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La victoria final de Fidel Julia E. Sweig De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2007 Resumen: La suave transferencia del poder de Fidel Castro a sus sucesores está exponiendo la ignorancia malintencionada y las ilusiones de la política estadounidense hacia Cuba. La transición post-Fidel ya está en curso, y el cambio en Cuba vendrá sólo gradualmente de aquí en adelante. Con Fidel o sin él, continuar con los esfuerzos estadounidenses por derrocar el régimen revolucionario de La Habana no puede hacer ningún bien, y tiene el potencial de hacer un daño considerable. Julia E. Sweig es investigadora senior, a cargo de la cátedra Nelson and David Rockefeller y directora de Estudios Latinoamericanos en el Council on Foreign Relations. Es autora de Inside the Cuban Revolution: Fidel Castro and the Urban Underground y Friendly Fire: Losing Friends and Making Enemies in the Anti-American Century.
El final de la Guerra Fría amenazó en serio al orden imperante cubano. La Unión Soviética retiró su subsidio anual de 4000 millones de dólares, y la economía se contrajo 35% de la noche a la mañana. La élite política de Cuba se dio cuenta de que sin el respaldo soviético la supervivencia del régimen revolucionario estaba en peligro, y, con la reacia conformidad de Fidel, formó una respuesta pragmática para salvarlo. Los funcionarios cubanos que viajaban al extranjero empezaron a utilizar términos que antes eran anatema, como el de "sociedad civil". Circularon propuestas para incluir múltiples candidatos (si bien todos del Partido Comunista) en las elecciones a la Asamblea Nacional y para permitir pequeñas empresas privadas. El gobierno legalizó el autoempleo en unos 200 rubros de servicios, convirtió granjas estatales en cooperativas de propiedad colectiva y permitió la apertura de pequeños mercados de productores agrícolas. A instigación de Raúl, las empresas estatales adoptaron la contabilidad capitalista y las prácticas empresariales; algunos gerentes fueron enviados a escuelas de negocios europeas. Conforme la noción de "empresa socialista" se iba haciendo cada vez más insostenible, palabras como "mercado", "eficiencia", "posesión", "propiedad" y "competencia" empezaron a aparecer con creciente frecuencia en la prensa controlada por el Estado y en los debates de políticas públicas. La inversión extranjera de Europa, América Latina, Canadá, China e Israel dio un impulso a la agricultura y el turismo, la minería, las telecomunicaciones, los productos farmacéuticos, la biotecnología y las industrias petroleras. Tales cambios hicieron que Cuba fuera casi irreconocible en comparación con la Cuba de la era soviética, pero también permitieron al gobierno de Fidel recobrar su posición. La economía empezó a recuperarse, y los programas de salud y educación comenzaron a restablecerse. A finales de la década de 1990, la tasa de mortalidad infantil de Cuba (aproximadamente seis muertes por 100000 nacimientos) había caído por debajo de la de Estados Unidos, y cerca de 100% de los niños se matriculaban en la escuela por tiempo completo hasta el noveno grado. La vivienda, aunque en trance de deterioro y en urgente necesidad de modernización, siguió siendo prácticamente gratuita. Y una sociedad cosmopolita -- si bien de muchas formas controlada por el Estado -- se conectó cada vez más con el mundo mediante intercambios culturales, eventos deportivos, cooperación científica, programas de salud, tecnología, comercio y diplomacia. Además, para 2002, los flujos totales de remesas llegaron a 1000 millones de dólares, y casi la mitad de la población cubana tenía acceso a los dólares enviados por su familia en el exterior. En 2004 comenzó un proceso de "recentralización": el Estado remplazó al dólar con una moneda convertible, incrementó la recaudación tributaria del sector del autoempleo e impuso controles más estrictos a los gastos fiscales de las empresas estatales. Pero incluso con estos controles sobre la actividad económica el mercado negro está en todas partes. Los salarios oficiales nunca son suficientes, y la economía se ha convertido en un híbrido de control, caos y gratuidad universal. Las reglas del juego se establecen y se rompen a cada momento, y la mayoría de los cubanos tiene que violar alguna ley para irla pasando. Los administradores de las empresas estatales roban y luego venden los ingresos que obtienen del gobierno, forzando a los trabajadores a comprar los abastos que necesitan para realizar sus trabajos -- caucho para el zapatero, copas para el cantinero, aceite de cocinar para el chef -- a fin de cumplir las cuotas de producción. Al mismo tiempo, la inversión de la revolución en la inversión en capital humano ha dado a Cuba una posición notablemente buena para aprovechar la economía global. De hecho, la Isla encara un exceso de talento profesional y científico, pues carece de la base industrial y de la inversión extranjera necesarias para crear un gran número de empleos productivos