfuerzos, hay ahora miles de millones de dólares disponibles para gastos de salud, así como miles de organizaciones no gubernamentales (ONG) y grupos humanitarios que compiten para gastarlos. Pero se necesita mucho más que dinero. Se requieren condiciones, sistemas de asistencia médica e infraestructura local más o menos aceptable para mejorar la salud pública del mundo en desarrollo. Y debido a que décadas de negligencia han propiciado la existencia de hospitales, clínicas, laboratorios, facultades de medicina y talento médico peligrosamente deficientes, la mayor parte del efectivo que fluye se desperdicia sin resultado.

Además, en muchos casos la ayuda está vinculada a objetivos numéricos de corto plazo, como aumentar la cantidad de personas que reciben medicinas específicas, disminuir la cifra de mujeres embarazadas con VIH (el virus que causa sida), o incrementar la cantidad de mosquiteros de cama que se proporcionan a los niños para protegerlos de mosquitos transmisores de enfermedades. Pocos donantes parecen entender que para mejorar de manera sustancial la salud pública se necesitará al menos una generación (si no es que dos o tres) y que los esfuerzos se deben enfocar menos en enfermedades particulares que en amplias medidas orientadas al bienestar general de las poblaciones.

Más aún, con frecuencia se pasa por alto que actualmente en el mundo hacen falta más de cuatro millones de trabajadores de atención médica. A medida que las poblaciones de los países desarrollados envejecen y requieren más ayuda clínica, absorben el talento médico de países en vías de desarrollo. En la actualidad, uno de cada cinco médicos que ejercen en Estados Unidos recibió su preparación en el extranjero, y un estudio publicado hace poco en JAMA (The Journal of the American Medical Asociation) estimó que de continuar las tendencias actuales, en 2020 Estados Unidos podría afrontar una escasez de hasta 800000 enfermeros y 200000 médicos. A no ser que Estados Unidos y otras naciones ricas aumenten radicalmente sus salarios y programas de capacitación para médicos y enfermeros, es probable que dentro de 15 años la mayor parte del personal de sus hospitales provenga de países pobres o de medianos ingresos y haya cursado sus estudios en ellos. Conforme sus trabajadores emigran a Occidente, la situación del mundo en desarrollo se hará aún más apremiante. Por desgracia, hace falta un liderazgo visionario para enfrentar dichos problemas. Durante el año pasado hubo cambios en todos los puestos de mando importantes en el panorama de la salud global, lo cual creó un momento de incertidumbre estratégica sin precedentes. En mayo de 2006, la muerte prematura del doctor Lee Jong-wook, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), obligó a un nuevo proceso para elegir sucesor, y ello provocó que militantes de la salud de todo el mundo hicieran preguntas críticas mucho tiempo pasadas por alto, como: ¿Quién debe conducir la lucha contra la enfermedad? ¿Quién debe costearla? ¿Cuáles son las mejores estrategias y tácticas por adoptar?

Las respuestas no han sido fáciles. En noviembre, la doctora Margaret Chan, de China, fue elegida sucesora del doctor Lee. Como directora de salud de Hong-Kong, Chan había encabezado las respuestas de su territorio ante la gripe aviar y el SARS; más tarde tomó el timón de la división de enfermedades contagiosas de la OMS. Sin embargo, en declaraciones posteriores a su elección, Chan reconoció que su organización afronta ahora intensa competencia y nuevos desafíos. Y a la fecha de este escrito, el Fondo Global contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria continuaba sin nuevo director después de un proceso de selección de varios meses, durante el cual compitieron más de 300 candidatos, y el consejo de la organización se enredó en disputas sobre la misión del fondo y su futura dirección.

Entre tanto, muchos proyectos globales de salud recién financiados han adoptado métodos para evaluar su eficacia o sustentabilidad. Pocos aún han ido más allá de las primeras etapas experimentales. Y casi todos han sido diseñados, administrados y ejecutados por residentes del mundo próspero (aunque en cooperación con personal y agencias locales). Muchos de los programas más exitosos son ejecutados por ONG extranjeras y grupos académicos que funcionan casi sin interferencia gubernamental dentro de estados débiles o arruinados. Casi no existen condiciones para que los pobres del mundo expresen lo que desean, decidan cuáles proyectos se adecuan a sus necesidades o adopten innovaciones locales. Y casi todos los programas carecen de estrategias de salida o salvaguardas contra la dependencia de gobiernos locales.

En consecuencia, el mundo de la salud se acerca de prisa a una encrucijada. Los años venideros podrían atestiguar mejoras espectaculares en la salud de miles de millones de personas, producto de un grandioso esfuerzo público y privado comparable con el Plan Marshall, o sociedades pobres que se precipitan en problemas aún más profundos, una historia más de una bien intencionada pero fallida intromisión extranjera . El resultado depende de si es posible ampliar la reserva de talento local de los trabajadores de la salud del mundo en desarrollo, restaurar y mejorar las deterioradas infraestructuras de salud nacionales y globales, y concebir sistemas locales e internacionales para la prevención de enfermedades y su tratamiento.

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