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La victoria final de Fidel
Julia E. Sweig
De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2007

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Resumen: La suave transferencia del poder de Fidel Castro a sus sucesores está exponiendo la ignorancia malintencionada y las ilusiones de la política estadounidense hacia Cuba. La transición post-Fidel ya está en curso, y el cambio en Cuba vendrá sólo gradualmente de aquí en adelante. Con Fidel o sin él, continuar con los esfuerzos estadounidenses por derrocar el régimen revolucionario de La Habana no puede hacer ningún bien, y tiene el potencial de hacer un daño considerable.

Julia E. Sweig es investigadora senior, a cargo de la cátedra Nelson and David Rockefeller y directora de Estudios Latinoamericanos en el Council on Foreign Relations. Es autora de Inside the Cuban Revolution: Fidel Castro and the Urban Underground y Friendly Fire: Losing Friends and Making Enemies in the Anti-American Century.

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[continúa...]

Rápidamente Raúl asumió las funciones de Fidel en su calidad de primer secretario del Partido Comunista, jefe del Politburó y presidente del Consejo de Estado (y conservó el control de las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia). Los otros actores -- dos de los cuales habían colaborado estrechamente con los hermanos Castro desde los días de la Revolución y cuatro de ellos habían surgido como personajes importantes en la década de 1990 -- se encargaron de los demás departamentos clave. Sus edades oscilan entre los 40 y tantos hasta los 70 años, y se han estado preparando para esta transición a la dirigencia colectiva durante años. José Ramón Balaguer, un doctor que combatió como guerrillero en la Sierra Maestra durante la Revolución, asumió la autoridad en materia de salud pública. José Ramón Machado Ventura, otro doctor que luchó en la Sierra, y Esteban Lazo Hernández comparten hoy el poder sobre la educación. Carlos Lage Dávila -- arquitecto fundamental de las reformas económicas de la década de 1990, entre ellas atraer la inversión extranjera -- tiene a su cargo el sector energético. Francisco Soberón Valdés, presidente del Banco Central de Cuba, y Felipe Pérez Roque, ministro de Relaciones Exteriores, se encargaron de las finanzas en esas áreas.

En un principio, los funcionarios estadounidenses sencillamente admitieron que casi no contaban con información sobre la enfermedad de Fidel o de sus planes para la sucesión. El presidente George W. Bush dijo muy poco, además de señalar sobriamente (y sorprendentemente) que el siguiente dirigente de Cuba vendría de Cuba... advertencia muy esperada para el pequeño pero muy influyente grupo de exiliados de línea dura (el congresista republicano por Florida, Lincoln Díaz-Balart, sobrino de Fidel, prominente entre ellos) con aspiraciones a conducir la política presidencial post-Fidel.

Unas cuantas semanas antes del "velorio" de Fidel, Raúl concedió una entrevista claramente dirigida al público estadounidense. Cuba, como dijo, "siempre ha estado dispuesta a normalizar sus relaciones sobre la base de la igualdad. Pero no aceptaremos las políticas arrogantes e intervencionistas de esta administración", ni que Estados Unidos obtenga concesiones en el modelo político interno de Cuba. Unos días después, el subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Thomas Shannon, respondió en consecuencia. Washington, dijo, consideraría levantar el embargo, pero sólo si Cuba estableciera un camino a una democracia multipartidista, liberara a todos los presos políticos y permitiera la existencia de organizaciones independientes de la sociedad civil. Con Fidel o sin él, los dos gobiernos estaban atascados en donde lo habían estado durante años: La Habana lista para hablar sobre cualquier tema excepto la única condición sobre la que Washington no cedería, con Washington ofreciendo algo que La Habana no querrá incondicionalmente a cambio de algo que no está dispuesta a entregar.

Desde la perspectiva de Washington, esta parálisis puede parecer sólo temporal. Shannon comparó la Cuba post-Fidel con un helicóptero con un rotor estropeado, lo que significaría que un accidente es inminente. Pero tal perspectiva, dominante entre los políticos estadounidenses, pasa por alto la incómoda verdad sobre Cuba bajo el régimen de Castro. Pese a la avasalladora autoridad personal de Fidel y las críticas capacidades de construcción de instituciones de Raúl, el gobierno descansa en mucho más que el mero carisma, la autoridad y la leyenda de estas dos figuras.

