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Lawrence D. Freedman
De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2006

The Assassins' Gate: America in Iraq. George Packer, Farrar, Straus & Giroux, 2005, 467 pp. US$26.00

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Resumen: En The Assassins' Gate, George Packer presenta un relato incisivo de los fracasos de la administración Bush en Irak, y su propia decepción como halcón liberal que apoyó el derrocamiento de Saddam Hussein.

Lawrence D. Freedman es profesor de Estudios de Guerra en el King's College, de Londres.

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Puede que sea demasiado pronto para decir si la guerra en Irak de 2003 beneficiará o lesionará a ese país en el largo plazo, pero las consecuencias de corto plazo ya son desoladoras -- lo suficiente como para garantizar un debate sobre si fueron inevitables o el resultado de una ineptitud descomunal -- . Quienes creen que el proyecto estaba condenado al fracaso desde el principio argumentan que sólo los políticamente ingenuos o los que desconocen la historia podrían haber considerado construir, de las ruinas de la tiranía de Saddam Hussein, una democracia funcional. Un momento de reflexión sobre los problemas que por lo general acompañan los cambios violentos de régimen, en especial los desencadenados por fuerzas extranjeras, o un encuentro transitorio con la historia de Irak, incluido el intento del Reino Unido de pacificar el país en los primeros años de la década de 1920, deberían haber servido de escarmiento hasta a los más insaciables partidarios de la intervención de Washington. Ninguna región ofrecía un entorno más hostil para experimentar con la democratización que Medio Oriente, con todas sus divisiones étnicas y culturales, y ningún país de la región contaba con menos promesas que Irak, tratado con tanta brutalidad como sucedió durante décadas de opresión, guerras y sanciones.

Pero si, de alguna manera, un Irak relativamente ordenado, próspero y democrático sale vez del caos actual, la suposición pesimista de que las sociedades nunca pueden escapar de las restricciones de sus pasados será refutada con firmeza. En efecto, en algunos aspectos parece como si la administración Bush hiciera la reconstrucción de Irak como un experimento científico para ver si su hipótesis radical, y mucho más optimista, de que era posible una transformación fundamental, podría superar la prueba más exigente; parece haberse salido de su trayectoria para hacer que el proyecto sea lo más difícil posible. No se hizo caso a consejeros y observadores que advirtieron anticipadamente sobre los riesgos de la ocupación y argumentaron que tan ardua empresa exigía esfuerzos especiales y a menudo fueron ridiculizados. En vez de movilizar a todo el gobierno estadounidense para garantizar que se plantearan y respondieran las preguntas difíciles, las principales figuras del gobierno de Bush hicieron un esfuerzo decidido por dejar de lado la pericia de que disponían, incluidos trabajos preparatorios elaborados por funcionarios del Departamento de Estado, entre otros. Las personas cuyas opiniones se consultó fueron elegidas por motivos sectarios, y con frecuencia eran muy ignorantes o actuaban de acuerdo con sus propios intereses. A los exiliados iraquíes que afirmaban que la gente liberada de Irak cooperaría gustosamente en la ocupación de Irak se les tomó demasiado en serio.

Otras equivocaciones podrían sumarse a la arrogante suposición de la administración Bush de que Irak podría ser transformado sin ningún esfuerzo extraordinario estadounidense: la diplomacia divisoria que acompañó la prisa de Washington para ir a la guerra, la cual empañó la legitimidad de la invasión y luego limitó el apoyo internacional por una ocupación prolongada; la negativa del Pentágono a destinar más soldados para la reconstrucción posbélica cuando tan pocos habían ganado la guerra; entrenamiento inadecuado, tanto en doctrina como en destrezas, para ayudar a los soldados estadounidenses en la transición del combate al mantenimiento de la paz; la indiferencia por los proyectos (y las consecuencias) del saqueo y confusión que siguió a la caída del régimen de Hussein; la decisión de disolver al vencido ejército iraquí; el fracaso de valorar totalmente las implicaciones de excluir a ex miembros del Partido Baatista en el poder de puestos administrativos clave; la incapacidad de prever el desastre y el marasmo ético de las relaciones públicas que inevitablemente resultaría de tratar a los prisioneros iraquíes en formas que recordaban los métodos de Hussein. La lista no es exhaustiva.

FINES Y MEDIOS

A medida que explora los orígenes intelectuales y políticos de la guerra en The Assassins' Gate, George Packer muestra cómo los partidarios del derrocamiento de Hussein no lograron abordar, ni siquiera reconocer, los problemas que surgirían al instalar un nuevo régimen en Irak. Packer describe las consecuencias de tan mala preparación en una serie de despachos desde Irak, adonde viajó varias veces entre 2003 y 2005 como reportero de The New Yorker.