calificados. Con 10000 estudiantes en sus universidades científicas y tecnológicas, y empresas conjuntas farmacéuticas ya exitosas con China y Malasia, Cuba está ubicada para competir con las ligas mayores de las naciones en desarrollo. CAMISA DE FUERZA EN EL ESTRECHO La última gran transformación en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba llegó con el final de la Guerra Fría. Los cubanos saludaron la caída del Muro de Berlín con un suspiro de alivio colectivo; se trataba, como pensaron, de una oportunidad para explorar el tipo de sociedad en que podría convertirse Cuba cuando ya no pudiera depender de la Unión Soviética. Pero durante la siguiente década y media, quienes se encargan de trazar la política exterior estadounidense -- entorpecidos por la política interna y una fundamental incomprensión de la realidad en la Isla -- perdieron una oportunidad tras otra de llevar a su término décadas de enemistad. En vez de permitir que los debates en torno a la reforma siguieran su curso natural en Cuba, Washington, como lo planteó Bill Clinton en su campaña presidencial de 1992, se entregó a la oportunidad de "tumbar" a Fidel. El Congreso aprobó y Clinton suscribió la Ley para la Democracia en Cuba, la cual, entre otras cosas, prohibía a subsidiarias extranjeras de compañías estadounidenses comerciar con Cuba y que navíos que partieran de puertos cubanos atracaran en Estados Unidos. Como era previsible, la reacción de La Habana fue la de sentirse ofendida, y condenó los propósitos imperialistas estadounidenses en espectaculares protestas públicas. Lo que es más importante, algunas propuestas de reformas se suspendieron, no fuera que la menor hendidura en la armadura de Cuba abriera el camino a la contrarrevolución respaldada por Estados Unidos. La seguridad nacional sobrepujó a todo lo demás. En la siguiente década se dio una serie de medios pasos adelante que fueron seguidos por grandes pasos hacia atrás. Esperando aprender más acerca de la Isla mientras insertaba una cuña entre su pueblo y su gobierno, la administración Clinton empezó a permitir licencias de viaje a Cuba con fines académicos y para prestar "apoyo al pueblo cubano". También abrazó una política de "reacción calibrada": si Cuba cambiaba, la política estadounidense lo haría también. Sin relacionarlas nunca con los gestos de Estados Unidos, Cuba emprendió algunas importantes reformas (sin recibir casi nada a cambio), aflojando las restricciones a los viajes familiares y algunos de tipo profesional, flexibilizando los requisitos de residencia a escritores y artistas y continuando con las aperturas económicas. Y cuando 40000 balseros partieron hacia las costas estadounidenses en 1994, tras un verano de brutal calor y desabastecimiento de electricidad y alimentos en La Habana, funcionarios estadounidenses y cubanos iniciaron negociaciones secretas en Canadá. El resultado fue una inédita cooperación en materia de migración -- Washington concedería 20000 visas al año a los cubanos, y la Guardia Costera de Estados Unidos enviaría a los cubanos recogidos en el mar a la base naval estadounidense de la Bahía de Guantánamo -- y un grado de contacto oficial e interpersonal que no se conocía desde la breve apertura dada bajo Jimmy Carter. Pero estos pasos tentativos, a los que se opusieron acremente los exiliados que temían una pendiente resbalosa hacia la total instauración de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, pronto fueron obstruidos. En febrero de 1996, la fuerza aérea cubana derribó dos aviones que eran pilotados en el área por un grupo de exiliados llamado Hermanos al Rescate. Encabezado por un veterano de Bahía de Cochinos, el grupo realizaba vuelos de vigilancia sobre el Estrecho de Florida (para informar a la Guardia Costera estadounidense sobre balseros) y ocasionalmente arrojaba panfletos anti-Castro sobre La Habana desde Cessnas comprados en saldos al Pentágono. A veces, en estos vuelos había funcionarios estadounidenses. La Habana había advertido repetidamente a Washington que no toleraría los vuelos, pero de todos modos los derribos condujeron a una rápida represalia del Congreso, en forma de la Ley por la Libertad Cubana y la Solidaridad Democrática, mejor conocida como Ley Helms-Burton. Esta ley llevó el embargo estadounidense a nuevos extremos. Se proponía detener toda la inversión extranjera en Cuba al permitir que los inversionistas pudieran ser emplazados a juicio en tribunales estadounidenses. Mandaba que los futuros presidentes podían levantar el embargo sólo si Cuba satisfacía diversas condiciones, entre ellas realizar elecciones multipartidistas, reconocer la propiedad privada y liberar a todos los prisioneros políticos. Estipulaba, además, que cualquier cambio futuro en la política estadounidense dependería de que Fidel y Raúl Castro abandonaran totalmente la política; también debían hacerlo de forma implícita los altos mandos de las fuerzas armadas y del Partido Comunista.
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