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Cuestiones de justicia Robert H. Wade De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2007 Economic Justice in an Unfair World: Toward a Level Playing Field. Ethan B. Kapstein, Princeton University Press, 2006, 272 pp. US$27.95
Resumen: En Economic Justice in an Unfair World, Ethan Kapstein busca definir un sistema global de oportunidades para todos los estados. Pero en el tema del libre comercio va contra sus propios esfuerzos al adherirse al dogma neoliberal simplista. Robert H. Wade es profesor de Economía Política en la London School of Economics and Political Science y autor de Governing the Market.
"La actitud depredadora se ha convertido en la actitud espiritual habitual y acreditada", dijo el economista Thorstein Veblen cerca de finales del siglo XIX. Lo mismo es verdad el día de hoy. Hace unos cuantos años, Paul Volcker, ex presidente de la Reserva Federal [de Estados Unidos], señaló que "la avaricia corporativa ha explotado más allá de cualquier cosa que pudiera imaginarse en 1990". Paul O'Neill, ex secretario del Tesoro estadounidense, recientemente describió el mundo corporativo de hoy como "un espacio de vacío ético". Sin embargo, en un clima tan aparentemente incompatible con la ética, "la pobreza global" ha saltado a la cúspide de la agenda de políticas públicas internacionales desde finales de la década de 1990. Naciones Unidas dio una clara expresión a este nuevo estado de ánimo global en 2000, cuando creó los Desafíos de Desarrollo del Milenio e hizo de "la erradicación de la extrema pobreza y el hambre" el primero de ellos. Un informe reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico identificó que está surgiendo un "consenso global contra la pobreza". Las cuestiones éticas suelen ser evitadas por los académicos que escriben sobre la globalización y el desarrollo. El nuevo libro de Ethan Kapstein, Economic Justice in an Unfair World, constituye una importante excepción: trata explícitamente de la ética. Y, aunque indirectamente, llega a una visión escéptica de este "consenso global contra la pobreza". Concentrarse en la pobreza es insuficiente, sostiene Kapstein, porque ello no pone las relaciones entre los estados al frente y en el centro. "Son los gobiernos", escribe, "los que firman los tratados y acuerdos, imponen sanciones y boicots, y hacen la guerra y la paz, y son los gobiernos -- para bien o para mal -- los que al cabo rinden cuentas por sus acciones en su país y en el extranjero." En otras palabras, una teoría de la justicia distributiva global debe poner el énfasis en las relaciones entre los estados y a los tipos de acuerdos económicos que los estados suscriben. Los individuos no son los únicos agentes morales; los estados también son agentes morales, con deberes y responsabilidades entre sí y con sus ciudadanos. El objetivo de Kapstein es presentar un marco alternativo de justicia global, marco que se centre en la igualdad de oportunidades entre los estados. Se refiere a este marco como "internacionalismo liberal" y hace un llamado a un sistema económico internacional que sea "inclusivo, participativo y que mejore el bienestar de todos". Este orden, escribe Kapstein, "daría a los estados más pequeños y más pobres una mayor voz en el sistema de la que tienen en el presente", incluyendo en ello la gobernación de las organizaciones internacionales. Elaborando a partir de la obra del teórico político Charles Beitz, Kapstein distingue dos tipos diferentes de contrato social: el interno entre un estado y sus ciudadanos, que expresa los principios básicos de justicia económica en una sociedad, y uno internacional entre estados, que determina el contexto en el cual los países buscan satisfacer sus contratos internos. Algunos teóricos de las relaciones internacionales sostienen que el poder relativo, en especial el poder militar, define el contrato internacional por entero. Pero Kapstein señala que los estados poderosos no siempre actúan con una moralidad "un poco mejor que la ley de la selva". De hecho, a menudo renuncian a ganancias relativas inmediatas en el interés de construir un sistema de interacciones que todos los