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La batalla por los valores globales
Tony Blair
De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2007

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Resumen: La guerra contra el terrorismo no sólo consiste en la seguridad o las tácticas militares. Es una batalla de valores, que sólo puede ganarse si triunfan la tolerancia y la libertad. Afganistán e Irak han sido los puntos de inicio necesarios para esta batalla. El éxito allá debe estar acompañado de una aplicación de valores más consecuente, consistente y cuidadosa, en la que Washington muestre el camino.

Tony Blair es primer ministro del Reino Unido.

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James L. Gelvin. : Cambridge University Press, 2005.

Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy
Schlomo Ben-Ami. : Oxford University Press, 2006.

LAS RAÍCES DEL EXTREMISMO

Nuestra respuesta a los ataques del 11 de Septiembre resultó ser más trascendental de lo que pareció en ese entonces. Ello se debe a que pudimos haber elegido la seguridad como campo de batalla. Pero no lo hicimos. Elegimos los valores. Dijimos que no queríamos otro Talibán u otro Saddam Hussein. Sabíamos que no es posible derrotar una ideología fanática con sólo encarcelar o asesinar a sus dirigentes; es preciso derrotar sus ideas.

Desde mi punto de vista, la situación que afrontamos es en efecto la guerra, pero de un tipo completamente no convencional, de un tipo que no puede vencerse de forma convencional. No ganaremos la batalla contra el extremismo global a menos que la ganemos en el nivel de los valores tanto como en el de la fuerza. Podemos ganar sólo mostrando que nuestros valores son más fuertes, mejores y más justos que la alternativa. Ello también significa mostrar al mundo que somos imparciales y justos en nuestra aplicación de esos valores. Nunca obtendremos un respaldo verdadero por las acciones firmes que bien pueden ser esenciales para salvaguardar nuestro estilo de vida a menos que también ataquemos la pobreza global, la degradación ambiental y la injusticia con igual rigor. Las raíces de la actual oleada de terrorismo y extremismo globales son profundas. Están alimentadas por décadas de alienación, de victimización y opresión política en el mundo árabe y musulmán. Sin embargo, tal terrorismo no es, y nunca lo ha sido, inevitable. Para mí, el aspecto más notable del Corán es cuán progresista es. Escribo esto con gran humildad como miembro de otra fe. Como ajeno, el Corán me sorprende como un libro reformador, que trata de llevar de nuevo al judaísmo y a la cristiandad a sus orígenes, de forma muy parecida a como los reformadores intentaron hacerlo con la Iglesia cristiana hace varios siglos. El Corán es incluyente. Alaba la ciencia y el conocimiento y detesta la superstición. Es práctico y muy adelantado a su tiempo en las actitudes hacia el matrimonio, las mujeres y la forma de gobernar.

Bajo su guía, la expansión del Islam y su predominio sobre tierras antes cristianas o paganas fueron impresionantes. A lo largo de los siglos, el Islam fundó un imperio y fue a la delantera en el mundo en cuanto a descubrimientos, arte y cultura. En la Alta Edad Media, era mucho más probable encontrar a los abanderados de la tolerancia en tierras musulmanas que en tierras cristianas.

Pero a principios del siglo XX, después de que el Renacimiento, la Reforma y la Ilustración habían recorrido el mundo occidental, el mundo musulmán y árabe era incierto, inseguro y estaba la defensiva. Algunos países musulmanes, como Turquía, hicieron un movimiento vigoroso hacia la secularización. Otros se vieron atrapados en la colonización, el nacionalismo emergente, la opresión política y el radicalismo religioso. Los musulmanes empezaron a ver el estado lamentable de los países musulmanes como sintomático del estado lamentable del Islam. Los políticos radicales se volvieron radicales religiosos y viceversa.

Quienes estaban en el poder trataron de adaptarse a este radicalismo islámico incorporando a algunos de sus jefes y parte de su ideología. El resultado casi siempre fue desastroso. El radicalismo religioso se hizo respetable y el radicalismo político fue suprimido, y así en las mentes de muchos ambos llegaron a representar la necesidad del cambio. Empezaron a pensar que la forma de restaurar la confianza y la estabilidad del Islam debía pasar por una combinación de extremismo religioso y política populista, y "el Occidente" y los dirigentes islámicos que cooperaban con él se convirtieron en los enemigos.

Este extremismo puede haber empezado con una doctrina y un pensamiento religiosos. Pero pronto, como vástago de la Hermandad Musulmana, apoyada por los extremistas wahhabi y diseminada en algunas de las madrasahs de Medio Oriente y Asia, nació una ideología que se exportó a todo el mundo.

El 11-S, unas tres mil personas fueron asesinadas. Pero ese terrorismo no empezó en las calles de Nueva York. Muchos más ya habían muerto, no sólo en actos de terrorismo contra intereses occidentales sino en la insurrección política y los disturbios en todo el mundo. Sus víctimas han de encontrarse en la historia reciente de muchas tierras: Arabia Saudita, India, Indonesia, Kenya, Libia, Pakistán, Rusia, Yemen y muchas más. Más de 100000 murieron en Argelia. En Cachemira y Chechenia, causas políticas que pudieron haberse resuelto se volvieron brutalmente incapaces de solución bajo la presión del terrorismo. Hoy, en 30 o 40 países los terroristas están tramando acciones más o menos ligadas con esa ideología. Aunque los cuadros activos de terroristas son relativamente pequeños, explotan un sentido de alienación mucho más amplio en el mundo árabe y musulmán.

Estos actos de terrorismo no fueron incidentes aislados. Formaron parte de un movimiento que crece: un movimiento que creyó que los musulmanes se habían apartado de su propia fe, que estaban siendo arrastrados por la cultura occidental y que estaban siendo gobernados de modo traicionero por musulmanes cómplices de ese arrastre (en oposición a quienes podían ver que la forma de recuperar no sólo la fe verdadera sino también la confianza y la autoestima musulmana era vencer a Occidente y todas sus obras).

La lucha contra el terrorismo en Madrid, Londres o París es la misma que la lucha contra los actos terroristas de Hezbollah en Líbano o de la Jihad Islámica palestina en los territorios palestinos o de los grupos opositores en Irak. El asesinato de los inocentes en Beslan forma parte de la misma ideología que cobra vidas inocentes en Arabia Saudita, Libia o Yemen. Y cuando Irán apoya a un terrorismo semejante, se vuelve parte de la misma batalla, basada en la misma ideología.




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