POLÍTICAMENTE INCORRECTOS

Cuba está lejos de ser una democracia multipartidista, pero es un país que funciona con ciudadanos muy apegados a sus convicciones, donde los funcionarios elegidos localmente (aunque sean de un solo partido) se preocupan por asuntos como la recolección de basura, el transporte público, el empleo, la educación, la atención de la salud y la seguridad. Si bien plagados por una corrupción que va en aumento, las instituciones cubanas son proveídas de personal por un culto Servicio Civil, los oficiales del ejército son probados en batallas, el cuerpo diplomático es capaz y la fuerza de trabajo, calificada. Los ciudadanos cubanos han dejado muy atrás el analfabetismo, son cosmopolitas, ilimitadamente emprendedores y, para los criterios globales, muy saludables.

Los críticos del régimen de Castro hacen como que no ven estos hechos y han trabajado duro para concentrar la atención de Washington y del mundo en las violaciones a los derechos humanos, los prisioneros políticos y las carencias económicas y políticas. Si bien estas preocupaciones son legítimas, no compensan el desgano de comprender las fuentes de la legitimidad de Fidel, o las características del orden imperante que sostendrá Raúl y la dirigencia colectiva que hoy encabeza. Durante un viaje a Cuba en noviembre, hablé con un anfitrión de altos funcionarios, diplomáticos extranjeros, intelectuales y críticos del régimen para construirme un juicio sobre cómo estas personas en el terreno ven el futuro de la Isla. (He viajado a Cuba unas 30 veces desde 1984 y me he entrevistado con todo tipo de personas, desde el mismo Fidel hasta activistas de los derechos humanos y prisioneros políticos.) Gente de todos los niveles del gobierno cubano y del Partido Comunista tenía gran confianza en la capacidad del régimen para sobrevivir al deceso de Fidel. Dentro y fuera de los círculos gubernamentales, críticos y defensores por igual -- entre ellos la prensa pro-gobierno -- reconocen los grandes problemas en materia de productividad y la provisión de bienes y servicios. Pero los programas que el régimen puede adjudicarse como viables y la percepción generalizada de que Raúl es el hombre correcto para confrontar la corrupción y llevar un gobierno que rinda cuentas dan a la actual dirigencia más legitimidad de la que podría derivar de la represión por sí sola (que es la explicación habitual que los extranjeros dan de la permanencia del régimen en el poder).

También contribuye a ello el persistente desafío contra Estados Unidos. Según el relato nacional cubano, las potencias extranjeras -- ya sea España en el siglo XIX o Estados Unidos en el XX -- han tratado de sacar provecho de la división interna de Cuba para dominar en la política cubana. La ideología revolucionaria subraya esta historia de malograda independencia e intromisiones imperialistas, desde la Guerra Hispano-Estadounidense hasta Bahía de Cochinos, para sostener un consenso nacional. Según el mensaje, la unidad patriótica es la mejor defensa contra la única potencia externa que Cuba sigue considerando como una amenaza: Estados Unidos.

Para conceder un triunfo a los cubanos en esta opción entre una sociedad abierta y una nación soberana, la Revolución construyó programas sociales, educativos y de salud que siguen siendo la envidia del mundo en desarrollo. Toda la población tuvo acceso a la educación pública, lo que permitió a las generaciones mayores de campesinos analfabetas observar cómo sus hijos y nietos se convirtieron en doctores y científicos; para 1979, las tasas de alfabetización se elevaron por encima de 90%. La expectativa de vida pasó de menos de 60 años en tiempos de la Revolución a casi 80 en la actualidad (virtualmente idéntica a la expectativa de vida en Estados Unidos). Aunque los niveles de enfermedades infecciosas han sido históricamente más bajos en Cuba que en muchas partes de América Latina, los programas de vacunación pública del gobierno revolucionario eliminaron por completo la poliomielitis, la difteria, el tétanos, la meningitis y el sarampión. De esta forma, el Estado cubano ha servido verdaderamente a las clases más pobres en vez de complacer a la élite interna y sus aliados estadounidenses.

La política exterior, por su lado, puso a la Isla en el mapa geopolítico. Los cubanos usaron a los soviéticos (quienes consideraban imprudentes a los temerarios jóvenes revolucionarios) para obtener dinero, armas y protección contra su implacable enemigo del Norte. A pesar de que la represión gubernamental de la disidencia y el estrecho control de la economía hicieron que muchos dejaran el país y muchos otros se pusieran en contra del régimen de Castro, la mayoría de los cubanos llegaron a esperar que el Estado garantice su bienestar, presente la posición internacional que considera ser su destino cultural e histórico, y mantenga a Estados Unidos a sana distancia.




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