participantes consideren razonablemente justo. La estabilidad resultante de expectativas acarrea beneficios para los estados poderosos a la vez que incrementa el bien común. Como forma de prueba, Kapstein menciona estudios de las Rondas de Tokio y Uruguay de negociaciones comerciales en los que se encontró que los países más poderosos no sacaron todo el provecho de sus ventajas. Animados por la meta de promover un mayor acceso a los mercados a todos los países, renuncian a más de lo que obtienen. Según la visión de Kapstein, el acuerdo social que garantiza la inclusión y la participación y "mejora el bienestar de todos los participantes" es un régimen global del libre comercio. En otras palabras, el libre comercio es el acuerdo social que tiene el mejor potencial de alcanzar la justicia en las relaciones interestatales y de satisfacer el contrato social interno de cada estado. Kapstein cree que el libre comercio puede generar el mayor crecimiento económico que puede lograrse -- porque maximiza el alcance de las oportunidades e iguala las oportunidades para todos los participantes potenciales -- y que un alto crecimiento económico es bueno para los pobres y para los no pobres. Pero también es consciente de que a pesar de la expansión del libre comercio, las tasas de crecimiento de los países pobres no han convergido con las de los países ricos, como los defensores del libre comercio pronosticaron que ocurriría (pese a las experiencias de Asia del Este y, más recientemente, de Asia del Sur). En parte, la duradera disparidad -- debida a un persistente bajo crecimiento en la mayoría de los países más pobres -- resulta de la política y las formas de planeación internas y de la geografía. Pero una buena parte, sostiene Kapstein, se debe a que los países ricos han acomodado el régimen comercial a su beneficio; lejos de estar en un campo de juego parejo, éste está inclinado en contra de los productores de los países pobres. SABIDURÍA CONSENSUAL Kapstein presenta una agenda de reformas orientadas a la justicia que, espera él, llegará a constituir un "consenso de justicia". Descarta la agencia de una autoridad global o supranacional o de un poder imperial, y sostiene que la negociación entre estados es el único medio viable de alcanzar acuerdos sustantivos y duraderos. Para que los acuerdos sean sustantivos y duraderos, deben ser considerados justos. Para ser considerados justos, deben ser vistos como mutuamente ventajosos. Y los estados verán que un acuerdo es mutuamente ventajoso cuando permita a cada uno de ellos mantener su propio contrato social interno: en otras palabras, cuando el acuerdo respete la soberanía de un estado sobre las normas sociales. El primero y más importante elemento de un contrato internacional, desde la perspectiva de Kapstein, es un régimen de libre comercio que ofrezca un campo de juego parejo. "Por fortuna existe un mecanismo de redistribución de los recursos que mejora el bienestar de todos los participantes, y se llama libre comercio", escribe. La institución de este régimen de libre comercio exige la eliminación de todos los mecanismos con los cuales los países ricos dificultan a los países pobres especializarse según sus ventajas comparativas, en especial las barreras contra los bienes agrícolas y textiles de los países en vías de desarrollo. Pero, al mismo tiempo, el nuevo régimen comercial debe dar un reconocimiento más explícito a la reciprocidad "difusa" o "relajada" en las negociaciones comerciales, más que una reciprocidad de "esto por aquello" o "estricta". Esta última es correcta para las negociaciones comerciales entre pares económicos, como Estados Unidos y la Unión Europea. Sin embargo, no debería esperarse que los países en desarrollo -- precisamente porque están en vías de desarrollo, con ingresos y capacidades económicas mucho menores -- hagan concesiones equivalentes. Por otro lado, tampoco deberían esperar un tratamiento especial y diferencial, es decir, esperar estar exentos de todas las obligaciones de reciprocidad (como muchos demandan). La justicia requiere que participen en las negociaciones y asuman algunas obligaciones. Después del comercio, la segunda característica