|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
La relación especial, entonces y ahora Lawrence D. Freedman De Foreign Affairs En Español, Julio-Septiembre 2006 Resumen: Mientras Tony Blair es fustigado por respaldar la Guerra de Irak, vale la pena señalar que la actual tensión en las relaciones Estados Unidos-Gran Bretaña no es la primera inducida por la guerra. Hace 24 años, Londres desfalleció por la falta de apoyo de Washington durante la Guerra de las Malvinas, episodio que ilustra la complejidad de la relación de los aliados en tiempos de crisis y, al mismo tiempo, su posterior capacidad de recuperación. Lawrence D. Freedman es profesor de Estudios de Guerra en el King's College de Londres. Su libro, en dos volúmenes, Offcial History of the Falklands Campaign, se publicó en 2005.
DE LAS MALVINAS A IRAK El 11 de septiembre de 2001, pocas horas después del colapso del World Trade Center, el primer ministro británico Tony Blair ofreció su solidaridad a Estados Unidos. "Aquí, en el Reino Unido", expresó, "estamos hombro con hombro con nuestros amigos estadounidenses en esta hora de tragedia y, como ellos, no descansaremos hasta que este mal sea erradicado de nuestro mundo." El compromiso correspondía por completo a un principio establecido desde hace mucho tiempo por la política británica de relaciones exteriores: Gran Bretaña debe cultivar una relación especial con Estados Unidos, con la esperanza de influir en el ejercicio del poder estadounidense. Quizá Washington nunca haya tomado muy en serio la idea, pero los funcionarios estadounidenses tampoco la han descalificado totalmente. Si acaso, en los últimos años, esta relación especial ha disfrutado cierto resurgimiento, para aparente alivio del presidente George W. Bush, por contar al menos con un amigo digno de confianza. Sin embargo, muchos piensan que fue también un compromiso que le costó caro a Blair. A diferencia de otros jefes de gobierno que expresaron sus promesas en forma más cauta, Blair siguió a Bush de manera incondicional a Afganistán y luego a lo que resultó una antipopular y problemática campaña en Irak. Ahora, a Blair se le describe de manera habitual como el "poodle de Bush", por seguir servilmente la imprudente política estadounidense y demostrar su incapacidad o falta de disposición para usar su capital político con la finalidad de moderar esa imprudencia. Hace poco, el anterior embajador de Inglaterra ante Washington lamentó el fracaso de Blair incluso en insistir en los preparativos adecuados para la ocupación de Irak. Otros críticos van más lejos al comparar, de manera negativa, el expediente de Blair con el de Harold Wilson, quien, a pesar de que casi nunca se le recuerda de forma favorable como primer ministro, al menos resistió las solicitudes del presidente Lyndon Johnson para que las tropas británicas se unieran a las estadounidenses en Vietnam. Este episodio es un argumento recurrente en el debate contemporáneo entre ingleses y la Unión Europea sobre asuntos bélicos: el reto principal de la política exterior es ver la manera de contener a Estados Unidos, siempre en busca de resolver complejos problemas internacionales mediante el uso de la fuerza militar en sitios y formas por completo inconvenientes. A esa acusación le corresponde la burla que hacen los estadounidenses sobre la supuesta propensión de la Unión Europea de acobardarse ante las amenazas internacionales: según esta versión caricaturizada, los estadounidenses son de Marte, y los europeos, de Venus. Estas opiniones reflejan la actual polémica sobre Irak. Pero sería aventurado generalizar y concluir cómo actuarían ciertos países en la próxima crisis. Una mirada a las últimas décadas revela que Estados Unidos no es siempre el más dispuesto a recurrir a la fuerza armada. El documento Human Security Report, estudio del conflicto moderno de reciente publicación, financiado en parte por el gobierno canadiense, clasifica a los países con base en su participación en guerras internacionales desde 1946. El Reino Unido encabeza la lista con 21 casos, seguido de Francia (19) y Estados Unidos (16). Muchas incursiones británicas y francesas se deben a intentos de mantener o estabilizar sus antiguas colonias (aunque los ingleses se mantuvieron fuera de Vietnam, estuvieron en Malasia). Pero el colonialismo es sólo parte de la historia. Desde