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La victoria final de Fidel Julia E. Sweig De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2007 Resumen: La suave transferencia del poder de Fidel Castro a sus sucesores está exponiendo la ignorancia malintencionada y las ilusiones de la política estadounidense hacia Cuba. La transición post-Fidel ya está en curso, y el cambio en Cuba vendrá sólo gradualmente de aquí en adelante. Con Fidel o sin él, continuar con los esfuerzos estadounidenses por derrocar el régimen revolucionario de La Habana no puede hacer ningún bien, y tiene el potencial de hacer un daño considerable. Julia E. Sweig es investigadora senior, a cargo de la cátedra Nelson and David Rockefeller y directora de Estudios Latinoamericanos en el Council on Foreign Relations. Es autora de Inside the Cuban Revolution: Fidel Castro and the Urban Underground y Friendly Fire: Losing Friends and Making Enemies in the Anti-American Century.
El régimen cubano respondió con su propia línea dura. Raúl, aun siendo uno de los principales defensores de la reforma económica en el país, fue absolutista cuando se trató de confrontar a Estados Unidos. Aunque en cierta medida continuó la liberalización, y una nueva constitución cubana abrió el camino a un renacimiento religioso que permitía a los miembros del Partido Comunista la práctica abierta, hubo una purga en todo el gobierno entre académicos e intelectuales -- muchos de ellos leales al partido -- de los que se pensaba que estaban asociados con Estados Unidos o con las reformas apoyadas por éste. El mensaje fue claro hasta el escalofrío: dada una opción entre la seguridad nacional y una sociedad más abierta, la Revolución no ofrecía alternativa. Después de la Ley Helms-Burton, la administración Clinton trabajó por revivir una serie de iniciativas de buena voluntad. Cuando el papa Juan Pablo II visitó la abarrotada Plaza de la Revolución de La Habana en 1999, pidió "al mundo abrirse a Cuba y a Cuba abrirse al mundo". Su petición dio a Washington y a La Habana un pretexto político para revivir algún impulso para mejorar las relaciones. Los guardacostas de los países colaboraron en operaciones antidrogas, y comandantes estadounidenses retirados se entrevistaron con Fidel y Raúl. Los Orioles de Baltimore y el equipo nacional de béisbol cubano sostuvieron un par de encuentros deportivos -- uno en Baltimore y otro en La Habana -- , y tras el lanzamiento de un álbum con baladas tradicionales cubanas que hizo el musicólogo Ry Cooder, se dio el "efecto del Buena Vista Social Club", por el cual una bandada de artistas, músicos, religiosos, académicos, estudiantes, empresarios y políticos estadounidenses acudió a Cuba en cifras inusitadas. Estadounidenses de origen cubano que no habían vuelto a la Isla desde que salieron de ella como niños la visitaron por primera vez, y luego regresaron una y otra vez, estableciendo contactos con familiares que habían perdido hacía mucho tiempo. Varios republicanos prominentes, entre ellos los ex secretarios de Estado Henry Kissinger y George Shultz, convocaron a una comisión bipartidista para emprender una revisión completa de la política estadounidense hacia Cuba. Pero al día siguiente de Acción de Gracias de 2000, los avances se deterioraron de nuevo. Esta vez por la llegada al sur de Florida de un niño de seis años de edad llamado Elián González. Elián había salido de Cuba con su madre, pero ella murió en el viaje a Estados Unidos. Al principio, la administración Clinton fue lenta en quitar a Elián de la custodia de sus parientes en Florida y devolverlo a su padre en Cuba; ello inflamó el nacionalismo cubano y dio pie a masivas protestas antiestadounidenses en La Habana. Luego, cuando la procuradora general Janet Reno ordenó que agentes federales se apoderaran de Elián en una incursión de madrugada y lo devolvieran a su padre, la comunidad en el exilio explotó. El incidente no sólo acabó con la expectativa de descongelar más las relaciones cubano-estadounidenses; también (al menos sin un recuento) ayudó a inclinar las elecciones presidenciales a favor de George W. Bush, quien derrotó a Al Gore en Florida por unos cientos de votos. Como muchos aspirantes a la presidencia que buscan votos, el candidato Bush ya había prometido acabar con el régimen de Castro. Pero no fue sino hasta los ataques del 11 de Septiembre, y la nueva atención de la administración a la promoción de la democracia y a los regímenes villanos, cuando la política estadounidense hacia Cuba dio un giro definitivamente más agresivo. El equipo del primer periodo de Bush encargado de América Latina (muchos de cuyos miembros habían escrito o cabildeado a favor de la Ley Helms-Burton) rechazó cualquier trato o cooperación con La Habana y alentó la especulación de que Cuba estaba desarrollando armas biológicas para exportarlas a regímenes villanos o utilizarlas contra Estados Unidos. (No es de sorprender que tales presunciones no soportaran un escrutinio minucioso.) Hacia finales de su primer periodo, la administración Bush había detenido prácticamente todas las iniciativas, oficiales y no oficiales, para mejorar las relaciones. Dio fin a las conversaciones sobre migración. Detuvo la aprobación de la mayoría de las ventas médicas, dificultó los viajes a Cuba salvo en casos de grupos religiosos y algunos académicos e interrumpió las visas a académicos y artistas cubanos. Y prohibió casi del todo a los cubano-estadounidenses, de fuerte inclinación republicana, visitar Cuba o enviar dinero a ella. Sólo las ventas de