principal del contrato internacional de Kapstein es la ayuda. Pese a lo que el Banco Mundial y muchos otros observadores e instituciones pregonan, la ayuda debería concentrarse no en reducción de la pobreza sino en el fortalecimiento de la capacidad de los países pobres para participar en un campo de juego parejo. Esto implica un gran cambio en las prioridades de asignación actuales (educación primaria, atención de la salud básica y cosas por el estilo) a favor de la inversión en puertos, ferrocarriles y las burocracias aduanales y de patentes. Tercero, como la migración y los pagos de remesas serán más importantes para los países en desarrollo en el futuro, Kapstein aboga por la creación de un régimen amplio que cubra temas relacionados con la migración, para hacer coherentes y justas las políticas que ahora está determinando cada estado. Tal régimen debería establecer acuerdos para disminuir los altos costos actuales que se cargan a las remesas de los trabajadores, a fin de elevar los montos netos que fluyen de los países ricos a los pobres. (Las normas laborales también tienen su importancia, pero sólo como parte de una estrategia amplia de desarrollo que eleve la productividad y el crecimiento: los estados ricos que requieren que los estados pobres cumplan con las normas internacionales tienen el deber de ayudarlos a pagar por tal cumplimiento.) Cuarto, Kapstein cree que la inversión internacional, en especial la inversión extranjera directa (IED), también debe sujetarse a un régimen de cobertura amplia. Él suscribe algo parecido al abandonado Acuerdo Multilateral sobre la Inversión (AMI), que propuso instituir un código de conducta para el tratamiento de los gobiernos en torno a los inversionistas extranjeros. Un acuerdo así arrojaría un horizonte de más largo plazo para manejar negociaciones entre corporaciones multinacionales y gobiernos anfitriones. De prolongarse el horizonte temporal, las expectativas de justicia mejorarían, ya que cada lado estaría menos tentado a tratar cada inversión como un asunto propio o no intentaría maximizar la ventaja que obtuvo de ella. Una de las más importantes metas de un acuerdo de inversiones internacionales de este tipo, desde la perspectiva de Kapstein, debería ser limitar o eliminar los subsidios que pagan los gobiernos para atraer IED. (El defecto más flagrante del AMI propuesto fue pasar por alto este tema.) Los subsidios a la inversión son el dilema del prisionero: cada estado tiene un interés en cooperar con otros estados para minimizar los subsidios a la inversión. Pero como cada estado también quiere maximizar el monto de IED que recibe, tiene un incentivo para abandonar el acuerdo, en beneficio de los inversionistas extranjeros y a expensas de los estados. EL SER VERSUS EL DEBER SER A cualquiera que desee una introducción a las cuestiones de la filosofía económica moral le haría bien empezar con este libro. Kapstein escribe una lúcida prosa, sin las complicaciones que a menudo hacen que este tema invite a tomar un baño frío. Hace un desafío largamente demandado al consenso de Occidente según el cual el objetivo de la ayuda y de los propios esfuerzos de desarrollo de los países en vías de desarrollo debería ser reducir la pobreza, y que esta reducción debería lograrse no mediante la industrialización y el crecimiento económico sino a través de políticas dirigidas a la pobreza. La sospecha implícita aquí es que el consenso de la élite en torno a la reducción de la pobreza debe mucho al modo complaciente que dirige la atención a "los pobres" como una categoría externa a las estructuras de poder y las desigualdades más amplias. Ello desvía la atención de las prolongadas injusticias en el nivel internacional, como el proteccionismo de los países ricos. También evita la tarea de construir economías nacionales conscientes de sí mismas y articuladas en el mundo en desarrollo con capacidades industriales que puedan desafiar a las del mundo desarrollado. Pero la lucidez de Kapstein en ocasiones asoma a expensas de enfrentarse a las pruebas empíricas. Kapstein tiende a mezclar enunciados empíricos y normativos, "lo que es" y "lo que debería ser". Por ejemplo, en su análisis del