el final de la Guerra Fría, Gran Bretaña y Francia han participado con frecuencia en intervenciones humanitarias. La guerra en Irak fue la quinta operación que Blair autorizó, después de los ataques aéreos contra Irak en 1998 y las operaciones en Kosovo, Sierra Leona y Afganistán, para no mencionar el pequeño contingente que los ingleses enviaron a Timor Oriental. Desde la perspectiva británica, a partir de la Segunda Guerra Mundial el problema con Washington no ha sido tanto su predilección por usar la fuerza militar como primer recurso cuanto su vacilación e incertidumbre cuando se trata de ir a la guerra. Ambos, Blair y su antecesor, John Major, se sintieron frustrados por la renuencia del presidente Clinton a emplazar tropas estadounidenses en sitios desprotegidos en Bosnia y luego en Kosovo. En 1956, fue Estados Unidos -- con base en los principios de las leyes internacionales y la presión económica para frenar el aventurerismo estúpido -- el que impidió que Gran Bretaña y Francia reocuparan el canal del Suez, después de que el presidente Gamal Abdel Nasser lo nacionalizara. En este caso, la oposición de Estados Unidos al uso de la fuerza socavó no sólo la posición inglesa en Medio Oriente, sino también la confianza británica; y se tomó como un aviso de la rapidez con que Gran Bretaña podría quedar aislada. Después de Suez, los ingleses decidieron no volver a desviarse jamás de la política exterior de Estados Unidos. Ese fue el momento en el cual el gobierno británico comenzó a obsesionarse con la idea de una relación especial. Se hizo patente que Gran Bretaña no podía esperar desempeñar un papel importante en el mundo, ya fuera de forma independiente o en oposición a Estados Unidos. Su estrategia futura sería negociar lealtad por un acceso privilegiado a las decisiones de la política exterior de Washington. Un caso que ilustra aún más claramente las complicaciones prácticas de la reticencia hacia el uso de la fuerza ocurrió un cuarto de siglo después, en 1982, con la guerra de las Malvinas, entre Gran Bretaña y Argentina. El gobierno británico -- esta vez en el lado correcto del derecho internacional -- se sintió una vez más socavado por la constante presión estadounidense para actuar con moderación y ofrecer concesiones a los agresores. Fue a principios de la década de 1980 cuando, de acuerdo con la mayoría de la prensa europea, Estados Unidos era gobernado por un actor de películas B, intelectualmente cuestionado, cuya actitud era hostil a la diplomacia y quien buscaba una excusa para entrar en una guerra nuclear para la cual se estaba preparando con denuedo. El único líder europeo en sintonía con el presidente Ronald Reagan era la primera ministra británica, Margaret Thatcher. Su relación política era tan cercana que cuando, en 1982, Argentina ocupó las islas Malvinas -- territorio soberano británico -- , Thatcher supuso que contaría con el apoyo decidido e incondicional de Estados Unidos para recuperarlas. Thatcher sufrió una decepción. Aunque se creía que la administración Reagan estaba llena de superhalcones, exhortó a sus aliados ingleses a comportarse como palomas y trató de negociar un acuerdo entre el agresor y el agraviado. El incidente sirve de recordatorio de que las políticas de las principales potencias reflejan un cálculo de intereses y un análisis de las dinámicas en conflicto, y que las políticas adoptadas por Estados Unidos son producto de los cambiantes equilibrios de poder en determinada administración, así como de cualquier disposición ideológica incorporada. Como historiador oficial de Gran Bretaña de la campaña de las Malvinas, tuve acceso a todos los documentos ingleses sobre el conflicto. Esos documentos revelan el grado de frustración del gobierno británico con los esfuerzos de la administración Reagan para encontrar una solución negociada que, a ojos de Gran Bretaña, habría recompensado a Argentina por su agresión. Este episodio es revelador no sólo porque pone en duda los estereotipos comunes sobre la política exterior estadounidense, sino también porque ilustra las dificultades que enfrentan incluso los aliados cercanos cuando se contempla el uso de la fuerza armada.
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Publicado por el ITAM. Derechos de Autor c2003 reservados para el Council on Foreign Relations. Políticas de privacidad | |