Packer no fue el único observador en ese momento que se convenció de que el derrocamiento de un régimen tan odioso y el intento de crear una democracia funcional en Irak eran causas nobles. Durante los noventa adquirió, como muchos liberales, una creencia en las virtudes de utilizar ocasionalmente la fuerza para hacer del mundo un mejor lugar. Las intervenciones humanitarias, como las llevadas a cabo en Bosnia y Kosovo, habían buscado aliviar el sufrimiento y promover los derechos humanos, con diferentes grados de éxito.

En el caso de Irak, Packer también se inspiró por el idealismo candente y el coraje intelectual del exiliado intelectual iraquí Kanan Makiya, impetuoso partidario de la intervención. Packer reconoció que todo estaba mal en la concentración militar para la invasión: era "apresurada", escribe, "deshonesta, imperdonablemente partidaria y destructora de alianzas". Y la guerra no fue hecha para promover los derechos humanos y la democracia. Pero podría aportar algo bueno, creía Packer: "Quería que los iraquíes fueran sacados de las cárceles; quería ver a un dictador homicida depuesto del poder antes de que cometiera de nuevo asesinatos en masa; quería ver si había posibilidades de que se arraigara una sociedad abierta en el corazón del mundo árabe". La intensidad y la energía moral de este libro fascinante provienen de los papeles gemelos desempeñados por Packer, como partidario liberal de la guerra y cronista de sus decepciones, y desde este compromiso dual a una causa noble y al oficio del reportero.

La fuente de las decepciones de la guerra es el hecho de que las prioridades de los halcones liberales, como Packer, eran diferentes de las del gobierno. Aunque no era desproporcionado suponer que la administración Bush se habría preparado para un Irak post-Hussein, pronto se hizo evidente que había fracasado en hacerlo. Al tiempo que la campaña militar estadounidense avanzaba hacia su inevitable victoria, Packer entrevistó a posibles miembros del equipo responsable de la gestión de la ocupación estadounidense en Irak. Estuvieron esperando un largo rato, excluidos de las discusiones de alto nivel sobre lo que resultaron ser, de cualquier manera, las cuestiones equivocadas (tales como de qué manera enfrentar a los refugiados que huían del combate urbano). Aun así, intentaron volver a rehabilitar Irak, trabajando fuera de los saqueadas ruinas de los edificios del gobierno, a menudo dependiendo más del idealismo que de experiencia suficiente. Un hombre joven dividía su tiempo entre escribir un borrador de la constitución iraquí y llenar solicitudes para la escuela de leyes. Los oficiales estadounidenses miraban con recelo a quienes serían los políticos iraquíes (también neófitos y también desconfiados de sus homólogos) que habían surgido de entre las filas de los exiliados asentados en Occidente o del mundo más cerrado de clérigos locales. Muchos de los iraquíes que conoció Packer eran hostiles; otros esperaban, con incredulidad, que los estadounidenses conquistadores rehabilitaran la electricidad, hicieran fluir el agua, arreglaran los edificios y mantuvieran la seguridad en las calles.

Un momento contundente involucra al desventurado teniente general retirado Jay Garner, jefe de la Oficina de Reconstrucción y Asistencia Humanitaria (ORHA, por sus siglas en inglés). El 28 de abril de 2003, Garner estuvo ante 350 iraquíes en el Centro de Convenciones de Bagdad, después de que Makiya había dicho a la escéptica multitud que Irak necesitaba una constitución liberal. "¿Quién está a cargo de nuestra política?", alguien preguntó a Garner. "Usted está a cargo", respondió, provocando, informa Packer, un "resoplido perceptible en la sala". Nadie estaba a cargo, y los estadounidenses no tenían idea de qué tenían que hacer a continuación.

Entre tanto, los estadounidenses también estaban frustrados y esperaban que progresaran los asuntos políticos. Criticaron a los iraquíes por su falta de gratitud e iniciativa y deploraron su incapacidad de ponerse a la altura del desafío de este gran proyecto de reconstrucción. Soldados estadounidenses se quejaron amargamente de la informalidad e irracionalidad de las personas a las que habían venido a ayudar, algunas de las cuales reñían entre sí o conspiraban con los insurgentes. La furia de un hombre resume el deterioro en las relaciones: "Un iraquí se me acercó y dijo que les jodía tener que esperar el tránsito militar", contó a Packer un soldado estadounidense. "Le dije, 'si ustedes no nos hubieran reventado con coches bomba, los dejaríamos pasar'. Imbéciles". Si todo termina en la anarquía, en la guerra civil y en la retirada rápida de la coalición, no hay duda de que una versión más delicadamente enunciada de esta narración se convertirá en una parte importante de la operación política de salvamento de Washington.

