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Israel en Líbano, guerra añeja, ¿nuevas percepciones? Stéphan Sberro De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2006 Resumen: La invasión de Líbano de nuevo dejó aflorar la hostilidad hacia Israel de la mayoría de los intelectuales, en particular en América Latina. Sin embargo, en un conflicto donde aparecen fracturas dentro del mundo musulmán (partidarios de la convivencia con Occidente y extremistas cuya supervivencia depende de la confrontación), los gobiernos del mundo, con excepción de Irán, Siria y Venezuela, han adoptado un perfil bajo o de apoyo a los objetivos de Israel. Así la falta de victoria militar contundente estaría compensada por su primera victoria diplomática, abriendo la puerta a una solución negociada del conflicto. Stephan Sberro es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de París, titular de la cátedra Jean Monnet de Estudios Europeos, profesor investigador del ITAM y codirector del Instituto de Estudios de La Integración Europea (IEIE).
Con tantos sufrimientos y destrucciones casi "en vivo y directo" de ambas partes de la frontera, la guerra entre Israel y Líbano ha sido una vez más la oportunidad de externar emociones, esgrimiendo clichés y falsedades. Como de costumbre, Israel fue el blanco principal de las críticas de la prensa y de los analistas. Sin embargo, la moderación de la diplomacia internacional, después de un mes de bombardeos israelíes, es prueba de que algo está cambiando. No se trata solamente de una mejor imagen de Israel, cuyos civiles también pagan un precio elevado. El mundo percibe que esta vez no se está ante un conflicto entre dos países que no tienen querella internacional -- Israel y Líbano -- y que mañana podrían firmar la paz. Se trata de una guerra de ideas y de una fractura dentro del mundo musulmán entre partidarios de la convivencia pacífica con Occidente y extremistas, cuya supervivencia depende de la confrontación permanente. La victoria de los primeros incumbe al mundo entero. En muchos análisis, el discurso tradicional prevalece: la violencia israelí habría demostrado su orgullo de potencia malherida y en declive; aumenta el odio y aleja las posibilidades de una paz verdadera. Mientras tanto, Hezbollah habría mostrado una capacidad de resistencia que despierta la admiración de la "calle árabe". Para los adversarios de Israel, poco importan los hechos, en particular los métodos de Hezbollah y la falta de cualquier resultado concreto que justificaría a posteriori la agresión que provocó la destrucción del país que pretendió defender. Responder a estos argumentos es una misión casi imposible. Primero, justificar una guerra, sobre todo después de lo ocurrido con la invasión de Irak, siempre será un ejercicio escurridizo, casi perdido de antemano. A corto plazo, los sufrimientos inmediatos siempre ensombrecen los objetivos alcanzados a largo plazo, por definición invisibles e imposibles de evaluar en el presente. En segundo lugar, en la opinión pública y en los círculos de intelectuales el reflejo antiisraelí es tan fuerte desde hace medio siglo que es necesario ir a contracorriente para recordar hechos básicos. El sentimiento antiestadounidense, el no alineamiento, la inclinación natural hacia el que parece más débil se mezclan con pasiones más turbias relacionadas con el antisemitismo tradicional, ya sea cristiano o musulmán. En América Latina, la ambigüedad de esta postura está bien expuesta por el presidente venezolano Hugo Chávez quien, después de haber hecho comentarios con resabios antisemitas y haberse acercado a Irán y Siria, retira a su encargado de negocios de Israel, en solidaridad con los árabes, por cierto, mucho más prudentes que él. Esta actitud "bolivariana" parece, sin embargo, un hecho aislado si se le compara con la cautela de la mayoría de los gobiernos de la región, por ejemplo la de Perú en los primeros debates del Consejo de Seguridad de la ONU. Israel también encontró aliados otrora improbables como India o Rusia en el G-8 de San Petersburgo en julio de 2006. Así, a pesar del carácter tradicional de esta guerra y de la violencia de las imágenes, algo parece cambiar. Israel ya no es el malo de la película. Los políticos, árabes incluidos, no lo consideran el principal responsable de la nueva guerra en la región. Hezbollah está abiertamente acusado de haber provocado a Israel deliberada e inútilmente, penetrando en su territorio, matando a ocho soldados y secuestrando a otros dos. Se le