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Historia natural de la paz
Robert M. Sapolsky
De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2006

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Resumen: A los seres humanos nos agrada pensar que somos únicos, pero el estudio de otros primates ha puesto en tela de juicio la excepcionalidad de nuestra especie. ¿Qué tiene que decir la primatología acerca de la guerra y la paz? Al contrario de lo que se creía hace pocas décadas, los seres humanos no son "simios asesinos" destinados al conflicto violento, sino que pueden construir su propia historia.

Robert M. Sapolsky es profesor de la cátedra John A. and Cynthia Fry Gunn de Ciencias Biológicas y profesor de Neurología y Ciencias Neurológicas en la Stanford University. Su libro más reciente es Monkeyluv: And Other Essays on Our Lives as Animals.

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EL MONO DESNUDO

El biólogo de la evolución Theodosius Dobzhansky dijo una vez: "Todas las especies son únicas, pero los seres humanos son los más únicos". Los humanos han estado orgullosos desde siempre de ser tan especiales. Pero el estudio de otros primates está poniendo cada vez más bajo sospecha el concepto del excepcionalismo humano.

Algunas de estas reducciones han sido relativamente atractivas, como sucede con las funciones de nuestros organismos. Así, ahora sabemos que el corazón de un babuino puede ser trasplantado a un cuerpo humano y funcionar durante unas cuantas semanas, y los tipos sanguíneos humanos se codifican en los factores Rh, nombre derivado del mono rhesus que posee una variabilidad de sangre similar.

Más desconcertante ha resultado ser el continuo cuya existencia se ha demostrado en el campo de la cognición. Ahora sabemos, por ejemplo, que otras especies inventan instrumentos y los utilizan con destreza y variación cultural locales. Otros primates exhiben "semanticidad" (el uso de símbolos para referirse a objetos y acciones) en su comunicación de formas que impresionarían a cualquier lingüista. Y hay experimentos que muestran que otros primates poseen una "teoría de la mente", es decir, la capacidad de reconocer que distintos individuos pueden tener pensamientos y conocimientos diferentes.

Sin embargo, el mayor reto planteado a nuestra supuesta unicidad tiene que ver con nuestra vida social. A la manera del ocasional ermitaño humano, hay unos cuantos primates que suelen ser asociales (como el orangután). Sin embargo, aparte de ellos resulta que uno no puede entender a un primate aislado de su grupo social. Entre las aproximadas 150 especies de primates, cuanto mayor es el grupo social medio, mayor es la corteza cerebral en relación con el resto del cerebro. En otras palabras, la parte más sofisticada del cerebro de los primates parece haber sido esculpida por la evolución a fin de capacitarnos para chismear y acicalarnos, cooperar y engañarnos, y obsesionarnos con quién se aparea con quién. En suma, los seres humanos son sólo otro primate con una intensa y rica vida social; este hecho plantea la cuestión de si la primatología puede enseñarnos algo acerca de una muy importante parte de la sociabilidad humana: la guerra y la paz.

Solía pensarse que los seres humanos eran el único primate salvajemente violento. "Somos la única especie que mata a sus semejantes", podía escucharse decir en tono solemne al finalizar las películas sobre la naturaleza hace unas cuantas décadas. Esa idea fue fuertemente desechada en los sesenta cuando se hizo evidente que algunos otros primates también matan en abundancia a sus congéneres. Los machos matan; las hembras matan. Algunos matan a las crías de otro con estratagemas tan crueles que serían dignas de Ricardo III. Algunos son diestros para elaborar garrotes más grandes y mejores. Otros más sobra incluso se enfrascan en lo que sólo puede llamarse guerra: grupos de violencia organizada y decidida dirigida contra otras poblaciones.

Conforme se ampliaron los estudios de campo sobre los primates, lo que ha resultado ser más sorprendente fue la variación en las prácticas sociales entre las especies. Sí, algunas especies de primates tienen vidas llenas de violencia, frecuente y variada. Pero la vida entre otras está llena de actitudes comunitarias, igualitarias y de crianza cooperativa de los cachorros.

Emergieron patrones de conducta. En especies menos agresivas, como los gibones o los titíes, los grupos tienden a vivir en frondosas selvas tropicales, donde el alimento es abundante y la vida fácil. Las hembras y los machos tienden a ser del mismo tamaño, y los machos carecen de atributos sexuales secundarios como largos y afilados caninos o coloración llamativa. Las parejas se unen de por vida, y los machos colaboran sustancialmente en el cuidado de las crías. En las especies violentas, por su lado, como los babuinos y los monos rhesus, prevalecen las condiciones opuestas.

El hecho más inquietante acerca de las especies violentas fue que su conducta era aparentemente inevitable. Ciertas especies sólo parecían comportarse como lo que son, productos fijos de la interacción de la evolución y la ecología, punto. Y aunque los machos humanos podrían no ser inflexiblemente polígamos o tener traseros de color rojo intenso y caninos de 15 centímetros apropiados para el combate diente a diente, resultó evidente que nuestra especie tiene al menos tanto en común con los primates violentos como con los mansos. Así, "en su naturaleza" se convirtió "en nuestra naturaleza". Fue así como se popularizó la teoría de "los seres humanos como simios asesinos" del escritor Robert Ardrey, según la cual los humanos tienen tantas probabilidades de volverse intrínsecamente pacíficos como las tienen de desarrollar colas prensiles.

Esa noción tiene tan poco rigor científico como la película El planeta de los simios, pero requirió mucha investigación de campo para imaginar con qué podría sustituírsele. Tras décadas de más trabajos, el estado de cosas se ha vuelto interesante a más no poder. Ahora resulta que algunas especies de primates son, en efecto, sencillamente violentas o pacíficas, y su conducta se debe a sus estructuras sociales y sus entornos ecológicos. Más importante es, sin embargo, el hecho de que algunas especies de primates pueden hacer la paz pese a sus características violentas que parecen ser inherentes a su naturaleza. Hoy el reto es imaginar en qué condiciones puede ocurrir eso, y si los seres humanos pueden arreglárselas para engañarse a sí mismos.




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