Packer rechaza la idea de que un gran proyecto iraquí estaba destinado al fracaso o de que la culpa de sus problemas reside principalmente en los iraquíes. Como prueba de que las cosas podrían haber sido diferentes, encuentra muchas luces parpadeantes que una ocupación mejor orquestada podría haber encendido. Un doctor cristiano que alguna vez vendió grandes ideas se encuentra ahora deseando salir del país, exhausto por las demandas religiosas sobre cómo debe comportarse su familia y temeroso de que los hombres armados puedan pronto desafiar su autoridad en su trabajo. Un doctor convertido en traductor, que se hace llamar "Sushi" porque es mitad sunnita y mitad chiíta, y que ha llegado a simpatizar con la insurgencia, todavía quiere estudiar periodismo en Estados Unidos. La oportunidad de votar en las elecciones nacionales de enero de 2005 inspiró a muchos iraquíes, pero fue tan poco lo que cambió después que el ímpetu se perdió pronto. La reveladora historia de Irak es un negro relato de esperanzas rotas, frustraciones constantes y crecientes peligros. "La guerra en Irak siempre pudo ganarse; todavía se puede", escribe Packer. "Por esta misma razón, la temeridad de sus autores es lo más difícil de perdonar".

EL PORQUÉ

Todo depende, por supuesto, de qué es lo que intentaban lograr los autores de esta guerra. No mucho después del incidente vivido por Garner en el Centro de Convenciones de Bagdad, Washington decidió que necesitaba un operador más duro e inteligente en la capital iraquí. Reemplazó a Garner con L. Paul Bremer, y a la ORHA con la Autoridad Provisional de la Coalición. Bremer conocía aún menos sobre Irak que Garner y se le concedió muy poco tiempo para prepararse para su nueva tarea, el mismo que a Garner para acostumbrarse a su despido. Unas semanas después, Garner fue llamado a la Casa Blanca para una reunión con George W. Bush, quien portaba un breve y optimista memorando (para asegurar que sería felicitado por un buen trabajo). El elenco de personajes responsable de la guerra también estaba presente: el vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y la consejera de Seguridad Nacional Condoleezza Rice. Ninguno de ellos aprovechó la oportunidad para preguntar cómo era realmente la situación en Irak o si el país estaba en camino hacia la estabilidad. Cuando terminó la breve reunión, informa Packer, el presidente bromeó, "¿Quieres cubrir Irán para la próxima?", "No, señor", replicó Garner, "los muchachos y yo insistimos en Cuba". El vicepresidente no dijo nada, y al salir Garner del salón, escribe Packer, "alcanzó a ver la sonrisita perversa de Cheney". De ese episodio, Garner concluyó que "Bush sólo sabía lo que Cheney dejaba entrar a su oficina".

Ésta no es, de ninguna manera, la historia más deprimente de Packer, pero es una de las más escalofriantes. Señala a Cheney como el genio maligno detrás de la guerra (creencia que hoy día es casi una verdad revelada), e indica la condición que hizo posible la influencia de Cheney: la falta crónica de curiosidad de Bush incluso sobre asuntos que tienen que ver con el riesgo más grande que enfrenta su presidencia. El relato revela la buena disposición de Bush para vivir, junto con sus consejeros, en un mundo de ensueño alejado de los más serios asuntos que pusieron en movimiento. La despreocupación de Bush creó el espacio en el que Cheney y Rumsfeld podrían operar; parte del relato de Packer trata sobre los esfuerzos de los dos hombres para negar la entrada a otros en este espacio. Cheney y Rumsfeld buscaron marginar y disminuir la influencia de funcionarios, del Departamento de Estado o de la ONU, de algún reclamo de participación. Ellos dominaron el proceso político, recurriendo a su formidable experiencia en el ejercicio del poder, adquirido en principio durante el gobierno de Nixon.

Pero, ¿con qué propósito? La postura de Cheney sigue siendo un misterio. Brent Scowcroft, consejero de Seguridad Nacional de George H.W. Bush, declaró recientemente que era imposible entender a su viejo amigo: "A Dick Cheney, ya no lo conozco", declaró a The New Yorker el otoño pasado. Cheney había defendido terminantemente la decisión de no derrocar a Hussein en 1991, valiéndose de argumentos que podrían haber parecido igualmente pertinentes en 2003. Washington no logró apoyar una insurrección en contra de Hussein en marzo de 1991, cuando la oportunidad estaba dada; en vez de ello la contuvo y esperó, desolado, un golpe de Estado que nunca llegó. Sin saberlo, al hacerlo también estableció los términos para la campaña de 2003. La supervivencia del régimen de Hussein a través de los años noventa fue una proeza de resistencia casi intolerable, un símbolo de las limitaciones del poderío estadounidense que en retrospectiva arroja una sombra sobre la decisión de Washington de 1991.

