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Cincuenta años después, los caminos europeos siguen llevando a Roma Stéphan Sberro De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2007 Resumen: La Unión Europea es un protagonista global débil debido a su falta de unidad. Tras cincuenta años de la firma del Tratado de Roma, la Unión está atravesando por una crisis que, curiosamente, comporta expectativas. Sin duda es cierto que la situación es muy diferente a la de finales de la década de los cincuenta, sin embargo el debate fundamental sigue siendo el mismo. Stéphan Sberro es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de París, titular de la cátedra Jean Monnet de Estudios Europeos, profesor investigador del ITAM y codirector del Instituto de Estudios de la Integración Europea (IEIE).
En 2007, Europa celebra, fastuosamente, el 50 aniversario del Tratado de Roma. En este periodo de dudas internas y trastornos internacionales, el continente bien necesita recurrir a su "Edad de Oro" integracionista; integración que anunciaba una era de paz y prosperidad, a pesar de la Guerra Fría y de la sombra protectora de Estados Unidos. ¿Será esta celebración un acto de autocomplacencia cuando los retos políticos, económicos y sociales parecen insuperables? A pesar del camino recorrido, la meta de los "padres fundadores" parece más lejana que nunca. Sin lugar a dudas, la Unión atraviesa una crisis con múltiples facetas. La más visible es el rechazo al Tratado constitucional y la desconfianza del público hacia la Unión Europea (UE). Pero la lista de los problemas que encabezan la agenda de la presidencia alemana, en esta primera mitad de 2007, es muy larga: la absorción de 12 nuevos miembros en dos años; las dificultades económicas y sociales -- en particular para integrar a los inmigrantes -- ; la seguridad interna y la lucha antiterrorista; la definición de las fronteras externas; la crisis energética, y las tensiones con Estados Unidos y Rusia, por sólo mencionar las principales. La conmemoración del Tratado de Roma, con el afán de vigorizar el entusiasmo europeísta y recrear una "comunidad imaginaria europea" en este momento tan difícil, nos remite a dos realidades con frecuencia olvidadas. La primera es que el tan loado Tratado de Roma también nació como consecuencia de una grave crisis de confianza en el futuro de Europa, igualmente que de una situación económica difícil y en un contexto internacional muy conflictivo. La segunda es que, si bien es cierto que mucho queda por hacer, los logros del bloque europeo superan las esperanzas de los firmantes del Tratado original. En 2007, por ejemplo, también se celebra la adhesión a la UE de Bulgaria y Rumania, las dos dictaduras más férreas y pobres del antiguo bloque soviético, así como el acceso de Eslovenia, ex república de Yugoslavia, al euro, dos éxitos impensables en 1957. Tomar en cuenta estas dos realidades permite hoy interpretar mejor el significado del Tratado de Roma. El verdadero debate de la integración europea, debate que provocó la negociación del Tratado, y que está pendiente 50 años después, es saber si puede transformarse una integración económica en una integración política, y de qué manera. El Tratado de Roma es la consecuencia directa del primer fracaso del proceso integracionista europeo, entonces limitado al carbón y al acero. El Tratado de París, firmado en 1952 con el impulso de Francia, instituía una Comunidad Europea de Defensa (CED), la cual finalmente fue rechazada por el parlamento francés en 1954. Después de arduas negociaciones y de cinco procesos de ratificación en los otros países, este rechazo sumió al experimento europeo en la mayor crisis de su breve historia. Para no romper el impulso europeo, Italia, apoyada por los países del Benelux, en junio de 1955 convocó, en Messina, Sicilia, a una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores. De esta reunión saldría el compromiso de seguir el derrotero de la integración. Sin embargo, considerando el fracaso de la integración política, en materia de política exterior y de defensa, los seis países fundadores decidieron otorgar la prioridad al ámbito económico, sin dejar de mencionar en el nuevo Tratado el desarrollo de las instituciones y la armonización progresiva de sus políticas sociales. El Tratado de Roma instituyó la Comunidad Económica Europea (y, por separado, la Comunidad Europea de la Energía Atómica). La integración económica se había lanzado finalmente, pero la armonización social apenas se esbozó en algunos artículos. Además, el sistema institucional salía más desarrollado, pero de ninguna manera fortalecido por el nuevo Tratado. Al Tratado constitucional que se debate hoy se le reprochan las mismas flaquezas: complejidad del sistema institucional sin que aparezca una verdadera consolidación, e insuficiencia de la integración social para acompañar a la mayor integración económica. En ese entonces (1957), la situación internacional