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América Latina, Medio Oriente y Estados Unidos Farid Kahhat De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2006 Resumen: Tras los atentados del 11-S América Latina regresó a su lugar habitual en la agenda exterior de Estados Unidos, lo cual es lógico si se tiene en cuenta que el combate al "terrorismo de alcance global" es su nueva prioridad estratégica. Por fortuna, ese fenómeno ha estado ausente de la región latinoamericana. Sin embargo, el "terrorismo de alcance global" parece haber suplantado al comunismo en dicha agenda, en tanto se presenta como una amenaza mundial a los intereses vitales, tanto de Estados Unidos como de sus aliados. Farid Kahhat es profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Católica del Perú, columnista de los diarios Reforma (México), y El Comercio (Lima).
Se suponía que América Latina sería una prioridad en la política exterior de Estados Unidos durante el nuevo siglo. Al menos ésa fue la voluntad expresada por George W. Bush poco después de asumir la presidencia de su país. Nadie podía prever entonces que los atentados del 11-S pondrían de nuevo a la región en su lugar habitual dentro de la agenda exterior estadounidense. Tal es el caso, porque la política de ese país hacia América Latina se vio influida por la prioridad que concede en su agenda exterior a los temas de seguridad. En esa perspectiva era improbable que un tema como el narcotráfico se abordara como un problema de responsabilidad compartida, ante el cual el eje de una estrategia común fuese promover el desarrollo alternativo. Más bien, hoy tiende a percibirse como un problema de seguridad por abordarse a través de la erradicación coercitiva de cultivos, y de la represión militar cuando se vincula con la violencia política (por ejemplo, el Plan Colombia). La relativa postración de América Latina se explica, además, porque la prioridad que Estados Unidos concede a los temas de seguridad no es compartida por los países de la región. En primer lugar porque, con excepción de Colombia, no existe ninguna insurgencia armada significativa en América Latina desde principios de la década de 1990. En segundo lugar, porque aunque todavía hay conflictos limítrofes entre algunos Estados de la región, ningún analista considera probable el uso de la fuerza como medio para lidiar con ellos. Por último, porque América Latina es la única región del mundo en donde no se ha detectado una presencia organizada de lo que el documento oficial de seguridad de Estados Unidos denomina "terrorismo de alcance global" (es decir, Al Qaeda y grupos afines). Investigaciones recientes han contribuido a disipar el mito de que la "Triple Frontera" entre Argentina, Brasil y Paraguay sería la única excepción a esa regla. Por ejemplo, durante una conferencia de prensa en la que se dio a conocer el informe de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos sobre la Triple Frontera, se indicaba que: "En el presente, el gobierno de Estados Unidos no tiene información fidedigna que confirme una presencia organizada de Al Qaeda en la Triple Frontera. Tampoco hemos descubierto información que confirme la elaboración de planes operativos terroristas en la región". El documento añade que lo único que se ha podido probar en la materia es la existencia de personas que recaudan fondos para Hamas y Hezbollah. Pero, incluso las agencias de inteligencia estadounidenses admiten que esas organizaciones no tienen vínculo alguno con Al Qaeda, y no operan fuera de Medio Oriente. Más aún, las personas que presuntamente recaudaban fondos para ellas fueron en realidad acusadas de evasión fiscal, dado que esos fondos estaban destinados a entidades caritativas, cuyos vínculos con Hamas o Hezbollah eran más bien tenues o inexistentes. En todo caso, cabría preguntar cuál puede ser la influencia de esas organizaciones en el imaginario político de los inmigrantes de Medio Oriente en América Latina. Para empezar a responder a esa interrogante habría que indicar que tanto Hamas como Hezbollah, poseen en su agenda política reivindicaciones que pueden apelar a diferentes audiencias. En primer lugar, una reivindicación estrictamente nacional. Hamas busca poner fin a la ocupación militar que Israel instauró sobre territorios palestinos en 1967. Hezbollah, por su parte, posee un lugar prominente en la política oficial de Líbano, dado que la mayoría de sus compatriotas considera que fue su resistencia armada la que obligó al ejército israelí a replegarse del sur del país en el año 2000. Pero Hezbollah alega que ése fue sólo un retiro parcial, pues Israel aún mantiene una presencia armada en la zona conocida como las "granjas de Sheeba". Israel no niega su presencia allí, pero sostiene que se trata de territorio sirio, no libanés. Siria, por su parte, alega que la zona en cuestión es en realidad territorio libanés, pero no renuncia formalmente a ella. La ONU secunda la posición israelí, pese a que la población nativa posee documentos de identidad y títulos de propiedad emitidos por el Estado libanés. En síntesis, un intríngulis digno de una enrevesada historia de las Mil y una noches, que Hezbollah esgrimía como justificación para sus esporádicas acciones armadas contra Israel desde 2000. En segundo lugar, Hamas y Hezbollah hacen frente a la ocupación de territorios árabes por parte de la principal potencia militar de Medio Oriente (Israel), que cuenta con el respaldo incondicional de la principal potencia militar del mundo (Estados Unidos), las cuales constituyen a su vez la