|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
El imperio global del fútbol Fausto Pretelin Muñoz de Cote De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2006 Resumen: Con la globalización, los lazos que unieron al fútbol con la política en el siglo pasado se han esfumado, sin desaparecer por completo. Sin embargo, los dos ámbitos tienen características comunes y forman parte de una misma tautología perfecta, desde la FIFA como órgano dictatorial hasta la aparición y ocaso de los políticos-marca. Es así como se define el "imperio global del fútbol". Fausto Pretelin Muñoz de Cote es profesor en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM y colaborador de la revista del periódico El Universal.
La humanidad se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como goce estético. Los mundiales de fútbol se han convertido en cumbres festivas de la globalización, donde no se observan batallas callejeras entre globalofóbicos y globalofílicos. Parecería que los aficionados son ciudadanos de un país imaginario llamado "Fútbol". Paradójicamente, en los mundiales se activa el deseo por defender el etnocentrismo identitario pero, al mismo tiempo, se desea la competencia internacional; es decir, se apela al geocentrismo. Las banderas encienden el nacionalismo y los balones se convierten en metralla cuando ingresan a las porterías. Son las guerras deseadas. La sociedad global, cansada de ser el blanco de discursos de identidad por parte de los políticos, se deja seducir por los sentimientos de identidad que emergen del balón. A su vez, los políticos, al conocer el fenómeno, integran a sus agendas el tema del fútbol. Aprovechan la fertilidad del terreno de la "buena imagen", es decir, del populismo mediático para dosificar empatía con la ciudadanía. El 13 de abril de 2005, en Berlín, el entonces canciller alemán Gerhard Schröder se reunió con Pelé para hablar de fútbol. Intentó alimentar a sus números anémicos demoscópicos para preparar su reelección. Pero ni Pelé pudo mejorar la imagen deteriorada del canciller. Dos meses después, Schröder buscó nuevamente otra oportunidad; ahora el turno fue del famoso y querido jugador alemán Franz Beckenbauer, quien observó junto al canciller el partido de la selección alemana frente a la mexicana en la copa Confederaciones a través de una enorme pantalla de televisión en la casa Hermann Neuberg. Pero el fútbol no hace milagros. Es un fenómeno intangible que, algunas veces, logra modificar percepciones; es un simple vehículo que abordan los políticos para viajar a la sociedad aprovechando el momento en que los ciudadanos se encuentran de vacaciones de la realidad. La globalización del fútbol es un sistema cultural sui géneris. Su vector penetra en la diversidad, en las regiones, en las naciones y en las generaciones. Los embajadores del balón son factores de cohesión. Las relaciones internacionales no fueron las mismas cuando Irán clasificó al Mundial de Francia en 1998. En el contenido deportivo se encontró el símbolo con el que Irán retornó al concierto de las naciones. Pero, en ocasiones, sucede lo contrario, como la guerra entre Honduras y El Salvador en 1969, azuzada por un partido eliminatorio entre las dos selecciones para clasificarse al Mundial de México 1970. La ONU busca la paz mediante la palabra mientras la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) lo hace con el balón; en la ONU se dirimen los conflictos entre naciones mientras que en la FIFA se conjuran las guerras deseadas. La ONU intenta ser un ejemplo de diplomacia democrática pero la FIFA, sin lugar a dudas, es una dictadura. Es posible que en pocos años las empresas patrocinadoras concluyan su relación con el máximo órgano del fútbol mundial. La demografía del balón revela lo anterior. En 1905 causó relevancia la transferencia del jugador Alf Common. Por 1600 dólares pasó del Sunderland al Middlesbrough. Ciento cuatro años después, Zinedine Zidane fue transferido del Juventus al Real Madrid por 73 millones de dólares. En 1991 el Manchester United estaba valuado en 28.8 millones de dólares. En 2005, el empresario estadounidense Malcolm Glazer pagó cerca de 1265 millones de dólares por el equipo. Los jugadores-marca juegan mejor a través de la televisión. El futbolista David Beckham se convirtió en el icono de la banalidad más valorado. Como príncipe posmoderno fue el protagonista del mundo del espectáculo. Sus ingresos anuales publicitarios superan los 25 millones de dólares. Sin embargo, sobre el terreno de juego, es un jugador promedio. Nunca antes como ahora, la banalidad posee tan elevado valor. El futbolista-patria ha muerto. Nace el futbolista-marca. Si de la gestión de la patria se encargan los políticos, entonces el binomio política-fútbol comienza a diluirse. Ya no son las ideologías las que utilizan al fútbol para consolidar a un caudillo en el poder, ahora son las empresas las que gestionan a los jugadores-marca. La euforia de los nacionalismos (que tantas muertes han generado a lo largo de la historia) se diluye en la globalización. Ronaldinho, al jugar con la selección brasileña, se le reconoce por su identidad catalana. Juega para el club Barcelona y, a través del balón, vende aspiraciones, ilusiones y fantasías. Conceptos novedosos como "diplomacia deportiva" comienzan a tomar protagonismo. La empresa deportiva Nike y el ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados) acaban de lanzar un programa piloto en Dadaab, en un campo de refugiados en Kenia. Velos y vestidos blancos y rojos con números en la espalda serán utilizados por mujeres deportistas musulmanas. Atrás quedaron sucesos como el que ocurrió en el Mundial de Atletismo en París, en 2003, cuando la atleta afgana Lima Azini tuvo que pedir una especie de falda para cubrirse las piernas y, de esta manera, participar. Cuando el balón ingresa a los satélites, los nodos de distribución se multiplican y las coberturas mediáticas crecen de manera exponencial. Esto ha provocado que el fútbol sea el producto más consumido en la globalización. Al mismo tiempo, representa al monopolio de la atención global. Durante el pasado Mundial Corea-Japón, en 2002, el evento se transmitió a 213 países y la demanda acumulada ascendió a 28000 millones de espectadores. Existen otras razones por las cuales, en 80 años, la relación que guarda la política con el fútbol ha cambiado sustancialmente. Una importante tiene su origen en las permutaciones del poder. En la actualidad el primer poder es el económico, en segundo lugar se encuentra el mediático y finalmente el político. Algo impensable en la casi totalidad del siglo pasado. Si bien el fútbol sigue demandando la atención de las grandes masas, ahora es su ángulo de producto-deseo el que se rentabiliza. Muy pronto, la renovada "cumbre festiva de la globalización" tendrá lugar en Alemania.
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Publicado por el ITAM. Derechos de Autor c2003 reservados para el Council on Foreign Relations. Políticas de privacidad | |