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La nueva estrategia de Israel
Barry Rubin
De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2006

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Resumen: La política israelí ha experimentado una transformación, impulsada por el reconocimiento de que mantener Cisjordania y Gaza no conviene a los intereses de Israel y de que las autoridades palestinas no están listas para la paz. El nuevo consenso ha inducido a Israel a retirarse unilateralmente, y con ello ha arrojado un rayo de esperanza sobre una situación aparentemente irremediable.

Barry Rubin es director del Centro Global Research in International Affairs (Gloria, su acrónimo en inglés) y director general de la publicación Middle East Review of International Affairs. Su libro más reciente es The Long War for Freedom. The Arab Struggle for Democracy in the Middle East.

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The Israel-Palestine Conflict: One Hundred Years of War
James L. Gelvin. : Cambridge University Press, 2005.

Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy
Schlomo Ben-Ami. : Oxford University Press, 2006.

EL FINAL DE LA OCUPACIÓN

La política y los programas gubernamentales israelíes se someten a una transformación revolucionaria, una de las cadenas de hechos más importante en la historia de la nación. Así de extraordinarios como los acontecimientos recientes, lo es la aparición de un nuevo paradigma estratégico que revierte 30 años de debate y práctica y destruye algunas de las suposiciones israelíes más fundamentales.

¿Por qué han cambiado en forma tan notable las percepciones, la política y la estrategia? El cambio empezó cuando el primer ministro Ariel Sharon ordenó el retirado completo de la Franja de Gaza y de partes de Cisjordania, incluso el desmantelamiento de los asentamientos judíos en esas áreas. En pocos meses, el Partido Likud de Sharon se rebelaba en su contra; Sharon abandonaba el Likud y formaba otro partido, el Kadima; el Partido Laborista elegía como dirigente a un personaje externo, populista; la coalición gobernante se disolvía, lo que obligó a la realización de nuevas elecciones; Sharon quedó incapacitado físicamente por un ataque apoplético y fue sustituido por un destacado diputado, Ehud Olmert, y Olmert logró ganar las elecciones de marzo de 2006. La victoria de Hamas en las elecciones palestinas de enero de 2006 sólo subrayó las ya existentes tendencias.

La nueva política que está surgiendo se basa en un amplio reconocimiento israelí de que mantener Cisjordania y la Franja de Gaza sencillamente no sirve a los intereses de Israel, pese al hecho de que las autoridades palestinas se han mostrado apáticas respecto a la paz, e incapaces de realizarla, y de que tanto Fatah como Hamas utilizarán esas tierras para tratar de lanzar ataques contra Israel. Los territorios ya no ofrecen una función estratégica para Israel, dado lo improbable de un ataque convencional por parte de los ejércitos estatales árabes, e Israel podría defender mejor a sus ciudadanos creando una fuerte línea defensiva en vez de dispersar sus fuerzas. Es más, como no es probable que se alcance un amplio acuerdo de paz por muchos años, los territorios ya no tienen valor como elementos para la negociación. Durante el largo tiempo que pasará antes de que los palestinos estén bien organizados y lo suficientemente moderados para hacer la paz, Israel tiene que establecer su propia estrategia basada en esta realidad.

¿TERRITORIO POR PAZ?

La situación internacional cambió drásticamente en la década de 1990, pero hasta hace poco Israel estaba demasiado ocupado con crisis de plazo más corto y asuntos más cercanos como para integrar la nueva realidad externa a su ideario. La Guerra Fría terminó, la Unión Soviética cayó y Estados Unidos se convirtió en la única superpotencia mundial. En 1991, la coalición encabezada por los estadounidenses derrotó a Irak y lo obligó a salir de Kuwait. Mientras tanto, los Estados árabes fueron perdiendo interés en luchar en el conflicto árabe-israelí; la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), después de décadas de combatir con Israel sin lograr sus objetivos, llegó a uno de sus puntos más bajos.

Al principio, pareció que tales cambios -- más una acumulación de derrotas y problemas internos en Palestina -- impulsarían a los dirigentes palestinos, a Siria y a la mayor parte de los Estados árabes hacia un acuerdo de paz con Israel. El proceso de paz fue un experimento para ver si éste podría ocurrir de hecho. En 2000, tanto Siria como los palestinos (siguiendo el Plan Clinton y los acuerdos de Camp David) rechazaron la paz, demostrando así que tales expectativas eran erróneas.

Según concluyó la mayoría de los israelíes, ese resultado no era producto de algún malentendido, de la intransigencia estadounidense o israelí, de un leve paso en falso diplomático o de la necesidad de hacer cambios menores en el trato que se ofrecía. Al contrario, las dirigencias palestina y siria sencillamente no estaban listas para la paz . . . debido a las fuerzas e ideologías radicales, a las personalidades de línea dura, a los objetivos extremistas y al hecho de que el conflicto fortalecía a los dictadores que, de otro modo, enfrentarían serios problemas internos. Al ver frustradas sus propias esperanzas, los israelíes de todo el espectro político aceptaron de mala gana que el conflicto persistiría durante mucho tiempo.

La respuesta israelí a este reconocimiento se definió en el histórico debate israelí sobre la estrategia nacional, las lecciones percibidas de la experiencia de Oslo y el análisis israelí de la realidad política palestina. Un sector del público israelí siempre ha querido conservar los territorios capturados en la Guerra de los Seis Días de 1967 por motivos religiosos o nacionalistas, pero siempre fue una posición minoritaria y no la política del gobierno, con la excepción del caso de Jerusalén Oriental. Los verdaderos argumentos importantes para retener los territorios eran de índole estratégica y diplomática: primero, mantener Cisjordania y la Franja de Gaza daría a Israel profundidad estratégica, que podría utilizarse para defenderse contra un ataque militar convencional; y segundo, los territorios podrían emplearse como elementos de negociación cuando hubiera un socio palestino dispuesto a hacer una paz duradera . . . un "territorio por paz", como indicaba la consigna. El Partido Laborista y el Likud por igual invocaron estos argumentos para apoyar los asentamientos judíos en los territorios. Ambos partidos preferían mantener Cisjordania y la Franja de Gaza hasta lograr un verdadero avance en el frente diplomático.

Esta posición era racional por varias razones. Para la mayor parte de la historia de Israel, la principal amenaza estratégica al país fue una guerra convencional en sus fronteras con los Estados árabes. En tal contexto, era vital poseer Cisjordania, en especial para controlar el Valle del Jordán y utilizar las serranías que, de norte a sur, se extienden por el oeste como posiciones para defenderse contra un ataque de las fuerzas iraquíes, jordanas, sauditas o sirias. La posesión de los territorios también daba a Israel un colchón de seguridad contra los ataques terroristas palestinos desde el otro lado de la frontera, una amenaza que se magnificaba por lo irritante y real debido al hecho de que tales fuerzas contaban con la ayuda árabe y del bloque soviético. Al mismo tiempo, se suponía que los que estaban "detrás" de las líneas defensivas israelíes -- los palestinos de Cisjordania y de Gaza -- sólo representarían un problema de seguridad limitado.




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