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La Sudáfrica de Mbeki Jeffrey Herbst De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2006 Resumen: Pese a los notables progresos desde el final del apartheid, Sudáfrica hoy es duramente flagelada por el sida y graves desigualdades en riqueza, y sus dirigentes conservan una fijación en la lucha racial. Después de más de una década en el poder, el CNA aún debe reconciliar sus diversas ambiciones: detener el racismo, promover la participación política y llevar adelante los intereses de todos los sudafricanos. Jeffrey Herbst es administrador y vicepresidente ejecutivo de Asuntos Académicos de la Miami University, en Ohio, y coautor de The Future of Africa: A New Order in Sight?
HISTORIA DE DOS PAÍSES En los 11 años desde que abandonó el gobierno de mayoría blanca, Sudáfrica se ha convertido en dos países. El primero es una historia de éxito espectacular: una vez atribulado por la violencia y sinónimo de abusos contra los derechos humanos, esta Sudáfrica se ufana hoy de un sistema político estable basado en una constitución liberal defendida por tribunales honestos. Tiene elecciones regulares, libres y justas, y el gobierno del Congreso Nacional Africano (CNA) goza de un enorme respaldo. Esta Sudáfrica se ufana de una economía que, alentada por un gobierno pro-empresarial, crece mucho más rápido de lo que lo hacía bajo el gobierno blanco en la década de 1980 y atrae cantidades aún mayores de inversión extranjera. El presidente activista del país, Thabo Mbeki, ha ejercido su mandato sobre lo que él llama un "renacimiento africano", ayudando a resolver algunas de sus peores crisis sin la injerencia del mundo occidental. La otra Sudáfrica en poco se parece a la primera. En este país, el CNA en el poder tiene tanto predominio en el Parlamento que en la práctica gobierna solo el país, y ve a cualquier tipo de oposición con suspicacia. La economía no crece con la rapidez necesaria para sacar a la población de la abyecta pobreza o para enfrentar las colosales desigualdades estructurales. En esta Sudáfrica, los activistas ex marxistas que se convirtieron en altos funcionarios gubernamentales mantienen una profunda ambivalencia en torno a la inversión privada y la extranjera, y muchos de sus esfuerzos por mejorar la suerte de sus electores a lo más han logrado enriquecer a unos cuantos patriarcas negros. Entre tanto, esta Sudáfrica está siendo asolada por el sida, debido en parte a la extraña negativa del gobierno, ya de varios años, a reconocer el vínculo entre el VIH y el sida y a su insistencia en que la enfermedad puede tratarse con medicamentos caseros. El presidente Mbeki responde a las críticas jugando su naipe racial. Y ha sostenido una cuestionable política exterior, al mimar a dictadores locales y no prestar la suficiente atención a los graves problemas nacionales. Con todo lo paradójico que pueda parecer, estos países son uno solo: ambas visiones describen con precisión la Sudáfrica de hoy, al menos partes de ella. En muchos aspectos, ciertamente el país ha logrado enormes progresos desde que su último presidente blanco, F. W. de Klerk, dejó el poder en 1994. En sus 11 años de gobierno, la administración del CNA se ha abstenido de buscar venganza, y el país goza ahora de un alza económica, gracias a las políticas convencionales que imponen fuertes impedimentos al dispendio gubernamental y a la liberalización del comercio y los flujos de capitales. Al mismo tiempo, los intentos del gobierno de reducir las profundas desigualdades en riqueza de Sudáfrica no han logrado su propósito, y sólo han servido para enriquecer a una pequeña élite negra. El presidente Mbeki suele recurrir a un lenguaje de lucha de clases y de razas para atacar ferozmente a sus críticos. Ha hecho enormes contribuciones diplomáticas a África, ayudando a terminar con las guerras civiles en Burundi y la República Democrática del Congo. Pero se ha negado a criticar las desastrosas políticas de Robert Mugabe en su vecino Zimbabwe. Y sus políticas sobre el sida han sido, en el mejor de los casos, extravagantes, y gravemente negligentes en el peor. Es improbable que estas flagrantes contradicciones en la política de Sudáfrica desaparezcan en el futuro cercano. Tratar de entenderlas es, así, el mejor modo de penetrar en las intenciones de los dirigentes del país. El gobierno del CNA y Mbeki congregan varias fuerzas difíciles de reconciliar: el imperativo por continuar la lucha contra el racismo; la necesidad de poner en vigor la solidaridad del movimiento de liberación; las exigencias de participación en una democracia multipartidista y la aspiración de gobernar de una manera que promueva los intereses de todos los sudafricanos. Lograr crear una síntesis de estos diversos impulsos es algo crítico para el gobierno de Mbeki. Sólo enterrando los fantasmas del pasado podrá el CNA capitalizar lo que ha logrado a la fecha y sacar a Sudáfrica de las crisis que amenazan con abrumarla. LA VIDA DEL PARTIDO Cualquier discusión sobre la política sudafricana contemporánea debe partir del CNA, ya que todas las decisiones de políticas importantes en estos días se hacen desde dentro del partido. Formalmente, el país es una democracia multipartidista, y se dan animados debates en el Parlamento. Pero el CNA tiene un porcentaje tan grande del voto popular (cerca de 70%) que los partidos de oposición son irrelevantes en la práctica. Ello se debe en parte a que nadie fuera del CNA ha ideado cómo atraerse a la mayoría negra del país. Aunque algunos políticos de oposición ostentan credenciales notables anti-apartheid, porque en su mayoría no formaban parte de la lucha contra el régimen pasado, en general siguen siendo percibidos como representantes de los intereses de los blancos. En cuanto al CNA, buena parte de su dirigencia sigue reflejando su historia como movimiento de liberación armado. Puede entenderse esta conducta basada en el pasado: el CNA dedicó más de 75 años a luchar contra el gobierno de la minoría blanca. Sus funcionarios se vieron forzados a ubicar la solidaridad de grupos por encima de cualesquiera otros valores; al enfrentar encarcelamientos, torturas, exilios o asesinatos, llegaron a depender intensamente entre sí y forjaron lazos extraordinarios de lealtad personal. Así que no ha de sorprender que Nelson Mandela, al ser excarcelado en febrero de 1990, aprovechara la ocasión para declarar: "Soy un miembro leal y disciplinado del Congreso Nacional Africano. Por eso estoy de acuerdo con todos sus objetivos, estrategias y tácticas". Tampoco ha de sorprender que algunas personas del CNA sigan creyendo que combaten la misma batalla, aunque en un terreno distinto. Si bien tal vez comprensibles, estas actitudes son anacrónicas; el CNA ya no es un movimiento de resistencia, sino el partido gobernante de un país orgullosamente democrático. Como tal, es preocupante su tendencia a reaccionar ante quienes lo desafían acusándolos de tener un sesgo racial. También lo es el hecho de que Mbeki pase mucho de su tiempo contraatacando a sus críticos, incluso cuando el CNA ha logrado consistentemente algunos de los mayores márgenes de cualquier partido en cualquier democracia en el mundo. Por momentos, Mbeki parece salirse de su ruta para encontrar gente que puede acusar de oponerse a su meta de eliminar el racismo.
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