Una conclusión extraída de los ataques del 11 de septiembre de 2001 fue que Al Qaeda se convertiría en el objetivo del enfoque determinado de Washington y que Hussein se había convertido en el enemigo de ayer. Pero, otro punto de vista, al cual Cheney y Rumsfeld pronto suscribieron, fue que los ataques hicieron a Hussein aún más peligroso porque Al Qaeda proporcionó a aquél una nueva válvula de escape para su agresión. Cheney y Rumsfeld no estaban preparados para aceptar que no había pruebas concluyentes de la mano de Hussein en los ataques y de que los vínculos entre Al Qaeda y el gobierno secular de Bagdad eran a lo sumo tentativos. Aquí había un hombre con interés probado en adquirir las armas más mortíferas, quien, por lo que se cuenta, estaba todavía intentando hacerlo y ya no se sentía condicionado por las tibias medidas de la ONU. Había que detenerlo.

Dejando de lado los problemas con los indicios que apoyan esta sombría proyección -- que se complementó con insinuaciones y se prolongó hasta la exageración -- , queda claro que sacar a Hussein del poder tenía poco que ver con la liberación del pueblo iraquí. La conexión entre ambas cosas se mencionaba normalmente, por supuesto, con gran entusiasmo, pero la emancipación no era la razón para que la administración Bush fuera a la guerra o invocara el derecho internacional para justificarla. Para Cheney y Rumsfeld, la guerra trataba de resolver el problema de Hussein más que el problema de Irak, de llevar seguridad más que justicia, de derrocar un régimen más que construir uno nuevo. Después de todo, la administración Bush había dicho con orgullo que no estaba en el negocio de la construcción de naciones y que alegremente se lo dejaría a otros. No sólo los funcionarios de la administración Bush se quedaron cortos en prever las dificultades que Irak podría enfrentar después de la guerra; no quiso que otros se manifestaran sobre estos temas más de lo que ellos lo hicieron por temor de que tal atención pudiera socavar la pretensión de que una victoria corta y decisiva podría alcanzarse con extraordinariamente pocas tropas. A la Casa Blanca le convenía tomar en serio las afirmaciones de los exiliados iraquíes en el sentido de que resolver los problemas de posguerra podría ser algo relativamente sencillo.

No fue sino hasta después de la guerra, una vez que se hizo evidente que Hussein había estado viviendo en su propia fantasía y que su régimen había representado una pequeña amenaza inmediata, cuando la administración Bush comenzó a poner énfasis en la promoción de los derechos humanos y la democracia como fundamento para la intervención estadounidense en Irak. Por un tiempo, estos motivos se convirtieron en la causa determinante de la guerra. Por desgracia, para entonces la insurgencia creció tanto que la justificación central para continuar con la participación estadounidense se convirtió en derrotar al terrorismo dentro de Irak -- problema que nunca antes había sido mencionado por la inquietante razón de que es producto de la dirección chapucera de la guerra -- . En el futuro, los objetivos de Estados Unidos en Irak pueden ser redefinidos de nuevo, de acuerdo con lo que sea que resulte de negar a los insurgentes cualquier asomo de victoria.

En 2003, los halcones liberales como Packer tuvieron que hacer una elección incómoda: apoyar al movimiento liberal antibélico que podía tolerar la supervivencia del régimen de Hussein o apoyar a la conservadora administración Bush, la cual no podía hacerlo. Entrampados en discusiones sobre ir o no a la guerra, fallaron en plantear suficientes preguntas sobre lo que realmente se necesitaría para enderezar a Irak y enfocarlo hacia una mejor dirección. Como muchos otros, ellos estaban engatusados por las seguridades de los carismáticos exiliados de que no había razón para preocuparse. Y en cualquier caso, como minoría, no estaban en ninguna posición de imponer ninguna condición.

Hoy, todavía se aferran a la esperanza de que, si bien aún no se siente de esta manera, finalmente la guerra resultará ser una buena hazaña. Si en vez de ello el resultado justifica a los derrotistas que pretenden que Medio Oriente resiste todos los intentos de cambio positivo, entonces la guerra en Irak será utilizada en los años por venir como una oscura advertencia sobre las tristes consecuencias de un idealismo inadecuado. Sería difícil refutar un argumento como ése, porque no hay contundencia de lo que pudo haber sido de Irak si los requerimientos para un cambio exitoso de régimen hubieran guiado la política estadounidense desde el principio. Condiciones violentas y divisoras sobre el terreno podrían aún haber hecho añicos los planes de diseño más cuidado e implementados del modo más inteligente, pero podrían no haberlo hecho. Así que, tengan piedad de los halcones liberales, quienes ahora se sienten un poco estúpidos por haber confiado sus sueños a la incompetente tripulación que dirige al gobierno estadounidense. Y aún más piedad del pueblo iraquí, que merecía algo mucho mejor.





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