dominio de reformas más importante de todos -- el comercio -- adopta una posición neoliberal estándar: los países en desarrollo deberían liberalizar su comercio en forma indiscriminada e integrarse completamente a la economía mundial. Desafortunadamente, esta posición está arraigada en el tipo de pensamiento más fundamentalista de la economía. El fiel al libre comercio cree en la capacidad de un mecanismo de mercados, que puede determinarlo todo, de ofrecer la prosperidad y la paz a perpetuidad. "Libre comercio" se ha convertido en la contraseña entre internos y externos, competentes e incompetentes. La postura mental fundamentalista se ve en el lenguaje mismo: las personas que no suscriben el libre comercio son "proteccionistas", creen en el "proteccionismo". Como sucede con "comunismo" y "terrorismo", la partícula "-ismo" implica un paquete coherente y estándar de creencias, en oposición maniquea a la fe verdadera. Por tanto, Kapstein confiesa: "Es difícil ser sólo un poco proteccionista"; o se defiende el libre comercio o se es un proteccionista, estás con nosotros o contra nosotros. Martin Wolf, supuestamente el periodista sobre economía más influyente del mundo, con frecuencia lanza advertencias en sus libros y en sus columnas del Financial Times acerca de "los enemigos del liberalismo" y "los enemigos que se reúnen fuera y dentro de los portales". Pero este planteamiento puede ser engañoso. El proteccionismo es solo un instrumento de política industrial entre muchos. Y, como cualquier instrumento poderoso, puede usarse bien o puede usarse mal. El problema con la postura de Kapstein es que supone que las pruebas empíricas sobre el libre comercio como motor de la eficiencia y el crecimiento económico están bien fundadas; no es así. Kapstein también supone que habría armonía entre un contrato social internacional basado en el libre comercio y los contratos sociales internos que reflejan las preferencias de los ciudadanos; en realidad, es más probable que haya tensiones. El argumento a favor del libre comercio se sostiene con claridad como Kapstein piensa que ocurre sólo cuando la alternativa es que no haya comercio. Los vínculos causales entre un comercio más libre (aranceles más bajos y menos restricciones cuantitativas a las importaciones) y un crecimiento comercial más rápido, y entre un crecimiento comercial más rápido y un crecimiento económico más rápido, no están bien establecidos. Por ejemplo, la tasa de crecimiento de India empezó a elevarse en la década de 1980, pero la mayoría de las reformas de "apertura" no comenzaron hasta principios de la de 1990. En forma similar, en China la rápida reducción del número de personas en el país que vivían en pobreza extrema había tenido poco que ver con la expansión comercial y mucho que ver con las reformas agrícolas. Entre tanto, desde que la mayoría de los países latinoamericanos abandonaron sus regímenes anteriores de sustitución de importaciones y empezaron a subrayar la privatización, la desregulación, el comercio y la liberalización financiera en la década de 1980, su crecimiento apenas ha sido de la mitad de lo que fue en las décadas de la "mala" industrialización de sustitución de importaciones. Tampoco está bien establecido que los países que se especializan en áreas de sus (actuales) ventajas comparativas gozarán de un mejor desempeño económico. Es improbable que Brasil se beneficie de la persistente caída de su sector manufacturero (caída en una escala parecida a la de Europa del Este) y de la reasignación de recursos hacia la soja, la madera y otras mercancías del estilo. Hay pruebas sólidas que muestran que el proceso dominante en lograr el desarrollo no es la especialización, sino la diversificación: la expansión de capacidades en un abanico más amplio de productos. Las pruebas de las fases de avance de Japón (1950-1973), Corea del Sur (1955-1990) y Taiwán (1955-1990) -- supuestamente los países más exitosos en desarrollarse en la historia -- indican que esos países utilizaron bien el proteccionismo, como uno de varios instrumentos de políticas industriales dirigidas a acelerar la diversificación y la actualización de sus economías más rápido de lo