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Chile: los desafíos de la política exterior de Michelle Bachelet César Ross De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2006 Resumen: El dilema chileno actual y futuro es que su nueva estrategia de desarrollo, de convertir al país en una plataforma de negocios, impone rediseñar las relaciones con sus vecinos. Este imperativo, empero, lo obliga a mirar al futuro desde un pasado complejo, que la política exterior chilena ha insistido en no tocar. César Ross es doctor en Estudios Americanos, recibió una mención en Relaciones Internacionales y es académico del Instituto de Estudios Internacionales en la Universidad Arturo Prat, Chile.
En el periodo 1973-1989, podría decirse que la política exterior chilena reflejó una gran capacidad de adaptación al cambio estructural derivado de 1973, haciendo énfasis en un pragmatismo de tipo neorrealista no advertido suficientemente por la bibliografía que ha discutido el tema. El aprendizaje hecho por el gobierno militar, como ya se ha dicho, derivó en una supervivencia que combinó aislamiento político con una exitosa inserción económica internacional. A contar de este periodo, y contrariamente a lo que se había pensado, en Chile se disociaron las relaciones políticas de las económicas, y la medida del éxito del país se fue centrando cada vez más en estas últimas. Más tarde, la globalización se encargaría de legitimar mundialmente este nuevo ethos que Chile adoptó como estrategia de supervivencia. Por su parte, los gobiernos de la Concertación (1990-2005) no sólo adoptaron el modelo de inserción internacional del gobierno militar, sino que, ya en democracia, lo legitimaron (continuidad), lo ampliaron (dimensión política) y lo profundizaron (TLC, ACE, etc.). En el sustrato de este fenómeno, no sólo se encuentra el interés político de corto o mediano plazo en orden por alcanzar y mostrar logros económicos, sino algo todavía más profundo, como es el cambio cultural asociado a la legitimación del paradigma económico neoliberal y a la llamada "cultura global del consumo". En particular en los últimos 20 años,[20] el crecimiento económico y el acceso a los bienes y servicios de un número creciente de chilenos, terminó por cerrar el ciclo histórico previo a 1973. Desde un punto de vista ideológico clásico, se podría conjeturar, sin mucho riesgo, que el país se "derechizó" (en cuanto a "neoliberalizarse"), y con ello se distanció aún más profundamente no sólo de su pasado, sino de sus vecinos. Éstos, frente al retroceso asociado, entre otros factores, como por ejemplo las reformas de tipo "Consenso de Washington", han sufrido un deterioro económico y social y un incremento significativo en la inestabilidad política. El resultado ha devenido en el camino inverso al chileno, creando las condiciones para la "izquierdización" de países como Argentina, Brasil, Uruguay y Venezuela, y recientemente Bolivia. ¿Cómo enfrentará Chile este escenario de asimetría hacia abajo, donde la brecha se ha convertido en una verdadera diacronía histórica? Como ha podido advertirse en las páginas anteriores y en el devenir de la política exterior de Chile en los últimos años, estar en la doble asimetría ha devenido en una tensión desafiante y compleja. Desafiante, en tanto ha abierto puertas que el país ha sabido cruzar con éxito, como su inserción económica internacional. Compleja, porque este mismo afán de mayor protagonismo internacional ha puesto al país en situaciones difíciles, como el voto negativo de Chile en el Consejo de Seguridad de la ONU a apoyar a Estados Unidos en su invasión de Irak, en especial porque, en ese preciso momento, Chile negociaba su TLC con el mismo país al que se le decía que no. Finalmente, el acuerdo con Estados Unidos se firmó, pero sin la presencia de los presidentes en el acontecimiento, y luego de esperar el tiempo que el socio del norte estimó oportuno para salvar su honor herido. Otro tanto se puede decir de la candidatura de José Miguel Insulza a la Secretaría General de la OEA. Si bien el país recibió el apoyo de sus beneficiarios de cooperación de América Central y el Caribe, así como de sus antiguos compañeros en el ABC, recibió el rechazo seguro de Bolivia y Perú. Por último, la balanza se inclinó hacia Chile por la intervención de Estados Unidos y por la generosidad de México, al retirar a su candidato. Sin duda, aquí hay algo más que aún no alcanzamos a visualizar. Con todo, es evidente que para articular una política regional con proyección de mediano y largo plazo el país debe abandonar su histórico "gatopardismo" que tan bien sintetiza la redefinición cosmética de la política vecinal de Chile hacia el norte. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. Una de esas batallas en las que se lucha hasta que todo queda como estuvo. No queréis destruirnos a nosotros, vuestros padres. Queréis sólo ocupar nuestro puesto. Para que todo quede tal cual. Tal cual, en el fondo: tan sólo una imperceptible sustitución de castas.[21] Lo que se ha hecho en los últimos años con Bolivia y Perú, es atomizar el conflicto y la agenda histórica mediante la oferta de suscribir tratados de libre comercio. Esta estrategia neorrealista ha estado muy cerca de alcanzar su objetivo con ambos países, pero cuando parece estar en el punto, los gobiernos de ambos países, cuyo respaldo ciudadano ha sido sorprendentemente débil, han estado obligados -- por su propia supervivencia -- a retomar el discurso y la agenda histórica con Chile. Sin duda, aquí se requiere reforzar la estrategia neorrealista, pero al mismo tiempo enfrentar la agenda histórica de un modo más abierto. Chile requiere encarar las dos complejidades de su condición de país de rango intermedio y cuyo poder lo coloca en una relación de asimetría hacia abajo con respecto a varios de los otros miembros de la región. La primera complejidad está asociada al papel asumido por Chile en cuanto oferente de cooperación internacional hacia otros países de la región, y aun cuando se trata de ayuda sur-sur u horizontal, la asimetría entre el que financia y el que recibe es evidente y, si bien ésta es un factor que mejora la imagen del país, también es un instrumento de transacción bilateral que permite incorporar mayores cuotas de poder para quien financia la cooperación. Basta con volver al tema de la elección en la OEA y examinar de qué manera Chile usó su papel de cooperador hacia América Central y el Caribe a la hora de recolectar votos para su candidato, José Miguel Insulza. En este tipo de situaciones, la cooperación queda atada a la reciprocidad, y ello puede producir una gran tensión entre los países. La segunda complejidad tiene que ver con los países vecinos, con los que Chile ha tenido una relación difícil debido a las históricas diferencias fronterizas. Desde luego, se trata fundamentalmente de Bolivia y Perú. Aunque es fronterizo, excluyo a Argentina porque queda fuera del criterio central de clasificación, y ello por dos razones: primera, porque históricamente fue un país más poderoso y rico que Chile, y segunda, porque al no haber habido guerra entre ambos no existe una memoria traumática en uno y otro lado de la cordillera, más allá de una rivalidad que nunca superó la fase del conflicto latente.[22] La situación con Bolivia y Perú, como hemos visto, es muy diferente.
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