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Transformación de la frontera México-Estados Unidos Jorge Santibáñez Romellón De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2006 Resumen: La lógica de seguridad que hoy en día articula las formas de actuar del gobierno y Congreso estadounidenses cuestionan de manera fundamental la porosidad fronteriza y reducen los espacios de tolerancia del ingreso y presencia de inmigrantes indocumentados. Este nuevo escenario en Estados Unidos obliga a que México genere un nuevo modelo de gestión del proceso migratorio, y en particular de sus fronteras, abriéndose así una ventana de oportunidad. Jorge Santibáñez Romellón es presidente de El Colegio de la Frontera Norte.
EL CONTEXTO En la práctica, el fenómeno migratorio de carácter laboral funciona como un sistema de componentes complementarios. Lo que para un país es un proceso de entrada de inmigrantes, para otro es un proceso de salida de emigrantes y de tránsito de personas. La lógica mediante la cual esos componentes interactúan para que el sistema funcione, no refleja necesariamente los marcos jurídicos o institucionales que en principio deben regir la entrada o salida de personas de un país. Por el contrario, con frecuencia, como ocurre en el caso México-Estados Unidos, son las fuerzas del mercado de demanda de mano de obra "conveniente" (es decir dócil, barata y de poca calificación) para determinado mercado laboral que se combinan con la incapacidad de arraigar esa mano de obra en su país de origen y que, debido a la vecindad geográfica y mediante las redes familiares y sociales, hace funcionar el sistema migratorio entre los dos países. Durante los últimos 40 años, los componentes concretos de la política migratoria estadounidense han sido esencialmente dos: la tolerancia y un discurso contra la inmigración. Del lado mexicano, los componentes, complementarios a los del vecino, han sido la omisión y un discurso a favor del emigrante. En efecto, Estados Unidos tolera la presencia de inmigrantes indocumentados. Muchos indicadores respaldan esta afirmación. Si realmente se hubiera querido controlar esta inmigración, a manera de ejemplo de lo que podría hacerse, lo más sencillo sería realizar operativos de detención antes o después de los múltiples conciertos, partidos de fútbol o bailes de grupos musicales mexicanos, que con frecuencia se celebran en ciudades como Los Angeles o Chicago, y a los que asisten miles de inmigrantes indocumentados. Paralelamente, la clase política estadounidense, acompañada por los medios de comunicación, construyó un discurso antiinmigración, presentando al inmigrante, sobre todo al mexicano, como un costo desproporcionadamente mayor que el eventual beneficio derivado de su presencia. Con el paso del tiempo, el discurso contra la inmigración se fortaleció al asociarlo con otros factores negativos. Los inmigrantes, sobre todo los indocumentados, ya no sólo resultaban costosos, sino que, según esta percepción, estaban asociados con el narcotráfico y más recientemente con el terrorismo. No hacía falta decir que el inmigrante mexicano fuera terrorista o narcotraficante, pero sí se afirmaba, y se afirma, que el narcotráfico o el terrorismo podrían utilizar los mismos medios y redes que emplean los inmigrantes indocumentados para entrar a Estados Unidos. Aún hoy, gobernadores de estados fronterizos de ese país considerados "amigos de México" hacen suyo este discurso. El espacio de tensión de este doble juego ha sido la frontera común. En los últimos años se han desarrollado algunos enfoques y percepciones de la frontera con México que, por desgracia, la han convertido en el espacio de expresión de las contradicciones de la política migratoria estadounidense y, en consecuencia, en el espacio natural donde las acciones más inmediatas deberían realizarse. Al menos por omisión, México ha contribuido a la construcción de esta imagen. No se ha podido controlar la creciente asociación del crimen organizado con el tránsito de personas; en algunas ciudades es evidente y, además, proyecta una imagen de impunidad. La inseguridad pública de las localidades fronterizas va en aumento. Los problemas de infraestructura y desarrollo urbano son cada vez más graves y las autoridades locales se enfrentan de manera muy limitada con las organizaciones delictivas de narcotraficantes que, para acercarse al mercado de consumo, residen en las localidades fronterizas. En este sentido, con el fin de encontrar una expresión concreta del discurso político se eligió a la frontera con México como el espacio donde debería darse una mínima congruencia entre el discurso y el marco jurídico vigente de la inmigración. Quizá una de las primeras expresiones más puntuales de ese propósito haya sido el llamado "operativo guardián" -- desarrollado por el gobierno federal estadounidense a mediados de la década de 1990, justo cuando el discurso de Peter Wilson alcanzaba sus mayores niveles de popularidad -- mediante el cual, en el sector de Tijuana-San Diego, donde en ese entonces ocurría la mitad de los cruces indocumentados, se construyó un doble muro de apenas 40 kilómetros para evitarlos. En ese pequeño espacio se apostó a casi 2500 agentes de la patrulla fronteriza dotados de tecnología avanzada para detectar, perseguir y detener a inmigrantes indocumentados. Las consecuencias de esta estrategia han sido catastróficas. Más allá de los efectos en la vida local fronteriza, que impacta a los 13 millones de personas que de uno y otro lado interactúan a diario y cuyo análisis rebasa los objetivos de este documento, habría que mencionar que, después del doble muro, los cruces indocumentados que se realizaban por zonas urbanas empezaron a trasladarse hacia el este. El guía, o "pollero", que auxiliaba el cruce, hasta entonces "un conocido del pueblo" quien se limitaba a llevar al inmigrante del aeropuerto o la central de autobuses al punto de cruce y mostrar su ruta, se fue transformando al ofrecer otro tipo de servicios ahora necesarios para cruzar como, por ejemplo, el de hospedaje o de complicidad con autoridades de ambos lados, con tarifas que muy rápidamente pasaron de apenas 200 a 2000 dólares por cruce. Así, aparece la asociación del crimen organizado, beneficiándose con esta lucrativa actividad. Los inmigrantes indocumentados optaron por cruzar por otros puntos, donde no había muro ni agentes de la patrulla fronteriza, sino la montaña y el desierto. En estas circunstancias, los riesgos y el número de fallecimientos de inmigrantes se incrementaron considerablemente. Lo que hasta 2001 fue la desviación del punto de cruce indocumentado, se transformó en la construcción de una nueva ruta, con la participación de actores legales -- líneas aéreas y otros prestadores de servicios -- e ilegales -- polleros y crimen organizado -- . El aeropuerto de Hermosillo, en el estado mexicano de Sonora, empezó a funcionar como centro de tránsito hacia el norte de los emigrantes indocumentados (como lo fue la ciudad de Tijuana en el extremo noroeste de México). Hoy en día, ese aeropuerto registra más de 300 vuelos semanales, cuando antes apenas administraba una cincuentena. Surgen ciudades de concentración y distribución de emigrantes indocumentados, como el pequeño poblado de Altar, donde llegan los emigrantes que utilizan el aeropuerto de Hermosillo y de donde parten para intentar el cruce por la frontera Sonora-Arizona.
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