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¿El final de la Europa francesa? Steven Philip Kramer De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2006 Resumen: El año pasado, cuando los votantes franceses rechazaron la propuesta de constitución para la UE, pusieron de manifiesto una profunda falta de confianza no sólo en Europa, sino en Francia misma. Por mucho tiempo impulsor de la integración europea, en estos días París apenas puede guiar su propia nave estatal. Gran parte del problema es Jacques Chirac. Pero las aflicciones de Francia van mucho más allá. Steven Philip Kramer es profesor de Estudios de Seguridad Nacional en el Industrial College of the Armed Forces en la National Defense University. Los puntos de vista aquí expresados son del autor y no reflejan los de la National Defense University ni los del Departamento de Defensa de Estados Unidos.
EL DERRUMBE El 29 de mayo del año pasado, en un referendo de nivel nacional, los votantes franceses rechazaron el proyecto de una nueva constitución para la Unión Europea (UE). Aunque no inesperado, su voto sumió a la UE en un prolongado periodo de incertidumbre. También fue un claro indicio de que Francia misma está en crisis. Al decir no a un proyecto elaborado en gran parte por sus propios dirigentes, los votantes franceses en realidad desconocieron a sus dirigentes y, de paso, exportaron la crisis de su país a la UE. La integración europea y la constitución para la UE fueron en gran medida empeños franceses, y durante mucho tiempo Francia ha sido el líder natural de Europa. A un año de la votación, la pregunta fundamental que persiste es si el voto del no, junto con los disturbios posteriores en las banlieues (suburbios) de París y las más recientes protestas masivas contra la reforma laboral para los jóvenes, destruyeron la capacidad francesa de conducir la UE, institución por cuya creación tanto hizo Francia. Francia ha afrontado crisis similares en el pasado. Tras su derrota de 1870 en la Guerra Franco-Prusiana y de nuevo tras el desastre de 1940 (cuando Francia cayó ante Alemania en tan sólo seis semanas), la nación gala luchó por mantener su seguridad nacional y su posición como gran potencia. Trató de reponerse de su fracaso en 1870 fundando la Tercera República, reconstruyendo sus fuerzas armadas y estableciendo alianzas contra Alemania. Sin embargo, los franceses no se pusieron de acuerdo en cuanto a las causas básicas de su derrota, y ello les impidió crear un programa de acción unificado para la reconstrucción del país. Esta falta de cohesión provocó la segunda gran humillación de Francia, en los primeros días de la Segunda Guerra Mundial. Después de concluida la guerra, Francia adoptó un plan más creativo para su reconstrucción. Sus dirigentes prepararon un nuevo modelo para una economía planificada y un Estado benefactor y en 1958, tras otra crisis política, establecieron la Quinta República, con la adopción de nuevas instituciones políticas que favorecían al poder ejecutivo a expensas del Parlamento. Ya a finales de la década de 1940, los dirigentes de Francia se habían volcado al proyecto de la integración europea, para con ella resolver el problema alemán y alcanzar un lugar preponderante en la región (en general en asociación con Alemania Occidental). Para resolver sus propios problemas, Francia quiso resolver los de Europa Occidental. Su solución fue un avance existencial para Europa; la integración europea servía tanto a los intereses de Europa como a los de Francia. Ahora, las grandes ambiciones de Francia parecen haberse topado con el fracaso. El fracaso de la constitución para la UE en el referendo del año pasado se debió a dos factores: a una crisis generalizada en la sociedad francesa y a los defectos inherentes al concepto francés de Europa. La primera revela el hecho de que el modelo francés de posguerra -- político, económico y social -- ya no funciona bien. Francia carece de fe en sí misma; su élite está dividida en asuntos fundamentales y ha perdido la confianza del público. Su economía ha padecido un lento crecimiento durante una década, su modelo de asistencia social presenta problemas y su sistema de integración étnica ha sido desafiado por los recientes disturbios. Mientras tanto, las posturas de Francia sobre la UE se han hecho cada vez más egoístas y defensivas. Una UE ampliada bajo la tutela de París ha sido vista con irritación, y los ciudadanos franceses no ocultan su alarma ante las implicaciones de dicha ampliación. Es indudable que, pese al papel central de Francia en la creación de la UE, la relación del país con Europa nunca ha sido fácil. Aunque París hizo de la integración europea la piedra angular de su política exterior después de la Segunda Guerra Mundial, los dirigentes franceses siempre han estado poco dispuestos a ceder soberanía nacional a las instituciones supranacionales que contribuyeron a parir; prueba de ello son la derrota de la Comunidad de Defensa Europea en 1954 (intento por establecer un ejército europeo integrado dentro de la OTAN para evitar el rearme de Alemania Occidental como fuerza nacional) y la casi derrota del Tratado de Maastricht en un referendo francés en 1992. Durante la Quinta República, Francia ha querido cosas contradictorias de la integración europea: un bloque supranacional que tuviera una alta posición en el mundo, pero que requiriera el sacrificio mínimo de soberanía nacional de parte de sus miembros. Los funcionarios franceses creyeron que una comunidad europea basada en la acción intergubernamental (en la cual la toma de decisiones residiría principalmente en los representantes de los Estados miembro) ofrecía los mejores medios para reconciliar estos dos objetivos. Pero fue precisamente esta UE intergubernamental la que los votantes franceses derribaron en mayo pasado. Habría que considerar esa votación como una advertencia: Francia necesita rediseñar su estrategia nacional, a la manera en que lo hizo después de 1870 y 1945. Aunque la renovación francesa no es una condición suficiente para el futuro desarrollo de la UE, sí es una condición necesaria. Desafortunadamente, Francia no ha logrado nada en este frente desde mayo de 2005. Si algo ha ocurrido, es que las cosas se han deteriorado. SALIENDO DE LAS CENIZAS En su célebre libro The Strange Defeat, el gran historiador Marc Bloch describe su experiencia como oficial de la reserva francesa durante la desastrosa Batalla de Francia, en 1940, y luego emplea su formación como historiador para explicar las causas de la debacle. Según Bloch, la rápida capitulación de Francia ante los nazis no fue sólo un fracaso militar, sino la consecuencia de problemas más fundamentales en la sociedad francesa. El argumento de Bloch es pertinente para los días actuales: como la humillación de las fuerzas armadas francesas hace más de 60 años, la derrota del referendo del año pasado reveló cuán arraigada era la crisis de legitimidad surgida de la incapacidad del gobierno para resolver problemas de largo plazo. Los resultados de 1940 también son instructivos. Tras la guerra, la rápida caída de Francia produjo una creencia generalizada de que era necesario un cambio radical en la estructura del país. Pero dada la escala de la derrota y de la fragmentación de la sociedad francesa, se requirieron décadas para establecer una respuesta coherente y convencer a la mayoría de los dirigentes y la población francesa a reconocerla.
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