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¿Nuevo socio estratégico de Estados Unidos?
Ashton B. Carter
De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2007

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Resumen: El año pasado, los gobiernos de Estados Unidos e India llegaron a un acuerdo que reconoce a esta última como potencia en armas nucleares. Este acuerdo ha sido muy criticado. Pero, con el tiempo, India podría llegar a ser un socio valioso en materia de seguridad, así que Washington debe seguir adelante con él.

Ashton B. Carter es profesor de Ciencia y Asuntos Internacionales en la Kennedy School of Government de Harvard, y fue subsecretario de Defensa en el primer gobierno de Clinton.

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El verano pasado, el primer ministro indio, Manmohan Singh, anunció que su país y Estados Unidos habían logrado un acuerdo para una "asociación estratégica" de largo alcance. Como parte del pacto, el presidente George W. Bush rompió con una antigua política de su nación y reconoció abiertamente a India como potencia nuclear legítima, poniendo fin a 30 años de esfuerzos de Nueva Delhi por lograr ese reconocimiento.

Mucho del debate en torno al "trato con India", como se le ha llamado tras su conclusión, en marzo pasado, se ha enfocado en asuntos nucleares. Los opositores afirman que la histórica concesión de Bush al país asiático podría asestar un fuerte golpe al régimen internacional de no proliferación nuclear y sentar un peligroso precedente para Irán, Corea del Norte y otros aspirantes a ser potencias nucleares. También señalan que el gobierno de Bush no obtuvo ningún compromiso significativo de Nueva Delhi: ninguna promesa de limitar su creciente arsenal atómico o de dar nuevos pasos para ayudar a combatir la proliferación nuclear y el terrorismo internacional. ¿Por qué, preguntan los críticos, dio Washington tanto a India por tan poco?

Estos detractores tienen razón y no. La tienen en decir que es un pacto desigual y parece haberse trazado con poca consideración a algunas de sus implicaciones. Pero exageran los daños que causará a la no proliferación -- causa importante, sin duda -- , y su comprensión de los objetivos del pacto es demasiado estrecha. Cuando se entienden los arreglos nucleares del acuerdo en forma correcta, tan sólo como parte de una realineación estratégica global que más adelante podría resultar crítica para los intereses de seguridad de Estados Unidos, el trato con India parece mucho más favorable. Washington cedió algo en el terreno nuclear para ganar mucho más en otros frentes, con la esperanza de ganar el apoyo y la cooperación de India -- país democrático de ubicación estratégica e importancia económica en aumento -- para enfrentar los desafíos que un Irán amenazante, un Pakistán turbulento y una China impredecible podrían plantear en lo futuro. La decisión de Washington de otorgar un reconocimiento nuclear a cambio de una asociación estratégica fue una jugada razonable.

Sin embargo, los críticos subrayan con razón una delicada asimetría en el acuerdo: aunque el trato es claro en lo que una de las partes concede, es vago en lo que la otra dará a cambio. India obtuvo un reconocimiento nuclear inmediato; las ganancias para Estados Unidos son contingentes y se encuentran muy adelante en un futuro incierto. Este desequilibrio deja a Washington a merced de la conducta futura de su contraparte: persiste la posibilidad de que India no cumpla su compromiso en la asociación estratégica, en especial si cooperar con Estados Unidos significa abandonar posturas que alguna vez respaldó como cabeza del Movimiento de los No Alineados (MNA) y alinearse en forma decisiva con Washington en un conjunto de temas de seguridad. Falta por ver, por ejemplo, si India, alguna vez férrea detractora del régimen de no proliferación nuclear, se volverá ahora uno de sus partidarios.

La verdad es que es demasiado pronto para decir si la promesa del trato con India se hará realidad. Muy pronto incluso para decir si en verdad se consumará. Para entrar en vigor, las concesiones de la Casa Blanca a India deben incluirse en la legislación estadounidense. Sólo el Congreso puede hacerlo, y muchos de sus miembros buscan equilibrar el pacto a favor de Estados Unidos. Algunos legisladores ansían hacerlo retirando algunas de las concesiones nucleares, entre ellas el reconocimiento como potencia, retroceso que arrojaría una nube perdurable sobre las relaciones entre las dos naciones. Reconociendo el peligro de este enfoque, otros legisladores, con apoyo de prestigiados expertos en la no proliferación, abogan por imponer nuevas condiciones técnicas a India. Esperan limitar lo que perciben como el peligro que plantea el trato con India al régimen de la no proliferación. Pero es probable que el daño fuera manejable, y es dudoso que el regateo sobre detalles técnicos restaurase la pérdida que haya sufrido la reputación de Estados Unidos como impulsor de la no proliferación. Washington ya la ha padecido; pudiera ser que Nueva Delhi considerase que esas condiciones son punitivas o sólo constituyen una renuente aceptación del pacto, resultado que minaría la buena voluntad que la Casa Blanca buscó construir al lanzar una amplia asociación estratégica.

El trato, por problemáticas que sean sus disposiciones nucleares, no debe reformularse o restringirse. Más bien el Congreso debe apoyarlo en su totalidad y aprobarlo con una redacción que defina con claridad las ventajas geopolíticas concretas que Estados Unidos espera ganar de una asociación estratégica con India.

RECONOCIMIENTO AL FIN

Anteriores gobiernos estadounidenses adoptaron la postura de que el arsenal nuclear de India, que se probó por primera vez en 1974, era ilegítimo y debía ser eliminado o al menos limitado con severidad. Lo hicieron así por dos razones. Primera, temían que legitimar el arsenal indio desencadenara una carrera armamentista en Asia porque Pakistán, el archirrival de India, y China se verían tentados a mantenerse al paso de las actividades indias. Segunda, Washington quería apegarse estrictamente a los principios fundamentales del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP): los estados signatarios podían realizar comercio nuclear pacífico; los no firmantes, como India, no. Los trazadores de políticas de Estados Unidos temían que comprometer esos principios daría a los estados con aspiraciones nucleares razones para creer que podrían eludir el TNP si esperaban lo suficiente y desalentaría a los que apoyaban lealmente el tratado contra los proliferadores.

Sin embargo, una postura no es una política. Y eliminar el arsenal de India se volvió una postura cada vez menos realista cuando Pakistán se nuclearizó, en la década de 1980... y luego se convirtió en fantasía en 1988, cuando India probó cinco bombas bajo tierra y se declaró abiertamente como potencia nuclear. Luego de los ensayos indios, el gobierno de Clinton buscó inclinar a Nueva Delhi en direcciones que limitaran acciones en contrapartida de China y Pakistán y, sobre todo, previnieran una guerra nuclear indo-paquistaní. Durante ese periodo Washington sostuvo con firmeza que faltaba mucho tiempo para reconocer la condición nuclear de India. Luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001, que impulsaron a Washington a mirar con nuevos ojos sus políticas en el sur de Asia, el gobierno de Bush se acercó primero a Pakistán para procurar su ayuda contra los terroristas islámicos. Pero luego se volvió también hacia Nueva Delhi, y en el verano de 2005 finalmente le concedió el reconocimiento nuclear de facto. De un golpe, pues, Washington invitó a India a unirse a las filas de China, Francia, Rusia, Estados Unidos y el Reino Unido -- los vencedores de la Segunda Guerra Mundial -- como legítima poseedora de la influencia que las armas nucleares confieren. Cuando, a principios de este año, el gobierno de Bush negoció los términos específicos de su arreglo nuclear con Nueva Delhi, Washington abandonó, contra el consejo de especialistas en no proliferación, todo esfuerzo por condicionar el trato a restricciones que impidieran a India aumentar su arsenal nuclear.




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