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Chile: los desafíos de la política exterior de Michelle Bachelet César Ross De Foreign Affairs En Español, Abril-Junio 2006 Resumen: El dilema chileno actual y futuro es que su nueva estrategia de desarrollo, de convertir al país en una plataforma de negocios, impone rediseñar las relaciones con sus vecinos. Este imperativo, empero, lo obliga a mirar al futuro desde un pasado complejo, que la política exterior chilena ha insistido en no tocar. César Ross es doctor en Estudios Americanos, recibió una mención en Relaciones Internacionales y es académico del Instituto de Estudios Internacionales en la Universidad Arturo Prat, Chile.
La imagen del Chile como potencia hegemónica surgió especialmente a raíz de la Guerra del Pacífico contra Perú y Bolivia (1879-1883) y de los conflictos latentes con Argentina. Incluso, como valor per cápita, a comienzos de siglo XX, el país llegó a tener un poderío militar apreciable. Según el historiador Pablo Lacoste,[14] estimando la flota de la armada chilena en el año 1900 en kilogramos por habitante, Chile era el país más armado del mundo, considerando en aquella lista a: Alemania, Argentina, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón y Rusia, y al Imperio Austro-húngaro. Considerada la flota chilena, como un valor absoluto en toneladas, en la misma lista Chile ocupaba el lugar octavo, junto con Argentina. Naturalmente, y aun cuando el tonelaje no diga demasiado respecto de la capacidad de destrucción de dicha flota, es un dato que ayuda a ilustrar la idea general. Con la constitución del ABC, a raíz de la invasión a México por parte de Estados Unidos, el país tuvo la oportunidad de transformar esa mala imagen de potencia regional hegemónica en algo más positivo. Por aquella época, para oponerse a este hecho, la alianza entre Argentina, Brasil y Chile permitió a este último ubicarse como un Estado con cierta capacidad de liderazgo.[15] Con todo, no fue sino hasta el retorno de la democracia cuando el país tuvo la opción de volver a actuar en la región en condiciones menos adversas, como habían sido los conflictos militares, reales y latentes con los países vecinos. En este sentido, la búsqueda de liderazgo regional se ha expresado, aunque tímidamente, en tres aspectos: la cooperación horizontal, la mediación y el posicionamiento de funcionarios chilenos en organismos internacionales. Respecto de la cooperación, es preciso acotar que una de las señales que Chile tuvo, gradualmente, de su nueva y mejor realidad material, fue la de quedar cada vez más excluido de la lista de países merecedores de recibir cooperación internacional, sobre todo de tipo humanitario. En tanto iba incrementando en PIB per cápita, Chile pasó de receptor a país fuera de "norma" y, más tarde, a país fuente de recursos para participar en la cooperación internacional. De acuerdo con las cifras de la Agencia de Cooperación Internacional de Chile, entre 1993 y 2000, el país aportó un total de 14.9 millones de dólares distribuidos en: América Central (66.1%); el Caribe anglófono y Haití (13.2%); América del Sur y México (12.5%); en "otras regiones" (1.5%), y en fondos clasificados como "no regionalizables" (6.7%). Estos recursos, a su vez, fueron dirigidos fundamentalmente a potenciar el entrenamiento de recursos humanos, pues ésa era el área más deficitaria en zonas donde los conflictos armados -- en particular, en América Central -- habían impedido que las generaciones más jóvenes accedieran normalmente a las universidades. Por ello, 47.8% de los recursos fueron a becas; 25.6% a financiamiento de cursos internacionales y seminarios; 10.7% para costear misiones de expertos; 6.0% para financiar pasantías; 5.1% al desarrollo de estudios y consultorías, y el restante 4.8% a proyectos variados, clasificados como "otras regiones". Durante el periodo 2001-2003, el Estado chileno aportó en cooperación horizontal más de 900 millones de dólares, distribuidos en: América Central (53.4%); el Caribe anglófono (7.6%); América del Sur (18.6%), y en el grupo clasificado como "otras regiones" (20.3%). Nuevamente en este periodo, el país potenció su ayuda en la formación de recursos humanos. Sin duda, esta política delineó una nueva presencia chilena en toda la región, pero fundamentalmente en América Central, donde se puso el mayor énfasis. A su vez, el país participó como mediador en el conflicto entre Ecuador y Perú, que luego se ha visto teñido de dudas, debido a las denuncias -- primero de un militar ecuatoriano y después del mismo gobierno peruano -- que señalan que Chile habría vendido armas a Ecuador -- durante el conflicto del Cénepa, en 1995 -- , al tiempo de actuar como mediador y garante. El gobierno de Chile desmiente el hecho y se espera que su homónimo de Lima exhiba las pruebas de su acusación o, de lo contrario, se retracte. Con todo, y más allá de esta polémica, esta participación contribuyó a la imagen de Chile en su momento. Asimismo, su intercesión por Argentina ante el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el BID a raíz de la crisis financiera del vecino,[16] también fueron gestos que Chile hizo como una forma de ayuda y, qué duda cabe, como una forma de ejercer un "poder blando". Del mismo modo, la participación de liderazgo en organismos multilaterales ha sido otra forma que el país ha buscado para legitimar este papel. Ejemplos ilustres de ello son: la presencia de Juan Somavía, director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), desde 1999 hasta la fecha (reelegido en 2003); de Juan G. Valdés, como Alto Comisionado de la ONU en Haití; como miembro temporal en el Consejo de Seguridad en la ONU, así como la de José M. Insulza, en la Secretaría General de la OEA. POLÍTICA EXTERIOR DE MICHELLE BACHELET A juzgar por el documento oficial de la política exterior de la presidenta,[17] al menos en el nivel declarativo, parece que volvemos a la posición expresada por el presidente Lagos en 2001. Sin embargo, algunas señales parecerían iluminar la esperanza de que, en este breve periodo presidencial, la agenda internacional de Chile pueda comenzar a cambiar. En la intervención aquí citada, y hecha en octubre del 2005, la entonces candidata señaló: "La política exterior de mi gobierno no será sólo un instrumento para manejar y ordenar los lazos externos, sino que, en definitiva, será una herramienta indispensable para la estrategia de desarrollo del país". Si este principio se lleva efectivamente a la práctica, nos encontraremos con más de un cambio de trascendencia.
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