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La victoria final de Fidel Julia E. Sweig De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2007 Resumen: La suave transferencia del poder de Fidel Castro a sus sucesores está exponiendo la ignorancia malintencionada y las ilusiones de la política estadounidense hacia Cuba. La transición post-Fidel ya está en curso, y el cambio en Cuba vendrá sólo gradualmente de aquí en adelante. Con Fidel o sin él, continuar con los esfuerzos estadounidenses por derrocar el régimen revolucionario de La Habana no puede hacer ningún bien, y tiene el potencial de hacer un daño considerable. Julia E. Sweig es investigadora senior, a cargo de la cátedra Nelson and David Rockefeller y directora de Estudios Latinoamericanos en el Council on Foreign Relations. Es autora de Inside the Cuban Revolution: Fidel Castro and the Urban Underground y Friendly Fire: Losing Friends and Making Enemies in the Anti-American Century.
¿CUBA DESPUÉS DE CASTRO? Desde que Fidel Castro obtuvo el poder en 1959, Washington y la comunidad cubana en el exilio han estado esperando con impaciencia el momento en que lo pierda, punto en el cual, según lo han pensado, tendrían carta blanca para reconstituir Cuba a su propia imagen: sin el puño férreo de Fidel para mantener a raya a los cubanos, la Isla estallaría en una exigencia colectiva de cambios rápidos; la población por tanto tiempo oprimida derrocaría a los camaradas revolucionarios de Fidel, y clamaría por capitales, conocimientos y conducción del Norte para transformar a Cuba en una democracia de mercado y sólidos vínculos con Estados Unidos. Pero ese momento llegó y se ha ido, y nada de lo que Washington y los exiliados anticiparon ha ocurrido. Incluso mientras los observadores de Cuba especulan cuánto tiempo más vivirá el debilitado Fidel, la transición post-Fidel ya está en marcha. Se ha logrado transmitir el poder a un nuevo grupo de dirigentes, cuya prioridad es preservar el sistema y permitir, a la vez, sólo una reforma muy gradual. Los cubanos no se han alzado, y su identidad nacional sigue vinculada a la defensa de la patria contra los ataques estadounidenses a su soberanía. En la medida en que el régimen post-Fidel reaccione a las demandas contenidas de más participación democrática y oportunidades económicas, Cuba cambiará sin ninguna duda, aunque el ritmo y la naturaleza de ese cambio serán casi imperceptibles para el estadounidense común. Las casi cinco décadas de Fidel en el poder llegaron a su fin el verano pasado no con el estallido esperado, ni siquiera con un lloriqueo, sino en cámara lenta, siendo el mismo Fidel el orquestador de la transición. La transferencia de autoridad de Fidel a su hermano menor, Raúl, y a media docena de leales -- que han conducido el país bajo la estrecha vigilancia de Fidel durante décadas -- ha sido notablemente suave y estable. Ni un solo episodio violento en las calles cubanas. Ningún éxodo masivo de refugiados. Y pese a una oleada inicial de euforia en Miami, ni un solo barco salió de ningún puerto de Florida para el viaje de 90 millas. Dentro de Cuba, que Fidel mismo sobreviva semanas, meses o años es, en muchos sentidos, algo que no viene al caso. Sin embargo, en Washington, la política hacia Cuba -- dirigida esencialmente al cambio de régimen -- ha sido dominada por las ilusiones cada vez más fuera de la realidad sobre la Isla. Gracias a los votos y las contribuciones a las campañas de 1.5 millones de estadounidenses de origen cubano que viven en Florida y Nueva Jersey, la política interna ha dado impulso a la creación de mecanismos políticos. Esa tendencia ha sido arropada por una comunidad intelectual estadounidense paralizada por un aislamiento pasmoso y en gran medida autoimpuesto respecto de Cuba y reforzado por un entorno político en el que la Casa Blanca recompensa a quienes le dicen lo que quiere oír. ¿Por qué alterar el orden imperante cuando es tan conocido, tan bien establecido y que en el discurso complace a los políticos de ambos partidos? Pero si consignar a Cuba a la política interior ha sido la vía de menor resistencia hasta la fecha, pronto empezará a tener costos reales a medida que continúa la transición post-Fidel... tanto para Cuba como para Estados Unidos. La muerte de Fidel, sobre todo si ocurre en el periodo previo de una elección presidencial, podría acarrear inestabilidad precisamente por la percepción en Estados Unidos de que Cuba será vulnerable a intromisiones del extranjero. Algunos exiliados pueden hacer que Estados Unidos entre en un conflicto directo con La Habana, ya sea incitando a potenciales refugiados cubanos a tomar el Estrecho de Florida o invitando al Congreso, la Casa Blanca y el Pentágono a intentar estrangular al gobierno post-Fidel. A fin de cuentas, Washington debe despertar a la realidad de cómo y por qué el régimen de Castro ha sido tan duradero, y reconocer que, como resultado de su obstinada ignorancia, tiene may pocas herramientas con las cuales influir de manera eficaz en Cuba una vez que Fidel se haya ido. Con la credibilidad estadounidense en América Latina y el resto del mundo en su nivel histórico más bajo, ya es hora de poner a descansar una política que la transmisión de poder de Fidel ya ha expuesto con mucha claridad ser un fracaso completo. CAMBIO DE CLIMA El 31 de julio de 2006, el secretario de gabinete de Fidel Castro hizo un anuncio: Fidel, a pocos días de cumplir 80 años, se había sometido a una cirugía mayor y había entregado el "poder provisional" a su hermano Raúl, de 75 años, y a seis altos funcionarios. La gravedad de la enfermedad de Fidel (se rumoró que era un cáncer intestinal terminal o una diverticulitis severa con complicaciones) fue de inmediato hecha manifiesta, tanto por fotografías de su semblante obviamente debilitado como por las declaraciones atemorizantes con que el propio Fidel instaba a los cubanos a prepararse para su fallecimiento. Un aire de resignación y anticipación se apoderó de toda la Isla. Finales de agosto, con calor y humedad intensos, es una época agobiante en Cuba, pero a medida que los rumores corrían de un hogar a otro, hubo una asombrosa demostración de disciplina y seriedad en las calles. La vida siguió su curso: la gente iba a su trabajo y tomaba vacaciones, miraba las telecomedias y adquiría algunos DVD de contrabando y programas de televisión de los canales Discovery y History, hacía fila para esperar los autobuses y las raciones semanales, hacía sus compras diarias en el mercado negro... repitiendo los rituales que han dejado una profunda huella en la psique cubana. Sólo en Miami algunos cubanos celebraban, a la espera de que la enfermedad de Fidel se convirtiera pronto en la muerte, no sólo de un hombre, sino de medio siglo de familias divididas y odio mutuo.
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