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El comienzo de un fin
Jorge I. Domínguez
De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2006

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Resumen: A pocos días de cumplir 80 años comenzó el ocaso de la vida del presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba, Fidel Castro Ruz. Tras una hemorragia intestinal delega sus poderes políticos y militares. Así, resulta factible considerar que Raúl Castro pueda llegar a ser presidente, no por encargo de su hermano sino por sus propias capacidades. Al promover la transición económica, aumentará las probabilidades de una eventual apertura política.

Jorge I. Domínguez es profesor de la cátedra Antonio Madero Professor of Mexican Politics and Economics, y vicerrector para los asuntos internacionales, en Harvard University. Ha sido presidente de Latin American Studies Association (LASA). Entre otras publicaciones, es autor de Cuba: Order and Revolution y To Make a World Safe for Revolution, ambos editados por Harvard University Press.

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Pocos días después de la celebración pública del 53 aniversario de su entrada en el panteón histórico de Cuba, mediante el ataque que encabezó contra el cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, y a pocos días de cumplir 80 años, comenzó el ocaso de la vida del presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba, Fidel Castro Ruz. Tras una hemorragia intestinal delega sus poderes políticos y militares.

En el momento en que escribo, no sé cuál es su estado de salud. Según los partes oficiales, se recupera. Su educación en colegio de jesuitas quizás le permita pensar en su resurrección una y otra vez: después del Moncada, después del naufragio del barco Granma (que inició por accidente la guerra revolucionaria), después de la victoria asombrosa en Playa Girón, después de la crisis de octubre de 1962, después de...

Fidel Castro hace rato dejó de ser meramente parte de la historia, y se convirtió en un mito mundialmente compartido de la segunda mitad del siglo XX. ¿Quién no reconoce su foto? ¿Quién no le reconoce como un descendiente lineal de Don Quijote que se enfrenta a gigantes? ¿Y, quién, aún, en su Buró Político, en su Consejo de Ministros, en su equipo personal, no sabe que esos gigantes fueron a veces imaginarios, a veces molinos de viento?

Honrar honra: frase noble de José Martí que ingresó al vocabulario cultural cubano hace más de un siglo. Honremos, pues, a Fidel Castro mientras observamos el sol poniente de su vida, no sólo quienes lo apoyaron, sino también quien, como yo, no lo hicimos. Él fue el transformador de un pueblo en una nación; quien modernizó decisivamente esa sociedad; quien mejor entendió que los cubanos querían "ser gente," no sólo apéndices de Estados Unidos. Fue él quien comprendió que ese pueblo hipocondríaco requería más médicos y enfermeros por centímetro cuadrado que cualquier otro en la faz de la tierra. Fue él el arquitecto de una política de inversión en capital humano, que convierte a los niños cubanos en los campeones olímpicos de la educación latinoamericana y que, por tanto, permite vislumbrar un mejor futuro para Cuba. Fue el diseñador de una política que permite a los cubanos de todas las características raciales tener acceso a la salud pública, a la educación, a la dignidad que le corresponde a todo ser humano, al derecho a pensar que yo, mis hijos, y mis nietos, cualquiera que sea el color de la tez, merecemos el respeto y las mismas oportunidades que los demás. No fue él quien inventó que las mujeres tenían derechos igualitarios en la sociedad, pero sí un promotor de la igualdad de género en el desempeño ciudadano.

Fue el responsable de un gesto que la humanidad agradece: poner en riesgo la sangre de sus soldados por la causa noble de contribuir poderosamente a impedir que el régimen racista del apartheid sudafricano se expandiera sobre Angola. Fue él, igualmente, quien se merece el reconocimiento por contribuir al fin del apartheid en Sudáfrica, a la independencia de Namibia y a defender la independencia de Angola. El día que Fidel muera, las banderas de esos países africanos deberán reflejar duelo nacional.

¿Fue cruel? Sí. ¿Fue dictador? Sí. ¿Atropelló el poder público? Sí. ¿Cometió crímenes en nombre de la revolución, la patria, la soberanía nacional y el socialismo? Sí. ¿Fue un obstáculo para la prosperidad de los cubanos, el ejercicio de los derechos humanos de ese pueblo, y la realización de una democracia plena? Sí. Y, la historia, ¿lo absolverá, como dijo en 1953 que así sería? No. Pero no entremos en más detalles. Honrar honra, y es preciso que en este artículo más renglones se dediquen a honrar a la figura más importante de la historia de Cuba, a la única persona en la historia de ese país con trascendencia mundial. Ámesele, u ódiesele, merece respeto.

¿Qué pasó, entonces, el 31 de julio de 2006 cuando, por primera vez, se comprendió que, en algún momento, habrá una Cuba sin Fidel? El gobierno de Estados Unidos confesó públicamente su desconocimiento de lo que estaba ocurriendo en Cuba. Jorge Más Santos, figura clave de la Fundación Nacional Cubano Americana, una de las más políticas y económicamente poderosas organizaciones de la diáspora cubana, instó a la población en Cuba a sublevarse con las armas en la mano. Raúl Castro fracasó en su primera prueba de fuego como el sucesor de su hermano. En vez de comparecer en televisión, escoltado por la bandera nacional, una palma real y la foto de su hermano, para garantizar a sus conciudadanos que la patria se salvaría, brilló por su ausencia.

Hubo un solo héroe en ese interludio del verano de 2006: un pueblo que ponderaba su futuro, honraba, inclusive quienes no lo querían, a su presidente, y demostraba su preferencia por la paz y una Cuba para los cubanos, no para Miami ni Washington.

Con Fidel en el hospital, los sucesos no permiten atisbar la realidad futura de Cuba sino uno de sus futuros posibles. Fidel designa a quien quiere que gobierne Cuba: no es George W. Bush, ni tampoco algún cubano que no viva en Cuba; es su hermano, pero no sólo su hermano, quien ya tiene 75 años, sino una dirección colegiada que incluye a dos grupos de personas. En el primero, con responsabilidad ejecutiva, se encuentran los siguientes miembros del Buró Político del Partido Comunista de Cuba (PCC): José Ramón Balaguer, Carlos Lage, Esteban Lazo y José Ramón Machado. En el segundo grupo, con responsabilidades financieras, encontramos de nuevo a Lage y a Francisco Soberón, y a Felipe Pérez Roque. Con la excepción de Soberón, presidente del Banco Central, quien asume responsabilidades financieras importantes en este escenario de sucesión, todos los demás son designados por sus características políticas, no por sus destrezas profesionales.

Si bien es cierto que se transfiere a Balaguer, actual ministro de Salud Pública, la responsabilidad principal sobre ese tema, no es menos cierto que Balaguer ha sido principalmente un político y que su especialidad es la ortodoxia ideológica y el entorno internacional de Cuba. Machado y Lazo puede que sepan de educación, pero son especialistas, respectivamente, en la organización interna del partido y el gobierno de las provincias. Lage, médico por entrenamiento al igual que Balaguer y Machado, es responsable de los asuntos económicos desde hace 15 años y ahora se encarga de los temas energéticos. Pérez Roque, líder juvenil del partido en su juventud, ha sido el canciller. Es decir, a todos, menos a Soberón, se les ha seleccionado por razones políticas, no por su conocimiento profesional del asunto que ahora se les asigna.




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