Al viajar por Rusia, China, Europa Oriental y América Latina, Naím, editor de Foreign Policy, se dio cuenta de que "pasaban muchas cosas en esas regiones [ . . . ] que nunca entenderemos a menos de que prestemos atención al papel que desempeñan las actividades delictivas en la toma de decisiones, la construcción de instituciones y los resultados". Podría haber agregado a su lista de regiones algunas del Medio Oriente, buena parte de Asia del centro y oriental, y casi toda África. Terrorismo, tráfico de armas, contrabando, corrupción y crimen organizado han estado entre nosotros desde tiempos inmemoriales, pero las amenazas de hoy son diferentes tanto en escala como en alcance gracias a la globalización, al avance de las comunicaciones y la proliferación de armas. Protagonistas ajenos a los Estados ostentan ahora un nivel de poder e influencia que alguna vez estuvo reservado sólo para éstos. Así, Illicit resulta una buena guía sobre los retos que estas prácticas plantean a los encargados de las políticas en Estados Unidos.
Naím critica al gobierno de Bush por centrar sus esfuerzos en los Estados más que en los actores, pero podría haber explorado un poco más el daño que esta postura, basada en razones ideológicas, podría causar a largo plazo a la seguridad nacional de Estados Unidos. De la misma manera, saca una conclusión incorrecta sobre la debilidad del gobierno de Clinton. A diferencia de su sucesor, Clinton entendía con claridad el significado de los protagonistas malignos ajenos al Estado, y sin embargo tuvo sólo un éxito moderado en las acciones que adoptó contra ellos. Naím parece creer que esto es porque el juego es en esencia imposible de ganar; de manera que se muestra en favor de legalizar algunos de los delitos en cuestión (aunque se muestra deliberadamente ambiguo respecto de cuáles). El autor cree que las disputas burocráticas también serán un obstáculo inevitable en la puesta en marcha de políticas efectivas y coordinadas, problema que asoló al gobierno de Clinton. Pero mejor que alzar las manos en franca desesperación, una persona más optimista podría respirar más tranquila gracias a los prolongados y difíciles pero al final exitosos esfuerzos para obligar al sector militar del país a cooperar bajo un control civil apropiado. Lo mismo podría pasar al final con la comunidad encargada de imponer la ley y, como demuestra en forma tan apremiante el libro de Naím, se necesita hacerlo lo más pronto posible.