reprocha por primera vez escudarse tras civiles para dificultar las operaciones militares. Por último, queda claro que los titiriteros responsables de la repentina guerra entre Israel y uno de sus vecinos árabes son Irán y Siria. Este acto de guerra, dos años después del retiro israelí de Líbano, tiene según Hezbollah dos justificaciones: la recuperación de 45 kilómetros cuadrados de territorio nacional, las granjas de Shaaba en el sur de Líbano, que la misma ONU atribuye de todas maneras a Siria, y la solidaridad con el sector más extremista de los palestinos después del secuestro de otro soldado israelí en la franja de Gaza. Existen otras razones más profundas que nada tienen que ver con los intereses de Líbano o de los palestinos: la voluntad de obstruir la protodemocracia en Líbano e Irak, de desviar la atención del mundo del programa nuclear iraní y de obstaculizar los tímidos gestos de moderación del gobierno islamista palestino. Ante el temor de que Siria logre dominar de nuevo a Líbano, o que un Irán atómico se convierta en la potencia regional, el mundo, incluido el mundo árabe (menos Argelia y Siria), demostró más comprensión ante las decisiones del gobierno israelí. Luego de un mes de bombardeos masivos e incursiones israelíes en un país árabe, ningún ejército árabe se había involucrado ni había amenazado con hacerlo, ni siquiera los primeros afectados -- el ejército de Líbano o el de Siria, que se atribuye un papel especial en los asuntos de su pequeño vecino -- . Egipto o Jordania mantuvieron sus embajadas y esperaron varias semanas antes de criticar a Israel. La moderación de Arabia Saudita es todavía más notable. El respaldo canadiense, el silencio europeo y la moderación de la resolución 1701 de la ONU son otras señales más de la reorientación diplomática a favor de Israel. En América Latina, la relativa y posiblemente temporal preservación del flagelo del terrorismo islamista -- menos en Argentina -- , la compleja relación con Estados Unidos y el rechazo fundamental al intervencionismo, sobre todo si está abiertamente apoyado por Estados Unidos, son los prismas a través de los cuales se analiza la situación en Medio Oriente. La inercia heredada de los años setenta, cuando los "no alineados" congregaban con periodicidad mayorías automáticas para condenar a Israel, es otro factor que se observa claramente en Tlatelolco, por ejemplo. Pero aun si hoy ya no se critica a Israel de forma tan unánime, los estragos del pasado siguen a la vista mientras aparecen argumentos más sutiles. Después de la genial idea del "terrorismo de Estado", que no tiene sustento jurídico e implica falsamente un deseo deliberado del gobierno israelí de atacar a civiles (exactamente lo que intenta evitar, pero lo que hacen constantemente Hezbollah, Hamas o Al Qaeda), se empezó a esgrimir el argumento jurídico de la "proporcionalidad", sin importar quién la mide y cómo. Además esta noción no se aplica en el contexto de la lucha contra un grupo terrorista o de una guerrilla, lucha que es por esencia desigual tanto en sus medios como en sus objetivos. Aceptar la premisa de proporcionalidad equivale a ceder. Para Hezbollah, no se trata de ganar una batalla clásica ni evitar pérdidas civiles ya sean israelíes o libanesas sino, al contrario, buscarlas para reforzar su causa. Los árabes con pasaporte israelí o libanés fueron víctimas de esta concepción de un grupo que afirma combatir a su favor, enviándoles cohetes. En este marco, aceptar la proporcionalidad sería como aceptar constantes atentados y lluvias de cohetes, sabiendo que la imprecisión que evita víctimas no se debe a la voluntad sino a la incapacidad, temporal, de apuntar hacia escuelas, hospitales y viviendas. No se trata de "daños colaterales", sino de los mismos blancos de los ataques. ¿Cómo reaccionar "proporcionalmente" ante un enemigo que prepara abiertamente tu propia desaparición? Las declaraciones del presidente iraní sobre la necesidad de "borrar a Israel del mapa" y la "mentira del holocausto" mientras busca obtener el arma atómica, no dejan ninguna duda sobre el futuro de Israel si baja la guardia. ¿Qué país podría aceptar y evaluar con calma la proporcionalidad para contestar a los intentos continuos de atentados sangrientos, al bombardeo persistente sobre 20% del país, a muertes deliberadas de civiles y al éxodo de medio millón de personas, o sea 10 millones de refugiados en proporción a la escala de México? ACABAR CON ALGUNOS CLICHÉS
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