que lo habría hecho "el libre mercado". También fueron quisquillosos en cuanto a la IED que surgía; Japón y Corea del Sur, en particular, tendían a comprar tecnología extranjera más que a permitir el ingreso de compañías extranjeras, de un modo que supuestamente Kapstein no aprobaría. En cuanto a la cuestión independiente de si las políticas industriales tenían un papel más importante, las pruebas son más debatidas, pues ello implica desentrañar causalidades complejas. Pero puede sostenerse un argumento bastante fuerte, al menos al parecer, de que sí funcionaron. Por otro lado, los países que adoptaron la receta del libre comercio de Kapstein con frecuencia experimentaron un alza de las importaciones, lo que causó que atacaran las restricciones de la balanza de pagos con una tasa de crecimiento más lenta. Así que con frecuencia abrieron sus cuentas de capital a fin de ayudar a financiar sus déficits. En la siguiente ronda, muy a menudo experimentaron una crisis de deuda, estancamiento prolongado, o ambas cosas. Qué tanto la ortodoxia actual sobre el libre comercio y el liberalismo se han apartado de las pruebas empíricas puede indicarse con un simple examen. ¿Qué países han tenido las tasas de crecimiento sostenido más rápido desde la Segunda Guerra Mundial? Japón (8% de 1950 a 1980), Taiwán (8.6% de 1960 a 1995), Hong Kong (7.7% de 1960 a 1995), Malasia (6.9% de 1960 a 1995), Singapur (8.4% de 1960 a 1995), Corea del Sur (8.1% de 1960 a 1995), Tailandia (7.5% de 1960 a 1995), China (8-9% de 1980 a 2006) e India (6% de 1980 a 2006). Botswana, Irlanda y Vietnam también han estado en la misma liga. Lo que es sorprendente es que de los doce todos, menos dos, están en Asia del Este o del Sur, y prácticamente todos han mantenido regímenes de políticas que los definirían como serios fracasos según los criterios neoliberales. Algunos de los peores pupilos del neoliberalismo han obtenido altas calificaciones, mientras muchos de los mejores pupilos han obtenido las más bajas. GRADOS DE APERTURA En cuanto a la relación entre un contrato social internacional basado en el libre comercio y la inversión y los contratos sociales internos que expresan las preferencias ciudadanas acumuladas mediante el debate político, la supuesta armonía de Kapstein pasa por alto una de las tensiones básicas de la teoría política liberal: el que una mayoría de ciudadanos puede no querer el comercio y la inversión libres. En la historia del capitalismo, la extensión de las franquicias ha generado a menudo demandas de proteccionismo, regulación de mercados y la oferta de bienestar. Entre tanto, la extensión del comercio y la inversión libres se ha dado al amparo de regímenes autoritarios, como el de Augusto Pinochet en Chile. Kapstein y otros adalides neoliberales sobrepujan esta tensión suponiendo que el grado óptimo de apertura de todos los países -- desarrollados o en vías de desarrollo -- está completamente abierto, y cualquier trastorno al contrato social interno puede manejarse mediante "redes de seguridad social". Una perspectiva más plausible es que el óptimo grado de apertura varía de un país al otro, así como dentro de un solo país en el curso del tiempo. Depende, por ejemplo, de la condición actual de la red de seguridad social de un país y de su nivel de industrialización. Los países normalmente pasan por estadios, empezando por productos basados en recursos naturales o intensivos en trabajo, que pasan a productos de tecnología media y luego a productos de alta tecnología. Conforme las exigencias de aprendizaje y la severidad de las fallas del mercado varían de un estadio al otro, la cuantía del respaldo de política industrial (contando en ello el proteccionismo) debería variar entre los distintos sectores y con el paso del tiempo, donde el apoyo se reduce o elimina conforme las industrias se vuelven competitivas en el mercado internacional. Hoy, uno de los temas más apremiantes es cómo diseñar un conjunto de reglas que pueda equilibrar las ventajas que una política comercial más abierta llevaría a China, otros países de Asia del Este e India con las ventajas mucho menores que le llevaría a la mayoría de los países en desarrollo. La amenaza