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Energías renovables. Un reto y una oportunidad para América Central
René Castro S. y Leo Guevara
De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2007

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Resumen: Este trabajo analiza los países centroamericanos y sus relaciones con las potencias energéticas regionales como México y Venezuela, y como éstas impactan el suministro de energía en la región. También se exploran mecanismos como el Pacto de San José, ligado al suministro de combustibles fósiles y las oportunidades emergentes impulsadas por Brasil y Colombia con combustibles alternativos.

René Castro es ingeniero civil por la Universidad de Costa Rica; dedicado al diseño y la economía ambiental, obtuvo su maestría y doctorado por la Harvard University. Ha sido ministro de Ambiente y Energía y viceministro de Gobernación en Costa Rica; consultor en más de 60 países para el PNUD, BM, BID y agencias de desarrollo de Canadá, Estados Unidos y Europa; profesor del INCAE y conferencista en Harvard, Yale, Columbia y otras universidades. Leo Guevara es ingeniero civil por la Universidad Metropolitana de Venezuela; enfocado en el desarrollo sostenible, obtuvo la maestría en administración de empresas por el INCAE. Ha trabajado principalmente en la industria energética privada en Venezuela, en control de gestión de consultoras y proyectos de construcción en petróleo e hidroeléctricas. Es investigador del INCAE, donde dirige proyectos de consultoría sobre Energía Renovable y mercado de CO2, e investiga y publica documentos y estudios de caso sobre Desarrollo Sostenible.

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Temas:
Energía y Recursos Naturales
América Central
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La energía no renovable proviene principalmente de combustibles fósiles (no puede sustituirse porque no existe ningún sistema viable de producción o extracción, o su producción desde otras fuentes es tan pequeña que no resulta útil en el corto plazo, al menos durante el ciclo de vida del ser humano). Esta energía es producida por la quema de combustibles fósiles -- gas natural, carbón, petróleo -- ; el calor liberado por la combustión se puede usar para producir vapor, que mueve turbinas y alternadores para obtener electricidad; también es posible aprovecharla al conectar directamente un generador a un motor a combustión interna o al utilizar derivados del petróleo para los varios modos del transporte.

Según nuestro criterio, las limitaciones en la disponibilidad confiable de la energía son barreras para el desarrollo socioeconómico de regiones y naciones; por lo tanto, es necesario buscar formas que brinden mayor acceso a la población de fuentes modernas de energía. Muchos agregarían hoy al suministro confiable, el disponer de precios predecibles. Por lo general se acepta que el uso de la energía es de tanta importancia para las economías nacionales que la cantidad consumida per cápita se ha convertido en uno de los indicadores de mayor importancia para medir la modernización y el progreso de una sociedad; indicador que, sin embargo, es falso. De hecho, la disponibilidad de los servicios energéticos es la que mide realmente el desarrollo y no el consumo de energía, ya que un exceso de desperdicio de energía puede sugerir un falso nivel de desarrollo.

La generación se refiere a la cantidad de energía eléctrica producida con las diferentes plantas (fósil, eólica, geotérmica, etc.), y es consumida por todos nosotros; esta energía eléctrica que se produce y consume, se mide y expresa en unidades de potencia por unidad de tiempo, por ejemplo kilowatts hora (kWh) y otros múltiplos, como megawatts hora (MWh), gigawatts hora (GWh), etcétera.

Externalidades: el problema climático y los mecanismos de mercado. El clima puede cambiar como consecuencia del día y la noche, las estaciones o eventos naturales, como una erupción volcánica que expulsa pequeñas partículas que quedan suspendidas en la atmósfera, reduciendo el paso de la luz solar y produciendo un enfriamiento de la superficie que puede durar algunos años. Un ejemplo de esto ocurrió en 1991 con el volcán Pinatubo, en Filipinas, cuyos efectos de enfriamiento confundieron incluso a los expertos que medían amenazas ambientales globales, como el calentamiento.

Pero el clima también puede cambiar por las actividades realizadas por el ser humano. Desde hace un siglo y medio disponemos de la capacidad tecnológica de romper el equilibrio natural. La quema de combustibles fósiles, entre otras cosas, para producir electricidad y para el transporte, a la que se suman otras actividades humanas como la deforestación, que altera la atmósfera y contribuye al cambio climático y al calentamiento global.

Durante años, el sistema de precios soslayó el costo del uso de la atmósfera como almacenador de dióxido de carbono (CO2) y favoreció el uso de los combustibles fósiles a costa de la naturaleza; es decir, provocando cambios en el clima del planeta. Sin embargo, a partir de enero de 2005, con la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto (PK), se estableció un mecanismo global que permite estimar un costo de oportunidad para aquellas fuentes intensas en CO2, como son los combustibles fósiles.

Actualmente observamos cómo los precios relativos entre las distintas fuentes de energía comienzan a variar a medida que se extiende el uso de estos mecanismos. Por ejemplo, la Unión Europea aplica multas de 40 euros por tonelada de gases de efecto invernadero (GEI) a las empresas europeas que no alcancen las reducciones exigidas anualmente. Por otro lado, el PK permite que empresas que logren utilizar fuentes renovables o reducir el consumo energético por aumento de eficiencia, vendan su "reducción de emisiones certificadas" en el mercado global, convirtiéndose estos títulos en un ingreso adicional para los proyectos.

Durante la etapa experimental y previa a la estandarización de los certificados en el nivel global, el Banco Mundial calculó que proyectos que utilizan la biomasa podían incrementar su retorno financiero hasta en 5% (ver gráfica 2).

En 1997, por ejemplo, Costa Rica fue el primer país del mundo en vender certificados de reducciones de gases de efecto invernadero, que pueden reducir parcialmente los requerimientos de inversión. Con esta experiencia, la energía eólica en dos proyectos de 20 MW cada uno bajó en cinco años de 7.4 centavos de dólar por kWh a unos 3.4 centavos en 2000, reducción causada en parte por mejoras tecnológicas y por la venta de los certificados a 10 dólares por tonelada de carbono reducido, en el entonces emergente mercado de CO2.

Actualmente todos los países centroamericanos han desarrollado y vendido Certificados de Reducción de Emisiones (CER, por sus siglas en inglés) del Protocolo de Kyoto de al menos un proyecto, y casi todos los bancos de la región toman en cuenta estos nuevos flujos positivos en los análisis de los proyectos de energía renovable; es decir, todos conocen estos instrumentos.




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