tampoco era tan idílica: los debates sobre el Tratado de Roma empezaron en el verano de 1956. En octubre de ese año, estallaron dos crisis mundiales: la insurrección de Budapest y la invasión de la zona del canal de Suez por las tropas franco-británicas e israelíes. Estas dos crisis comprobarían, en el primer caso, la impotencia europea, y su división en el segundo. Suez fue una clara victoria militar, pero un fiasco político para Francia y el Reino Unido. Presionadas a la vez por la URSS y Estados Unidos, las tropas europeas tuvieron que retirarse, lo que provocó su humillación y el júbilo en el mundo árabe. Peor aún, este fiasco llevó a las dos potencias europeas, Francia y el Reino Unido, a dos conclusiones opuestas sobre el futuro de la defensa de Europa. Para los británicos, las irresistibles presiones estadounidenses comprobaron la necesidad de apegarse mejor a las políticas de defensa de Washington, pues los intereses estratégicos eran idénticos; asimismo, Alemania, Italia y los Países Bajos compartían una visión similar. Para Francia, la conclusión fue exactamente inversa. Las presiones estadounidenses comprobaron que la defensa europea no se puede basar en la presunción de que los intereses estadounidenses y europeos siempre van a coincidir exactamente. Europa o Francia, en su defecto y después del fracaso de la CED, debían construir una defensa aliada, pero independiente de Estados Unidos. Esta vez, no se abrió el debate, pues la política exterior y la defensa no fueron ni siquiera mencionadas en el Tratado de Roma. El Reino Unido, invitado, no participó en las negociaciones. Firmó el Tratado de Roma, pero 15 años más tarde, después de su adhesión a la Comunidad Económica Europea (CEE), pospuesta dos veces por el veto francés. Los temas de defensa y de política exterior sólo resurgirían en los años noventa tras la caída del bloque soviético y la tragedia yugoslava. Por lo demás, la integración económica, el Tratado de Roma, fue un éxito sorprendente. La unión aduanera se logró antes de la fecha prevista. La Política Agrícola Común, vilipendiada por el resto del mundo, transformó en segundo exportador mundial de alimentos a un continente de campesinos pobres hambrientos, convertidos entonces en agricultores ricos con campos prósperos. Al amparo de la CEE se dieron sucesivamente los milagros alemán, francés e italiano, mientras Luxemburgo es hoy por hoy el país más rico per cápita del mundo. Habría que esperar 28 años para que por primera vez se modificara el Tratado con el Acta Única de 1986. Los tratados que siguieron, Maastricht en 1992, Ámsterdam en 1997 y Niza en 2001, son enmiendas y adaptaciones del Tratado de Roma. Dichos tratados sólo cumplieron los compromisos adquiridos desde 1957. Cincuenta años más tarde, los europeos pueden felicitarse del buen funcionamiento de su sistema institucional, a pesar de las ampliaciones sucesivas de los miembros aunque, para algunos, este sistema carezca de transparencia y legitimidad. También se pueden felicitar de la libre circulación casi total de los bienes, capitales y servicios, a pesar de que en este último caso queda un trecho por recorrer. La libre circulación de personas es casi total, y el éxito de los intercambios estudiantiles es alentador. Finalmente, la realización más visible de los compromisos del Tratado de Roma es el euro y la unión económica y monetaria que concluye el esfuerzo emprendido en 1957. En el ámbito monetario, Europa es ya una federación para 13 de sus 27 miembros. Cabe hacer notar que todos estos progresos también tienen consecuencias positivas para los países de América Latina que se benefician del acceso a un mercado menos fragmentado y más liberalizado, sobre todo en el caso de México y Chile, los cuales ya cuentan con un acuerdo que les da acceso, casi total, al Mercado Único acordado en Roma en 1957 y completado a lo largo de los años. Los latinoamericanos también pueden circular más fácilmente y los estudiantes de nuestra región, en particular, se benefician con el ímpetu de los intercambios universitarios. Europa extiende su espacio académico a América Latina con programas como Alban y Erasmus-Mundus que ya comprobaron su eficacia en el continente europeo. Esta lista impresionante de éxitos no puede ocultar los desafíos que Europa debe enfrentar hoy. El debate sobre el Tratado constitucional en 2007 refleja fielmente los debates de 1957. Entonces, los artesanos del Tratado de Roma, escaldados por el estrepitoso fracaso de la Comunidad Europea de Defensa, evitaron cualquier decisión de fondo. Esta omisión voluntaria permitió a Europa integrarse y ampliarse lenta pero seguramente, creando cimientos sólidos. La apuesta era que la integración económica llevaría con suavidad y de forma natural a una armonización social, a una unión política y a una política exterior y de defensa común. Esta apuesta aún queda por ganarse definitivamente.
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