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El nuevo Medio Oriente Richard N. Haass De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2007 Resumen: Ha terminado la época del dominio estadounidense en Medio Oriente y se ha iniciado una nueva era en la historia moderna de la región. Estará definida por nuevos actores y nuevas fuerzas que competirán por ser influyentes, y, para tener control sobre ella, Washington tendrá que usar más la diplomacia que el poderío militar. Richard N. Haass es presidente del Council on Foreign Relations.
EL FIN DE UNA ERA Poco más de dos siglos después de que la llegada de Napoleón a Egipto anunciara el advenimiento del Medio Oriente moderno -- unos 80 años después de la desaparición del Imperio Otomano, 50 años después del final del colonialismo y menos de 20 años después del final de la Guerra Fría -- la era estadounidense en Medio Oriente, la cuarta en la historia moderna de la región, ha concluido. No se concretarán las expectativas de una nueva región semejante a Europa -- con paz, prosperidad y democracia -- . Es mucho más probable que surja un nuevo Medio Oriente que cause perjuicios a sí mismo, a Estados Unidos y al mundo. Todas las eras se han definido por la influencia recíproca de fuerzas contendientes, tanto internas como externas a la región. Lo que ha cambiado es el equilibrio entre esas influencias. La próxima era de Medio Oriente promete ser una en la que los actores externos tengan un impacto relativamente modesto y las fuerzas locales disfruten de llevar la voz cantante, y en la cual los actores locales que van adquiriendo poder son radicales determinados a cambiar el estado de cosas imperante. Definir desde fuera el nuevo Medio Oriente será extremadamente difícil, pero será -- junto con la manera de tratar con una Asia dinámica -- el principal reto de la política exterior de Estados Unidos en las próximas décadas. El Medio Oriente moderno nació a finales del siglo XVIII. Para algunos historiadores, el acontecimiento crucial fue la firma del tratado, en 1774, que ponía fin a la guerra entre el Imperio Otomano y Rusia; puede alegarse que fue más importante la relativamente fácil entrada de Napoleón en Egipto en 1798, cosa que mostró a los europeos que la región estaba madura para la conquista e incitaba a los intelectuales árabes y musulmanes a preguntarse -- como muchos siguen haciéndolo hoy -- por qué su civilización se había rezagado tanto en comparación con la Europa cristiana. El declive otomano en combinación con la penetración europea en la región generó la llamada "Cuestión Oriental", en referencia a cómo lidiar con los efectos del declive del Imperio Otomano, que varias partes han tratado de responder, desde entonces, llevando agua a su molino. La primera era concluyó con la Primera Guerra Mundial, la extinción del Imperio Otomano, el establecimiento de la república turca y la división de los despojos de guerra entre los vencedores europeos. Lo que siguió fue una época de régimen colonial, dominada por Francia y el Reino Unido. Esta segunda era terminó unas cuatro décadas más tarde, después de que otra guerra mundial despojara a los europeos de mucha de su fuerza, creciera el nacionalismo árabe y las dos superpotencias empezaran a confrontarse. El historiador Albert Hourani, que escribió: "Quien gobierne el Cercano Oriente gobierna el mundo, y quien tiene intereses en el mundo debe estar preocupado por el Cercano Oriente", vio con razón que la crisis de Suez de 1956 marcaba el final de la era colonial y el principio de la era de la Guerra Fría en la región. Durante la Guerra Fría, como ya había ocurrido, fuerzas externas habían desempeñado un papel dominante en Medio Oriente. Pero la misma naturaleza de la competencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética dio a los estados locales un considerable margen de maniobra. La prueba decisiva de la era fue la guerra de octubre de 1973, que Estados Unidos y la Unión Soviética suspendieron en lo esencial en un empate, lo que dio lugar a una diplomacia ambiciosa, que incluía el acuerdo de paz entre Egipto e Israel. De cualquier manera sería un error considerar a esta era como simplemente la época de una competencia bien manejada entre grandes potencias. La guerra de junio de 1967 cambió para siempre el equilibrio de poder en Medio Oriente. El uso del petróleo como arma económica y política en 1973 puso el acento sobre la vulnerabilidad estadounidense e internacional ante la baja de oferta del abasto y las alzas de precios. Además, el balance de cuentas de la Guerra Fría creó un contexto en el cual las fuerzas locales en Medio Oriente adquirieron una autonomía significativa como para permitirles satisfacer sus propias agendas. La revolución de 1979 en Irán, que acabó con uno de los pilares de la política estadounidense en la región, hizo evidente que los extranjeros no estarían en condiciones de tener control sobre los acontecimientos locales. Los estados árabes se resistieron a los intentos estadounidenses de persuadirlos a unirse a los proyectos antisoviéticos. La ocupación de Líbano por parte de Israel en 1982 generó a Hezbollah; la guerra entre Irán e Irak agotó a esos dos países durante una década. ÉGLOGA ESTADOUNIDENSE El término de la Guerra Fría y la desaparición de la Unión Soviética condujeron a una cuarta era en la historia de la región, durante la cual Estados Unidos disfrutó de influencia y libertad de acción sin precedentes. Los rasgos predominantes de esta era estadounidense fueron la liberación de Kuwait dirigida por Estados Unidos, la prolongada permanencia de fuerzas terrestres y aéreas estadounidenses en la Península Arábica y un interés diplomático activo en tratar de resolver el conflicto árabe-israelí de una vez por todas (que culminó en el esfuerzo intenso pero al cabo infructuoso de la administración Clinton en Camp David). Más que ningún otro, este periodo ejemplificó el tema de lo que ahora se considera "el viejo Medio Oriente". La región quedó definida por un Irak agresivo pero frustrado, un Irán dividido y relativamente débil, un Israel visto como el estado más poderoso y la única potencia nuclear de la región, los fluctuantes precios del petróleo, los inestables regímenes árabes que reprimen a sus pueblos, la agitada coexistencia ente Israel y los palestinos y árabes y, más en general, el predominio estadounidense. Lo que llevó a su fin a esta era en menos de dos décadas son varios factores, algunos estructurales, algunos intrínsecos. El más importante ha sido la decisión del gobierno de Bush de atacar a Irak en 2003 y la conducción de las operaciones y la ocupación resultante. Una de las pérdidas de la guerra ha sido un Irak dominado por los sunitas, que adquirió las fuerzas y motivaciones suficientes para establecer un equilibrio con el Irán chiíta. Las tensiones entre sunitas y chiítas, latentes por un tiempo, han salido a la superficie en Irak y en toda la región. Los terroristas se han hecho de una base en Irak y creado un nuevo conjunto de técnicas para exportar. En buena parte de la región, la democracia se ha llegado a asociar con la pérdida del orden público y el fin de la primacía sunita. La postura antiestadounidense, ya considerable, se ha fortalecido. Y el mantener ahí una enorme porción de las fuerzas armadas estadounidenses ha reducido el marco de influencia de Estados Unidos en el resto del mundo. Es una de las ironías de la historia que la primera guerra en Irak, una guerra obligada por la necesidad, determinó el inicio de la era estadounidense en Medio Oriente y que la segunda guerra iraquí, una guerra elegida, precipitó su término.
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