productos agrícolas estadounidenses, debido a que son explícitamente permitidas por el Congreso, escaparon a estas enérgicas medidas. INFIDELIDAD Si bien la administración de George H.W. Bush acabó con los esfuerzos encubiertos por derrocar a Fidel, hoy Estados Unidos gasta alrededor de 35 millones de dólares al año en iniciativas que algunos describen como "promoción de la democracia" y otros como "desestabilización". Radio Martí y TV Martí emiten sus señales desde Florida a Cuba; otros programas gubernamentales estadounidenses se proponen apoyar a los disidentes, las familias de prisioneros políticos, activistas de los derechos humanos y periodistas independientes. Aunque hay cubanos que escuchan Radio Martí, el gobierno cubano bloquea la señal de TV Martí, y sin lazos claros entre los países, sólo una fracción del apoyo llega realmente a los cubanos que viven en la Isla; la mayor tajada del pastel se distribuye mediante contratos no licitados a la pequeña industria anti-Castro que ha brotado en Miami, Madrid y unas cuantas más capitales latinoamericanas y de Europa del Este. Los receptores de tales larguezas federales -- junto con los agentes de inteligencia cubanos que suelen infiltrarse en los grupos que ellos forman -- se han vuelto los principales depositarios de la bien financiada, aunque obviamente ineficaz, política de Washington hacia Cuba. Es más, en la propia Cuba estos esfuerzos son contraproducentes en general. Las sanciones económicas estadounidenses han dado a los dirigentes de Cuba la justificación para controlar el ritmo de la inserción de la Isla en la economía mundial. La percepción, generalizada en Cuba, de que Estados Unidos y la diáspora cubana están tramando el cambio de régimen da mayor fuerza a los promotores de la línea dura en el país, que sostienen que sólo un modelo político cerrado con mínimas aperturas de mercado puede proteger a la Isla contra la dominación de una potencia extranjera aliada con las élites del pasado. Los disidentes que se asocian abiertamente con la política estadounidense y sus defensores en Miami o en el Congreso estadounidense parecen ser los patiños de Estados Unidos, aunque no lo sean. Además, el gobierno cubano ha logrado socavar la legitimidad tanto interna como internacional de los disidentes al "sacar" a algunos como fuentes, activos o agentes de Estados Unidos (o de los propios servicios de inteligencia de Cuba). El arresto y encarcelamiento de 75 disidentes en 2003 tenía el propósito de demostrar que Cuba podía anticipar, y lo haría, los esfuerzos externos por el cambio de régimen más allá de la protesta internacional consecuente y de la repulsa del Congreso estadounidense. Hay algunos disidentes genuinos en Cuba no contaminados por el gobierno ni debilitados por la lucha interna. Uno de ellos, Oswaldo Payá, es un católico ferviente que encabeza el Proyecto Varela, que acopió más de 11000 firmas en 2002 para demandar al gobierno cubano que realizara un referendo sobre elecciones abiertas, libertad de opinión, libre empresa y la liberación de los prisioneros políticos. Sin embargo, es sólo resistiendo el apoyo de la comunidad internacional, y de Estados Unidos en particular, como Payá ha mantenido su credibilidad y autonomía. Entre tanto, bajo la pantalla del radar (y en todas las instituciones cubanas sancionadas oficialmente) hay muchos pensantes nacionalistas, comunistas, socialistas, social-demócratas y progresistas que pueden aún no tener el espacio político para presentar públicamente sus puntos de vista, pero que expresan su disensión en términos que los políticos estadounidenses o no reconocen o no respaldan. La consecuencia de medio siglo de hostilidad -- en especial ahora cuando los lazos están casi enteramente rotos -- es que Washington casi no tiene influencia en los acontecimientos en Cuba. Sin otros medios para lograr sus compromisos de campaña a los estadounidenses de origen cubano, si no es una invasión total declarada, la administración Bush estableció la Comisión para la Asistencia a una Cuba Libre en 2003 y designó un "coordinador de la transición para Cuba" en 2004. A la fecha, la comisión, cuyos miembros y deliberaciones se han mantenido en secreto, ha emitido dos informes, que alcanzan más de 600 páginas, sobre qué tipo de asistencia podría ofrecer el gobierno estadounidense, "si se le solicita", a un gobierno de transición en Cuba. La premisa fundamental en que se basa la planeación de la comisión es que, con la asistencia exterior, la transición de Cuba será un híbrido de las de Europa del Este, Sudáfrica y Chile. Esas analogías y las recetas de política exterior derivadas de ellas no se sostienen. A diferencia de los europeos del Este en la década de 1980, los cubanos, aunque entusiastas de la cultura y el dinamismo estadounidenses, no consideran a Washington como un faro de libertad contra la tiranía sino como un opresor imperialista que ha ayudado a justificar la represión en su país. (Además, Estados Unidos había promovido activamente los viajes, el comercio y los lazos culturales con el bloque soviético antes de que empezaran allá las transiciones.) En el caso de Sudáfrica, las sanciones que contribuyeron a derrocar el régimen del apartheid lograron su cometido porque su alcance fue internacional, a diferencia del embargo unilateral estadounidense contra Cuba. En Chile, por último, el gobierno estadounidense fue capaz de sacar del poder a Augusto Pinochet sólo porque lo había apoyado tan firmemente y durante tanto tiempo.
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