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Chile: los desafíos de la política exterior de Michelle Bachelet César Ross De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2006 Resumen: El dilema chileno actual y futuro es que su nueva estrategia de desarrollo, de convertir al país en una plataforma de negocios, impone rediseñar las relaciones con sus vecinos. Este imperativo, empero, lo obliga a mirar al futuro desde un pasado complejo, que la política exterior chilena ha insistido en no tocar. César Ross es doctor en Estudios Americanos, recibió una mención en Relaciones Internacionales y es académico del Instituto de Estudios Internacionales en la Universidad Arturo Prat, Chile.
INTRODUCCIÓN El 11 de marzo, Michelle Bachelet asume la presidencia de Chile. Así, se convertirá en la titular del cuarto gobierno de la coalición de partidos políticos, organizados en la llamada "Concertación de Partidos por la Democracia" y la primera mujer que llega al poder en la historia de Chile. Su tarea será un desafío en todos los sentidos. Deberá luchar contra el machismo, contra el desgaste que constituye iniciar el cuarto gobierno de una misma coalición, contra la comparación derivada del alto nivel de resultados heredado de su predecesor y contra la gran expectativa interna y externa de su administración. En el campo internacional, los grandes desafíos de su gobierno son tan complejos como los enfrentados en los años anteriores, pero desde un enfoque y un escenario diferente. La futura política exterior de Chile deberá ser mucho más "política" que "económica", más allá de la continuidad de este rasgo, y deberá enfocarse mucho más en la región que en el resto del mundo, sin que esto implique debilitar las opciones hechas en las etapas anteriores. Desde luego, no planteamos nada nuevo, los tres últimos gobiernos de Chile, en especial el último, se lo han propuesto así. En 2001, por ejemplo, el presidente Ricardo Lagos publicó en el número inaugural de esta revista, un artículo titulado "Chile en un mundo en cambio",[1] donde exponía la vocación de su política exterior por mirar y estar en el mundo desde América Latina, no sólo como una consecuencia obvia de su localización geográfica, sino como un rasgo genuino de la propia identidad. Sin duda, parecía indicar que la política seguida hasta entonces, cuyo énfasis había estado en potenciar los vínculos con los grandes países y los llamados "bloques" económicos, sufriría un esperado y temido viraje. Sin embargo, nada de ello ocurrió, quizá porque estar en un mundo en cambio no era sólo un giro retórico del autor, sino una verdad más dramática y patente de lo que hubiéramos querido saber. Hoy, al final de un exitoso gobierno, el país debe redefinir sus prioridades y enfrentar los próximos desafíos en su política exterior: consolidar su estrategia de inserción económica internacional, mediante un desarrollo mayor del componente político, a fin de reforzar alianzas y compromisos entre los estados; dar un estímulo más decidido a la exportación de manufacturas; incorporar a un número mayor de actores nacionales -- estatales y no estatales -- con el objetivo de que operen de manera proactiva en el proceso de internacionalización, y reforzar vínculos con el resto de América Latina, con particular énfasis en la política vecinal, articulando una estrategia conjunta con el sector privado que interviene en dichos países. ¿Por qué Chile debe rediseñar así su política exterior? Básicamente, porque el país está en medio de una doble asimetría, que no sólo se ha transformado en grandes oportunidades, sino en desafíos no resueltos. La noción de asimetría proviene del ámbito de la geometría, y alude a la falta de correspondencia exacta, en la disposición regular de las partes o puntos de un cuerpo o figura en relación con un centro, un eje o un plano. Esta idea prevalece del mismo modo en casi todas las otras ciencias que utilizan el concepto. En economía, en especial en el ámbito monetario, la categoría se ha empleado para referirse a la fijación de las paridades entre monedas, donde suele usarse una de ellas como referencia. En el ámbito de la ciencia política, la idea (más que el concepto) ha sido usada respecto de la concentración desigual de poder en uno y otro lado de una relación, incluso si se considera que los contenidos del poder han estado en proceso de reorganización, en particular desde el punto de vista de los énfasis. En el campo de las relaciones internacionales, el concepto adquiere el mismo sentido que en ciencia política, aunque con precisiones interesantes para este análisis. Las diferencias de poder establecen relaciones de dominación y subordinación, que la política internacional han incorporado a sus análisis desde hace mucho tiempo. Desde luego, la escuela llamada -- un poco forzadamente -- estructuralista y neoestructuralista, con autores marxistas y no marxistas, donde se encuentran los trabajos de Lenin,[2] Prebisch y la Escuela de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL),[3] hasta los influyentes estudios de Immanuel Wallerstein,[4] plantea la idea de que la asimetría estaría estructurada entre países ricos y pobres, en una relación cargada de una valoración político-económica, donde los países ricos (también ubicados en el norte y/o en el centro) detentarían esa posición gracias a su capacidad -- carente de legitimidad -- para doblegar a los más pobres y, en consecuencia, débiles (también ubicados en el sur y/o en la periferia). En la base del razonamiento estaba la idea de que el destino de los países pobres no estaba en sus manos, sino en las de los países poderosos, de allí también que ellos (los pobres) carecerían de toda responsabilidad en el logro de resultados, pues en muchos sentidos -- incluso religioso -- [5] sus proyectos estaban condenados a la fatalidad, pues chocarían una y otra vez con el poder de la riqueza. Debido a la difusión mundial del pensamiento marxista, así como del pensamiento de CEPAL en América Latina, las ideas de relaciones norte-sur y centro-periferia, así interpretadas, lograron conseguir muchos adeptos, en especial en los países más pobres del mundo. Entre otras razones, porque había cierta evidencia que les permitía sospechar que dichas interpretaciones eran ciertas. Con el advenimiento de la globalización, muchos de los intelectuales y grupos encauzados por este tipo de pensamiento, cuya validez había entrado en "anomalía" ya a finales de los años setenta, reorientaron sus vocaciones antisistémicas hacia contenidos como la ecología profunda, la defensa de la identidad nacional (donde sus posiciones se tocaron con antiguos opositores), los grupos postergados como los indígenas y las mujeres, etc. Como podría colegirse, estas posiciones también adquirieron el carácter de antiglobalización y, por extensión, de antagonismo a todas las políticas y reformas de tipo neoliberal que este proceso mayor ha alentado. Para el caso de Chile esta doble asimetría consiste en la relación simultánea del país, tanto con las principales economías del mundo, como con aquellos -- especialmente los países vecinos -- cuyo poder relativo es claramente menor al chileno. La asimetría hacia arriba ha redundado en sendos dividendos económicos,[6] y la asimetría hacia abajo, en tanto, ha devenido en relaciones que avanzan y se repliegan continuamente.
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