a las industrias de la exportación y la sustitución de importaciones de la mayoría de estos últimos países viene principalmente de países asiáticos más que de Estados Unidos o Europa. Al menos es debatible el que las reglas del libre comercio deberían permitir un acceso privilegiado en mercados de países ricos a productos de países pequeños y pobres, por ejemplo de América Central o de África subsahariana, incluso quizá en forma de subsidios a las importaciones pagados por los países desarrollados, y complementados con ayuda masiva para construir industrias internas en los países pobres. En cualquier caso -- por razones que pertenecen a la soberanía y a la capacidad de un estado de aprovechar las oportunidades -- , la justicia requiere que haya más margen de maniobra para que los países escojan qué tan abiertos serán. Ello implica una reforma importante de las reglas centrales de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Como ha escrito el economista en desarrollo de Harvard Dani Rodrik: Las reglas de admisión a la economía mundial no sólo reflejan poca conciencia de las prioridades del desarrollo; a menudo no tienen nada que ver con principios económicos razonables. Las reglas de la OMC sobre el anti-dumping, subsidios y medidas compensatorias, agricultura, textiles, medidas de inversiones relacionadas con el comercio y derechos de propiedad intelectual relacionadas con el comercio carecen, expresamente, de cualquier justificación económica más allá de los intereses mercantilistas de un estrecho conjunto de poderosos grupos en los países industriales avanzados. Es difícil ver la recompensa para el tema de desarrollo de la mayoría de estos requisitos. Kapstein no logra ver la insuficiencia de las actuales reglas porque acepta la proposición neoliberal estándar de que hay dos tipos de intercambios: voluntarios (asociados con el mercado) y obligatorios (asociados con el Estado). Pero los estados pueden entrar en acuerdos voluntarios con otros estados. El progreso y la justicia requieren que se expanda el alcance de los voluntarios y disminuya el alcance de los obligatorios. En el caso de la OMC, los gobiernos tienen la opción de unirse a ella o no. Si se le unen, deben juzgarla justa, en el sentido de mutuamente ventajosa. Como dice Kapstein: "Podemos suponer con seguridad que la participación en el régimen del comercio internacional debe servir a los intereses de cada negociador de un modo mejor que la no participación". Es cierto que la participación puede servir a los intereses de los estados de un modo mejor que la no participación, pero ello no es necesariamente así debido a que la participación acarrea mayores beneficios; puede ser debido a que las asimetrías de poder hacen que la no participación sea realmente una mala opción. Un pequeño número de estados ricos y poderosos son capaces de ejercer "un poder de conducirse solos" y presentar ultimátums a los países en desarrollo en términos extremadamente ventajosos para sí mismos. Incluso China enfrentó algo parecido a esta opción en respuesta al cambio constante del Congreso de Estados Unidos sobre el acceso de China al mercado estadounidense de acuerdo con consideraciones geopolíticas más amplias; China decidió unirse a la OMC en términos ampliamente vistos como adversos a fin de llevar alguna regularidad a su acceso a los mercados estadounidense y europeo. Rusia está enfrentando el mismo problema ahora en sus negociaciones para ingresar a la OMC: Washington sigue incrementando los requisitos y cambiando las condiciones de acceso. CONTRA LA UNIFORMIDAD A final de cuentas, el análisis de Kapstein padece de dos problemas básicos. El primero es que no concede suficiente espacio de políticas a los gobiernos de los países en desarrollo para experimentar con varios regímenes de políticas, entre ellas diferentes grados de apertura. La justicia económica internacional debería fundarse en reglas que gobiernen sobre la interacción entre diferentes regímenes internos, más que reglas que requieran el mismo régimen interno de apertura total. Por supuesto, esta es una tarea más exigente para quienes diseñan las reglas y para quienes se encargan de aplicarlas. Una