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Para entender a China Kishore Mahbubani De Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2006 Resumen: Estados Unidos ha hecho mucho por propiciar el reciente crecimiento de China, pero también ha enviado señales ambivalentes que han perturbado a Beijing. Se requiere un compromiso más consistente, porque el curso del siglo XXI se verá determinado por la relación entre la mayor potencia y la mayor potencia emergente del mundo. Kishore Mahbubani es decano de la Escuela de Políticas Públicas Lee Kuan Yew de Singapur. Este ensayo es una adaptación de su libro Beyond the Age of Innocence: Rebuilding Trust Between America and the World.
DESPIERTA EL DRAGÓN La China actual es como un dragón que, al despertar después de siglos de sueño, se da cuenta de pronto de que muchas naciones han estado pisoteándole la cola. Con todo lo ocurrido en los últimos 200 años, se podría perdonar que despertara de mal humor, y sin embargo Beijing ha declarado que se levantará en forma pacífica. Esta buena disposición arranca en parte de que esa nación es consciente de su relativa debilidad, pero también es indicio de que se ha adscrito a la visión de progreso que Estados Unidos ha encomiado desde la Segunda Guerra Mundial. Según esa teoría, los estados no necesitan ya conquistas militares para prosperar: el comercio y la integración económica preparan mejor la ruta hacia el crecimiento. Y Beijing se ha dado cuenta de lo mucho que la adherencia a esta filosofía ayudó a Japón y Alemania a resurgir de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial. Como principal arquitecto del orden mundial actual, Estados Unidos debe estar entre los primeros en celebrar el progreso de China, porque, si Beijing continúa apegándose a las reglas de Washington, pueden reinar la paz y la prosperidad, y Estados Unidos, como sociedad y como economía, puede recibir gran beneficio del renacimiento de la civilización china. Curiosamente, sin embargo, Estados Unidos hace mucho más que ninguna otra potencia por desestabilizar a China. Y nadie en Washington parece proponer, mucho menos propugnar, una nueva estrategia amplia para las relaciones entre ambos países. La presunción funcional vigente parece ser que con un pequeño ajuste aquí y allá la relación se mantendrá sobre rieles. Sin embargo, la realidad es que las constantes sospechas y los malos entendidos mutuos ya amenazan con descarrilarla. Desde un principio debe subrayarse un aspecto fundamental: si bien no hay casi nada que China pueda hacer para perturbar la estabilidad política estadounidense, Estados Unidos puede hacer mucho para desestabilizar a China. Por eso las señales que Washington envíe a Beijing tienen gran importancia. La actual política estadounidense hacia el país asiático carece de coherencia, y entre los trazadores de políticas chinos crece la convicción de que Estados Unidos se ha propuesto obstruir el ascenso de su nación. A diferencia de la mayoría de los estadounidenses, por ejemplo, los chinos no han olvidado el ataque con misiles a su embajada en Belgrado en 1999, durante la guerra de los Balcanes. Funcionarios estadounidenses han asegurado que fue un error, dijeron que lo lamentaban y pasaron a otra cosa, pero muchos chinos siguen convencidos de que fue un ataque deliberado. Señalando la avanzada tecnología de vigilancia estadounidense, se aferran a la creencia de que se trató de un mensaje hacia China: cuidado con el poderío de Estados Unidos. Tal desconfianza es peligrosa, porque la historia del siglo XXI estará determinada en gran parte por la relación que surja entre la mayor potencia y la mayor potencia emergente del mundo. La historia enseña que tales transiciones tienen fuertes peligros inherentes y que se manejan mejor si se tiene gran visión. Por tanto, serviría a los intereses de ambas naciones repensar su relación en términos tan amplios y audaces como el entendimiento que en 1972 alcanzaron el entonces presidente Richard Nixon y el consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger con el gobernante chino de la época, Mao Zedong, y su primer ministro, Zhou Enlai. Ya hay mucho de qué partir: aunque Estados Unidos a veces envía señales ambivalentes, también ha hecho más que ningún otro país por promover el desarrollo chino. Mucho del dinamismo económico y social de la China de hoy es resultado de la creciente interdependencia con Estados Unidos. En 1978, cuando Deng Xiaoping, sucesor de Mao, decidió que era tiempo de mostrar a la población china su atraso económico, pidió a las estaciones televisoras de su país que difundieran muestras del avance de la sociedad estadounidense, aun si al hacerlo pudiese revelar la incompetencia del Partido Comunista Chino (PCC) y lesionar su legitimidad. La demostración funcionó como Deng se lo propuso: el pueblo chino se enamoró del estilo de vida estadounidense. De entonces a la fecha, mediante la implantación de varias políticas de libre mercado, la economía china ha florecido. Al abrir el mercado estadounidense a las exportaciones chinas y permitir a la nación asiática incorporarse a la Organización Mundial del Comercio, Washington ha hecho una enorme contribución al dinamismo económico chino. Hoy, por primera vez en siglos, la mayoría de los chinos cree que sus hijos tendrán mejor destino que sus padres, y en parte deben agradecer ese progreso a Estados Unidos. PERSPECTIVAS ENCONTRADAS Algunas de las diferencias que continúan separando a China y Estados Unidos surgen de que ambos países enfocan su relación desde perspectivas históricas diferentes. Desde el punto de vista de Beijing, el reciente ascenso chino marca el fin de un siglo de dolorosas convulsiones internas, guerras civiles y humillaciones extranjeras. Los chinos sienten que después de haber ascendido por una cuesta traicionera, por fin están a punto de unirse al mundo moderno de estados desarrollados. Nunca habían abierto un capítulo más prometedor en la historia del país; su futuro grandioso por fin ha llegado. Precisamente en un momento en que los chinos rebosan de una esperanza inédita, los trazadores de políticas en Estados Unidos parecen llegar a una conclusión desalentadora: desde su punto de vista, el actual gobierno chino es una reliquia de la era comunista, un trozo de una historia desaparecida en su mayor parte. Después de la caída del Partido Comunista de la Unión Soviética, a finales de la década de 1980, muchos estadounidenses dieron por sentado que la ola de libertad y democracia que se extendía por el mundo pronto arrasaría con los restos del imperio comunista en China. Sin embargo, mientras muchos estadounidenses se preguntaban cuánto tiempo sobreviviría el régimen, los chinos temían que la paz y prosperidad que acababan de encontrar pudieran no durar. De hecho, Estados Unidos y China llegaron a conclusiones casi opuestas cuando el comunismo se derrumbó en la Unión Soviética. Los estadounidenses se apresuraron a vitorear la desaparición del comunismo y el arribo de elecciones democráticas, en parte porque creían que eso significaba que al fin quedarían libres de la amenaza nuclear que durante tanto tiempo los había aterrorizado. Los dirigentes y el pueblo de China, en cambio, presenciaron con temor el rápido derrumbe del Estado soviético y el surgimiento de la anarquía en la unión desmantelada. Mientras los chinos observaban el deterioro ruso en la década de 1990 -- creciente corrupción y transferencia de riqueza del Estado a unos cuantos oligarcas -- , recordaban su propia experiencia de principios del siglo XX, cuando la corrupción y la anarquía infestaron su nación. Las élites de Beijing temblaban al pensar que tales condiciones pudieran resurgir; para ellas el luan (caos) ha sido siempre el mayor peligro social. Lo ocurrido en Rusia durante la década de 1990 convenció a los chinos de que todavía se necesitaría el PCC durante un tiempo más.
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