Némesis histórica del panarabismo. Por ello, también reivindican (y, a juzgar por las encuestas, obtienen) la solidaridad del conjunto de los pueblos árabes, lo cual coloca en una encrucijada a la mayoría de los gobiernos árabes. Por un lado, éstos no pueden dejar de rendir un tributo simbólico a las reivindicaciones nacionales del pueblo libanés y, sobre todo, del pueblo palestino. Por otro lado, sin embargo, la férrea resistencia de Hamas y Hezbollah frente a un rival dotado de una abrumadora superioridad militar, les enrostra su falta de capacidad o de voluntad política para hacer algo más que emitir pronunciamientos. Por último, más de 90% de los palestinos y más de 60% de los libaneses profesan la religión islámica. Más aún, Hamas y Hezbollah son, ambas, organizaciones islamistas, por lo que su agenda política se ve influida por su filiación religiosa. Desde esa perspectiva, el control israelí sobre Jerusalén se percibe como una afrenta para el mundo islámico en su conjunto. Habría que agregar, sin embargo, que la base social de Hamas está compuesta por miembros de la confesión sunnita, ampliamente mayoritaria dentro del Islam en general, y del mundo árabe en particular (con excepción de Irak y Líbano), mientras que la base social de Hezbollah está compuesta por miembros de la confesión chiíta, minoritaria en ambos niveles. La mayoría de las personas de origen mesooriental en América Latina son árabes provenientes (en orden descendente) de Líbano, Siria y Palestina. Es decir, de las tres naciones árabes que reivindican territorios ocupados por Israel. Lo cual tiende a suscitar entre ellos simpatías por la reivindicación nacional que representan, respectivamente, Hamas y Hezbollah. Pero, a su vez, la mayoría de ellos son descendientes (en segunda, tercera o incluso cuarta generación) de inmigrantes de religión cristiana, lo cual los dota de un perfil particular. Precisamente por ser una minoría religiosa, los cristianos de Medio Oriente tendieron a poner de relieve su condición de árabes, es decir, aquella identidad cultural que tenían en común con la mayoría de la población. Por ello, también tendieron a respaldar el nacionalismo secular que encarnó el movimiento panarabista, opuesto de modo frontal al islamismo militante. Lo paradojal, sin embargo, es que el fracaso del nacionalismo secular hizo que la misión de enarbolar las banderas del panarabismo se asumiera (no siempre en forma deliberada, y en ocasiones incluso a su pesar) por movimientos islamistas como Hamas y Hezbollah. Todo lo cual explicaría que buena parte de los inmigrantes en América Latina pueda identificarse con los principales objetivos (aunque no necesariamente con los métodos de acción) de Hamas y Hezbollah, no sólo por su origen palestino o libanés, sino también por su origen árabe. Pero, al mismo tiempo, en su condición de cristianos perciben con temor la agenda islamista de ambas organizaciones. Cabría añadir la generosa contribución del Estado de Israel al respaldo que reciben estas organizaciones: cada vez que se retiró de territorios libaneses o palestinos, lo hizo bajo fuego cruzado y en forma unilateral, es decir, sin mediar negociación alguna. En el caso palestino, por ejemplo, el gobierno israelí se negó durante todo un año no ya a hacer concesiones a Mahmoud Abbas (el presidente moderado de la Autoridad Nacional Palestina, ANP), sino siquiera a negociar con él. Además, en Cisjordania (donde prevalece Al Fatah, la organización de Abbas), Israel continuó confiscando tierras a propietarios palestinos con el objetivo de construir un muro declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia de La Haya, así como pa¬ra continuar la construcción de asentamientos para colonos judíos. En cambio, en Gaza (donde prevalecía la estrategia armada de Hamas), Israel evacuó a la totalidad de sus soldados y colonos. Sumado eso a la incompetencia y corrupción de la ANP, no era difícil prever la conclusión a la que arribaría la mayoría de los votantes palestinos en el siguiente proceso electoral. Parecería que el gobierno israelí contribuyó en forma deliberada a reforzar la posición relativa de Hamas (con lo cual podría alegar que no contaba con un interlocutor válido para una eventual negociación). Pero entonces resultaría difícil explicar la reacción del gobierno israelí ante el triunfo de esa organización en las elecciones parlamentarias de la ANP porque, al retirarse de Gaza, Israel se reservó el control del espacio aéreo y las fronteras marítimas y territoriales de esa franja de territorio. Por ello, cuando una mayoría relativa de los palestinos decidió votar por Hamas para formar el nuevo gobierno de la ANP, Israel decidió cerrar las fronteras de Gaza, provocando un deterioro severo en las condiciones de vida de la población, según consta en un informe del Banco Mundial. Lo anterior hace ostensibles las paradojas de la política estadounidense de fomento de la democracia en la región. Yasser Arafat no era ciertamente un demócrata, como tampoco lo es ninguno de los líderes árabes con los cuales Estados Unidos (y, en algunos casos, Israel) mantiene buenas relaciones. Pero, a diferencia de ellos, Arafat era el único líder elegido en forma democrática en todo el mundo árabe. Lo cual no es una proeza menor si se tiene en cuenta que el palestino es el único pueblo al que se le exigía tener una democracia aún antes de tener un Estado. Arafat fue, sin embargo, el único dirigente árabe con el cual tanto Israel como Estados Unidos se negaban a negociar.
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