de las virtudes del libre comercio y del libre movimiento de capitales es que son muy simples. Pero también son injustas, en particular porque (a través de mecanismos de elevar los rendimientos y del aprendizaje en la práctica) tienden a generar fuertes polarizaciones geográficas, en las que muchos países en desarrollo quedan del lado perdedor. Una política industrial de economía abierta, que contemple varios grados de apertura a la economía global, puede ayudar potencialmente a compensar estas tendencias polarizadoras. Pero ni las reglas de la OMC ni el internacionalismo liberal de Kapstein dan un espacio para el tipo de políticas industriales que serían relevantes para los países en vías de desarrollo. El segundo problema del análisis de Kapstein es que trata a todos los países como si fueran iguales. Pero sabemos que algunos estados son mucho mejores en la promoción del desarrollo que otros. El politólogo de Princeton Atul Kohli ha propuesto una tipología triple. Un "estado neopatrimonial", en el que el gobernante trata los recursos del estado como si fueran suyos (como Nigeria y muchos otros países de África y Medio Oriente), probablemente cause un desorden con los muchos instrumentos de la política industrial si tiene la ocasión de hacerlo. Un "estado adherente al capitalismo" (como Corea del Sur y Taiwán hasta alrededor de 1990) probablemente será mucho más efectivo al utilizar métodos dirigistas para mejorar y diversificar la estructura de su economía (aunque puede no ser el mejor para promover la protección de los derechos humanos). Entre estos dos tipos está el "estado fragmentado de múltiples clases" (como hay muchos en América Latina y el Sureste Asiático), cuya capacidad de implementar fuertes políticas industriales es más diversa y más apegada a las contingencias. ¿Deben cambiar las fronteras del espacio de políticas -- definidas por las reglas de la OMC y las condiciones de préstamos del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional -- según el tipo de estado, con base en que es más probable que los neopatrimoniales abusen del espacio de las políticas que los adherentes al capitalismo? ¿Cómo podrían ajustarse tales reglas en los regímenes de las organizaciones internacionales y en los acuerdos internacionales cuando existe tal presión de tratar a todos los estados, o al menos a todas las economías en desarrollo, en forma igual? Después de todo, Nigeria no apreciaría el rechazo del Banco Mundial a brindarle ayuda en materia de políticas industriales con base en su neopatrimonialismo, mientras el banco ayudara a otros países basándose en que tienen un estado fragmentado de múltiples clases que camina hacia el adherente al capitalismo. Tales preguntas merecen un debate mayor. Pero el punto principal es sencillamente que una tipología de los estados en desarrollo debería ser fundamental en cuanto a cómo pensamos sobre las políticas de desarrollo. Por el momento, no es así. Y el compromiso de Kapstein con las reglas universales oscurece dicha necesidad. Al pensar en estos temas, deberíamos dejar de hablar del "mundo en desarrollo" como algo diferente del "mundo desarrollado", y hablar en cambio de un "mundo 1:3:2" (un mil millones de personas viven en los países ricos, tres mil millones viven en países donde las tasas de crecimiento son más rápidas que las de los países ricos, y dos mil millones viven en países donde ellas son sustancialmente más bajas). ¿Cuándo los estados que representan los dos mil millones que crecen lentamente se juntarán a los estados que representan a los tres mil millones de rápido crecimiento pero de bajos ingresos para obligar cambios en las reglas de compromiso en la economía internacional? Quizá los representantes estatales de los tres mil millones de rápido crecimiento -- cuando, si es que se da, el ingreso promedio de esos estados alcance, por decir, los dos tercios del de los países ricos -- llegarán a suscribir las normas de políticas neoliberales como base de un orden económico mundial justo. Después de todo, la mayoría de los demás han hecho lo mismo cuando sus estados han llegado a la cúspide de la pila.
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